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lunes, 2 de febrero de 2026

El avión de Avianca que despegó en Cúcuta y donde murieron 142 personas

 


El avión de Avianca que despegó en Cúcuta y donde murieron 142 personas. Había dos equipos de fútbol


29 de enero de 2026

El accidente de la avioneta de Satena ocurrido este 28 de enero estremece a Cúcuta. La aeronave despegó desde el aeropuerto Camilo Daza y nunca llegó a su destino, Ocaña. Al parecer la neblina le quitó toda la visibilidad al piloto y no alcanzó a sobrepasar a un cerro cerca al municipio de la Playa de Belén. Ninguna de las 15 personas que iba en la avioneta sobrevivió. Durante horas la aeronáutica civil informó que la aeronave estaba desaparecida. Dos horas después confirmaron el siniestro. “El clima no ayuda” dicen testigos del accidente que hablan de mucha “niebla”

En Cúcuta la gente no sale de su asombro. Es que entre la gente que abordó la avioneta estaba el congresista Diógenes Quintero. Esto recuerda momentos tan terribles como la historia que recordaremos.

Nunca hubo un mediodía más triste en Cúcuta que el que se vivió el 17 de marzo de 1988. En ese momento la ciudad tenía 500 mil habitantes. Era casi un pueblo comparada con la gran urbe que es hoy y, parecía, que todos conocíamos a alguna persona de los que se montó en el vuelo HK-1716 de Avianca que cubriría la ruta Cúcuta-Cartagena. Era salir al centro y constatar la tristeza generalizada, desgarradora. Volar en esa época todavía era un lujo y hacerlo hacia Cartagena era un destino soñado. Ciento treinta y seis personas habían abordado desde el aeropuerto Camilo Daza, mas siete tripulantes. Las 143 personas que estaban a bordo murieron. Pero, esta no será una historia sólo sobre esos mártires y sobre sus familiares sino sobre la resilencia que tuvo una ciudad para ir al sitio del siniestro, el cerro del Espartillo.

Queremos que cierren los ojos y, los mayores de cincuenta años intenten recordar como era esa ciudad hace cuatro décadas. Aún se sentía la bonanza de ser vecinos de Venezuela pero las obras viales no eran las mejores. Acceder al Espartillo, ese cerro ubicado en la zona rural del municipio del Zulia, era complejo. Sólo los rescatistas más avezados podían lograrlo. A la 1:17 de la tarde fue la hora del impacto. A esa hora el tiempo se paralizó. Sobre las cuatro de la tarde el teléfono sonó en la casa del capitán de bomberos Augustían Díaz Rodríguez. En ese momento llevaba 15 años en el cuerpo de bomberos y jamás creyó que tenía que enfrentarse a un desastre de esa magnitud. Cuando llegó al sitio de la tragedia entendió que no iba a encontrar a ningún pasajero vivo. La única posibilidad de llevarle algo a los familiares de las víctimas era lo que cupiera en una bolsa de polioetileno. Lo que recuerda Díaz Rodríguez, además del reguero de escombros y cuerpos, fue la gente que llegó al lugar a ayudar. Lo más parecido que había al internet era la radio y por ella se guió la gente. Se armaron caravanas esa tarde de jueves para llegar hasta el lugar del impacto. Un vecino de la zona, que fue el primero en llegar al lugar del siniestro, lo llevó. Sabía a lo que se iba a enfrentar por eso le dijo que podría usarlo para lo que quisiera, menos para meter pedazos de cuerpo en esa bolsa.

El hombre también le dijo que había sido testigo del accidente. El boeing, que llevaba operando veintidos años, estaba volando demasiado bajo, casi que gambeteando las montañas. El avión golpeó la cabeza de la montaña, se partió en dos y luego explotó por la gasolina.El lugar donde ocurrió el accidente correspondía a la vereda Campo Alicia. Aunque siempre se referencia al Zulia como el municipio donde ocurrió la tragedia la verdad es que este lugar corresponde al municipio de Sardinata.

Uno de los primeros relatos que se dieron a conocer sobre el accidente lo dio una campesina que se llamaba Margarita Estupiñán. Ella estaba en la cocina de su rancho haciendo el almuerzo cuando oyó un sonido que ella describió como el de “una alcancía que se reventaba”. El avión llevaba cuatro minutos de vuelo y según la torre de control del aeropuerto Camilo Daza era otro vuelo sin ningún tipo de alteración. Las condiciones no podían ser mejores, 28 grados de temperatura, visibilidad de 8 mil metros aunque el cielo tenía algún tipo de mancha por humo. El capitán de la aeronave, Francisco Ardila Series, alcanzó a despedirse del operador de la torre de control del aeropuerto de Cúcuta con una sola palabra “chao”.

El operador esa tarde en el Camilo Daza se llamaba Augusto Robayo. Una hora después de intercambiar las últimas palabras con el piloto Robayo empezó a preocuparse, el avión nunca había llegado a su destino. Lo primero que se pensó fue en un posible secuestro de la aeronave. En los años setenta y ochenta fueron repetidos los casos de miembros de la guerrilla o delincuentes comunes que robaban los aviones con todo y pasajeros y los llevaban a Cuba donde eran recibido como héroes. Pero no, esta posibilidad, después de las cuatro de la tarde fue descartada. A esa hora llegó a la inspección de policía del Zulia el campesino Henry Albarracín Flechas y le contó a las autoridades lo que había visto: un avión que volaba muy bajo, tan bajo que se enrredó en unos cables de alta tensión y terminó dándose de lleno en la cabeza del cerro el Espartillo ubicado a 28 kilómetros del aeropuerto Camilo Daza.

Es bueno conocer este dato, hasta ese momento era el accidente aéreo que dejaba más víctimas en la historia de la aviación colombiana. Sólo sería superado en 1995 por el vuelo de American Airlines que cubría la ruta Miami-Cali y que dejó 154 personas muertas. Lo increíble es que ese accidente, que inspiró una de las novelas más hermosas escritas en Colombia, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, dejó cuatro sobrevivientes.

El capitán Díaz Rodríguez llegó sobre las cinco de la tarde. Ya la noche se cernía sobre el Espartillo, asío que había que esperar al pie del cerro. Se armó un campamento improvisado y la gente pasó la noche allí. Díaz recuerda el frío y que, durante la noche, el viento traía desde la cima del cerro extraños susurros, eran las rocas que hablaban pero, la imaginación enfebrecida de los que querían ayudar les hizo recordar historias de almas en pena. Clareó sobre las cinco de la mañana y a esa hora empezaron a subir. Al pie del cerro se había creado una especie de helipuerto improvisado. Esta era el PMU.

Eran unas trescientas personas subiendo en un grupo que se desparramaba como el arroz en una olla. A las nueve de la mañana vieron el horror. La bolsa de Diaz Rodríguez se llenó con el torso de un hombre y el pie de una mujer. Tenían que bajarlo otra vez al pie del cerro, llevarlo a un laboratorio e identificarlos. “Allí no quedó un sólo un cuerpo entero” le dijo treinta años después el experimentado bombero al diario La Opinión. El radio de impacto en donde estaban esparcidos los destrozos de la nave y de los cuerpos era de 500 metros.

Bajar por ese cerro fue un acto heróico. Después de las tres de la tarde la neblina empieza a tapar todo, no se puede dar un paso sin quedar en riesgo de caer al abismo. A eso había que sumarle el peso que se cargaba en los hombros y el hedor. A medida que el bombero bajaba se encontraba otra fila de gente que quería ayudar. La gente llegaba y la mayoría no tenían ni idea de cómo organizar o qué hacer en caso de tener que ejecutar un rescate. Uno de esos hombres fue José Hernández que aún recuerda el frío, el miedo que despertaba el abismo, la niebla y los cuerpos despedazados. Había que apilar pertenencias en las bolsas, buscar cédulas. Identificar cadáveres. Se recuerda por ejemplo a un hombre inolvidable para el Ecuador, Eloy Ronquillo. Treinta años atrás del desastre Ronquillo llegó al país a dirigir al Cúcuta Deportivo integrado por buena parte de la selección uruguaya que dio el golpe de gracia a los brasileros en el estadio Maracaná en 1950. Ronquillo fue identificado porque llevaba en su brazo un tatuaje. Ronquillo es recordado en el vecino país como el primer técnico ecuatoriano de la historia en dirigir un equipo extranjero.

A uno le dicen el Zulia y se imagina que eso es cerca de Cúcuta pero no. El Espartillo es un cerro imponente de 7 mil metros. Hoy en día es difícil llegar a él pero hace treinta y seis años era casi una hazaña. Eran tan complicadas las labores de rescate que se llegó en un momento a declarar “Campo santo” el lugar. Pero los familiares de las víctimas insistieron. Desde el improvisado helipuerto ubicado en la falda del cerro se llevaban los restos que se iban encontrando hasta el estadio General Santander en donde esperaban los familiares de los muertos. A medida que pasaban las horas empezaban a surgir anécdotas. Uno de ellos fue la de el diputado suplente de la Asamblea de Norte de Santander Alberto Gómez, quien planeaba viajar a Cartagena con su familia pero el avión lo dejó en el último momento. El fue uno de los que sintió tanta empatía por lo que había sucedido que se fue al cerro a ayudar en lo que pudiera.

Durante días los cuerpos llegaban al general Santander. Hay gente que aún recuerda como los estudiantes de los colegios cercanos al estadio se iban a ver como llegaban las bolsas de poliotileno llenas de pedazos de cuerpo. El morbo era más poderoso que cualquier tipo de responsabilidad. Las labores de rescate duraron casi un mes.

En ese mes empezarona  tejerse todo tipo de especulaciones. Se hablaba de que la responsabilidad podía ser de la torre de control. Se había dado la orden de entrar y salir vuelos paralelos al que se estrelló en el espartillo pero todo eso fue desmentido. Durante días se buscó la caja negra. La comisión investigadora determinó que las causas del desastre fueron dos: insuficiente labor en cabina y distracción del piloto. El capitán conocía perfectamente la ruta pero, como había una capa de humo en el cielo, decidió volar por debajo de lo que se acostumbraba. Cuando vio el cerro ya era imposible recuperar el rumbo.

Entre las historias que destacaremos estarán la de los rescatistas que subieron al Espartillo, y la del equipo de fútbol de Barrancabermeja que era patrocinado por Ecopetrol y que terminó desintegrado en el accidente. 

PARES


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