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viernes, 24 de diciembre de 2021

Joan Didion / De gira

 

Joan Didion


Joan Didion
DE GIRA


    «¿Adónde estamos yendo?», preguntaban en todos los estudios de televisión y de radio. Lo preguntaban en Nueva York y en Los Ángeles, lo preguntaban en Boston y en Washington y lo preguntaban en Dallas y en Houston y en Chicago y en San Francisco. A veces te miraban a los ojos cuando lo preguntaban. A veces cerraban los ojos al preguntarlo. Muy a menudo se preguntaban no solo adónde estábamos yendo sino adónde estábamos yendo «los americanos» o «los americanos preocupados» o bien «las mujeres americanas» o, en una ocasión, «el hombre americano y la mujer americana». Yo nunca descubrí la respuesta, aunque tampoco es que esa respuesta importara nunca, porque uno de los aspectos más extraños y liberadores que presenta el discurso de los medios es que nada de lo que uno diga puede alterar en lo más mínimo la forma o la duración de la conversación. Nuestras voces en los estudios eran las de unos actores frenéticos a quienes les han encargado que hagan improvisaciones de tres minutos, cuatro minutos o siete minutos. Nuestras caras en los monitores eran caras de americanos preocupados. De camino a uno de los estudios de Boston, vi los estallidos blancos de las magnolias por Marlborough Street. De camino a otro de Dallas, vi las luces de la carretera encenderse y luego atenuarse en tono rosado sobre el fondo del enorme cielo del amanecer. Delante de uno de los estudios de Houston, el calor de la tarde estaba descendiendo sobre el intenso verde primigenio del lugar, y delante del siguiente, aquella misma noche pero en Chicago, la nieve caía y resplandecía bajo las luces de la orilla del lago. En el exterior de todos aquellos estudios, América desplegaba todo su clima eufóricamente volátil, su excentricidad y su especificidad; dentro de ellos, en cambio, nos despojábamos de lo específico y nos lanzábamos a lo general, porque a un lado estaban los Entrevistadores y al otro yo, la Autora, y la única cuestión que parecíamos capaces de tratar juntos era «¿Adónde estamos yendo?».



    De 8.30 a 9.30 - DIRECTO EN LAWFSB / LAS MAÑANAS

    De 10.00 a 10.30 - DIRECTO EN LA WINF / EL MUNDO HOY
    De 10.45 a 11.55 - ENTREVISTA DE PRENSA CON EL HARTFORD COURANT
    De 12.00 a 13.30 - AUTÓGRAFOS EN BARNES AND NOBLE
    De 14.00 a 14.30 - GRABAR DECLARACIONES PARA LA WDRC AM/FM
    De 15.00 a 15.30 - ENTREVISTA DE PRENSA CON THE HILL INK
    De 19.30 a 21.00 - GRABAR DECLARACIONES PARA LA WHNB TV / QUÉ HAY DE LAS MUJERES

    Entre las doce del mediodía y la una y media de la tarde, aquel primer día en Hartford, hablé con un hombre que había recortado una foto de mí de una revista en 1970 y había venido a Barnes and Noble para ver qué aspecto tenía en 1977. Entre las dos de la tarde y las dos y media, aquel primer día en Hartford, escuché a los recepcionistas de la WDRC AM/FM hablar de los discos nuevos mientras miraba caer la nieve de las ramas de los pinos del cementerio de la acera de enfrente. El cementerio se llamaba Mount Saint Benedict y en él estaba enterrado el padre de mi marido. «¿Ha llegado algo de Steely Dan?», no paraban de preguntar los recepcionistas. Entre las ocho y media de la mañana y las nueve de aquel primer día en Hartford, no mencioné ni una sola vez el título del libro que se suponía que estaba promocionando. Era mi cuarto libro, pero era la primera vez que hacía lo que en el ramo se llama una gira promocional. No estaba segura de lo que estaba haciendo ni de por qué. Había salido de California equipada con dos «conjuntos» buenos, una caja de correo sin contestar, un ejemplar de Seducción y traición de Elizabeth Hardwick, otro de Hacia la estación de Finlandia de Edmund Wilson, seis libros de Judy Blume y a mi hija de once años. Mi hija venía conmigo para distraerme. Tres días después de que empezara la gira mandé a casa la caja de correo sin contestar a fin de hacer sitio para un paquete de dosieres de prensa de Simon and Schuster que me describían en términos favorables. Cuatro días después de empezarla, mandé a casa Seducción y traición Hacia la estación de Finlandia
a fin de hacer sitio para un secador de pelo de mil vatios. Para cuando llegué a Boston, diez días después de que empezara la gira, ya me daba cuenta de que nunca había oído ni tal vez volvería a oír jamás a América cantar en aquel mismo tono: etéreo y veloz, como un coro de ángeles que han tomado Dexamyl.
    «¿Adónde estamos yendo?» El escenario de esta discusión era siempre el mismo: un confortable oasis de mimbre y helechos en medio de la espesura de cables y cámaras y tazas de café de plástico que era el estudio en sí. Sentada en butacas de mimbre de todo el país, expresé mi convencimiento de que nos estábamos adentrando «en una era» de lo que fuera que el mundo pareciera exigir. En las antesalas de los platós de todo el país escuché cómo otra gente hablaba de adónde estábamos yendo, y también de sus vocaciones, sus hobbies y sus intereses secretos. Hablé de levodopa y de biorritmos con una mujer cuyo padre había inventado las convenciones políticas de amistad. Intercambié consejos de maquillaje con una antigua presentadora del Club Mickey Mouse. Dejé de leer la prensa y empecé a fiarme de los informes de los conductores de limusinas, de las presentadoras del Club Mickey Mouse, de la gente que llamaba a los programas de líneas telefónicas abiertas al público y de las pantallas de circuito cerrado de aeropuertos que emitían teletipos al azar (« CARTER PIDE PROHIBICIÓN DE BARBITÚRICOS », fue uno que me llamó la atención en el aeropuerto de La Guardia) entre anuncios del musical Shenandoah. Gravité hacia lo puramente arbitrario. Me dejé llevar por lo desordenado.
    Empecé a ver América como algo mío, como un mapa infantil sobre el que mi hija y yo podíamos deslizarnos a voluntad. No hablábamos de ciudades sino de aeropuertos. Aunque estuviera lloviendo en el Logan, podíamos encontrar sol en el Dulles. El equipaje que te perdían en el O’Hara te lo podían encontrar en el Dallas/Fort Worth. En las cabinas de primera clase en las que viajábamos, mi hija y yo a menudo éramos las únicas pasajeras femeninas, y comprendí por vez primera esas peculiares ilusiones de movilidad que alimentan los negocios en América. El tiempo era dinero. El movimiento era progreso. Las decisiones eran inmediatas y las atenciones de otra gente eran constantes. El servicio de habitaciones, por ejemplo, asumía una importancia capital. Mi hija de once años y yo necesitábamos inyecciones instantáneas pero erráticamente espaciadas de consomé, avena, ensalada de cangrejo y espárragos a la vinagreta. Cuando estábamos trabajando necesitábamos beber agua Perrier y té. Y cuando no lo estábamos necesitábamos beber bourbon con hielo y Shirley Temples. Nos invadía una especie de pánico irritable cuando no había servicio de habitaciones, y también cuando no contestaba nadie del departamento de limpieza. En suma, habíamos entrado en esa dinámica hormonal tan peculiar del viaje de negocios, y yo había empezado a entender cómo muchos hombres y algunas mujeres se acostumbran a los aviones y los teléfonos y los horarios. Había empezado a contemplar mi propio horario, un fajo de gruesas páginas donde había impresas las palabras « SIMON & SCHUSTER: UNA DIVISIÓN DE LA GULF & WESTERN CORPORATION », con una reverencia que se acercaba a lo místico. Queríamos servicio de habitaciones las veinticuatro horas. Queríamos teléfonos de marcación directa. Queríamos seguir de gira para siempre.
    Veíamos el aire como nuestro elemento. En Houston el aire era cálido y rico y tenía un aroma de combustible fósil, y nosotras fingimos que teníamos una casa en River Oaks. En Chicago el aire era brillante y estaba enrarecido, y nosotras fingimos que éramos dueñas de la planta 27 del Ritz. En Nueva York el aire estaba cargado y chisporroteaba y se cortocircuitaba de tantas opiniones que llevaba, y nosotras fingimos que también teníamos las nuestras. En NuevaYork todo el mundo tenía opiniones. Y a cambio te exigían que también las tuvieras tú. La ausencia misma de opinión se transformaba en opinión. Hasta mi hija estaba desarrollando opiniones. «He tenido una interesante charla con Carl Bernstein», escribió en el diario que le había encargado que escribiera su profesora de quinto curso de la escuela a la que asistía en Malibú, California. Parecía que muchas de aquellas opiniones de Nueva York pretendían ser revisiones tónicas, atrevidas correcciones a opiniones que habían estado en boga durante la semana anterior, pero yo acababa de descender del cielo y me costaba distinguir entre las opiniones que eran «atrevidas» y «revisionistas» y las que simplemente eran «rancias» y «estereotipadas». Para cuando me marché de Nueva York, mucha gente estaba expresando una atrevida fe en el «placer»: el placer de los niños, el placer del matrimonio, los placeres de la vida diaria; pero esa idea del placer les estaba llegando rápidamente a las personalidades del mundo del espectáculo. Mike Nichols, por ejemplo, ya expresaba su placer en las páginas de Newsweek, y también la fatiga que le producía la «solemnidad lapidaria». Estaba claro que la solemnidad lapidaria era algo rancio.
    Aquella semana estábamos repensando los años sesenta, o por lo menos lo estaba haciendo Morris Dickstein.
    Aquella semana estábamos echando otro vistazo a los años cincuenta, o por lo menos lo estaba haciendo Hilton Kramer.
    Yo me mostraba apasionadamente de acuerdo. Me mostraba apasionadamente en desacuerdo. Por una línea telefónica llamaba al servicio de habitaciones y por la otra escuchaba con atención a una gente que parecía convencida de que la «textura» de sus vidas se había visto agradable o adversamente afectada por su conversión a las políticas del placer, por su regresión a la solemnidad lapidaria, por los años sesenta, por los cincuenta, por el cambio reciente de las administraciones y por la venta de los derechos de la edición de bolsillo de El pájaro espinonpor 1,9 millones.
    Perdí de vista la información.
    Estaba bombardeada por la opinión.
    Empecé a ver opiniones que trazaban parábolas en el aire, cruzándose con las trayectorias de los vuelos. El interurbano de la Eastern ya tenía autorización para tomar tierra y también lo tenía la solemnidad lapidaria. John Leonard y el placer formaban vectores convergentes. Empecé a ver el país mismo como una proyección en el aire, una especie de holograma, un mapa invisible de imágenes y opiniones e impulsos electrónicos. En el aire había opiniones y en el aire había aviones y en el aire había hasta gente: una tarde en Nueva York mi marido vio a un hombre que se tiraba por una ventana y caía sobre la acera de delante del Yale Club. Yo se lo mencioné a un fotógrafo del Daily News que me estaba haciendo una foto. «Para que te publique la foto el periódico tienes que pillarlos justo cuando se están tirando», me aconsejó. Él había pillado a dos cuando se estaban tirando pero solo le habían publicado la foto del primero. La fotografía del segundo era mejor, pero había coincidido con un DC-10 que se había estrellado en Orly. «Están por toda la ciudad —me dijo el fotógrafo—. Esos que se tiran. Muchos ni siquiera se tiran. Son gente que está limpiando los cristales y se cae».
    «¿Qué dice eso de nosotros como país?», me preguntaron al día siguiente cuando mencioné a la gente que se tiraba y a los limpiacristales que se caían. «¿Adónde estamos yendo?» En la planta 27 del Ritz de Chicago mi hija y yo permanecimos paralizadas en nuestros asientos a la mesa del desayuno hasta que los limpiacristales se deslizaron sanos y salvos fuera de nuestro campo visual. En una emisora de Los Ángeles que tenía los micrófonos abiertos al público, el vigilante nos dijo que iba a haber retraso porque había llamado uno que se quería tirar al vacío. «Yo digo que le dejen tirarse», me dijo el vigilante. Yo me imaginé un cielo lleno de gente que se tiraba al vacío y caía y de aviones DC-10. En los despegues y los aterrizajes agarraba a mi hija de la mano y al entrar en coche a cada ciudad buscaba las antenas con la mirada. Aquellas antenas enormes con sus luces rojas parpadeantes llevaban un mes siendo nuestros puntos de referencia. De hecho, aquellas antenas rojas con sus luces parpadeantes llevaban un mes siendo nuestro destino. «Salimos al aire en diez segundos» era la clase de instrucción que habíamos llegado a entender, porque estábamos de gira, estábamos en el mapa, estábamos en el aire metafórica y literalmente. «¿Adónde estamos yendo?» No sé adónde están yendo ustedes, dije en el estudio adjunto a la última de aquellas antenas, con la mirada puesta en el enésimo letrero de neón con la inscripción parpadeante «FLEETWOOD MAC» de los que aquella primavera había en las emisoras de radio del país entero, pero yo me voy a casa.
    1977

Joan Didion
Los que sueñan el sueño dorado



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