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sábado, 20 de octubre de 2007

David Grossman / "Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"


David Grossman

"Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"



JOSÉ ANDRÉS ROJO
Madrid 20 OCT 2007

En Delirio, una de las dos novelas breves reunidas en La memoria de la piel (Seix Barral), David Grossman (Jerusalén, 1954) cuenta la historia de Shaul, un hombre que embarca a su cuñada Esti en un incómodo viaje nocturno para buscar a su mujer. "Me gustan las situaciones límite", explica el escritor israelí que ayer recibió uno de los premios, el de Letras, que otorga la Fundación Cristóbal Gabarrón. "Y la de los celos es una de ellas. En esa historia tardé 11 años en encontrar al personaje al que Shaul va a contarle su tormento. Probé de todo hasta que un día apareció Esti, y supe que lo que ocurría con ella era verdad". En la otra novela, la que da título al volumen, una escritora desentraña sin ninguna piedad los entresijos de la aventura con un adolescente de su madre moribunda.




"El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él"
"Cuando llegamos a una encrucijada, elegimos el camino de la violencia"

A David Grossman se le conoce sobre todo por su incansable dedicación a la tarea de conseguir la paz entre israelíes y palestinos. Su obra literaria ha quedado, por desgracia, oscurecida por su activismo político. "En mis libros hay con frecuencia gente que cuenta historias a otra gente", dice. "Cuando pones una historia en palabras te transformas y el que escucha se transforma también. Lo que ocurre es que muchas veces quedas atrapado por la historia que te has contado, que te han contado. Es lo que ha ocurrido con los judíos, que no podemos liberarnos de la condición de víctimas. Ni de sabernos el pueblo elegido, con toda la soledad que deriva de ello".
"Cuando escribo quiero enfrentarme con todos mis fantasmas", cuenta Grossman, "llegar dentro de mí a todos los lugares a los que no me permito llegar. Que todo pueda ser dicho, que salga lo más oscuro y que tome un poco el fresco. No quiero protección, quiero que el suelo tiemble bajo mis pies. Mi talante moderado y conciliador lo dejo para la política, que es donde hace falta. Al escribir prefiero escarbar en emociones extremas. Y los celos son de lo peor que hay en nosotros. La paradoja es que no quieres dejar de ser celoso cuando su veneno te ha atrapado. Y es que hasta las personas más sosas se transforman cuando están quemadas por ese fuego y son capaces de imaginar las situaciones más escabrosas e inverosímiles. No serían nada si no fueran celosos. El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él".
El año pasado, el 12 de agosto, dos días después de haber reclamado el cese de hostilidades entre Israel y Líbano en una rueda de prensa junto a los escritores Amos Oz y A. B. Yehoshua, uno de los hijos de David Grossman, Uri, murió en una de las incursiones de las fuerzas israelíes en territorio libanés al ser alcanzado por un misil antitanque de Hezbolá. Cuando el escritor relata un reciente viaje con su familia a Perú y Bolivia, repitiendo uno anterior que habían hecho con Uri, el dolor atraviesa su rostro como una ráfaga. "Los palestinos y los israelíes no hemos dejado de actuar contra nuestros propios intereses. Cuando llegamos a una encrucijada, siempre elegimos el camino de la violencia. De todas las posibilidades, nos quedamos con la guerra. Es como una condena divina".
"No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas", escribió poco después Grossman en un artículo, Nuestra familia ha perdido la guerra, publicado ese mismo mes en este periódico. Pierde la guerra la familia de Grossman, pero en realidad la están perdiendo palestinos e israelíes desde hace años. Hace poco, y con la valentía que caracteriza sus intervenciones, Grossman (y Oz y Yehoshua y otros 12 intelectuales) fueron rotundos: pidieron a Olmert que negociara un alto el fuego con Hamás, el partido fundamentalista que domina la franja de Gaza y que incluso la Unión Europea ha proscrito.
"No soy ingenuo", explica el escritor. "Irán quiere borrar a Israel del mapa, y Hamás también. Pero no habrá paz sin ellos y todos estamos cansados de la guerra. Hace 30 años me calificaron de traidor cuando dije que Palestina necesitaba un Estado. Hoy no comparto el optimismo de quienes celebran la separación entre una Palestina fundamentalista y otra moderada. Para que haya paz, los palestinos tienen antes que resolver sus contradicciones internas".
Cuenta Grossman que los israelíes hablan de hamatzan, cuya traducción literal es "la situación", cuando se refieren a los desastres que padecen. Uno de ellos es el muro que los separa de los palestinos. "Ahí vemos al otro como el reflejo de nuestros propios temores. Y no tiene sentido. Pero nos hace falta una frontera fija. Desde que existe Israel sus límites no están definidos, se mueven permanentemente, y por eso existe la tentación de conquistar nuevos territorios. Hemos llegado al punto en que sólo somos una armadura sin ninguna persona dentro. Hay que definir nuestro espacio para saber quiénes somos y quiénes son ellos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2007



jueves, 18 de octubre de 2007

Deborah Kerr, de aquí a la eternidad

 

Deborah Kerr y Burt Lancaster
De aquí a la eternidad

Deborah Kerr, de aquí a la eternidad

La escocesa que sedujo a Hollywood con su talento camaleónico muere a los 86 años


Nueva York
18 de octubre de 2007

El beso adúltero de Deborah Kerr y Burt Lancaster abrazados por las olas en una playa desierta en De aquí a la eternidad quedó cincelado en las grandes pasiones del cine. La inolvidable protagonista de aquella película que con su controvertido papel de esposa hambrienta de atención y sexo escandalizó al puritano estadounidense medio de los años cincuenta, falleció el martes en Suffolk (Reino Unido) a los 86 años víctima de la enfermedad de Parkinson. Hacía tres décadas que se había retirado del cine tras una carrera que comenzó en Inglaterra pero floreció en Hollywood y que además de aquel mítico beso incluyó más de cuarenta películas, entre ellas títulos imprescindibles como La noche de la Iguana, de John Huston; Narciso negro, de Michael Powell y Emeric Pressburger; Julio César, de J. L. Mankiewicz, o Té y simpatía, de Vincente Minnelli.

Fue una artista de impecable gracia y belleza, dedicada a cultivar la perfección
Al principio de su carrera fue encasillada en papeles de dama decente e intachable


Nació en un pueblo escocés y a los cinco años se mudó con su familia a Bristol (Inglaterra). Allí comenzó en el ballet. "Cuando me di cuenta de que nunca sería la nueva Margot Fonteyn me presenté a una audición de teatro y me cogieron", declaró en una entrevista al Chicago Tribune en 1986. De los pequeños papeles de repertorio en los teatros londinenses dio el salto al cine durante la II Guerra Mundial. Su primera interpretación importante en Major Barbara (1940), en la que encarnaba a una mujer caritativa, marcaría su primera etapa como actriz, donde Kerr fue encasillada en papeles de dama decente e intachable, la personificación del ideal británico de la época. Según declaraciones de Lawrence Olivier de entonces, además, tenía fama de ser "irrazonablemente casta". Con la Narciso negro, en la que interpretaba a una monja con instintos demasiado carnales para su condición, mostró el abanico interpretativo de la actriz, que fue invitada a dar el salto a Hollywood en 1947.

En apenas tres años conseguía su primera candidatura al Oscar por Edward, mi hijo, de George Cukor. A lo largo de su carrera conseguiría otras seis (por De aquí la eternidad, El rey y yo, Sólo Dios lo sabe, Mesas separadas y Tres vidas errantes) y ninguna estatuilla. En 1994, años después de retirarse, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas decidió hacerle justicia otorgándole un Oscar honorario como a "una artista de impecable gracia y belleza, una actriz dedicada que a lo largo de toda su carrera siempre ha defendido la perfección, la disciplina y la elegancia".

Su papel en De aquí a la eternidad junto a Burt Lancaster -con quien supuestamente mantuvo un romance durante la película que hizo que aquel tórrido beso en la playa se mitificara aún más-, fue la puerta definitiva hacia una amplia gama de papeles que la convirtieron en una de las actrices esenciales de los cincuenta. "Era una época de arquetipos: había mujeres que eran sex-symbols como Marilyn Monroe y otras que ejercían de grandes damas como Audrey Hepburn. Deborah Kerr podía ser las dos", aseguraba ayer en declaraciones a Los Angeles Times Jeanine Basinger, autora del libro A Woman's view: how Hollywood spoke to women.


Kerr alternó Hollywood, donde todos los grandes directores quisieron trabajar con ella -desde Elia Kazan a Otto Preminger- con Broadway, donde también cosechó varios éxitos.


Otro beso, el que le daba a Cary Grant en Tú y yo, en 1957, del que se hablaba en el remake de la misma película hecho en 1993 (Algo para recordar), le hizo declarar entonces, ya retirada de la profesión: "Cary y yo sabíamos cómo besar. Cuando hacíamos una escena de amor no nos intentábamos engullir el uno al otro, pero por esos breves instantes, nos amábamos. Creo que entiendo lo que las mujeres ven en esa película. Hay una dulzura muy atractiva y que está alejada de la crudeza de hoy. Les hace entender que el mundo ha perdido algo entrañable".


Deborah Kerr vivía en Marbella desde hacía más de 35 años, junto con su marido Peter Viertel, guionista de La reina de África, entre otros clásicos, con el que contrajo matrimonio en 1960. Residían en una pequeña casa pegada al campo de golf Río Real, aunque la pareja también pasaba pequeñas temporadas, sobre todo en verano, en otra vivienda que poseían en Suiza, informa desde Marbella Juana Viúdez.


Nada era lo mismo sin su "amiga", declaró en julio a este periódico Viertel, pues ése era el modo al que se refería a Kerr continuamente. "Está en una fase muy desagradable de la enfermedad, es muy duro para nosotros". De sus frases se deducía que la actriz, conocida por su belleza, prefería que se la recordase por sus trabajos cinematográficos. Aseguraba que hablaba castellano mucho mejor que él y que con su simpatía hacía que fuera fácil vivir en cualquier lugar. "Conquistaba a todo el mundo". Ambos son muy queridos en Málaga y Kerr incluso daba nombre a una calle de la urbanización en la que residían.


EL PAÍS


Deborah Kerr / Un beso que se adelantó a su tiempo

Deborah Kerr y Burt Lancaster
De aquí a la eternidad


Deborah Kerr

Un beso que se adelantó a su tiempo


ELVIRA LINDO
18 de octubre de 2007

Hay artes que se aprecian con el tiempo. El juicio juvenil, tendente a admirar la belleza en su sentido más obvio, no suele apreciar cierto talento. El arte de la interpretación de esta actriz, Deborah Kerr, está seguramente inscrito en toda esa lista de tesoros que nuestros ojos juveniles no podían disfrutar del todo. A la Academia de Cine americano le debió pasar lo mismo porque, siendo una actriz respetadísima, nunca la consideró merecedora de un Oscar. Mejor dicho, se lo concedió cuando ya no quedaba más remedio, al final de una carrera plena de interpretaciones preciosas. Desde siempre recuerdo a Deborah Kerr pero mis ojos de niña o adolescente preferían a las actrices más arrebatadas o más guapas. Ahora, mi experiencia me permite disfrutar de toda la sutileza de su estilo. Una sutileza que la encasilló en papeles de mujer contenida y atormentada y de la que ella intentó zafarse atreviéndose a protagonizar ese De aquí a la eternidad, que contiene una de las escenas más calientes del cine de esa época y de ésta, en la que lo caliente siempre parece estar relacionado con lo obvio. La Kerr era de todo menos obvia y previsible, y todos los papeles que interpretó están abordados de una manera muy moderna, que la enmarca más en el naturalismo de los grandes actores de ahora mismo, que afrontan la naturaleza de los personajes no sólo desde lo que dice sino también en lo que se contiene y se calla.


 

Los grandes directores supieron ver el talento de esta actriz con formación teatral -lo cual siendo una actriz inglesa significa poseer una gran preparación- y no es casualidad que John Huston, Mankiewicz, Zinnemann o Jack Clayton se rindieran a esta mujer de belleza nada estridente y tan rica en unas emociones interiores que la hacían apropiadísima para interpretar a personajes de grandes turbulencias psicológicas. Aunque los buenos títulos que protagonizó son muchos y serán en estos días reseñados por los expertos, yo, como simple admiradora, me quedo con dos momentos y papeles que guardo como esenciales en mi memoria cinematográfica y que compartiré con muchos espectadores: el tórrido beso en De aquí a la eternidad con Burt Lancaster en la playa, donde todo lo que puede expresarse sobre el deseo sexual está en esos dos cuerpos mojados sobre la arena, y la inquietante personalidad de la institutriz de Otra vuelta de tuerca, de la que no llegamos a discernir si está en esa casa para aterrorizar a unos pobres inocentes o si está inocentemente aterrorizada. Tuvo la suerte de protagonizar películas eternas, de esas que han superado con toda justicia la criba del tiempo, y las supo enriquecer con la fuerza de un raro, nada usual atractivo. Demostró su capacidad de interpretar papeles muy diversos aunque creo que hay algo que le hubiera resultado imposible: desprenderse de su delicada feminidad y de una tremenda elegancia. Dicen que ha muerto sin recuerdos, sin saber que ella era Deborah Kerr.




Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.


EL PAÍS




Muere la actriz británica Deborah Kerr a los 86 años

 

Deborah Kerr


Muere la actriz británica Deborah Kerr a los 86 años

La protagonista de películas como 'De aquí a la eternidad' padecía Parkinson desde hacía varios años


Londres, 18 de octubre de 2007

La actriz británica Deborah Kerr, protagonista de clásicos del cine como De aquí a la eternidad o El Rey y yo, falleció el pasado martes a los 86 años en el condado de Suffolk, en el sureste de Inglaterra. Kerr, uno de los máximos exponentes del Hollywood de los años 50, padecía Parkinson desde hacía varios años.


La actriz, casada con el escritor y guionista de Hollywood Peter Viertel y madre de dos hijas, vivía en Suiza, pero volvió a Reino Unido para estar cerca de su familia ante el empeoramiento de su estado de salud.


Nacida en Helensburgh (Escocia) en 1921, la intérprete intervino en numerosos filmes británicos antes de dar el salto a Hollywood en 1947, donde pronto se convirtió en uno de los nombres imprescindibles de la cartelera estadounidense.



Kerr estuvo nominada en seis ocasiones al Oscar a la mejor actriz, dos de ellas tras haber interpretado dos de los papeles que le reportaron mayor reconocimiento: De aquí a la eternidad, con Burt Lancaster (1953), y El Rey y yo, con Yul Brynner (1956).


La famosa escena en la playa de Kerr junto a su compañero de reparto Burt Lancaster en De aquí a la eternidad es una de las imágenes más repetidas del mundo del cine, y en la época llegó a rozar lo escandaloso.


Otras de sus películas fueron Tú y yo (1957), de Leo McCarey; Buenos días tristeza (1958), de Otto Preminger; y Vida y muerte del Coronel Blimp (1943), de Michael Powell y Emeric Pressburger.


En 1994, Kerr recibió un Oscar honorífico por su carrera consagrada al cine.


EL PAÍS


sábado, 13 de octubre de 2007

Hilary Mantel / Tras la sombra / Reseña


Hilary Mantel

TRAS LA SOMBRA

La era de los videntes



CECILIA DREYMÜLLER
13 OCT 2007



En quinientas páginas, la corrosiva británica Hilary Mantel retrata las trampas de una médium profesional que recorre las ferias de esoterismo vecinas a Londres.


En la narrativa inglesa surgió, a finales de los años ochenta, una novelística femenina dúctil, entretenida y antisistema. Unía la mordacidad con lo folletinesco, el realismo descriptivo con la sátira, y su campo de tiro lo constituía los efectos de la devastadora política social de Thatcher y Mayor: la decadencia moral y económica de la clase media y la depauperación obrera. A Hilary Mantel (Derbyshire, Reino Unido, 1953) habría que contarla entre este grupo corrosivo, nunca constituido como tal. Su especialidad es el mundo de los espíritus con mensajes de ultratumba y apariciones de muertos. ¿Quién no va a apostar por los habitantes del mundo etéreo, si "por cada persona a este lado hay treinta y tres al otro"? En Tras la sombra retrata magistralmente a Alison, una médium profesional que recorre con su mánager los pueblos que rodean Londres, para actuar en ferias de esoterismo y shows espiritistas donde emboba con generalidades hábilmente endosadas de fenómenos paranormales, a una clientela deseosa de ser rescatada de sus anodinas existencias.


TRAS LA SOMBRA

Hilary Mantel
Traducción de Damián Alou
Global Rythm. Barcelona, 2007
527 páginas. 23 euros

Funda su holgada existencia en las abuelitas, los suicidas, asesinados y niños abortados que se manifiestan a través de ella, aunque otros espíritus viven a su vez de ella, y se las tiene que ver con ellos. Los más habituales son una pandilla de criminales descerebrados al servicio de Nick, encarnación barriobajera de Belcebú. La descripción de las trastadas de este grupo -una transferencia del realismo sucio de los bajos fondos ingleses al mundo de los espíritus- constituye el genial resorte cómico de la novela. Este humor negro, aderezado de una medida dosis de mal gusto, atenúa el cuadro desolador que dibuja como de pasada de la Inglaterra de los suburbios: la insolidaridad, el oscurantismo televisivo, la intoxicante vulgaridad. Lamentablemente, se deja llevar por la manía detallista y la obra está sobrecargada de calderilla psicológica, diálogos chatos y pormenores disparatados. De modo que, en sus más de quinientas páginas, se diluye hasta lo irreconocible la lúcida crítica sobre el abandono social y el retroceso al irracionalismo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de octubre de 2007

viernes, 5 de octubre de 2007

Bruno Ganz / "Me temo que Hitler sea el papel de mi vida"



BRUNO GANZ

"Me temo que Hitler sea el papel de mi vida"

Bruno Ganz, protagonista de 'El hundimiento', estrena en España 'Vitus', una historia centrada en un niño prodigio


José Comas
Berlín, 5 de octubre de 2007

De Bruno Ganz, el actor suizo de 66 años, se puede afirmar sin exageración que se caracteriza tanto por la calidad de sus trabajos en cine y teatro como por una extraordinaria polivalencia. Cuando apenas se habían apagado los elogios y el debate sobre su interpretación de Hitler en la superproducción El hundimiento,basada en el libro de Joachim Fest, aceptó un papel en Vitus, una película suiza de bajo coste que hoy se estrena en España, en la que representa el papel de un abuelo soñador que se convierte en refugio para su nieto prodigio. Antes de Vitus, Ganz aceptó un breve papel encarnando al cardenal polaco Stefan Wyszynski en un filme sobre el papa Juan Pablo II, y después intervino en una película dirigida por Francis Ford Coppola, todavía sin estrenar.

Sostiene Ganz que a la hora de decidirse por una película el guión es decisivo. Ahora, con toda la experiencia que le proporciona haber participado en muchas producciones y moverse entre gente famosa, se fija un poco más en quién participa y, sobre todo, en quién dirige. "Pero lo esencial sigue siendo el guión", afirma el actor con rotundidad. No obstante, Vitus ha sido una excepción en ese sentido. El director de la película, Fredi Murer, vive en Zúrich, la ciudad natal de Ganz. Ambos se conocían y charlaban de vez en cuando. El actor consideraba excelente una de sus películas y tenía ganas de trabajar con él. Surgió esa posibilidad y la aceptó, aunque el texto -que hubo que reescribir por un problema de presupuesto- no le pareciera tan bueno.
Ganz asegura que la historia de Vitus, un niño superdotado y sus dificultades por ser un niño que juega como los demás pero que al mismo tiempo es una criatura excepcional, "le resultó fascinante" por el retrato de sus problemas y por la relación de amistad que existe con el abuelo, que trata de ayudar a su nieto y a la vez intenta no entrometerse.
La variedad de personajes que lleva interpretados convierte a Ganz en un actor difícil de encasillar. "Es lo fascinante de mi profesión. En eso soy anticuado; me encanta que cada papel sea diferente, es un reto". El actor lo atribuye a su relación con el teatro donde trabajó durante 15 años. "Allí es mucho más fácil cambiar de papel, transformarse. Basta una barba pegada a la cara. En el cine es mucho más complicado, porque la cámara lo ve todo". Vitus tiene además una complicación añadida: el trabajo con un menor. "No se puede hablar con los niños como se habla con un actor; la comunicación es más difícil. Los niños están en su mundo y no se les puede pedir que actúen de esta o aquella manera. Sólo saben ser ellos mismos. No son actores. Hay que mirar cómo son, tratar de acercarse. Cuando funciona, es muy bonito, porque es muy auténtico. Me gusta trabajar con niños".
Al niño de la película, Teo Gheorghiu, "un chico superdotado de veras", Ganz lo escuchó en Zúrich interpretar a Beethoven. La secuencia final de la película es documental, un concierto real que dio Teo. "La decisión fue difícil", afirma el actor. "¿Queríamos un niño con mucho talento como actor y que tocara en play back? A mí me pareció que era mejor buscar a un verdadero niño superdotado que supiera tocar el piano. Lo de la actuación ya lo arreglaríamos".
A Ganz no le gusta hablar de su papel en El hundimiento por su complejidad. Teme que el de Hitler será el papel de su vida, que así pasará a la historia, "si es que no me dan otro papel importante antes de que me muera. Hitler es una figura controvertida, y si la representas como yo lo hice es normal que se te quede pegada". Muchas personas muy importantes para él, que le recomendaron rechazar el papel, lo criticaron con dureza tras el estreno. A él la película le parece correcta, y su trabajo, bueno. Piensa que no tiene de qué arrepentirse ni disculparse: "Estoy orgulloso de haberlo hecho y de las críticas positivas de personas que admiro, como Coppola. Así que está bien".
Bruno Ganz también ha trabajado en Der Baader-Meinhof Komplex [El complejo Baader-Meinhof], que se estrenará el año que viene. En el filme sobre el grupo terrorista que puso en jaque al Estado alemán en los años setenta del siglo XX, el actor interpreta al gran jefe de la policía alemana Horst Herold. La historia está contada desde la perspectiva de los terroristas de la Fracción del Ejército Rojo (RAF). El Estado apenas se menciona, y ni el canciller ni los ministros aparecen en la historia. Sólo el jefe de policía Herold. A la pregunta de qué aportará esta nueva película cuando Alemania está inundada de filmes, libros, documentales y publicaciones con motivo del 30º aniversario del terrorismo del "otoño alemán", el actor responde que tampoco El hundimiento decía nada nuevo, y piensa que la forma de Der Baader... puede aportar mucho.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de octubre de 2007


miércoles, 3 de octubre de 2007

El éxito persigue a Bimba Bosé

Bimba Bosé




El éxito persigue a Bimba Bosé

Su tipo andrógino siempre ha llamado la atención,
como diseñadora está en la ‘pelea’ y ahora ya
se habla de su voz

Marisa Zannie
El Universal
Miércoles 03 de octubre de 2007

Es alta: cerca del 1 .80, delgada, como se requiere para ser modelo, lleva el pelo muy corto y tiene los hombros anchos. Y cuando se viste de hombre, cosa que sucede frecuentemente, uno podría pensar que viajó en el túnel del tiempo y que se encuentra frente a Miguel Bosé a los 31 años, áquel del “Amante Bandido”.
Muchas veces la gente piensa que Bimba Bosé, modelo, diseñadora y ahora también cantante, podría ser resultado de un desliz de su tío Miguel, pero en realidad es hija de Lucía Dominguín, la “hermana anónima” de la familia Dominguín Bosé, compuesta además por Miguel y por Paola, una famosa modelo en su tiempo.
De los tres hermanos, es la madre de Bimba quien menos ha dado material a la prensa rosa.
Por su parte, Bimba está casada, y por la iglesia, desde mayo del año pasado, con Diego Postigo, padre de su hija Dora. Su verdadero nombre es Eleanora Salvatore Dominguín, “Bimba” es su sobrenombre desde pequeña y quiere decir “niña” en italiano. El porqué adoptó el apellido Bosé para su nombre artístico resulta bastante obvio.
Esta mujer —cuyo gran éxito en el modelaje ha sido su aspecto andrógino y misterioso— nació en Roma, aunque la familia viajaba constantemente, pues su padre, Sandro, era ingeniero. Cuando tenía siete años sus padres se separaron y Bimba se mudó a Madrid con su madre y hermanos. Ella ha descrito a Miguel Bosé como un “segundo padre”.
Bimba abandonó los estudios formales a los 16 años y fue entonces que Miguel también se convirtió en su mecenas, pues le pagó una prolongada estancia en Londres.
La modelo
Estudió danza, creó su sello discográfico, pues siempre le gustó cantar, y como el modelaje le atraía más que la actuación (otra actividad en la que incursionó), se marchó a Nueva York para probar suerte en las pasarelas.



martes, 2 de octubre de 2007

Conversando con José Manuel Caballero Bonald

José Manuel Caballero Bonal
Madrid, 2001
Foto de GORKA LEJARCEGI

Conversando con José Manuel Caballero Bonald

 

Harold Alvarado Tenorio

2 de octubre de 2007

Poeta, novelista,  estudioso del flamenco, teórico del vino, productor musical, navegante, pintor, guionista de teatro y televisión, letrista, profesor de literatura, editor, subdirector de Papeles de Son Armadans, la revista de Cela y presidente del PEN Club en España, José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) pudo ser un elegante capitán de barco por su porte elegante, de aristócrata andaluz afligido de señorío y nostalgias, yendo y viniendo entre los viñedos y pantanos, las serranías y playas del mar, amando la vida y sus placeres. Quizás por ello goza de un enorme prestigio entre casi todas las cáfilas y catervas de los intelectuales peninsulares y sudamericanos, que le han celebrado con numerosas distinciones entre las que figuran el Premio Nacional de las Letras, Nacional de Literatura, Nacional de la Crítica en tres ocasiones, Pablo Iglesias, Reina Sofía, Julián Besteiro,  Andalucía de las Letras, Biblioteca Breve, Plaza y  Janés,  Boscán y el Nacional del Disco por su Archivo del Cante flamenco.
Desde cuando regresaron de Colombia, a comienzos de los años sesentas, José Manuel (Pepe) Caballero Bonald  y María Josefa (Pepa) Ramis Cabot, su mujer,  han vivido en la Dehesa de la Villa en el barrio de la Ciudad Universitaria de la Complutense, jardines donde se defendió la ciudad durante la Guerra Civil, en violentos combates comandados por Buenaventura Durruti. Un barrio poblado de piñoneros, carrascos, almendros, chopos, fresnos, olmos y acacias, sobre todo en las calles Francos Rodríguez, donde está una de las bocas del metro y María Auxiliadora, donde queda su piso, en un edificio que han ocupado Francisco Brines, Fernando Quiñones, José Ramón Ripoll, Arcadio Blasco o Carmen Perujo, sus amigos de siempre.
Caballero Bonald ha cumplido el año pasado sus únicos ochenta años, y una batahola de conferencias y exposiciones fueron programadas en la fundación que en su ciudad natal lleva su nombre. He conversado con el poeta en su piso madrileño, este último verano, el mismo día cuando una editorial catalana puso en venta la más reciente antología de su obra: Summa vitae, preparada por Jenaro Talens. Caballero Bonald conserva ese rostro de modelo de Velásquez de muchas de sus fotos de juventud, con un habla salpicada de picardías, medio cubana y colombiana, aparentando estar distraído pero al borde de una mueca maliciosa que va dando cuerpo a ese lento desdén prolongado con el cual precisa y dicta los despojos de su prodigiosa memoria.


Ochenta y un años Pepe…

Cuando se mira para atrás se ve de todo. Se ve que cada vez va quedando más pasado y menos futuro, y eso no es un episodio como para andar celebrándolo. La vejez es una cosa atroz, una frontera alarmante; te has convertido en un viejo y eso te angustia en cierto modo. Has escrito lo que tenías que escribir, has cumplido con tu propia vida, con tus ambiciones  y te quedas ya como sentado en tu butaca viendo caer la tarde bajo un árbol en el jardín. Y esa sensación de acabamiento, de postrimería, produce un sentimiento de fin de trayecto, y ya no hay ningún nuevo punto de partida. Todo eso es una cabronada, claro, aparte, claro, del escepticismo, la desgana, las descreencias... Da para mucho la vida de una persona que ha vivido 81 años y se sigue defendiendo de muchas cosas que aparecen cada mañana en la prensa. Basta repasar las noticias del día, esa sarta espantosa de imágenes, guerras miserables, injusticias, lo que pasa con los derechos humanos. Yo trato de recuperar la dignidad de vivir. No quiero convertirme en un viejo cascarrabias, no me gusta, pero cada vez hay una tropa mayor de majaderos, fantoches y tentetiesos. Me dan ataques de cólera que procuro dominar. Pero no tengo edad de aguantarme. Yo soy un ciclotímico literario, así que cuando no escribo me ocupo bastante de la vida cotidiana y de la política, y eso me alarma y me sofoca. Siempre me ha tentado decir lo que pienso, aunque me costara esfuerzos y me proporcionara algún que otro encontronazo. A mí, los años quizá me hayan hecho más temerario en este sentido. Y eso me produce una especie de satisfacción -digamos- de doble filo.  Pero de lo único que estoy plenamente satisfecho es de mi obra literaria, que he trabajado con  ahínco y creo que con solvencia, y de mi vida privada. Llevo más de media  con una mujer que me ha ayudado mucho a no perder el norte.  

Usted nació y vivió hasta bien entrada la adolescencia en Jerez de la Frontera…

Ser jerezano es una denominación de origen, una mezcla de buena educación y de ignorancia, yo nací en los años veintes y puedo decir que me gustó nacer entonces. De mi niñez siempre recuerdo la azotea de mi casa, desde donde me asomaba a ese mundo luminoso de Jerez, a las ventanas, las escaleras y los patios de nuestros vecinos, pero lo que bien recuerdo de mi niñez y primera juventud fueron aquellos veranos en Sanlúcar de Barrameda, donde conocí el mar y viví las primeras excitantes escapadas de las domésticas, un descubrimiento del mundo… Luego, en mi adolescencia estuve un año en cama, reposando, y entonces conocí la literatura, un viejo amigo de casa, amante de los libros me prestó la antología de la poesía española que había hecho Diego y los poemas de Juan Ramón Jiménez, y entonces quise ser poeta…

Hijo de cubano y francesa…

Sí, pero sepa usted que no me siento para nada francés, incluso hay algo que repudio en toda esa cultura francesa, no  me seduce ni me siento identificado para nada con Francia.  Me considero más ligado a mi sangre cubana. Mi padre, Placido Caballero, era de Camagüey. Yo he estado en Cuba varias veces y me  he sentido como reencontrando las raíces familiares. Uno de mis cuatro abuelos era andaluz, andaluz de la costa malagueña mediterránea, y seguramente, a través de ese abuelo, me viene esa memoria árabe que cada vez entiendo más vigorosa y más influyente y que desplaza a cualquier otro asidero espiritual respecto a una u otra cultura. Mi madre, Julia, era bisnieta del Vizconde de Bonald, un integrista y un reaccionario de mucho cuidado, pero mi madre era otra cosa, era liberal, extrovertida. Mi padre se dedicaba a los negocios con el vino y por eso me he interesado en su elaboración, su tratamiento, color, pero no desde el punto de vista industrial o químico, sino desde la magia, la alquimia, de alguien que ve cómo la uva se convierte en ese liquido maravilloso que agrada y perturba…

¿Juan Ramón Jiménez?

Si, de Juan Ramón he aprendido casi todo, incluidos sus excesos, y no sólo como poeta sino como prosista. Casi nunca ha dejado de decirme cosas inolvidables. Aunque en alguna ocasión me las haya dicho con escasa ecuanimidad o con excesiva retórica, que eso importa menos. Entre otras cosas, porque cada vez estoy más convencido que muchas de mis trastiendas artísticas, y hasta mi gusto por las infiltraciones neuróticas del lenguaje, dependen en parte de ese ya remoto entrenamiento. Lo cual siempre es muy de agradecer. Desde la Segunda antolojía -el primer libro poético que me dejó absorto- hasta Espacio -uno de los poemas más fascinantes de toda nuestra cultura literaria-, Juan Ramón Jiménez ha sido el supremo y egocéntrico regente, el gran mentor inflexible de casi todo el aparato estético que usó -y sigue usando- la poesía española del siglo XX. Con él se acota una jurisdicción literaria que aún mantiene sus prerrogativas y en la que incluso se integrarán los últimos poetas -puros o impuros, qué más da- que ya esperan tumo en el arrabal didáctico de los manuales.

Pero entiendo que fue José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado quien lo hizo hacerse escritor…

Es cierto. En Jerez, en la pequeña biblioteca familiar, descubrí  una biografía de Espronceda escrita por Narciso Alonso Cortés, un historiador ya olvidado. Quedé deslumbrado por el personaje, un hombre que había hecho de todo en sus treinta y cuatro años de vida, había luchado en las barricadas de París, fundado una sociedad secreta, estado preso, exiliado por republicano, había sido diputado, guardia de corps, diplomático en Holanda y como si eso fuera poco, se fugó a Lisboa con una muchacha de la que había estado enamorado desde que ella era una niña, hasta cuando ella le dejó y un buen día, paseando por la calle Santa Isabel de Madrid, Espronceda se asomó a una casa donde estaban velando un cadáver y descubrió que la muerta era su ex amante, y entonces escribió su magnífico Canto a Teresa [Mancha]. Yo quise ser como Espronceda. Quería imitarle, pero como era imposible emularle en tantas y tan maravillosas facetas y hazañas, lo que hice fue rivalizar con él en las dos que tenía más a mano: escribir poesía, cosa que me ha durado hasta hoy, y llevar una vida licenciosa, que en aquellos años con la asignación semanal se limitaba a llegar algún día tarde a casa… Y así hasta el sol de hoy…

También quiso ser marino…

Aún ahora sigo siendo muy aficionado al mar. Navego con cierta frecuencia, en Galicia o en Andalucía. La mar ejerce en mí una fascinación muy especial, por todo lo que representa: la libertad absoluta, y también la aventura. Creo que me hice escritor porque soy un aventurero frustrado. Esa afición procede de mis lecturas de Emilio Salgari y Jack London. Hasta donde alcanza mi memoria me veo leyendo a Salgari. Siempre fui muy aficionado a la literatura de aventuras, sobre todo aquellas relacionadas con el mar. He sentido, siento aún, una predilección especial por todos los escritores que eligen el mar como escenario para sus historias. Autores como Stevenson, Conrad,  Melville. Todo lo que tuviera que ver con aventuras en la mar me apasionaba... y cada vez me apasiona más. Yo quería ser un aventurero y la única posibilidad que tenía a mano era hacerme marino, pero luego, como casi todos los muchachos de mi edad de la posguerra,  enfermé del pecho, tuve que reposar y ya no estaba en condiciones  físicas de ser marino y lo cambié por Filosofía y Letras en Sevilla, que fue como equivocarme de otra manera.

La Guerra Civil, como a sus compañeros de generación, transformó su vida…

La guerra fue un caos, una barbarie colectiva. La verdad es que creo que nuestra relación con la guerra se materializó a través de la posguerra. En la posguerra hubo el edicto de persecución y muerte al perdedor, y eso fue horroroso. Yo era un niño cuando los acontecimientos, mis recuerdos son muy vagos, pero es que luego ya éramos adolescentes, y la guerra, aunque había acabado, seguía estando ahí, como una presencia terrible, traumática, que afectó a todos los españoles. Y, claro, también a nosotros. El titulo de mi primer libro de memorias, Tiempo de guerras perdidas, tiene un sentido figurado, se refiere a las ilusiones que no se materializan, a los sueños truncados. Pero también tiene un sentido real, el de la propia guerra perdida. Porque, al finalizar la guerra, se suponía que yo pertenecía al bando de los vencedores por mis orígenes, por mi familia, pero poco a poco empecé a sentirme del lado de los vencidos. Otro hecho es la censura, durante mi juventud eché de menos muchos textos. A medida que crecía y me aficionaba a leer,  iba teniendo noticias de escritores, sobre todo poetas del 27... y a esos textos no se podía acceder. Libros de Cernuda, de Alberti, del mismo Lorca... vamos, todas aquellas páginas maravillosas que estaban fuera de la circulación. Entonces, a través de algún amigo que había salvado de la quema -en muchas ocasiones, de la quema real- yo fui leyendo aquellos autores prohibidos, falazmente censurados por la censura franquista. Al principio yo no entendía muy bien por qué aquellos libros estaban prohibidos. Por aquel entonces yo era todavía muy joven, y mis ideas políticas no estaban lo que se dice definidas. No le daba muchas vueltas al hecho de que ciertos libros estuvieran fuera de la circulación. Simplemente pensaba que, bueno, que eran autores que habían perdido la guerra, que estaban en el exilio...Me limitaba a soportar esas carencias, esa falta de determinados libros, pero reconozco que no hacía ningún tipo de crítica. Las críticas vinieron después.

Y vino el viaje a Madrid...

Llegué a Madrid con mi primer libro, Las adivinaciones, que ganó el Premio Platero y un accésit del Adonais.  Fue una llegada muy triste,  era una ciudad con restricciones de luz, medio en penumbra, existía la cartilla de racionamiento, había que comer en los restaurantes económicos. Era un Madrid muy sórdido y muy triste. Gris. Un ambiente muy hostil en la calle. Allí, en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe conocí a Valente y Goytisolo y a Hernando Valencia  Goelkel, Jorge Gaitán Duran y Ernesto Mejía Sánchez, que fueron mis amigos y por quienes conocería buena parte de América Latina. Fueron esos los años cuando comencé a tener cierta conciencia política, en la milicia naval universitaria, un período que duraba tres veranos. Fui testigo de tantos disparates en la organización militar...esas jerarquías, ese sentido de la obediencia... Bueno, todo aquello fue provocándome un prurito de enfrentamiento a una ideología que empezaba a encontrar disparatada. A través de ese encono personal, y todavía sin una conciencia política clara, yo me fui enfrentando a toda una situación social de la España de la época. Luego ya el proceso político real se materializó de la mano de Dionisio Ridruejo, que fue un personaje al que yo quise mucho, y al que estábamos unidos un grupo de personas como Moreno Galván, Juan Benet, Fernando Baeza, Pepín Vidal Beneyto, para mí fue como el foco de donde arrancó mi actitud política antifranquista. Con Dionisio compartí yo muchas cosas... incluso la cárcel, en el año 64. Así me vinculé a la lucha antifranquista.

Miembros también de la Generación del 50, a la cual usted pertenecería…

El grupo del 50 fue eso, un grupo. Generación, de ninguna manera. Sólo era un grupo dentro de una generación. Éramos ocho o nueve poetas y el correlato de los novelistas: García Hortelano, Marsé, Grosso, Zúñiga, Ferres, etc. El concepto de grupo dentro de una generación ha tenido una importancia cada vez más notoria en la evolución de la poesía española y además creo que había algunos miembros de esa generación –como podían ser Barral o Gil de Biedma- que eran realmente unos hombres cultos, petulantes, unos eruditos insolentes, críticos de la cultura, personas que hablaban tres o cuatro idiomas. Un grupo diezmado por la fatalidad y un tanto, autodestructivo, con tendencia a hacer lo contrario de lo que parece convencionalmente recomendable.
Surgió por complicidad política y de eficacia operativa en Collioure, durante el aniversario de Antonio Machado. Entonces Carlos Barral decidió que se iba a publicar una antología recogiendo la actitud del grupo, que es lo que en cierto modo fue verdad. Yo creo que el grupo surge porque realmente éramos amigos, unos más que otros, como siempre ocurre y luego teníamos muchas cosas en común. Una actitud moral frente a la dictadura. El respeto mutuo,  más o menos la misma estatura... Leíamos los mismos libros. Procedíamos de un medio universitario y luego nos unió sobre todo la lucha contra la dictadura. Era un factor de cohesión de innegable importancia. Era el tiempo de la utopía. Afortunadamente, la utopía se defendía. Luego fue como una esperanza aplazada. Esa lucha, esa oposición al régimen de Franco fue lo que de verdad nos unió. Porque teníamos muchas cosas en común, sí, traíamos con nosotros una nueva manera de vivir... y de beber, porque teníamos una tendencia manifiesta al consumo de bebidas alcohólicas. Pero luego la procedencia universitaria, el origen familiar, la necesidad de restaurar una realidad cultural que la guerra había interrumpido... Esos factores, qué duda cabe, sirvieron para unirnos. Pero sobre todo nos mantenía como una piña el deseo de demostrar nuestra oposición a la dictadura, a una situación que no comprendíamos.
Iniciamos el mestizaje, una tradición hecha de otras tradiciones, españolas y también en este caso anglosajona. Pero las afinidades literarias, aunque en teoría iban por el mismo camino, o por caminos próximos, tampoco me parecen muy destacables. Hubo, eso sí, durante algún tiempo, algo común que tenía una manifiesta justificación histórica: la pretensión de usar literatura como un instrumento de agitación social. No olvide, Alvarado, que estábamos luchando y escribiendo en unas circunstancias absolutamente angustiosas: persecuciones, encarcelamientos. Cultivamos una auténtica literatura de la resistencia, condicionada por las secuelas de la situación policíaca del franquismo.  Había que sortear la censura con eufemismos, medias palabras, claves, sin explicar las cosas directamente.  Todo eso repercutió en perjuicio de la propia literatura.  Pero todo eso también acabó dejándose llevar por la desgana, el escepticismo. Éramos muy distintos literariamente hablando. Gil de Biedma tiene poco que ver con Barral, o con Valente... Yo nada con Goytisolo. Pero éramos muy amigos, Nos reuníamos con frecuencia, hablábamos...éramos muy aficionados a trasnochar, éramos noctámbulos, desobedientes, insumisos. Y que Barral fuera editor y a través de la editorial canalizara nuestras primeras obras fomentó, digamos, una sensación de solidaridad entre nosotros.

¿Cuáles, de ellos, fueron sus más cercanos?

Mis grandes amigos fueron Ángel González y Juan García Hortelano. Con Barral, que además fue mi primer editor, mantuve también una relación de amistad imperturbable. Con los Goytisolo, muy estrechas, sobre todo con los dos hermanos mayores, a quienes conocí en la Universidad.
Pepe Valente, al que conocí cuando éramos estudiantes, era una persona muy compleja. Yo lo quise mucho. Anduvimos por medio mundo y nos reímos mucho juntos. En ocasiones, no obstante, era esquinado, y cuando se retiraba a sus cuarteles de invierno resultaba una persona bastante incómoda. Con él tuve más afinidades por el lenguaje. Como a él, nunca me ha gustado la poesía obvia, explícita, directa, la narratividad que ahora está muy en boga. Esa poesía no me interesa. Me gusta el riesgo de trabajar con el lenguaje y en eso Valente ha sido un maestro. Como lo fue también en cierto modo con Carlos Barral, poéticamente hablando. Pero también con Paco Brines y Gil de Biedma, cuya obra tiene una eficacia mayor porque además de hacer política hacía buena literatura acusando una serie de episodios de su vida personal enfrentados a una situación histórica y eso permanece.

Luego vendrían los intensos años de Colombia…

Tengo la convicción que aquellos tres años pautaron mi futuro y fijaron los modelos de las despedidas de la juventud y los anticipos de la madurez. Fueron años decisivos, tuve mi primer hijo, escribí mi primera novela, me vinculé al grupo que hacía la revista Mito, me adentré en el mestizaje, que ha sido siempre un factor esencial para mí. No obstante, veo aquella época como muy lejana. Cuando me fui a Colombia quería ser sólo poeta, pero una vez allí, empezaron a intensificarse mis recuerdos, era la época del realismo social, y quise escribir una novela donde se reflejara mi experiencia en ese mundo las viñas y las bodegas de Jerez que tenía muy cerca por razones familiares y que era un tema que se compadecía muy bien con la intención de denuncia... Y quizás influyeran también algunos de los eventos de entonces, como aquella sobremesa cuando Eduardo Carranza, raro espécimen de falangista colombiano que siempre que bebía mostraba una acusada tendencia a la elasticidad ósea y la expulsión de la dentadura, comenzó a alabar a Franco en términos que parecían emanados de la boca de Fraga Iribarne, su protector, y yo comencé a endilgarle los mas subidos improperios que causaron un detallado informe contra mí de la embajada de España en Bogotá, considerándome elemento peligroso, porque además, escribía yo en El Espectador artículos sobre las campañas represivas del franquismo. Ni olvido algunas de las mujeres que conocí esos años, como aquella española, Alicia Baraibar, que estuvo casada con un poeta diplomático y gobernador imitador de Eliot, y que como Elvira Mendoza, Rita Agudelo, Marta Traba, Gloria Zea y  Sonia Osorio, con su tono libertario, predicaban el amor libre, amaban el cine erótico francés de Cofram y les encantaba divertirse.

Hablemos ahora de los géneros, de la poesía, la narrativa, las memorias….

Cada día me convenzo y estoy dispuesto a admitir que no existen los géneros. Creo que lo que llamamos géneros literarios tienen mucho que ver con el artificio, las estratagemas, las trampas retoricas. Un poema es la máxima temperatura que puede alcanzarse con el manejo de la lengua. La música es esencial en la poesía, sin música no hay poesía. La poesía, aparte de un hecho lingüístico, es una especie de mezcla desigual de música y matemáticas. Yo me siento identificado con un poema cuando se me abre una puerta, se rompe un sello y me asomo a un mundo que me descubre algo emocionante y desconocido. Alguna vez dije que los temas son como el ingrediente superfluo de un todo fundamentalmente definido por el tratamiento literario que se le dé. O sea, que sigo pensando que la poesía es un hecho lingüístico. El argumento, la verdad de la poesía, se genera a medida que se hace el poema. Por eso mismo un poema no se termina nunca de corregir, puede ser corregido cada vez que lo relees.
Las memorias son otro género de ficción, como lo es la poesía y la novela. Todo el que recuerda se equivoca de algún modo, sobre todo porque resulta imposible reconstruir lo ocurrido tal como ocurrió. Hay lagunas, olvidos, y hasta recuerdos ajenos de los que te apropias, recuerdos falsos... Y mi obra debe mucho a la memoria. Si perdiese la memoria no escribiría.

La novela, como buena parte la poesía actual, descuida el lenguaje en beneficio del  asunto, del cuento en vez del canto…

Hoy circula por ahí una cierta tendencia  a depreciar el papel del escritor en beneficio del papel del informador. Yo detesto radicalmente y por principio, cualquier tipo de copia de la realidad. A mí todo eso me parece una estupidez, una de esas modas que se inventan los mediocres. Si un escritor no es exigente y riguroso con el uso del lenguaje, es porque no tiene ni puta idea de su oficio. Otra cosa es que el escritor deba, sin olvidar el oficio, ser un crítico de la sociedad, del poder, del signo que sea. No es que el escritor tenga que proponérselo previamente, es que traspasará siempre a su obra su propia ideología. Pero a mí lo que me interesa es la literatura considerada como obra de arte, la prosa narrativa de alcance artístico. Una palabra bien elegida puede significar poéticamente más de lo que significa en los diccionarios. La ironía, que depende del estilo, de la forma, incluso de la sintaxis, es para mí una suerte de método de interpretación de la realidad, y una literatura sin ironía, sin sentido mínimo del humor queda a trasmano, como si fuera para predicadores…

Vendrían luego los interminables días del franquismo…

Durante esa época he estado bastantes temporadas fuera de España.  Estuve en Colombia, luego  he vivido en Francia y  Cuba.  Cuando yo desperté a la política y a la realidad española  en tiempos de Franco, mi obra se empobrece, se empobrece incluso deliberadamente porque suponía, con disculpable desenfoque, que era mucho más importante denunciar algo de lo que estaba ocurriendo a través de la literatura.  Lo que no publicaban los periódicos, procuré registrarlo de alguna manera en mi obra.  Entonces, la novela que publiqué en tiempos del franquismo más exacerbado, más opresivo, y un libro de poemas, adquieren un valor más ético que estético.  Yo me preocupaba que en mi obra se filtrara la condición de una persona que estaba luchando contra el sistema, que estaba en la resistencia, digamos, con muchos escritores de mi generación.  Fuimos encarcelados, perseguidos, silenciados.  Todo eso naturalmente se refleja en algún libro mío, porque en ese tiempo creí que era más honesto acusar literariamente la realidad española que preocuparme de las contradicciones estéticas de mi obra.  Sólo cuando se supera la etapa franquista, vuelvo a recuperar lo que me había sugestionado siempre en literatura.
Vista ahora, con frialdad y sin apasionamiento, veo aquella época como una especie de mediocridad ambiental. Todo parecía mezquino y de una hostilidad soterrada, sobre todo para los que estaban en la lucha antifranquista. Tampoco hay que negar que, al lado de eso, la libertad interior de cualquier artista es tanta que puede más que cualquier control externo. Por eso pensábamos que nosotros aportábamos a esa mediocridad una nueva forma de vivir y de beber.

Usted bien puede decir confieso que he bebido…

Porque aparte de la actividad antifranquista, estaba esa especie de autodestrucción que acabó con casi todos los miembros de aquel grupo de amigos... Ahí se filtraban muchas cosas, el aburrimiento, la necesidad de ir en contra de los convencionalismos, de soliviantar a conciencias timoratas, de enfrentarse al orden establecido, a la moralina ambiental... De todo eso había. Yo he sido muy hedonista, me gustaban los placeres que  alegran la vida, que hacen soportable las desdichas y atropellos de la historia,  me gusta beber,  he buscado placeres de éstos, pequeños placeres, que te puede ofrecer la vida cotidiana, enfrentado a un mundo hostil, a un mundo en guerra, en manos de un ignorante como el señor Bush, peligroso ignorante, fanático del eje del mal. Todo eso me produce escalofrío y procuro, aparte de tomar partido, contrarrestar los malos efectos de todo eso con los buenos efectos del hedonismo.

Hablemos de dos de sus libros, primero  Ágata ojo de gato

Sigue siendo mi novela favorita, creo que logré hacer lo que quería, creo que es la manifestación de un mito, de la mater terra que castiga a todo aquel que pretende ultrajarla y me inventé esa historia medio legendaria.  “Ágata” es un intento de sustituir la historia por sus presuntas equivalencias mitológicas, pero siempre manteniendo esa realidad que responde a la historia verídica del coto de Doñana. Además con ese libro me ocurrió, y eso sí que era mágico no por el método literario sino por sus consecuencias, que conocí a personajes después de haber escrito la novela que eran un reflejo fiel de los que yo me había inventado y eso es muy inquietante y muy apasionante. Conocer en la vida real a personajes de ficción, tuyos, propios, provoca entusiasmo e inquietud.

En sus libros el Coto de Doñana se llama Argónida…

Argónida es para mí una referencia humana ineludible, una complicidad onomástica y buena parte de las memorias las escribí frente a ese paisaje para mí irreemplazable. Es el paisaje natural de buena parte de mi biografía, de mi educación sentimental. Ahora me paso medio año frente a Doñana y eso me ayuda a ir tirando. Cada uno tiene su paraíso privado, y para mí ese paraíso es Argónida. Me inventé ese nombre, con sus deliberadas resonancias clásicas o mitológicas, porque quería buscarle a la realidad de un paisaje, de un mundo concreto, ciertas equivalencias legendarias. A mí no me atraía para nada reflejar la realidad de ese mundo, sino elaborar una aproximación artística, una interpretación distinta de ese mundo. La realidad se me antojaba tan obvia, tan insuficiente, que tenía que cambiarla hasta de nombre. Pero las amenazas de deterioro son constantes por parte de los abanderados  del progreso inhumano. Doñana siempre ha estado rodeada de acosos a su integridad, a su equilibrio natural. Yo ando siempre un poco haciendo las veces de centinela privado,  y eso me alivia de tensiones.

Con Descrédito del héroe hecha por la borda la poesía que privilegia el asunto contra la melodía…

-Por supuesto. Hace ya tiempo que procuré orientar mi poesía en ese sentido. Nunca me sentí atraído ni por  el realismo de vuelo rasante ni por toda esa tabarra del coloquialismo. Y detesto el costumbrismo, venga de donde venga. Eso que llaman la “posmoderna elegía sentimental” me suena a conserva de mermelada. Descrédito del héroe contiene una serie de temas que yo creo están en mi poesía de todos los tiempos, vamos, desde que empecé a escribir poesía.  Aquí está más exacerbada la preocupación por rastrear en una zona muy concreta de la experiencia, de mi propia experiencia; este libro tiene algo de memorial nocturno, donde pretendo dar forma literaria a una serie de fijaciones, de obsesiones críticas.  En el fondo, el libro posee ciertos dispositivos de crítica moral de las instituciones; sobre todo en lo que se refiere al deseo de desmontar ese crédito tan poco estable sobre la figura del héroe. En su sentido más amplio: el héroe tanto como protagonista de una situación, como arquetipo de esos ídolos de barro inventados por una sociedad caduca, abolida, como era la sociedad española de los años sesenta. Yo soy un lector y un gustador inagotable de los textos clásicos griegos y latinos desde Homero hasta los poetas de la Roma decadente, pasando luego por muchas zonas de esa cultura mediterránea que llega hasta Kavafis.  Yo intento, a través del propio lenguaje, aclararme mi propia experiencia, ejercer una crítica de ese lenguaje que me sirva a la vez para investigar en mis fijaciones, en mis fantasmas temáticos; en ese caso el sexo está muy elaborado en el libro; el sexo, la crítica moral y, en cierto sentido, el deseo de aproximarse a una realidad que desconozco. 

Libros que parecen más escritos por un latinoamericano que por un peninsular…

Es posible… A lo mejor es un contagio cubano-colombiano.  Aparte de García Márquez y de José Eustasio Rivera, me siento muy ligado a dos escritores cubanos: Carpentier y Lezama Lima que son muy distintos pero en el fondo coinciden en algo de esa fascinación tropical, de ese criollismo que fermenta en el lenguaje.  A pesar de que sus poéticas sean muy distintas me han servido de estímulo fundamental y creo que en ese sentido  también me siento muy cubano, me siento heredero de una forma digamos antillana de trasplantar a la literatura el mundo vivido. Si tuviese que reconocer un padre literario diría sin pensarlo dos veces el nombre de Alejo Carpentier, su lectura me emocionaba y  contenía a la vez, así como en Lezama Lima encontraba la forma de mi tradición barroca en medio del presente.  La poética de Lezama está simultáneamente incorporada a su poesía y a su obra narrativa.  Paradiso es un libro fascinante.  Hay allí páginas que son poemas deslumbrantes, que no creo que se hayan producido en toda la literatura castellana del siglo XX.  A lo mejor en algún recodo de la obra de Valle Inclán pueda descubrirse la misma garantía de invención, la revitalización de la lengua. Yo he defendido el barroco toda la vida porque reivindico mi historia, mis tradiciones. Andalucía es barroca desde Góngora hasta la Catedral de Cádiz, no creo que lo barroco sea algo confundible con la retórica, con lo ampuloso o artificial. Ya le he dicho que todo lo que no es barroco es periodismo.

Usted admiró mucho la Revolución Cubana…

Cuando triunfó la revolución, en los años 1959, 1960 y 1961, Cuba fue un punto de referencia ejemplar en muchos aspectos. Luego la revolución cubana ha dado muchos virajes, muchos bandazos. Hoy es difícil que uno defienda lo que está ocurriendo en Cuba, la dictadura de Castro, pero en aquellos años era un ejemplo de dignificación social. Las transformaciones en el orden educativo, en el orden sanitario, eran magníficas; pero, poco a poco, todo eso fue declinando hacia otro tipo de actitudes. Castro es alguien absolutamente incapacitado para evolucionar, para dar un nuevo viraje a la política interior cubana. Yo no puedo estar de acuerdo con la actual Cuba, pero estuve muy de acuerdo con la Cuba triunfante después de la revolución. Ha sido una decepción para mí y para muchos. Me irrita tanto como me irritan los anticastristas. Me pasé media vida en la lucha antifranquista, pero la dictadura castrista sólo la defendí en su primera etapa.

Y sigue fungiendo, a su edad, de radical, incluso ha publicado un Manual de infractores…

Sí, me considero un radical. Cuando hice el libro de Espronceda me agradaba todo eso que tenía el romanticismo de insumisión, de rebelión contra una sociedad retrógrada, inmovilizada por el influjo de la tradición. Yo detesto a los obedientes, los sumisos, los bien pensantes, a los gregarios, los curas neo franquistas, los adictos a la intolerancia, a la mentira, a los fundamentalismos......, a todos esos botarates que aceptan sin rechistar lo que les mandan y van por ahí con la divisa del pensamiento único. Para ellos vivir al borde de la vida o es un delito o un pecado...  Escribir bien es una forma de rebeldía, un ajuste de cuentas, de resistencia contra los acosos de una realidad que consideras detestable. A lo mejor se escribe para que alguien, una persona concreta, se indigne con lo que dices y también para que alguien se alegre compartiendo tus ideas.
Ahora dígame, para terminar, cuales son los recuerdos más recurrentes de su vida en estos ochenta y un años cumplidos…
El registro de mi casa por los falangistas. Una atrocidad, gente maleducada y violenta. Luego, la muerte de mi madre. Yo perdí allí algo. No había cumplido como hijo, eso siempre se piensa. Y, después, la cárcel, la temporada que pasé en Carabanchel. Era el año 1964, habíamos presidido una asamblea por la amnistía de los presos políticos, en la Facultad de Derecho. Una claustrofobia fatal. Miedo de que se olvidaran de mí. Quedarte allí con la barba crecida, envejeciendo, solo...