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jueves, 3 de septiembre de 2026

Nelio Biedermann, el escritor de 23 años que narró un siglo entero / “Olvidar es una forma comprensible de sobrellevar la Historia”


El escritor Nelio Biedermann, autor de 'Lázár', en una imagen cedida por la editorial Salamandra.RUBEN HOLLINGER

Nelio Biedermann, el escritor de 23 años que narró un siglo entero: “Olvidar es una forma comprensible de sobrellevar la Historia”

En su novela ‘Lázár’, el autor se inspira en su familia de aristócratas húngaros para recorrer el convulso siglo XX. El resultado es un fenómeno literario traducido a más de 25 idiomas


Alex Vicente
Zurich, 1 de septiembre de 2026

Es uno de esos fenómenos que se producen, a lo sumo, una o dos veces por década: una novela salida de la nada convierte a un veinteañero desconocido en estrella literaria. Así empieza la historia de Nelio Biedermann, autor suizo nacido en 2003 al que Lázár, una saga histórica escrita con el aliento propio de un discípulo de Thomas Mann, ha catapultado a la fama. Publicada en los países de lengua alemana en septiembre de 2025, la novela superó los 200.000 ejemplares y vendió sus derechos de traducción a una treintena de territorios. Patti Smith la elogió en público y Dua Lipa la recomendó a sus seguidores, mientras que Tom Tykwer, director de Corre, Lola, corre y de la serie Babylon Berlin, ya prepara su adaptación al cine. El libro llega este jueves a las librerías españolas, editado por Salamandra.


No está mal para un autor que todavía estudia literatura y cine en la Universidad de Zúrich, y sigue compartiendo piso con su hermana y un amigo en Seefeld, elegante barrio a la orilla del lago que preside la ciudad, donde nos citó a finales de julio. Su padre regenta la agencia de viajes situada en la planta baja del edificio. “Perdón por no hacerte subir, pero mi hermana está enferma”, dice al llamar al timbre. Unos minutos después, aparece un joven de bigote fino, atuendo informal y una cadena al cuello, algo perplejo y sobrepasado por todo lo sucedido. “Han pasado tantas cosas que parece que el libro lleve tres años publicado, pero ni siquiera ha pasado uno. Aunque, en realidad, mi vida personal no ha cambiado tanto”, asegura en la terraza soleada del café de la esquina.


En realidad, Biedermann no era un novato. En 2023 ya publicó una primera novela, se formó leyendo con entrega a los clásicos y encontró la inspiración para Lázár en una materia que conocía desde niño: la memoria húngara de la rama paterna de su familia. Sus mayores solían llevarlo de vacaciones a Hungría para mostrarle los castillos que les habían pertenecido. Esas visitas dejaron huella: un orgullo familiar herido, pero también el silencio sobre los episodios más oscuros del siglo XX —la pregunta inevitable en ese rincón de Europa: qué hicieron tus abuelos durante la guerra— y la impresión de que un trauma se transmitía de una generación a la siguiente. “Hay historias concretas de mi familia en la novela, pero al terminar me costaba saber dónde terminaban esos relatos reales y dónde empezaban los inventados. Partí de recuerdos y relatos familiares, pero al convertirlos en ficción surgió algo que tenía vida propia. Las historias de mi abuela y las del libro se parecen, pero no son exactamente lo mismo”, asegura.

“Los libros de historia son esenciales, pero no bastan. Entendemos que sucedió algo terrible sin llegar a sentirlo. La novela puede crear empatía por las vidas concretas”

La novela acompaña durante casi 300 páginas a los Lázár, una estirpe noble que atraviesa la disolución del Imperio austrohúngaro, las dos guerras mundiales, la ocupación nazi y el estalinismo, hasta plantearse el exilio en los años cincuenta. Como en Los Buddenbrook, la monumental saga de Mann, la historia con mayúscula se confunde con la familiar, aunque aquí aparezca atravesada por una veta gótica y otra que parece emparentada con el realismo mágico. Lajos nace el día de Reyes con una piel casi transparente, bajo la que se distinguen sus órganos. Es un niño de ojos azul aguamarina, hijo de la baronesa Mária y, aunque nunca llegará a saberlo, de uno de sus criados. El secreto queda encerrado en un castillo situado junto a un bosque que enloquece a quienes se adentran en él. Sus hijos, Pista y Eva, heredarán su apellido, pero también los silencios, la violencia y las pérdidas de la familia. Tras el fracaso del levantamiento húngaro contra el dominio soviético, deberán decidir si permanecen en Budapest o escapan por Yugoslavia para tratar de llegar a Suiza.


La pregunta es si una saga histórica de estas características, artefacto muy poco habitual entre los escritores de su generación, fue concebida contra ciertas modas literarias, en un momento muy dominado por la autoficción y otras formas del testimonio. Biedermann asegura que no escribió contra ninguna corriente. Todo nació de una lista de lecturas que un profesor le impuso durante sus estudios: más de un centenar de títulos que iban de Goethe y Schiller a Peter Handke o Patrick Süskind. “Quería entender por qué muchos de aquellos libros seguían teniendo tanta influencia, por qué continuaban vivos y qué podían decirnos todavía hoy”, afirma.

A partir de esas lecturas parió una novela desbordante y algo desigual, cuyo relato avanza a trompicones y tiende a la saturación de desgracias, como ha señalado parte de la crítica. Biedermann se permite incluso abandonar durante unas páginas a los Lázár para narrar las últimas horas de Stalin, que agoniza con un libro de Gógol a su lado. Aunque esos altibajos no ocultan la ambición mayúscula del proyecto, su talento para la imagen literaria y una sensibilidad poco común. El autor admite que temió cargar el libro de sufrimiento, pero acabó rechazando la idea de ahorrar incomodidades al lector: “Esas generaciones tuvieron que vivirlo. Nosotros solo tenemos que leerlo”.



El autor suizo Nelio Biedermann, en Zúrich, en una imagen cedida por la editorial Salamandra.RUBEN HOLLINGER (EDITORIAL SALAMANDRA)


En su propia familia, los relatos llegaban con fragmentos silenciados: su abuela solía omitir todos los episodios traumáticos. Mucho más tarde descubrió rincones oscuros y supo que su abuelo, a quien no conoció, había sufrido una depresión grave. “En medio de ese silencio se transmitían el orgullo y el sentimiento de pertenencia, pero también el miedo y las maneras de hacer daño”, afirma. Escribir no garantiza que el ciclo se interrumpa, pero obliga a observar lo que antes quedaba fuera de campo. “No sé si escribir basta; no tengo tanta fe en la literatura”, bromea Biedermann. “Pero sí sirve para tomar conciencia de lo que ha salido mal, y eso ya es algo”. La ficción, añade el escritor, puede conseguir algo que no logra por sí solo un ensayo firmado por un especialista: “Los libros de historia son esenciales, pero no bastan. Entendemos intelectualmente que sucedió algo terrible sin llegar a sentirlo. La novela puede crear empatía por las vidas concretas”.

A lo largo del libro, los Lázár se debaten entre dos formas de supervivencia: la locura y el olvido. Imre, tío abuelo de Pista y Eva, pasa buena parte de su vida recluido en un sanatorio: enloquecer parece la respuesta lógica a un mundo que ha perdido la razón. Mientras tanto, Lajos, su sobrino y cabeza de familia, conserva la cordura, pero solo a base de autoengaño. “Me pregunto cómo pudieron seguir cuerdos quienes atravesaron esa parte del siglo XX. Aunque el ser humano tiene una extraordinaria capacidad de adaptación: puede suceder algo intolerable que, con el tiempo, se convierte en la nueva normalidad. Olvidar es una forma comprensible de sobrellevar la Historia”, opina el autor.

Una de las mayores virtudes de Lázár consiste en negarse a convertir a sus protagonistas en víctimas. La familia padece la guerra, la ocupación y la represión comunista, pero llega a ese derrumbe desde una posición de riqueza y privilegio sostenida por el trabajo de otros, algo que Biedermann nunca pierde de vista. Lajos, además, no es un simple testigo de su época: en 1944 participará en la organización de la persecución y deportación de judíos. “En todas las familias se tiende a contar la parte buena, la leyenda familiar. Yo sabía que tenía que mostrar la otra cara”, responde el autor. Con todo, evita dictar sentencia: “Prefiero dejar el juicio en manos del lector. Los personajes ambiguos son más interesantes. Y, sobre todo, reflejan mejor nuestra realidad”.

De su próximo libro solo da una pista: transcurrirá en la actualidad. No dirá más. Biedermann ha dedicado esta novela a reconstruir todo lo que su familia trajo consigo hasta esta orilla del lago. Tal vez el siguiente paso consista en averiguar qué queda de su historia en el turbio presente.


EL PAÍS





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