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lunes, 29 de enero de 2024

Sara Jaramillo Klinkert / No me llamen


Sara Jaramillo Klinkert
NO ME LLAMEN


28 de enero de 2024


Tengo una tía que me vive reclamando porque casi nunca le contesto el teléfono. De nada vale explicarle que yo sólo le recibo llamadas a la mamá, a mi editora y al único par de amigos que aún no se han cansado de llamarme, los demás pueden remitirse al Whatsapp. Sé que hay asuntos que requieren comunicación fluida, en ese caso lo ideal es enviar primero un mensaje preguntando cuál es el mejor momento para marcar. Debo tener mi teléfono silenciado desde hace como doce años cuando dejé de trabajar como reportera de noticias. Los números desconocidos jamás los contesto y cuando los conocidos me timbran espero pacientemente a que el repique termine, luego abro el Whatsapp y pregunto para qué me necesitan. Soy consciente de lo odioso que resulta mi comportamiento y justo por eso he intentado encontrar las razones que me trajeron hasta acá.

Lo de no contestar números desconocidos se lo debo a los call centers que, al parecer, son los únicos que no se han percatado de que yo, como todo el mundo, odio que me llamen a ofrecerme productos y servicios que no me interesan, no necesito y no voy a adquirir. Tampoco me gusta dar explicaciones acerca de por qué no debería tener otra tarjeta de crédito o por qué no quiero cambiar el operador celular con el cual llevo más de cinco años y no precisamente por bueno. Por si no se han dado cuenta, señores, todas esas llamadas son inoportunas, molestas e indeseadas. Deberían regularlas, qué digo, prohibirlas. A la mamá la acosó tanto un operador celular que tuvo que cambiar el número de teléfono. Mi novio instaló una aplicación que bloquea a los call centers, aun así entran algunas llamadas preguntando por él: «Ese señor se murió. Estamos en el velorio. No lo vuelvan a llamar», les dice con voz lacónica.

Lo de no contestar números conocidos tiene una raíz más profunda. Desde niña siempre he sido muy ronca y a menudo confundían mi voz con la de mis hermanos, no es de extrañar que evitara las llamadas. Superado el complejo de la voz, descubrí que hablar por teléfono me aburría (y me sigue aburriendo) enormemente. A mi primer novio le terminé un día después de habernos cuadrado porque caí en cuenta de que un noviazgo requería largas horas de visita telefónica. A los siguientes les advertí que no me llamaran a diario. Los novios de la adolescencia son para besarlos, no para hablar con ellos. Confieso que me impresionan esas parejas que viven juntas y se llaman cada dos horas. Acepto que, al igual que todos mis hermanos, soy mala para reportarme porque cuando la mamá enviudó vivía tan desbordada que nos decía: «Llámenme solamente si tienen algún problema o se meten en un lío grave, de resto déjenme tranquila».

Sepan que soy buena conversadora, pero cara a cara y no con todo el mundo. A mí invítenme a un café, en especial, para hablar de libros, de plantas, de aves, o si tienen una buena historia para contarme. A mi tía le dije que me llamara menos y me visitara más, pero no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro. De ahora en adelante prometo que intentaré contestarle sólo porque es mi tía favorita.


EL COLOMBIANO




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