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miércoles, 24 de enero de 2024

Patricia Highsmith / Diarios / Prólogo y nota editorial

 



'Diarios y cuadernos' de Patricia Highsmith

 

PRÓLOGO

CÓMO COBRÓ VIDA ESTE LIBRO

 

La última casa de Patricia Highsmith, imponente y austera, parecía una fortaleza, con solo dos ventanas a la calle de aberturas estrechas, casi como saeteras. La escritora concedía escasas entrevistas, que podían basarse en temibles monosílabos por toda respuesta. Y se negó a autorizar cualquier biografía en vida. De tal modo que, durante años, adentrarse en la obra de Highsmith constituía la única manera de conocer a Patricia. Por eso a su muerte causó mayor sorpresa si cabe el descubrimiento de cincuenta y seis gruesos volúmenes de escritura personal, pulcramente guardados en el fondo del armario para la ropa blanca. Una larga y ordenada hilera de dieciocho diarios y treinta y ocho cuadernos que ofrecía, en conjunto, un testimonio de casi ocho mil páginas.

Por vez primera los seguidores e investigadores podían consultar documentación personal de la autora y constatar cómo se veía ella a sí misma. El retrato emergente, además, abarcaba prácticamente toda su vida adulta, puesto que Pat utilizó la escritura como medio de expresión desde edad muy temprana.

También parece que Patricia Highsmith había considerado publicar sus cuadernos. Lo sugiere la uniformidad de las libretas de espiral de Columbia que utilizaba, y más aún el hecho de que los revisara de forma continua, haciendo comentarios, recortes y cambios de fechas al releerlos. Pero lo más importante es que dejara instrucciones escritas al respecto. Un apunte en el Cuaderno 19 demuestra que su amiga de la universidad, Gloria Kate Kingsley Skattebol, había recibido el encargo de dar a luz una selección. En concreto, el añadido a la entrada del 2 de abril de 1950, dice: «Una nota después de releer todos mis cuadernos, o más bien hojearlos pues ¿quién sería capaz de leerlos por completo?... Kingsley, muestra cierto genio, al menos el que tengo yo en 1950 para desbrozar lo que ya está escrito, de lo escrito de forma más reciente.» En otras ocasiones parece que a la autora también se le pasó por la cabeza quemar los cuadernos o cederlos a los Lesbian Herstory Archives de Brooklyn. Finalmente, sin embargo, Pat designó a Daniel Keel albacea literario de su patrimonio, de modo que recayó sobre él la tarea de dirimir el destino final de estas páginas.

Este, fundador del sello editorial suizo Diogenes, había empezado a publicar a Pat en alemán en 1967. De joven vio la adaptación de Hitchcock de Extraños en un tren y se quedó en la sala hasta que apareció el nombre de Highsmith en los títulos de crédito. Las obras de aquella autora enseguida le parecieron dignas de publicarse en tapa dura, más allá de lo que era habitual para el género negro. Y en 1978 El diario de Edith, un título que quedaba fuera de la categoría «thriller psicológico», entró en la lista de los más vendidos de Der Spiegel. Aquello acabó de decidir a Pat, quien convirtió a Keel en su representante en todo el mundo. Poco después, en 1983, la casa americana que había publicado a Highsmith desde hacía años, rechazaba dos libros suyos. Y esa incertidumbre editorial la empujó finalmente a transferir los derechos internacionales de sus obras completas a Diogenes.

En 1984, Daniel Keel dejó el manuscrito de El hechizo de Elsie encima de mi mesa y me informó de que había concertado una cita con la autora en un hotel cercano unos días después. Así, sin mayor preámbulo, me convertí en la editora de Pat. El día del encuentro ella me saludó con frialdad, haciendo caso omiso de la mano que le tendía. Luego pidió una cerveza y guardó silencio. Me llevó media hora encauzar una conversación sobre su manuscrito, ambientado en el Nueva York moderno, pero que a mí se me antojaba más bien la ciudad de la década de 1950. Hacia el final de nuestra conversación, Highsmith llegó a reírse, pero al volver a la oficina le conté a mi editor lo incómodo del encuentro al principio. Para mi asombro, Keel me felicitó efusivamente por aquel éxito y me explicó que a él le había llevado años ir más allá de un Sí o un No en sus respuestas.

Cuando Keel y Highsmith revisaron juntos sus documentos antes de la muerte de esta, los diarios y cuadernos se incluyeron de forma expresa en su patrimonio literario junto con el resto de novelas inéditas y cuentos sueltos. Keel consideró que la colección era un tesoro literario que debía presentarse como conjunto unificado, tarea que me encomendó como editora de Patricia Highsmith desde hacía ya mucho tiempo (así como coeditora, más adelante, de sus Obras completas en treinta volúmenes: Zúrich, Diogenes, 2002-2006). 

 



NOTA EDITORIAL

 

Condensar alrededor de ocho mil páginas en un solo tomo sin dejar de hacer justicia al material reunido resultaba un reto inmenso. Primero, había que transcribir las páginas manuscritas, un trabajo de años en sí mismo. Gloria Kate Kingsley Skattebol contrastó las transcripciones con los originales, a menudo crípticos, y añadió anotaciones de gran utilidad. Luego, la enormidad del material requería cribarlo para forjar la esencia de esa tarea oculta. Como la propia autora reconoció, habría sido un error reproducir los diarios y cuadernos palabra por palabra, plagados como están de redundancias, chismes, indiscreciones y cotilleos especialmente cuando la autora se halla en la veintena: las entradas de ese periodo son mucho más extensas que posteriormente, cuando los diarios han desarrollado ya su estilo cohesionado. Nuestra selección se ha basado en lo que fue materia principal para la propia Pat. El presente libro sigue una secuencia cronológica y, al margen de la primera etapa (1921-1940), se divide en cinco periodos, fundamentados en los lugares en que vivió Highsmith: comenzando por Estados Unidos, pasando por diversos países europeos durante su madurez, hasta llegar a los últimos años en Suiza.

En cuanto al inicio, aunque existen anotaciones de cuaderno anteriores, se ha optado por abrir el volumen con la primera entrada del diario, escrita en 1941. A partir de este momento, la autora mantuvo básicamente un doble registro de su vida: mientras que el diario detallaba las intensas y a veces dolorosas experiencias personales, en el cuaderno procesaba esas experiencias de manera intelectual y reflexionaba sobre la escritura. Estos eran cuadernos de trabajo y hacían las veces de patio de recreo para la imaginación. Contienen ejercicios de estilo, observaciones sobre el arte, la escritura, la pintura y eso que a Pat le gustaba denominar Keime (término alemán que significa «gérmenes»): ideas y pasajes enteros de posibles cuentos y novelas. Los diarios ayudan a entender mejor estas entradas, pues las ubican en determinados marcos temporales y contextos personales veraces. Unas y otras se entretejen y entrelazan: las entradas de diario aparecen fechadas por extenso (mes, día, año), mientras que las de cuaderno están reproducidas en formato numérico (con barras oblicuas). Así es como Pat tenía por costumbre escribirlas. Unas y otras se pueden leer de forma independiente, pero hacerlo conjuntamente nos permite alcanzar la comprensión holística –en palabras de la propia autora– de una voz que ocultó los orígenes personales de su material durante toda su vida y cuyas novelas tienden más bien a desviar nuestra atención sobre quién era, antes que a conducirnos hasta ella.

En contraste con los cuadernos, escritos de manera íntegra en inglés, Pat se expresa en sus diarios (hasta 1952) nada menos que en cinco lenguas, lo que parece deberse a varias razones. Naturalmente, una entusiasta y autodidacta como Pat querría aprender nuevos idiomas, sobre todo teniendo en cuenta sus aspiraciones de viajar por el mundo y cultivar sus gustos más refinados. Había aprendido por su cuenta francés, alemán, español e italiano, y concebía sus diarios como «libros de ejercicios en idiomas que no sé». Era una estudiante ambiciosa, impaciente por utilizar y poner en práctica lo que estaba aprendiendo, y disfrutaba de los originales medios de expresión y las perspectivas sobre el mundo que le ofrecía cada nueva lengua. Hay muchos indicios de que el ejercicio también le ayudaba a encriptar algunos de los detalles más íntimos, protegiéndolos de molestos ojos fisgones. 

Las entradas en francés y alemán son las más destacadas: curiosas, defectuosas y conmovedoramente literarias. (Pueden verse en el apéndice ejemplos de los textos originales.) En todo caso, destacamos los pasajes traducidos de otros idiomas en los diarios añadiendo letras voladas al principio y final de cada uno: A/AA para los textos en alemán, F/FF para el francés, IT/ITIT para el italiano y E/EE para el español. Naturalmente, se conservan sin más indicación especial las frases extranjeras de uso común.

Otra cuestión que se planteó a la hora de editar esta selección era si indicar los fragmentos omitidos. Acabamos decidiendo no hacerlo, para no importunar al lector con continuas elipsis. Téngase en cuenta, de todos modos, que lo impreso en este volumen representa una mera fracción de las entradas de los diarios y los cuadernos de Patricia Highsmith. Por ejemplo, no aparecen aquí textos sobre algunas de las ideas que comenzó a desarrollar pero que luego no fructificaron. De otra parte, las omisiones y descuidos menores de Pat se han corregido, y también se han añadido entre paréntesis cuadrados detalles necesarios para la comprensión del texto. A pie de página se ofrecen explicaciones más extensas, incluida información sobre los nombres mencionados, siempre que hemos podido identificar o localizar las referencias en cuestión. Cuando no sabíamos nada más sobre alguien, más allá de lo que escribe la propia autora, nos hemos abstenido de añadir información al pie, que no hubiera aportado nada al lector. Hay que decir que, sobre todo en la década de 1940, Pat conoce a mucha gente, pero que las personas más importantes no tardarán en resultar familiares al lector, mientras que las menos relevantes apenas aparecen unas pocas ocasiones. Por otro lado, a los individuos sin dimensión pública que se mencionan en el texto los citamos solo por su nombre de pila, a menos que los biógrafos de Highsmith ya hayan publicado su nombre completo y los hayan descrito por extenso, por mucho que casi todos, más o menos contemporáneos de la autora, hayan fallecido. También es cierto que algunos, más destacados, fueron mencionados por estos biógrafos a través de seudónimos. Es el caso de la amante inglesa de Pat durante un largo periodo a principios de la década de 1960, llamada X por Andrew Wilson y Caroline Besterman por Joan Schenkar; de Camilla Butterfield, nombre elegido por Schenkar para otra amiga de esa misma década. Conservamos los dos seudónimos utilizados por Schenkar aunque ambas mujeres no sigan ya con vida. Sus familias también permanecen en el anonimato: el esposo de Caroline Besterman es «su marido» e igualmente su descendiente es «su hijo». También eliminamos información o evitamos añadir una nota al pie cuando hemos temido que eso permitira identificarlos. A la inversa, las figuras públicas reconocibles que presenta Pat, pero llama por sus iniciales, se mencionan por sus nombres completos, entre paréntesis cuadrados cuando es necesario.

Puesto que se trata de los cuadernos y diarios íntimos de Patricia Highsmith, sus opiniones sobre individuos y hechos son naturalmente personales y están matizadas por sus propios prejuicios y por los de su época. Pat era contradictoria y no tenía pelos en la lengua, de modo que algunos comentarios despectivos pueden resultar ofensivos al lector, sobre todo cuando, como ocurre con frecuencia, van dirigidos a grupos tan perennemente marginalizados como los afroamericanos y los judíos. En las entradas más antiguas, el problema suele ser el lenguaje, pues Pat utiliza expresiones habituales por aquel entonces pero actualmente despectivas. La misma autora era consciente de ello, como demuestra el que pidiera que la palabra negro, peyorativa en inglés, se cambiara por black para la nueva edición de Carol en 1990.

Sobre todo en la vejez, no obstante, se aprecia cada vez más cómo no es solo el lenguaje de Pat sino también sus opiniones las que resultan ofensivas, rencorosas y misántropas. Hemos pretendido reproducirlas con fidelidad. Solo en un puñado de casos extremos creímos que era nuestro deber editorial negar a la autora el escenario donde expresarlas, tal como hicimos cuando seguía con vida. Es difícil precisar los motivos de su resentimiento, en particular en el caso del antisemitismo cada vez más acusado, y que se torna más misterioso aún enmarcado como está en un volumen en el que descubrimos la importancia que para ella adquirieron los muchos judíos que cuenta entre sus amistades íntimas, amantes y artistas preferidos.

Como la mayoría de autores de diarios, Pat tendía a escribir más durante los periodos difíciles, lo que da como resultado una descripción sesgada. Otras fuentes confirman que la vida de Highsmith no era, de hecho, tan oscura como podrían reflejar estas páginas. Asimismo, como en cualquier autorretrato, la persona que encontramos en los diarios y cuadernos no es necesariamente la «real», sino más bien la persona que ella consideraba –o quería– ser. El acto de recuerdo es también un acto de interpretación con respecto a sí misma y a los demás. Son muchos los familiarizados con la versión sombría y cáustica de Pat, y este volumen será su primer contacto con una joven alegre con una visión optimista y ambiciosa de su futuro.

La presente compilación no pretende ser leída como una autobiografía. Nuestra pretensión al compartir estas entradas de diarios y cuadernos, al contrario, es dejar que los lectores descubran, en las propias palabras de la autora, cómo Patricia Highsmith llegó a ser Patricia Highsmith.

 

ANNA VON PLANTA

ANAGRAMA


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