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jueves, 25 de enero de 2024

Alasdair Gray / Lanark / Capítulo V

 




Alasdair Gray
LANARK 

Capítulo V
RIMA


    —¡Eres un idiota y siempre te estás quejando de todo!
    Lanark se sintió herido por sus palabras.


    —Rima, no soy listo y no tengo imaginación —dijo—. Sólo tengo unas cuantas reglas según las que vivir. Esas reglas quizá puedan irritar a la gente lo bastante lista como para vivir sin ellas, pero no puedo evitarlo y no deberías culparme por eso.
    —De acuerdo, lo siento, lo siento, lo siento. Tengo la impresión de que acabarás consiguiendo que me disculpe por haberte echado el aliento.
    Doblaron la esquina.
    —Pero también soy capaz de asustarte —dijo Lanark.
    Rima guardó silencio.
    —Y puedo hacerte reír.
    Rima dejó escapar una leve carcajada y volvió a cogerle por el brazo.
    Estaban entrando en un callejón de edificios no muy altos que parecían garajes privados. Rima abrió una puerta, le guió por una empinada y angosta escalera de madera y encendió la luz. La austeridad de su vestimenta y sus modales habían hecho que Lanark esperase encontrarse con una habitación casi desnuda. Esta habitación era
pequeña, con un techo inclinado y pocos muebles, pero contenía muchos pequeños y tristes toques personales. En las paredes había bosquejos hechos a lápiz que parecían obra de una criatura, con unos nada convincentes campos verdes y mares azules. También había el único reloj que Lanark recordaba haber visto, tallado y pintado para que pareciese una cabaña de troncos, con un péndulo debajo y un contrapeso dorado que tenía la forma de una piña. El reloj no tenía manecillas. Una guitarra sin cuerdas reposaba sobre una cómoda y encima de la cama, que consistía en un colchón pegado a la pared, había un osito de peluche. Rima conectó el radiador eléctrico, se quitó el abrigo y empezó a trastear con la cafetera y el hornillo de gas que había en la minúscula cocina, tan pequeña como una alacena. No había sillas, así que Lanark tomó asiento en el suelo y se apoyó en la cama. El radiador calentó la pequeña habitación tan deprisa que pronto pudo quitarse su chaqueta humedecida por la niebla y el jersey, pero aunque tenía la piel caliente aún se estremecía con repentinos ataques de temblores que le venían de dentro. Rima trajo dos grandes tazones de café. Tomó asiento en la cama, con las piernas cruzadas debajo del cuerpo, y le entregó un tazón a Lanark, diciendo:

    —No creo que te niegues a beberlo.

    El sabor del café casi quedaba disimulado por el del azúcar y el coñac.
    Después Lanark se tumbó en la cama, sintiéndose muy a gusto y ligeramente borracho. Rima, con los ojos cerrados, tenía los hombros apoyados en la pared y acunaba al osito de peluche.
    —Has sido muy buena conmigo —dijo Lanark.
    Rima acariciaba la cabeza del viejo juguete. Lanark intentó pensar en alguna otra cosa que decir.
    —¿Hace mucho que viniste a esta ciudad? —le preguntó.
    —¿Qué quiere decir «mucho»?
    —¿Eras muy pequeña cuando viniste?
    Rima se encogió de hombros.
    —¿Recuerdas un tiempo en el que los días eran largos y luminosos?
    Las lágrimas empezaron a resbalar bajo sus párpados cerrados. Lanark le tocó el hombro.
    —¿Me dejas que te desnude?
    Se lo permitió. Cuando le desabrochó el sujetador sus manos encontraron una rugosidad familiar.
    —¡Tienes piel de dragón! ¡Tus omoplatos están cubiertos de ella!
    —¿Te resulta excitante?
    —¡Yo también la tengo!
    —¿Y piensas que eso crea un lazo entre nosotros? —le preguntó ella con voz áspera.
    Lanark meneó la cabeza y puso un dedo sobre sus labios, sintiendo que las palabras no harían sino separarles todavía más. Su nerviosismo y su deseo de ser tierno con alguien que necesitaba la ternura y la rechazaba hicieron que sus caricias resultaran torpes, hasta que la ansiedad genital le robó todo pensamiento.
    Después se sintió aliviado y le habría gustado dormir. Oyó cómo Rima se levantaba y empezaba a vestirse rápidamente.
    —¿Y bien? ¿Te has divertido? —le preguntó ella secamente.
    Lanark intentó pensar y luego, con voz desafiante, le dijo:
    —Sí. Ha sido excelente.
    —Me alegro por ti.
    Lanark empezó a tener la sensación de que estaba metido en una pesadilla.
    —No eres lo que se dice un atleta sexual, ¿eh? —le oyó decir a Rima—. Supongo que nunca conseguiré nada mejor que Sludden.
    —Me dijiste que no… amabas… a Sludden.
    —No le amo pero le uso de vez en cuando. Igual que él me usa a mí. Tanto él como yo somos dos personas muy frías.
    —¿Por qué me has dejado venir aquí?
    —Tenías tantas ganas de entrar en calor que pensé que quizá tuvieras algo de calor dentro. La verdad es que eres tan frío como el resto de nosotros y aún te preocupas más por ello. Supongo que eso te hace resultar torpe.
    Ahora Lanark estaba ahogándose en la pesadilla, yaciendo en el fondo de ella como en un lecho oceánico, pero aun así podía respirar.
    —Estás intentando matarme —dijo.
    —Sí, pero no voy a conseguirlo. Eres terriblemente sólido. —Acabó de vestirse y le dio una palmadita en la mejilla—. Vamos —le dijo—. No puedo volver a disculparme contigo. Levántate y ponte la ropa. Se quedó inmóvil con la espalda pegada a la cómoda, observándole mientras que él se vestía lentamente, y cuando hubo terminado, inexorable, le dijo:
    —Adiós, Lanark.
    Todo él estaba entumecido, confuso, pero se quedó inmóvil un momento, mirándose estúpidamente los pies.
    —¡Adiós, Lanark! —repitió ella, y le cogió por el brazo, le llevó hasta la puerta, le hizo salir de un empujón y cerró dando un portazo.
    Lanark bajó a tientas por las escaleras. Cuando ya estaba casi al final oyó que Rima abría la puerta y gritaba: «¡Lanark!». Miró hacia atrás. Algo oscuro cayó sobre su cabeza, tapándola, y la puerta volvió a cerrarse con un golpe seco. Lanark se sacó aquello de la cabeza y descubrió que era una chaqueta forrada con piel de oveja. La colgó en el picaporte de la puerta principal, salió del edificio y se alejó.
    Pasado un tiempo la densa neblina helada se confundió con su cuerpo y su cerebro árticos. Avanzó a lo largo de muchas calles metido en ellos, una entumecida pepita de alma moviéndose mediante pies que estaban en alguna parte debajo de ella. Sólo había una cosa de la que fuese muy consciente, y era el picor que sentía en el brazo derecho, y en varias ocasiones se detuvo y se lo frotó contra las esquinas para rascarse a través de la manga. Los sonidos y las luces de los tranvías pasaban ahora frecuentemente junto a él y tras cruzar una calle se quedó asombrado ante una complicada forma que se alzaba entre él y la claridad de un gran farol. Al acercarse vio a una reina montada a la jineta en un caballo que se encabritaba. Era una estatua de la gran plaza. Pensó ir a la oficina de la asistencia social en busca de calor pero decidió que necesitaba beber algo. Cruzó otras calles hasta que vio un neón rojo reluciendo sobre el pavimento. Abrió la tintineante puerta de un estanco pequeño que olía a muchas 

clases de tabaco, fue hasta la escalera de caracol y bajó al Salón de Té Galloway. Era un local de techo bajo mucho más grande que el comercio de arriba. La mayor parte del local consistía en reservados, algunos metidos dentro de otros, cada uno con un sofá, una mesa y sillas, así como la cabeza de un ciervo colgando de una placa. Lanark pidió té con limón, tomó asiento en la esquina de un sofá y se quedó dormido.
    Despertó mucho tiempo después. El vaso con el té frío estaba encima de la mesa, delante de él, y estaba escuchando una conversación entre dos hombres de negocios. Su oreja se encontraba a unos dos centímetros de una espesa cortina marrón que separaba su sofá del sitio donde se hallaban sentados y resultaba obvio que pensaban estar solos, sin nadie que les oyera.
    —… Dodd está de nuestro lado. Después de todo, la Corporación no tiene nada que hacer aparte de iluminar las calles y mantener en funcionamiento los tranvías, y esos servicios no son capaces de autofinanciarse. Tienen que recibir subsidios que salen de la venta de propiedades municipales, así que Dodd vende y yo compro.
    —Pero ¿qué harás con todo eso?
    —Subarrendarlo. Si la dividimos usando paneles de madera, la más pequeña de esas habitaciones podría contener hasta dieciséis apartamentos individuales. He tomado las medidas.
    —¡No seas loco! ¿Crees que alguien querrá uno de esos apartamentos minúsculos sólo porque están en la plaza? Ser propietario con un tercio de la ciudad vacía no da beneficios.
    —De momento no. Con el tiempo tengo intención de acabar subarrendando todo eso.
    —No te hagas el misterioso, Aitcheson. Puedes confiar en mí.
    —De acuerdo. Ya sabes que la población es más reducida de lo que solía ser. ¿Has pensado en que cada vez se está reduciendo más?
    —¿Por qué?
    —Ya sabes por qué.
    Un silencio.
    —¿Y los que van llegando?
    —No hay suficientes. Vives en un hotel, ¿verdad?
    —Claro.
    —Claro. Yo también. En los hoteles nadie se fija en las desapariciones. Si todo va normalmente, das por sentado que el hombre de la habitación contigua desaparecerá tarde o temprano. Pero en un edificio la vida es muy distinta. De repente el piso que hay al otro lado del descansillo se queda vacío. Un poco después el piso de arriba también se queda vacío. Después te das cuenta de que la mitad de las ventanas de enfrente no tienen luces. ¡Inquietante! Cuidado, hay gente que sigue fingiendo que no se ha dado cuenta. Espera a que se hayan quedado sin vecinos. ¡Espera hasta que se encuentren solos y cunda el pánico! Se lanzarán hacia el centro de la ciudad igual que náufragos hacia una balsa. Si los edificios del municipio siguen vacíos entrarán en ellos a la fuerza y los ocuparán. Pero no estarán vacíos, porque yo me encargaré de subarrendarlos.
    —Muy inteligente —admitió a regañadientes la otra voz después de un breve silencio—. Pero ¿no estás siendo un poco demasiado optimista? Tu apuesta se basa en una pauta actual que quizá no continúe.
    —¿Y qué va a impedir que siga sucediendo?
    Lanark se puso en pie, sintiéndose terriblemente asustado. Poco antes le había dicho a Sludden que estaba satisfecho de su vida. Ahora cuanto oía, veía o recordaba servía para empujarle al pánico. Anhelaba desesperadamente estar junto a Rima, una Rima que sonreiría y se entristecería con él, una Rima cuyos miedos pudiera calmar y no una que le arrojase palabras igual que si fueran piedras. Pagó el té, volvió a su habitación y se desnudó. Cuando se hubo quitado la chaqueta y el jersey vio que la manga derecha de su camisa estaba cubierta de sangre seca y al quitarse la camisa descubrió que su brazo había sido invadido por la piel de dragón desde el hombro hasta la muñeca, y que había algunas manchitas de piel de dragón en el dorso de la mano. Se puso el pijama, se metió en la cama y se quedó dormido. Le pareció que no podía hacer otra cosa.


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