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lunes, 25 de diciembre de 2023

Stephen King / La larga marcha / Reseña



Stephen King
LA LARGA MARCHA
1979

Manuel Rodríguez Yague
19 de septiembre de 2016

Según contaba el propio Stephen King, escribió “La Larga Marcha” entre 1966 y 1967, cuando sólo tenía dieciocho años y aún estudiaba en la universidad de Maine. Su profesor de literatura inglesa quedó impresionado y lo envió a un concurso de relatos, siendo rechazado sin comentario alguno. Quizá pensaron que era demasiado deprimente para tratarse de una obra de debut; o quizá demasiado ambiciosa en su mensaje. Fuera como fuese, dolido y algo desmotivado, acabó metiéndola en un cajón y olvidándose de ella. Hubo de esperar al éxito de su primera novela, “Carrie” en 1974, para que su nombre empezara a sonar con fuerza no sólo entre los aficionados a la literatura de género sino incluso en las listas generales de ventas. Un año después vino otro éxito: “El Misterio de Salem´s Lot”; y otro más en 1976, “El Resplandor”. En sólo tres años, King se había convertido en uno de los principales y más reconocidos escritores de terror del mundo.

Aprovechando esa nueva fama decidió desempolvar algunos de sus viejos manuscritos. Estaba convencido de que eran buenas historias (de hecho, al menos dos de ellas lo eran y mucho: “La Larga Marcha” y “El Fugitivo” –esta última, escrita según King en un maratón de setenta y dos horas en 1971-) que merecían ver la luz. Su editor, sin embargo, se mostraba reticente: no quería sobreexponer el nombre de Stephen King publicando más de una obra al año. La solución que encontró el autor fue inventarse un seudónimo, Richard Bachman, bajo el cual editar esas obras.


“La Larga Marcha” es un libro atípico dentro de la bibliografía de King en este periodo. No aparecen payasos asesinos, vampiros u hoteles encantados. No hay elementos sobrenaturales ni claramente relacionados con la ciencia ficción. Es una novela directa, con el acento en el terror psicológico relacionado, eso sí, con un factor tan material y concreto como es el dolor físico, y que al mismo tiempo mantiene esa cualidad algo onírica de la ficción existencial.


La premisa sobre la que se apoya la novela es muy sencilla: en un futuro indeterminado pero cercano, cada año, en el mes de mayo, cien muchachos de entre 16 y 18 años participan voluntariamente en un concurso conocido como “La Larga Marcha”, cuyo ganador obtendrá todo aquello que desee durante el resto de su vida. El concurso consiste, literalmente, en caminar o morir. Todos comienzan a andar en el estado norteamericano de Maine, junto a la frontera de Canadá y marchan hacia el sur siguiendo la carretera sin detenerse por ningún concepto. Se les proporciona bebida ilimitada y comida una vez al día, pero no pueden pararse a descansar, hablar con nadie ajeno a la Marcha o hacer sus necesidades. Cada concursante debe mantener un ritmo constante mínimo de 7 km/h. Si alguno baja de ese límite, los soldados que los van siguiendo a lo largo de la carretera montados en un camión le darán un aviso; si persiste, otro más; y un tercero. El cuarto será un disparo en la cabeza. Sólo es cuestión de tiempo que todos vayan muriendo de agotamiento hasta que quede el último, el ganador. La narración se centra en la ordalía física, psicológica y espiritual de estos muchachos y, en especial de uno de ellos, Ray Garraty. Conforme pasen las horas y luego los días, los caminantes desafiarán los límites de la motivación, la frustración, el miedo, la soledad, el terror, el agotamiento y, finalmente, la compasión, la desesperación y la locura.


Aunque a primera vista no reúna ninguno de los elementos habitualmente asociados con la ciencia ficción, esta es una novela que se puede enmarcar en el ámbito de las distopías. Ciertamente, King no nos cuenta nada sobre ese mundo de ficción, su historia reciente, su estructura política, su sociedad, su tecnología… pero podemos inferir que se trata de un futuro distópico por cuanto resulta difícil concebir uno que, permitiendo y apoyando espectáculos públicos del tipo de La Larga Marcha, no merezca tal consideración.

Además, en varios puntos de la narración aparece el Comandante, cuya función no se especifica exactamente pero que bien podría ser el dictador militar al mando del país (o un paternalista héroe de guerra; o una suerte de Tío Sam fascista dedicado a organizar los juegos; y, sobre todo, una siniestra figura paterna para los caminantes). El padre de Garraty -secuestrado en plena noche de su hogar por un escuadrón de policías para no aparecer nunca más, otro rasgo de las dictaduras- definía al comandante como "el monstruo más peligroso y raro que podía producir cualquier nación, un sociópata apoyado por la sociedad". Hay también referencias a algo llamado “El Cambio” y a “las incursiones aéreas alemanas en la costa Este norteamericana durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial”, lo que sugiere una corriente temporal alternativa.


El mundo que se extiende más allá de los arcenes de la carretera por la que caminan los muchachos carece de definición alguna. A diferencia de muchos de los libros de King, éste no se caracteriza por la construcción de atmósferas. Con la excepción de los comentarios acerca del tiempo y el paisaje (observaciones evidentes para quienes cuya vida ha pasado a consistir exclusivamente en caminar al aire libre sin parar) toda la narrativa se centra únicamente en los participantes de ese concurso letal. Es una opción muy acertada por cuanto permite que, aun estando a campo abierto, los concursantes parezcan moverse y evolucionar en un entorno claustrofóbico y alienado del mundo “exterior” a la carretera.


“La Larga Marcha” no tiene giros inesperados, sorpresas ni “deus ex machina” que solucionen los nudos narrativos. Tampoco, dado que Garraty es claramente el foco de la novela, un final sorpresa. Ni siquiera puede resumirse fácilmente el argumento. ¿Una novela sobre gente andando? Suena aburrido. Nada más lejos de la realidad, porque lo que en el fondo describe –eso sí, con una crudeza impactante- es la rápida descomposición física y mental de los concursantes. El aspecto físico del viaje se hace patente de forma inmediata, tanto como la toma de conciencia por parte de los jugadores de que aunque existe un 100% de probabilidades de que uno de ellos conseguirá ganar, cada uno tiene a título individual un 99% de probabilidades de morir en el intento. Y eso es precisamente lo que ocurre. Los cien chicos del comienzo van siendo abatidos uno a uno, como era de esperar, hasta que solo queda uno… Algunos mueren por una simple ampolla que les impide mantener el ritmo, otros por un resfriado agravado por las condiciones de la marcha, por diarreas, un simple tropezón, tratar de escapar del martirio saliendo de la carretera, atacar a los soldados, sumirse en la locura o, simplemente, por puro agotamiento físico y psicológico. Algunas muertes se narran en vívidas explosiones descriptivas que detallan las sucesivas infracciones cometidas y que, con tensión creciente, retratan el miedo y la desesperación del infeliz en los segundos anteriores a que las balas acaben con su vida; otras veces, los asesinatos ocurren “fuera de cámara”, indicados por el siniestro ruido de los disparos y comunicados boca oído entre los supervivientes.


King consigue que el lector experimente, sobre todo a través del cuerpo y la mente de Garraty, lo que significa caminar directo hacia los brazos de la muerte: las continuas punzadas musculares, sentir cómo aumenta el dolor y la angustia ante la inminencia de la muerte anunciada por el retumbar de los fusiles, el sudor, el frío, el hambre y la creciente desorientación… Conforme los muchachos van derrumbándose físicamente, sus mentes empiezan a fragmentarse, cayendo en el delirio y la locura hasta que los supervivientes se transforman en autómatas sin alma para los que el mundo exterior ha dejado de existir y cuyo universo ha quedado reducido a la línea de asfalto que se extiende frente a ellos y las sencillas reglas que a tenor del concurso han pasado a gobernar su vida y su muerte. Es en ese punto, una vez traspasado el límite del agotamiento, cuando King se pregunta sobre qué valor tiene la vida si ésta conlleva un sufrimiento semejante

Uno de los temas que más ha visitado King en sus novelas y que mejor ha reflejado es el de las consecuencias que sobre la mente tiene el sufrimiento físico agudo y los extremos a los que es capaz de llegar el ser humano, trascendiendo incluso la locura, con tal de sobrevivir un día más aun cuando ello signifique prolongar el tormento. Es una situación clave en libros como “Maleficio”, “Misery” o el cuento “Superviviente”. King sabe que el cuerpo humano tiene una asombrosa capacidad para soportar los traumas; tanto es así que normalmente es la mente la que sucumbe antes.


Dado que la acción es relativamente escasa (se trata más de la acumulación de tensión e incomodidad), la caracterización cobra una gran importancia. King se centra en los personajes: quiénes eran antes de la Marcha, cómo planean ganar, qué quieren hacer con el premio, los lazos que establecen con otros muchachos, cómo asimilan el deterioro físico y mental propio y ajeno… Las relaciones que se van creando y destruyendo durante la marcha y los vaivenes emocionales que se producen entre los chicos –que van desde la verdadera camaradería al deseo de que el otro muera pasando por puntuales alianzas de conveniencia- son complejos y emotivos. El escritor consigue crear lazos de empatía entre el lector y sus personajes hasta tal punto que no sólo aquél los acompaña en todos sus sufrimientos (la falta de sueño, la sed, el hambre, el frío, el dolor muscular, el agotamiento, la tensión psicológica de ver la muerte rondar cerca…) sino que las sucesivas muertes de todos ellos llegan a provocar un verdadero impacto.


Antes de la moda distópica extendida por la trilogía de “Los Juegos del Hambre”, antes del éxito de los “realities” televisivos de todo pelaje a cual más absurdo, Stephen King ya imaginó y criticó los excesos en los que podía incurrir la televisión más sensacionalista para alimentar el hambre de morbo malsano de una sociedad enferma. Otra novela de King escrita en esta primera época, la ya mencionada “El Fugitivo”, se apoyaba en la misma premisa de convertir la muerte en un espectáculo para las masas servido por los medios de comunicación. “La Larga Marcha”, aunque se centra más en la evolución psicológica de los chicos concursantes que en el desarrollo lineal de una aventura o thriller o en la articulación de un mensaje concreto, contiene sin duda una nada velada dosis de crítica a este tipo de entretenimiento.

Cada capítulo del libro está encabezado por la cita de un presentador televisivo de concursos auténticos. De todas ellas destaca –y quizá es la que dio a King la idea para el libro- una pronunciada por Chuck Barris, creador de The Gong Show: “El concurso definitivo sería aquel en el que el concursante perdedor moriría”. Frase polémica, pero también cierta. Los romanos lo sabían perfectamente cuando acudían a los circos a ver morir a los gladiadores en combate con otros luchadores o peleando contra animales. Durante la Revolución Francesa, los parisienses acudían a miles al patíbulo de la guillotina para jalear y regodearse con las ejecuciones. El ser humano siente una especie de atracción malsana hacia la sangre y la muerte, una compulsión que quizá nunca podamos eliminar completamente por muy civilizados que nos consideremos.


Una de las cosas mejor reflejadas en el libro es el concepto de espectadores, cómplices del asesinato a sangre fría de noventa y nueve muchachos cada año. Al comenzar la novela, los habitantes de las granjas, pueblos y ciudades que atraviesa la Marcha acuden a los arcenes para contemplar, entre la indiferencia y el apasionamiento, a los sufrientes chicos. Secretamente, todos esperan tener la “suerte” de contemplar la ejecución de alguno de ellos, como si el contacto con la muerte les hiciera sentir más vivos: una jovencita provoca sexualmente a los muchachos, otros recogen los tubos de comida que ellos tiran para conservarlos como souvenirs, las familias disfrutan de picnics junto a la carretera... Son personas con rostro, sexo y edad. Pero conforme avanza la historia y hasta llegar al clímax, esos espectadores van incrementando su número hasta convertirse en una masa movediza, amorfa, ruidosa y amenazante: “Los Marchadores se miraron, inquietos, y se agruparon como niños bajo una tormenta de relámpagos o como las vacas bajo una ventisca. Había una cruda rojez en aquel rugido creciente de la multitud, una voracidad que resultaba apabullante. Garraty tuvo una vívida y espeluznante visión de la gran diosa Multitud abriéndose camino (…) con sus patas de araña, para devorarles a todos. La propia ciudad había sido ahogada y enterrada... Sólo la multitud, una criatura sin cuerpo, sin cabeza ni mente. La multitud no era más que una Voz y un Ojo (…)Había que complacer a la multitud. Había que mostrar temor y complacer a la multitud. Había que mostrar temor y veneración por la multitud. Y, finalmente, había que ser sacrificado a la multitud".


Aunque grotesco, es un escenario realista; no cuesta imaginar que, de existir alguna vez un espectáculo-concurso como “La Larga Marcha”, esa situación se daría sin duda. De hecho, ¿quién puede decir si algún día este concurso se vería como algo aceptable? ¿Acaso hace doscientos años alguien podría haber pensado que la gente disfrutaría tirándose de puentes atados a una cuerda? ¿O que se podrían encontrar revistas y películas de contenido sexual en un quiosco callejero? Desde el punto de vista de los concursantes, puede que no faltaran candidatos entre los desheredados de la sociedad. Al fin y el cabo, el premio es muy goloso: todo lo que puedan desear durante toda su vida. Eso sí, podría uno plantearse cuál sería el propósito social de semejantes concursos. Al fin y al cabo significa eliminar una porción potencialmente útil de su población. Desgraciadamente, nuestra especie ha demostrado a lo largo de toda su historia su capacidad para asesinar enormes masas de inocentes.


Comparado con los otros caminantes, Garraty es un tipo decente y amable, reflexivo y sensible. Establece lazos con algunos concursantes y acaba formando a su alrededor una especie de pequeño grupo que marcha unido. No se trata de una alianza –todos saben que los demás son sus competidores-, pero esa relación informal les sirve a todos como apoyo en momentos difíciles. El autor aprovecha para explorar la personalidad, debilidades, opiniones y motivaciones de esos, digamos, personajes-satélite: Peter McVries, Stebbins, Olson, Baker… Algunos de los caminantes no cambian desde su presentación hasta su muerte, otros acaban desnudando trágicamente su auténtica naturaleza. Muchos nunca salen de las sombras, algunos aparecen fugazmente pero son eficientemente retratados por King en tan solo una frase o una escena. Algunos se rebelan contra la brutal naturaleza del concurso para ayudar a sus amigos; otros se rinden silenciosamente a la muerte. Hay momentos de miedo paralizante, pero también ramalazos de humor y compasión.


King no acaba de explicar de manera muy clara por qué los chicos decidieron participar en La Larga Marcha y convertirse así en cómplices de su propia muerte. Podría deberse a un sentimiento de invencibilidad, la incapacidad de sopesar las consecuencias, un deseo subconsciente de morir, la codicia… pero en realidad ninguno de ellos es capaz de articular debidamente sus razones. Garraty tiene una madre y una novia (con la que fantasea su lujuria en los momentos de mayor debilidad mental) y quiere sobrevivir a toda costa. No sabe con certeza por qué está en la Marcha; sólo sabe que cuando su número salió en la lotería y tuvo la oportunidad de echarse atrás, no lo hizo. La ambición y la promesa de gloria lo han llevado hasta allí y, según su lógica, deberían empujarlo hasta la victoria. Otros extraen su fuerza, por ejemplo, del amor, como Scramm, casado y con un hijo en camino. El premio para él significa asegurar la mejor de las vidas para su familia. Para otros es la codicia. Algunos tienen motivos más oscuros y retorcidos para participar, como antiguos traumas y vendettas familiares. Pero, al final, todos mueren y, como dice otro de los amigos de Garraty, McVries, el verdadero e inesperado premio para el ganador no consistirá en poder satisfacer todos sus deseos, sino darse cuenta de que nada compensará jamás lo que ha tenido que hacer para conseguirlo: el sufrimiento agónico, el agotamiento mental, ver a sus indefensos camaradas asesinados a sangre fría mientras las multitudes aplauden…


Es muy probable que “La Larga Marcha” constituya, en el fondo, una alegoría de la guerra, concretamente la del Vietnam, un conflicto que se encontraba en plena ebullición cuando King escribió el libro y al que muchos jóvenes iban voluntarios. Las televisiones de entonces ofrecían imágenes muy duras de las víctimas, los soldados veían morir a sus amigos y nadie parecía comprender la razón de todo ello. Muchos de los que sobrevivían, tras haber sufrido y visto innumerables atrocidades, quedaban tullidos física y/o mentalmente para siempre. No serían pocos los que, al alistarse nada más salir de su adolescencia, tendrían conversaciones y actitudes similares a las que exhiben los concursantes del libro nada más conocerse, antes de empezar a caminar. Como suele suceder a su edad, se sentían invencibles; la muerte no era algo que iba a abatirse sobre ellos por muy peligrosa que fuera la situación en la que participasen. La muerte para ellos era un concepto, no una inevitabilidad. Seguramente, ninguno de los muchachos que fueron a Vietnam pensó que volvería a casa metido en una bolsa, aunque para muchos de ellos ese fuera efectivamente su final.


En algunas de las escenas más duras, King consigue evocar lo que debe sentirse al sobrevivir tras una noche de espanto, rodeado de sangre, disparos y oscuridad mientras tus amigos van muriendo uno tras otro. Además, los paralelismos con el ejército son abundantes. La retórica del reclutamiento y las arengas recurriendo al deber y el honor patrio tienen su reflejo en la novela cuando el Comandante da un discurso que enciende el orgullo de los chicos, en los himnos nacionales, desfiles, jeeps envueltos en banderas, en la forma en que los concursantes, odiando ya al Comandante, se detienen para aplaudirlo fervorosamente cuando hace una aparición un par de días después de haber comenzado la Marcha, en las miradas muertas de los soldados encargados de asesinar a los incapaces de continuar…y en los propios caminantes, que no saben por qué se apuntaron, por qué están pasando por todo eso y que, sin embargo, no pueden parar hasta que se les ordene; la camaradería que surge entre algunos de ellos…



El estilo de “La Larga Marcha” denota un autor todavía primerizo. Hay agujeros de guión y algunos momentos en que la prosa chirría un tanto. Pero contiene esa crudeza, inmediatez y desbordante energía de las primeras historias cortas de un joven Stephen King consumido por la gran cantidad de ideas que brotan de su imaginación. Es como si hubiera escrito esta novela en estado febril; hay una pureza en estas páginas, un impulso descarnado de narrar la historia de la forma más visceral y directa posible que en su obra moderna resulta difícil de encontrar. Más contenido quizá que “Rabia” y con un reparto de personajes más complejo, “La Larga Marcha” ya pone de manifiesto el control que mantiene el autor sobre el ritmo, el tono, la atmósfera y la tensión.


La trama se desarrolla en una perfecta espiral descendente que arranca dominada por el optimismo y la vitalidad, va oscureciéndose poco a poco de forma constante e imparable y culmina en un infierno absolutamente angustioso. Al principio, el tiempo es registrado minuciosamente. Garraty consulta con frecuencia su reloj; y las horas transcurridas, como los kilómetros recorridos, son la principal preocupación de los caminantes. Conforme la historia se aproxima a su final, sin embargo, el tiempo parece contraerse y dilatarse aleatoriamente; noche y día se funden en un todo informe; la identidad de un chico se confunde en la de otro; el paisaje y la multitud se difuminan y sólo queda un rugir impreciso … Caminar, hablar. Caminar más. Caminar. Y morir.

King vincula los largos monólogos internos de Garraty con la creciente disociación de la realidad que él y sus compañeros experimentan conforme se desvanecen sus recuerdos de las vidas que eran las suyas tan solo unas horas antes, quedando reducidos a lo más básico y fundamental: sus almas.


“La Larga Marcha” es un libro directo, sincero y absorbente, pero también terrorífico, deprimente y visceral. Hay novelas que se leen, se disfrutan y luego se olvidan. En el mejor de los casos, de ellas se recuerdan el título y vagas nociones de su argumento. No es el caso de “La Larga Marcha”: su devastadora carga emocional impregna la memoria durante mucho tiempo. Ha influenciado a muchas otras obras –la arriba indicada “Los Juegos del Hambre” entre otras- pero, a diferencia de sus imitadoras y sucesoras, “La Larga Marcha” es realmente espeluznante, otra muestra del talento de King para tomar situaciones y elementos mundanos y convertirlos en fuentes de terror. De su calidad da testimonio el que los casi cuarenta años que han pasado desde su publicación –y casi medio siglo desde que King la escribió- no le hayan pasado factura. Hoy mantiene intacto su poder de horrible fascinación. En mi opinión, uno de los mejores libros de King; y eso es decir mucho.


UN UNIVERSO DE CIENCIA FICCIÓN

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