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domingo, 31 de diciembre de 2023

Stephen King / La cornisa



Stephen King
LA CORNISA
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—Vamos —repitió Cressner—. Mire lo que hay en la bolsa.
    Estábamos en su ático, en el piso 43. La alfombra era muy mullida, de color naranja quemado. En el centro, entre el sillón que ocupaba Cressner y el sofá de cuero antiguo que estaba vacío, descansaba una bolsa de la compra, marrón.
    —Si quiere sobornarme, olvídelo —dije—. La amo.
    —Es dinero, pero no para sobornarlo. Vaya. Mire. Cressner fumaba un cigarrillo turco insertado en una boquilla de ónix. El sistema de circulación de aire me permitía aspirar brevemente las secas vaharadas de tabaco antes de llevárselas. Vestía una bata de seda con un dragón bordado. Sus ojos inteligentes estaban serenos detrás de las gafas. Parecía precisamente lo que era: un hijo de puta de primera, de 500 quilates, acérrimo. Yo amaba a su esposa y ella me amaba a mí. Había previsto que él nos pondría obstáculos, y sabía que eso era lo que estaba haciendo, pero aún no entendía de qué naturaleza eran.
    Me acerqué a la bolsa de la compra y la volqué. Unos fajos de billetes precintados cayeron sobre la alfombra. Todos de veinte dólares. Cogí uno de los fajos y conté. Diez billetes en cada uno. Había muchos fajos.
    —Veinte mil dólares —anunció, y le dio una chupada al cigarrillo.
    Me levanté.
    —Muy bien.
    —Para usted.
    —No los quiero.
    —Mi esposa está incluida en la transacción. No dije nada. Marcia me había advertido lo que sucedería. Es como un gato, había dicho. Un viejo gato perverso. Tratará de convertirte en su ratón.
    —De modo que es tenista profesional —comentó—. No creo haberle visto nunca.
    —¿Quiere decir que sus detectives no nos fotografiaron?
    —Oh, sí. —Hizo un ademán negligente con la boquilla—. Incluso los filmaron a los dos en el «Bayside Motel». Detrás del espejo había una cámara. Pero personalmente es distinto, ¿no le parece?
    —Si usted lo dice.
    Cambiaría constantemente de estrategia, me había prevenido Marcia. Es así como pone a la defensiva a sus adversarios. Pronto te hará arremeter contra el lugar donde tú crees que está, y él atacará desde otro flanco. Dile lo menos posible, Stan. Y recuerda que te amo.
    —Lo invité porque quería tener una conversación de hombre a hombre con usted, señor Norris. Sólo una agradable conversación entre dos seres humanos civilizados, uno de los cuales ha seducido a la esposa del otro.
    Me disponía a contestar, pero opté por callarme.
    —¿Disfrutó de su estancia en el presidio de San Quintín? —preguntó Cressner, mientras expulsaba el humo perezosamente.
    —No mucho.
    —Creo que pasó tres años allí. Si no me equivoco, lo condenaron por robo.
    —Marcia lo sabe —dije, e inmediatamente lamenté haber hablado. Le estaba siguiendo el juego, y eso era precisamente lo que Marcia me había recomendado que no hiciera. Debía evitar los saques débiles que él podía devolver con fuerza.
    —Me he tomado la libertad de hacer desplazar su coche —anunció, mirando por el ventanal: toda la pared era de cristal. En el medio había una puerta corredera de cristal. Del otro lado, un balcón del tamaño de un sello de correos. Y más allá, un profundo abismo. Había algo extraño en la puerta. No podía localizar con exactitud de qué se trataba—. Éste es un edificio muy confortable —prosiguió Cressner—. Un buen sistema de seguridad. Un circuito cerrado de televisión y todo lo demás. Cuando me enteré de que usted estaba en el vestíbulo hice una llamada telefónica. Entonces un empleado mío hizo un cruce con los cables de su coche y lo trasladó del garaje de este edificio a un aparcamiento público situado a varias manzanas de aquí. —Miró el reloj de líneas ultramodernas que estaba adosado a la pared, sobre el sofá. Eran las 8.05—. A las 8.20 el mismo empleado telefoneará a la Policía desde una cabina pública, en relación con su coche. A las 8.30, a más tardar, los servidores de la ley habrán descubierto más de cien gramos de heroína ocultos en la rueda de repuesto de su maletero. Lo buscarán ansiosamente, señor Norris.
    Me había tendido una trampa. Yo había tratado de protegerme lo mejor posible, pero todo había sido un juego de niños para él.
    —Esto sucederá si no me comunico antes con mi empleado para decirle que olvide la llamada telefónica.
    —Y lo que yo debo hacer para ello es informarle dónde está Marcia —murmuré—. Es inútil, Cressner. No lo sé. Así fue como lo organizamos, precisamente pensando en usted.
    —Mis hombres la han seguido.
    —No lo creo. Sospecho que los despistamos en el aeropuerto.
    Cressner suspiró, quitó la boquilla recalentada y dejó caer el cigarrillo en un cenicero de cromo con tapa deslizable. Todo con la mayor parsimonia. Se había librado con igual desenvoltura de la colilla y de Stan Norris.
    —En verdad —dijo—, tiene razón. Empleó la vieja treta de escabullirse del tocador de señoras. Mis hombres se pusieron furiosos al descubrir que los habían burlado con un ardid tan antiguo. Está tan gastado que a ellos ni siquiera se les ocurrió pensar que lo utilizaría.
    No contesté. Después de librarse de los sabuesos de Cressner en el aeropuerto, Marcia había vuelto a la ciudad en el autocar de la compañía y se había ido a la estación de autobuses. Llevaba encima doscientos dólares: todo el dinero que yo tenía en mi libreta de ahorros. Doscientos dólares y un autobús «Greyhound» podían llevarla a cualquier punto del país.
    —¿Usted es siempre tan poco comunicativo? —preguntó Cressner. Parecía sinceramente interesado.
    —Marcia me lo aconsejó. Con tono un poco más cáustico, dijo:
    —Entonces supongo que cuando le detenga la Policía usted invocará sus derechos. Y tal vez cuando vuelva a ver a mi esposa se encontrará con una abuelita sentada en una mecedora. ¿Se le ha ocurrido pensar en ello? Creo que por estar en posesión de más de cien gramos de heroína pueden sentenciarle a cuarenta años de cárcel.
    —Eso no le ayudará a recuperar a Marcia. Sonrió cínicamente.
    —¿Y ésa es la clave del asunto, verdad? ¿Quiere que concretemos la situación? Usted y mi esposa se han enamorado el uno del otro. Tienen relaciones…, si es así como quieren llamar a una serie de encuentros fugaces en moteles baratos. Mi esposa me ha abandonado. Sin embargo, lo he pescado a usted. ¿La síntesis le parece correcta?
    —Ahora entiendo por qué se hartó de usted. Con gran sorpresa mía, echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.
    —Le confieso que casi me resulta simpático, señor Norris. Es vulgar y tramposo, pero parece tener agallas. Eso lo que me dijo Marcia. Yo me resistí a creerla, porque sus juicios psicológicos no suelen ser muy exactos. Pero usted tiene una cierta… energía. Por eso organicé las cosas así. Sin duda Marcia le ha dicho que me gustan los envites.
    —Sí.
    Ya sabía qué era lo que faltaba en la puerta de la pared de cristal. Estábamos en pleno invierno y a nadie se le ocurriría tomar el té en un balcón del piso 43. Habían retirado los muebles del balcón. Y le habían quitado los visillos a la puerta. ¿Por qué?
    —No le tengo mucha estima a mi esposa —continuó Cressner, mientras insertaba cuidadosamente otro cigarrillo en la boquilla—. Eso no es ningún secreto. Estoy seguro de que ella se lo habrá contado. Y también estoy seguro de que un hombre tan…, experimentado como usted sabe que las esposas satisfechas no se abren de piernas delante del profesor de tenis de su club ante el simple balanceo de una raqueta. A mi juicio Marcia es una presumida, una mojigata de cara agria, una llorona, una gruñona, una chismosa…
    —Ya basta —dije. Sonrió fríamente.
    —Lo siento. Olvidé que hablábamos de su amada. Son las 8.16. ¿Está nervioso? Me encogí de hombros.
    —Duro hasta el fin —comentó, y encendió el cigarrillo—. De todos modos, se preguntará por qué no le devuelvo sencillamente la libertad a Marcia, si la aborrezco tanto…
    —No, no me lo pregunto. Frunció el ceño.
    —No se la devuelve —le espeté— porque es un hijo de puta egoísta, ambicioso y egocéntrico. Nadie puede quitarle lo que es suyo. Aunque usted ya no lo quiera.
    Enrojeció y después se rió.
    —Un tanto a su favor, señor Norris. Muy bien. Me encogí nuevamente de hombros.
    —Voy a proponerle un envite. Si gana, se irá de aquí con el dinero, con la mujer y con su libertad. En cambio, si pierde, perderá la vida.
    Consulté el reloj. No pude evitarlo. Las 8.19.
    —Muy bien —asentí. ¿Qué otra cosa podía decir? Por lo menos ganaría tiempo. Tiempo para encontrar la forma de salir de allí, con o sin el dinero.
    Cressner cogió el teléfono y marcó un número.
    —¿Tony? El plan número dos. Sí. —Colgó el auricular.
    —¿Cuál es el plan número dos? —pregunté.
    —Le telefonearé a Tony dentro de quince minutos y él retirará de su coche la…, sustancia incriminatoria y lo traerá nuevamente aquí. Si no le telefoneo, llamará a la Policía.
    —¿No es muy confiado, verdad?
    —Sea razonable, señor Norris. Hay veinte mil dólares sobre la alfombra, entre nosotros dos. En esta ciudad se han cometido asesinatos por veinte céntimos.
    —¿Cuál es la apuesta? Pareció sinceramente afligido.
    —El envite, señor Norris, el envite. Los caballeros hacen envites. La chusma hace apuestas.
    —Como usted diga.
    —Excelente. Veo que ha estado mirando al balcón.
    —Ha quitado los visillos de la puerta.
    —Sí, los hice retirar esta tarde. Lo que le propongo es lo siguiente: que usted dé la vuelta a este edificio por la cornisa que sobresale por debajo del nivel del ático. Si consigue dar la vuelta al edificio, gana usted.
    —Está loco.
    —Todo lo contrario. Hace doce años que vivo en este apartamento, y durante ese lapso he propuesto el envite a seis personas en otras tantas ocasiones. Tres de las seis eran atletas profesionales, como usted: un conocido jugador de fútbol más famoso por sus anuncios de TV que por su buen juego, un jugador de béisbol, y un jockey bastante célebre que ganaba un salario anual extraordinario y que también vivía afligido por graves problemas para pagar alimentos a su ex esposa. Los otros tres eran ciudadanos más vulgares que tenían distintas profesiones pero dos elementos en común: necesitaban dinero y eran relativamente ágiles. —Inhaló pensativamente el humo de su cigarrillo y continuó—: En cinco oportunidades el envite fue rechazado ipso facto. En la otra fue aceptado. Los términos fueron veinte mil dólares contra seis meses a mi servicio. Yo gané. El tipo echó una mirada por la baranda del balcón y casi se desmayó. —Cressner tenía una expresión divertida y desdeñosa—. Dijo que abajo todo parecía muy pequeño. Eso fue lo que le acobardó.
    —¿Qué le hace pensar… ? Me interrumpió con un ademán fastidiado.
    —No me aburra, señor Norris. Pienso que lo hará porque no puede elegir. La alternativa es mi envite o cuarenta años en San Quintín. El dinero y mi esposa son sólo estímulos adicionales, testimonios de mi generosidad.
    —¿Qué garantía tengo de que no me defraudará? Es posible que lo haga y descubra que usted ha telefoneado a Tony y le ha dicho que me denuncie igualmente.
    Suspiró.
    —Usted es un caso ambulante de paranoia, señor Norris. No amo a mi esposa. Su presencia ofende mi legendario egotismo. Para mí, veinte mil dólares son una nadería. Todas las semanas pago una suma cuatro veces mayor a los enviados de la Policía, para sobornarlos. Sin embargo, en cuanto al envite… —Sus ojos centellearon—. Eso no tiene precio.
    Reflexioné y Cressner no me interrumpió. Supongo que sabía que el verdadero incauto siempre se convence a sí mismo. Yo era un infeliz tenista de treinta y seis años, y el club ya planeaba despedirme cuando Marcia aplicó un poco de presión sutil. El tenis era la única profesión que conocía y, sin él, incluso me resultaría difícil conseguir trabajo como portero…, sobre todo porque era un ex presidiario. No era nada grave, pero los empleadores son inflexibles.
    Y lo curioso es que estaba realmente enamorado de Marcia Cressner. Me había prendado de ella después de darle dos clases de tenis a las nueve de la mañana, y el sentimiento había sido recíproco. Así era la suerte de Stan Norris. Después de treinta y seis años de dichosa soltería me había enamorado como un adolescente de la esposa de un padrino de la Organización.
    Por supuesto, el viejo felino que me miraba fumando su cigarrillo turco importado sabía todo eso. Y también algo más. Nada me garantizaba que no me entregaría a la Policía si aceptaba el envite y ganaba, y en cambio sabía muy bien que, si no lo aceptaba, a las diez estaría en chirona. Y no recuperaría la libertad hasta el fin del siglo.
    —Quiero saber algo —murmuré.
    —¿De qué se trata, señor Norris?
    —Míreme a los ojos y dígame si hace trampa o no. Me miró fijamente.
    —Nunca hago trampas, señor Norris —respondió en voz baja.
    —Muy bien —asentí. ¿Qué otra alternativa me quedaba? Se levantó, sonriendo.
    —¡Estupendo! ¡Realmente estupendo! Acompáñeme hasta la puerta del balcón, señor Norris.
    Fuimos juntos. Su talante era el de un hombre que había imaginado esa escena centenares de veces y que disfrutaba al máximo ahora que se materializaba.
    —La cornisa tiene doce centímetros y medio de ancho —explicó con tono soñador—. Yo mismo la he medido. En verdad, me he apoyado sobre ella, cogiéndome del balcón, claro está. Le bastará con pasar sobre la baranda de hierro forjado. Ésta le llegará a la altura del pecho. Pero, por supuesto, más allá de la baranda no hay puntos de dónde cogerse. Tendrá que desplazarse paso a paso, tomando muchas precauciones para no perder el equilibrio.
    Mis ojos se posaron sobre algo más que había fuera de la ventana…, algo que hizo que la temperatura de mi sangre bajara varios grados. Era un anemómetro. El apartamento de Cressner se hallaba bastante cerca del lago, y no había edificios más altos para resguardarlo del viento. Éste sería frío y cortaría como un cuchillo. La aguja estaba bastante estable en el diez, pero una ráfaga fuerte la haría saltar casi hasta veinticinco durante unos segundos antes de volver a bajar.
    —Ah, veo que ha reparado en mi anemómetro —comentó Cressner jovialmente—. En realidad es la otra fachada la que recibe casi todo el viento, de modo que es posible que ahí la brisa sea un poco más fuerte. Pero ésta es una noche bastante serena. He visto otras en que el viento soplaba a ochenta y cinco…, incluso se siente una ligera vibración en el edificio. Como si uno estuviera en la torre de vigía de un barco. Para tratarse de esta época del año, hoy el clima es bastante benigno.
    Señaló, y vi los números luminosos en lo alto del rascacielos de un Banco, a la izquierda. Marcaban ocho grados, pero teniendo en cuenta el viento el factor de congelación estaría por debajo del cero.
    —¿Tiene un abrigo? —le pregunté. Yo iba vestido con una americana liviana.
    —No, lo siento. —Los números luminosos del Banco se modificaron para indicar la hora. Eran las 8.32—. Y creo que será mejor que se decida de una vez, señor Norris. Así podré telefonearle a Tony y decirle que ponga en ejecución el plan número tres. Es un buen chico pero tiene tendencia a ser impulsivo. Usted entiende.
    Claro que entendía. Demasiado bien.
    Sin embargo, la perspectiva de estar con Marcia, libre de los tentáculos de Cressner y con suficiente dinero para iniciar una nueva vida me impulsó a abrir la puerta de cristal y a salir al balcón. El aire era frío y húmedo, y el viento me alborotó el pelo y me lo volcó sobre los ojos.
    —Bon soir
—dijo Cressner a mis espaldas, pero no me molesté en volver la cabeza. Me acerqué a la baranda, sin mirar hacia abajo. Todavía no. Empecé a respirar profundamente.
    En realidad no es un ejercicio sino una forma de autohipnosis. Con cada inhalación— espiración se expulsa una distracción del cerebro, hasta que no queda nada más que el desafío que uno tiene ante sí. Me olvidé del dinero con un movimiento respiratorio y de Cressner con dos. Necesité más tiempo para librarme de Marcia: su rostro afloraba constantemente en mi mente, diciéndome que no fuera estúpido, que no aceptara sus condiciones de juego, que quizá Cressner nunca hacía trampas pero que siempre se aseguraba las posibilidades de triunfo. No la escuché. No podía permitirme ese lujo. Si perdía la apuesta no me bastaría con pagar la ronda de cervezas y soportar las pullas: me convertiría en una pringosidad escarlata salpicada a lo largo de Deakman Street, en un tramo de cien metros.
    Cuando pensé en eso, miré hacia abajo.
    El edificio bajaba en pendiente como un acantilado liso de tiza hasta la calle situada mucho más abajo. Los coches aparcados parecían esos modelos de juguete que venden en las tiendas de baratijas. Los que transitaban por la calzada parecían puntitos de luz. Si caía desde tan alto tendría tiempo suficiente para tomar conciencia de lo que sucedía, para ver cómo el viento tiraba de mis ropas a medida que la tierra me atraía a una velocidad cada vez mayor. Tendría tiempo para lanzar un alarido muy, muy largo. Y el ruido que haría al estrellarme contra el pavimento sería igual al de una sandía que cae cuando ya está madura.
    Entendí muy bien por qué el otro tipo se había acobardado. Pero él sólo había tenido que pensar en una servidumbre de seis meses. A mí me aguardaban cuarenta negros años sin Marcia.
    Observé la cornisa: Parecía angosta: nunca había visto doce centímetros y medio más semejantes a seis. Por lo menos el edificio era bastante nuevo. No se desmoronaría bajo mis pies.
    Eso esperaba.
    Sortee la baranda y me descolgué cuidadosamente hasta apoyarme sobre la cornisa. Mis talones se asomaban sobre el vacío. Tenía el piso del balcón más o menos a la altura del pecho, y miré el ático de Cressner entre los barrotes ornamentales de hierro forjado. Él estaba del otro lado de la puerta, fumando, contemplándome con la misma expresión con que un científico observaría a un cobayo para estudiar los efectos de la última inyección.
    —Telefonee —dije, sosteniéndome de la baranda.
    —¿Cómo?
    —Telefonee a Tony. No me moveré hasta que lo haga. Se alejó por la sala —que parecía excepcionalmente cálida, segura y confortable— y cogió el teléfono. En verdad era un acto inútil. El viento no me permitía oír sus palabras. Colgó nuevamente el auricular y volvió.
    —Todo arreglado, señor Norris.
    —Ojalá sea cierto.
    —Adiós, señor Norris. Le veré dentro de un rato… quizás.
    Era hora de hacerlo. Basta de palabras. Pensé por última vez en Marcia, en su cabellera castaña, en sus grandes ojos grises, en su cuerpo cautivante, y después la expulsé definitivamente de mi cabeza. Basta de mirar hacia abajo, también. Sería demasiado fácil que me paralizara, si miraba ese abismo. Demasiado fácil que me congelara hasta perder el equilibrio, o que me desmayara de miedo. Era hora de comprimir el ángulo visual. De concentrarme exclusivamente en el pie izquierdo, en el pie derecho.
    Empecé a desplazarme hacia la derecha, aferrándome mientras podía a la baranda del balcón. No tardé en darme cuenta de que necesitaría la fuerza de todos los músculos que la práctica del tenis había desarrollado en mis tobillos. Con los talones fuera de la cornisa, esos tendones sostendrían todo mi peso.
    Llegué hasta donde alcanzaba mi brazo, y por un momento me pareció que no podría soltar mi punto de apoyo en el balcón. Me impuse la obligación de soltarlo. Caray, doce centímetros y medio eran un espacio más que suficiente. Si la cornisa estuviera a sólo treinta centímetros del suelo, y no a ciento treinta metros, podrías contornear el edificio en cuatro minutos justos, me dije. Imagínate entonces que ésa es la distancia.
    Sí, y si te caes desde una cornisa que dista treinta centímetros del suelo dices «paciencia» y repites la tentativa. Allí arriba tendría una sola oportunidad.
    Deslicé un poco más mi pie derecho y después acerqué el izquierdo. Solté la baranda. Levanté las manos abiertas, apoyando las palmas contra la superficie áspera de la fachada. Acaricié la piedra. Podría haberla besado.
    Una ráfaga de viento hizo que la solapa de la americana me azotara el rostro, y mi cuerpo osciló sobre la cornisa. El corazón se me atravesó en la garganta y me quedé parado hasta que amainó el viento. Una ráfaga más violenta me habría arrancado de la cornisa y me habría lanzado a volar en medio de la noche. Del otro lado el viento soplaría con más fuerza.
    Volví la cabeza hacia la izquierda, apretando la mejilla contra la piedra. Cressner me contemplaba, inclinado sobre la baranda.
    —¿Se divierte? —me preguntó afablemente. Se había puesto un abrigo de pelo de camello marrón.
    —Pensé que no tenía un abrigo —comenté.
    —Mentí —respondió con tono ecuánime—. Digo muchas mentiras.
    —¿Qué significa eso?
    —Nada… absolutamente nada. O quizá sí significa algo. Una pequeña guerra psicológica, ¿eh, señor Norris? Podría aconsejarle que no se distraiga demasiado. Los tobillos se cansan, y si se aflojaran…
    Extrajo una manzana del bolsillo, la mordió y después la arrojó al vacío. Durante un largo rato no oí nada. Por fin, un chasquido débil y repelente. Cressner soltó una risita.
    Había roto mi concentración y sentí que el pavor roía el perímetro de mi mente con dientes de acero. Un torrente de pánico pugnaba por desbordarse y ahogarme. Giré la cabeza para no verlo y respiré profundamente, para ahuyentar el terror. Miré el cartel luminoso del Banco, que ahora decía: 8.46, Hora de Ahorrar en Mutual.
    Cuando los números luminosos marcaron las 8.49, me pareció que ya había recuperado el control de mis nervios. Creo que Cressner estaba convencido de que me había petrincado, y cuando empecé a deslizarme nuevamente hacia el ángulo del edificio oí un aplauso sardónico.
    Ahora sentía el frío. El lago había aguzado el filo del viento y su humedad pegajosa me penetraba en la piel como un taladro. A medida que me deslizaba, la delgada tela de la americana se inflaba detrás de mí. A pesar del frío, me movía con lentitud. Si quería llegar, tendría que maniobrar pausada y deliberadamente. Si me apresuraba, caería.
    Cuando llegué a la esquina, el reloj luminoso del Banco marcaba las 8.52. Aparentemente no había ningún problema: la cornisa daba la vuelta formando un ángulo recto…, pero la mano derecha me advirtió que soplaba un viento cruzado. Si me pillaba inclinado en un mal ángulo, saldría despedido enseguida.
    Esperé que el viento amainara pero no hubo ningún cambio durante un largo rato, casi como si fuera el aliado voluntario de Cressner. Me castigaba con dedos crueles e invisibles, tirando y empujando y cosquilleando. Por fin, después de que una ráfaga muy violenta me hizo bambolear sobre las puntas de los pies, comprendí que no podría esperar indefinidamente y que el viento nunca amainaría por completo.
    De modo que cuando volvió a declinar un poco, pasé el pie derecho al otro lado y, cogiéndome de ambas paredes con las manos, di la vuelta. Los vientos cruzados me zarandearon en dos direcciones al mismo tiempo, y vacilé. Durante un segundo estuve espantosamente seguro de que Cressner había ganado su envite. Después me deslicé un poco más y me adosé a la pared, exhalando por la garganta seca mi respiración contenida.
    Fue entonces cuando la crepitación restalló casi en mi oído.
    Sobresaltado, respingué casi hasta el límite de la estabilidad. Mis manos perdieron contacto con la pared y se agitaron demencialmente en busca del equilibrio. Creo que si una de ellas hubiera golpeado la fachada de piedra del edificio, ése habría sido el fin. Pero después de lo que pareció una eternidad, la gravitación resolvió dejarme volver a la pared en lugar de dispararme contra el pavimento que me aguardaba cuarenta y tres pisos más abajo.
    El aliento entrecortado escapó de mis pulmones con un torturante silbido. Mis piernas parecían de goma. Los tendones de mis tobillos zumbaban como cables de alto voltaje. Nunca me había sentido tan mortal. El hombre de la guadaña estaba tan cerca que podía leer por encima de mi hombro.
    Giré el cuello, miré hacia arriba, y allí estaba Cressner, asomado a la ventana de su dormitorio, a poco más de un metro de mi cabeza. Sonreía, con una matraca de Año Nuevo en la mano.
    —Para mantenerlo despierto —dijo.
    No derroché aliento. De todas maneras, no podría haber articulado más que un graznido. El corazón me palpitaba furiosamente en el pecho. Me desplacé un metro y medio, más o menos, por si alimentaba el propósito de inclinarse hacia fuera y empujarme. Después me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente hasta recuperarme.
    Ahora estaba en la parte más angosta del edificio. A la derecha sólo se alzaban sobre mí las torres más altas de la ciudad. A la izquierda sólo se veía el círculo oscuro del lago, con unos pocos alfilerazos de luz que flotaban sobre sus aguas. El viento aullaba y gemía.
    El viento cruzado de la segunda esquina no fue tan traicionero, y contorneé la arista sin problemas. Y entonces algo me mordió.
    Lancé una exclamación ahogada y respingué. El cambio de posición me asustó y volví a adosarme fuertemente a la pared. Otro mordisco. No… no eran mordiscos sino picotazos. Miré hacia abajo.
    Un palomo estaba posado sobre la cornisa, y me escudriñaba con ojos brillantes, llenos de odio.
    Uno se acostumbra a las palomas en la ciudad. Son tan comunes como los taxistas que no pueden cambiar un billete de diez dólares. No les gusta volar y ceden terreno de mala gana, como si las aceras fueran suyas por derecho de ocupación precoz. Oh, sí y frecuentemente dejan sus tarjetas de visita sobre el capó del automóvil. Pero nadie les presta mucha atención. A veces pueden ser irritantes, pero no son más que intrusas en nuestro mundo.
    Pero yo estaba en
su
mundo, casi indefenso, y el palomo parecía saberlo. Volvió a picotear mi tobillo cansado, haciendo subir una corriente de dolor a lo largo de mi pierna.
    —Fuera —rugí—. Fuera de aquí.
    El palomo se limitó a picotearme de nuevo. Obviamente yo estaba en lo que él consideraba su terreno. Ese tramo de la cornisa estaba cubierto de excrementos, viejos y nuevos.
    Desde arriba llegó un débil zureo.
    Doblé el cuello hacia atrás tanto como pude y levanté la vista. Un pico se desplazó velozmente hacia mi rostro y estuve a punto de retroceder. Si lo hubiera hecho, me habría convertido en la primera víctima mortal de las palomas, en esa ciudad. Era Mamá Paloma, que protegía a una nidada de pichones congregados bajo el angosto alero. Gracias a Dios estaba demasiado lejos para picarme la cabeza.
    Su macho me picó nuevamente y empezó a fluir la sangre. La sentí. Reanudé el deslizamiento a lo largo de la cornisa, con la esperanza de espantar al pájaro. Fue inútil. Las palomas no se asustan. Por lo menos las palomas de la ciudad. Si un furgón de mudanzas sólo consigue obligarlas a apresurar un poco el paso, un hombre atrapado en la cornisa de un cuadragésimo tercer piso no es posible que las inquiete lo más mínimo.
    El palomo retrocedía a medida que yo me adelantaba, y sus ojos refulgentes sólo se apartaban de mi cara cuando bajaba el pico aguzado para hincármelo en el tobillo. Y el dolor era cada vez más intenso. El pájaro pinchaba la carne viva… Y tal vez la comía.
    Le lancé una patada con el pie derecho. Una patada débil, porque no podía permitirme nada mejor. El palomo se limitó a aletear un poco y enseguida volvió al ataque. Yo, en cambio, casi me precipité al vacío.
    El palomo me picó otra vez, y otra. Me azotó una ráfaga de viento frío, que me curvó hasta el límite de mi estabilidad. Las yemas de mis dedos frotaron la piedra porosa y apoyé la mejilla izquierda contra la pared, respirando dificultosamente.
    Cressner no podría haber concebido una tortura peor si la hubiera planeado durante diez años. Un picotazo no era grave. Dos o tres eran poco más. Pero el condenado pájaro debió de picarme sesenta veces hasta que llegué a la baranda de hierro forjado del ático situado frente al de Cressner.
    Llegar a la baranda fue como llegar a las puertas del cielo. Mis manos se cerraron amorosamente alrededor de los barrotes fríos y los apretaron como si no quisieran soltarlos nunca.
    Otro picotazo.
    El palomo me miraba de forma casi petulante con sus ojos brillantes, seguro de mi impotencia y de su propia invulnerabilidad. Recordé la expresión con que me había estudiado Cressner al acompañarme hasta el balcón, del otro lado del edificio.
    Cogiéndome con más fuerza de los barrotes de hierro, lancé un puntapié feroz que alcanzó de lleno al pajarraco. Éste emitió un graznido reconfortante y se elevó en el aire, aleteando. Unas pocas plumas grises se posaron sobre la cornisa o se perdieron lentamente en la oscuridad, meciéndose en el aire.
    Me arrastré hasta el interior del balcón, resollando, y me tumbé en el suelo. A pesar del frío mi cuerpo estaba empapado en sudor. Ignoro cuánto tiempo permanecí allí, recuperándome. El edificio me ocultaba la hora luminosa del Banco, y yo no uso reloj.
    Me erguí antes de que se me entumecieran los músculos y me bajé cuidadosamente el calcetín. El tobillo derecho estaba lacerado y sangraba, pero la herida parecía superficial. De todas formas, si salía con bien tendría que hacerla curar. Sólo Dios sabe de qué gérmenes son portadoras las palomas. Pensé en la posibilidad de vendar la carne viva, pero desistí de hacerlo. Podría tropezar con el nudo de la venda. Ya tendría tiempo suficiente para eso. Más tarde podría comprarme veinte mil dólares de vendas.
    Me levanté y miré con nostalgia el ático oscuro situado frente al de Cressner. Desierto, vacío, desocupado. Una fuerte mampara protegía la puerta. Podría haberme abierto paso, pero habría perdido la apuesta. Y lo que estaba en juego no era tan sólo dinero.
    Cuando no pude dejar pasar más tiempo, me deslicé sobre la baranda y volví a la cornisa. El palomo, con unas plumas menos, estaba posado bajo el nido de su hembra, donde el cúmulo de excrementos era más espeso, y me miraba con ira. Pero no creía que me atacara, ahora que me veía alejarme.
    Fue muy difícil comenzar…, mucho más difícil que cuando había tenido que abandonar el balcón de Cressner. Mi mente sabía que debía hacerlo, pero mi cuerpo, y sobre todo mis tobillos, clamaban que sería una locura abandonar un refugio tan seguro. Pero lo abandoné, estimulado por el rostro de Marcia que flotaba en la oscuridad.
    Llegué a la segunda fachada corta, rodee la arista, y me deslicé lentamente a lo largo de la parte transversal del edificio. Ahora que me aproximaba a la meta experimentaba una ansia casi incontrolable de apresurarme, de terminar con eso. Pero si me apresuraba, moriría. De modo que me obligué a avanzar lentamente.
    En la cuarta arista nuevamente faltó poco para que el viento cruzado me derribara, y si pude sortear el obstáculo fue gracias a la suerte más que a la pericia. Descansé apoyado contra la pared, recuperando el aliento. Pero comprendí por primera vez que iba a salirme con la mía, que iba a triunfar. Sentía las manos como bistés semicongelados, me ardían los tobillos (sobre todo el derecho, picoteado por el palomo), y el sudor se me infiltraba constantemente en los ojos, pero estaba seguro de que iba a triunfar. En la mitad de la fachada, una cálida luz amarilla bañaba el balcón de Cressner. Más allá vi el cartel del Banco que refulgía como un estandarte de bienvenida. Eran las 10.48, pero tuve la impresión de que había pasado toda mi vida sobre esos doce centímetros y medio de cornisa.
    Y que Dios ayudara a Cressner si trataba de engañarme. Ya no tenía prisa. Casi remoloneé. Eran las 11.09 cuando apoyé la mano derecha sobre la baranda de hierro forjado del balcón, seguida por la izquierda. Me icé, sorteé el obstáculo, me dejé caer gozosamente en el suelo… Y sentí el frío cañón de una 45 contra la sien.
    Miré hacia arriba y vi a un forajido tan feo que con su sola presencia podría haber parado el mecanismo del Big Ben. Me sonreía.
    —¡Excelente! —proclamó la voz de Cressner desde adentro—. ¡Le aplaudo, señor Norris! —Eso fue lo que hizo—. Tráelo aquí, Tony.
    Tony me alzó y me depositó tan bruscamente sobre los pies que mis débiles tobillos casi se doblaron. Al entrar, trastabillé contra la puerta del balcón.
    Cressner estaba junto a la chimenea de la sala, bebiendo coñac de una copa grande como una pecera. Había vuelto a guardar el dinero en la bolsa de la compra, que descansaba en medio de la alfombra anaranjada.
    Me vi fugazmente en un espejo que colgaba en el otro extremo de la habitación. Tenía el pelo alborotado y la cara pálida, con excepción de dos fuertes manchas de color en las mejillas. Mis ojos parecían los de un alucinado.
    Sólo tuve una visión, porque un instante después salí despedido a través de la habitación. Me estrellé contra el sillón que antes había ocupado Cressner y lo arrastré en mi caída, perdiendo el aliento.
    Cuando recuperé en parte la respiración, me senté y mascullé:
    —Maldito tramposo. Lo tenía todo planeado.
    —Claro que sí —respondió Cressner, depositando cuidadosamente la copa sobre la repisa—. Pero no soy un tramposo, señor Norris. Le aseguro que no. Sólo soy un pésimo perdedor. Tony está aquí sólo para evitar que usted cometa una… imprudencia. —Se colocó los dedos bajo la barbilla y lanzó una risita. No parecía un mal perdedor. Parecía un gato con las plumas del canario pegadas al morro.
    Me levanté, más asustado de lo que había estado en la cornisa.
    —Usted me ha engañado —dije lentamente.
    —Se equivoca. Han retirado la heroína de su coche,que ahora está en el garaje del edificio. El dinero está ahí, en la bolsa. Puede cogerlo e irse.
    —Estupendo —murmuré.
    Tony montaba guardia junto a la puerta del balcón, con el mismo aspecto de detrito de una noche de Walpurgis. Empuñaba la 45. Me encaminé hacia la bolsa de la compra, la recogí, y enderecé rumbo a la puerta, apenas sostenido por los tobillos temblorosos, casi seguro de que me pegarían un tiro en el trayecto. Pero cuando abrí la puerta empecé a experimentar la misma sensación que había experimentado al rodear la cuarta esquina: me saldría con la mía.
    La voz de Cressner, parsimoniosa y divertida, me detuvo.
    —¿No creerá realmente que la vieja treta del tocador de señoras despistó a alguien, verdad?
    Me volví lentamente, con la bolsa en los brazos.
    —¿A qué se refiere?
    —Le he dicho que nunca hago trampa, y es cierto. Usted ganó tres trofeos, señor Norris. El dinero, su libertad y mi esposa. Ya tiene los dos primeros. El tercero puede pasar a recogerlo por el depósito de cadáveres.
    Lo miré fijamente, sin poder moverme, presa de un horror que se había desplomado sobre mí como un rayo silencioso.
    —Supongo que no habrá pensado que se la cedería, ¿verdad? —me preguntó con tono compasivo—. Oh, no. El dinero, sí. Su libertad, sí. Pero a Marcia, no. Mas, desde luego, no hago trampa. Y cuando la haya enterrado…
    No me acerqué a él. No entonces. Lo dejaría para más tarde. Avancé hacia Tony, que se quedó un poco sorprendido hasta que Cressner le ordenó con tono hastiado:
    —Mátalo, por favor.
    Le arrojé la bolsa con el dinero. Le golpeó de lleno en la mano que sostenía el arma, y fue un golpe fuerte. Ahí fuera yo no había empleado los brazos y las muñecas, que son lo mejor de un jugador de tenis. La bala atravesó la alfombra anaranjada y después yo caí sobre él.
    Lo que tenía más duro era la cara. Le arranqué la pistola de la mano y le golpeé la nariz con el cañón. Se desplomó con un único gruñido.
    Cressner casi había cruzado el umbral cuando disparé un tiro sobre su hombro y exclamé:
    —Deténgase o es hombre muerto.
    Lo pensó y se detuvo. Cuando se volvió, su porte de cosmopolita harto de todo se había ajado un poco. Se ajó un poco más cuando vio a Tony tumbado en el suelo, atragantándose con su propia sangre.
    —No está muerta —dijo atropelladamente—. Tenía que salvar algo, ¿no le parece? — Me dirigió una sonrisa enferma, agriada.
    —Soy idiota, pero no tanto —respondí. Mi voz tenía un tono exánime, de ultratumba. ¿Por qué no? Marcia había sido mi vida, y ese hombre la había tendido sobre una losa.
    Cressner señaló con un dedo trémulo el dinero desparramado a los pies de Tony.
    —Eso —balbuceó—, eso es una bagatela. Puedo darle cien mil dólares. O quinientos mil. ¿O qué le parece un millón, todo en una cuenta suiza? ¿Qué le parece eso? ¿Qué le…?
    —Le hago una apuesta —dije lentamente. Miró el cañón de la pistola y luego me miró a mí.
    —¿Una… ?
    —Una apuesta —repetí—. No un envite. Una vulgar apuesta. Le apuesto que no puede dar la vuelta al edificio caminando por la cornisa.
    Sus facciones se pusieron mortalmente pálidas. Al principio pensé que se iba a desmayar.
    —Usted… —susurró.
    —Eso es lo que está en juego —continué con mi voz exánime—. Si da la vuelta le dejaré ir. ¿Qué le parece?
    —No —susurró. Tenía los ojos desencajados.
    —Muy bien —asentí, y amartillé el arma.
    —¡No! —gritó, tendiendo las manos—. ¡No! ¡No haga eso! Yo… Está bien.
    Se humedeció los labios.
    Hice una seña con la pistola y salió al balcón delante de mí.
    —Está temblando —comenté—. Eso lo hará más difícil.
    —Dos millones —imploró, sin poder articular algo más que un gimoteo gangoso—. Dos millones en billetes sin marcas.
    —No —contesté—. Ni por diez millones. Pero si lo consigue, le dejaré en libertad. Se lo juro.
    Un minuto después estuvo sobre la cornisa. Era más bajo que yo. Apenas podía ver sus ojos por encima del borde, sus ojos desorbitados y suplicantes, y las manos hacia la derecha, lamentándose. Miré el reloj del Banco como si fueran los de presidio.
    —Por favor —lloriqueó—. Cualquier cosa.
    —Está perdiendo el tiempo —dije—. Se le resentirán los tobillos.
    Pero no se movió hasta que le apoyé el cañón de la pistola contra la frente. Entonces empezó a deslizarse hacia la derecha, lamentándose. Miré el reloj del Banco. Eran las 11,29.
    Pensé que no llegaría a la primera esquina. No quería dar un paso, y cuando por fin se desplazó lo hizo con movimientos bruscos, que pusieron en peligro su centro de gravedad, mientras su bata flameaba en la noche.
    Contorneó la esquina y se perdió de vista a las 12.01, hace casi cuarenta minutos. Esperé oír el aullido decreciente cuando lo azotó el viento cruzado, pero no pasó nada.
    Quizás el viento había amainado. Recuerdo que cuando yo caminaba por ahí afuera, pensaba que el viento era su aliado. O quizá sencillamente ha tenido suerte.
    Quizás ahora está en el otro balcón, acurrucado y resollando, sin atreverse a seguir adelante.
    Pero probablemente sabe que si lo sorprendo allí cuando irrumpa en el otro ático, lo mataré como a un perro. Y hablando del otro lado del edificio, me pregunto qué tal le va con el palomo.
    ¿Qué ha sido ese alarido? No lo sé. Tal vez fue el viento. No importa. El reloj del Banco marca las 12.44. Muy pronto forzaré la puerta del otro apartamento y controlaré el balcón, pero por ahora continúo sentado en el balcón de Cressner, con la 45 de Tony en la mano. Por si quiere el azar que contornee esa última esquina con la bata flotando a sus espaldas.
    Cressner dijo que nunca hacía trampas cuando apostaba.
    Pero yo tengo fama de hacerlas. 

Stephen King
El umbral de la noche

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