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domingo, 18 de junio de 2023

Esteban Carlos Mejía / Cormac McCarthy





Esteban Carlos Mejía
CORMAC McCARTHY

El martes pasado en Santa Fe, Nuevo México, a la muy venerable edad de 89 años, descansó en paz mi profeta de profetas. Mítico. Pedregoso. Inigualable. Él, luz de agosto, sobre quien alguna vez Los Angeles Times dijera, no sin marrulla: “Cormac McCarthy is too tough to die. / Cormac McCarthy es demasiado duro para morir”.

Pérdida irreparable. Acostumbrado a los misteriosos silencios de su vida y a sus largos retiros (o inxilios) creativos, llegué a pensar que el cucho era o sería inmortal. Incluso llegué a imaginar sus últimos suspiros de existencia reclamándoles airadamente a hijos o médicos: “¿Y a mí por qué no me dijeron que yo me iba a morir, ah? ¡Sinvergüenzas!”. ¡Oh, desgracia!

Lo mío con él fue amor a primera vista. Caí en sus garras cuando leí Meridiano de sangre (Blood Meridian), 1985. Me atraparon el desprecio por las moralinas de cualquier índole —política, cultural o religiosa— y la batalla contra los signos de admiración (¡!) o el punto y coma (;). También, la insistencia en el uso de la conjunción copulativa “y” (“and”, en inglés) en vez de la coma (,). Y, sobre todo, me encoñaron la crudeza y la bestialidad de su prosa, cuasipoética de lo descarnada y brutal.

Es para personas ávidas de desentrañar los entresijos de violencia, desamparo, salvajismo, desolación, distopía, tono y estilo de sus novelas. Por ejemplo, No es país para viejos (No Country for Old Men), 2005, y La carretera (The Road), 2006, ni de lejos son textos aptos para lectores de la línea del mínimo esfuerzo o para rezanderos de carriel, poncho y sombrero aguadeño. Los fans de Cormac somos amantes de lo impalpable, lo enigmático y lo políticamente incorrecto.

Leerlo y releerlo será un placer y un honor para los letraheridos del mundo entero. ¡Larga vida, Cormac! Aunque te hayas marchado a disgusto de este valle de lágrimas…

Rabito: Un botón basta de muestra: “… uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero […] y uno que montaba un caballo con la cabeza pintada totalmente de escarlata y todos jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más temible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como esos seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea. […] Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres con sus revólveres desensamblados tratando de encajar los barriletes cargados que llevaban de repuesto y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció”. Cormac McCarthy. Meridiano de sangre.

El Espectador
18 de junio de 2023



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