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martes, 27 de junio de 2023

Bernhard Schlink / La niña de la lagartija

 


Bernhard Schlink

LA NIÑA DE LA LAGARTIJA

    1
    En el cuadro se veía una niña con una lagartija. Se miraban y al mismo tiempo no se miraban, la niña a la lagartija con ojos soñadores, la lagartija a la niña con ojos relucientes y sin mirada. La niña parecía tener la mente muy lejos de allí, y estaba tan quieta que también la lagartija se había detenido en la roca cubierta de musgo sobre la que la niña reposaba boca abajo, entre recostada y tumbada. La lagartija tenía la cabeza erguida y movía la lengua.


    «La niña judía», decía la madre del niño cuando se refería a la niña del cuadro. Cuando los padres se peleaban y el padre se levantaba y se iba a su despacho, donde estaba el cuadro, ella le gritaba:
    -¡Vete con tu niña judía!
    Otras veces le preguntaba:
    -¿El cuadro de la niña judía tiene que estar ahí por fuerza? No me gusta que el niño tenga que dormir debajo del cuadro de la niña judía.
    El cuadro estaba en la pared, encima del sofá en el que el niño solía dormir la siesta mientras su padre leía el periódico.
    Había oído más de una vez a su padre explicarle a la madre que la niña no era judía. Que el gorro de terciopelo rojo que llevaba en la cabeza, sobre los espesos rizos castaños y casi cubierto por ellos, no tenía ningún significado religioso ni folklórico, sino que era simplemente un gorrito de moda.
    -En aquella época a las niñas las vestían así. Además las judías no llevan gorro, sólo los hombres.
    La niña llevaba una falda rojo oscuro, una blusa amarillo claro y sobre ella una blusa ocre, sujeta flojamente a la espalda con cintas, como un corsé. Una gran parte de la ropa y el cuerpo los tapaba la roca sobre la que la niña descansaba sus rechonchos brazos infantiles y apoyaba la barbilla. Debía tener unos ocho años. La cara era de niña. Pero la mirada, aquellos labios gruesos, aquel pelo que caracoleaba en la frente y caía por los hombros y la espalda no eran infantiles, sino femeninos. La sombra que el pelo proyectaba sobre la mejilla y la sien tenía misterio, y el antebrazo desnudo desaparecía en la manga abombada en una oscuridad tentadora. En el mar, que se extendía hasta el horizonte, más allá de la roca y de la pequeña playa, rompían gruesas olas, y a través de las nubes oscuras se colaba un rayo de sol que hacía resplandecer una parte del mar y la cara y los brazos de la niña. La naturaleza emanaba pasión.
    ¿O quizá lo que había detrás de todo aquello era ironía? ¿Detrás de la pasión, la tentación, el misterio y la mujer encarnada en niña? ¿Era por esa ironía por lo que el cuadro fascinaba al niño, es más, lo desconcertaba? Se sentía desconcertado muy a menudo. Se sentía desconcertado cuando sus padres se peleaban, cuando la madre hacía preguntas incómodas mientras el padre se fumaba un puro leyendo el periódico, tras una máscara de tranquilidad y superioridad, y el aire de la habitación se electrizaba hasta el punto que el niño no osaba moverse ni casi respirar. Y también lo desconcertaba el sarcasmo que impregnaba las palabras de la madre cada vez que hablaba de la niña judía. El niño no tenía ni idea de lo que era una niña judía.

2
    De un día para otro, su madre dejó de hablar de la niña judía, y su padre dejó de llevárselo al despacho a hacer la siesta. Durante un tiempo le tocó hacer la siesta en la misma habitación y en la misma cama en las que dormía por la noche. Luego, para su alegría, se acabó por fin la época de las siestas. Tenía nueve años y lo obligaban a dormir mucho más que a sus compañeros de escuela y de juegos.
    Pero ahora echaba de menos a la niña de la lagartija. Muchas veces se colaba en el despacho de su padre para echar una mirada al cuadro y hablar un momento con la niña. En un año creció espectacularmente: al principio los ojos le llegaban a la altura del grueso marco dorado, luego a la altura de la roca y luego ya a la altura de los ojos de la niña.
    Era un niño fuerte, de complexión ancha y miembros huesudos. Cuando dio el estirón, su aspecto desgarbado no tenía nada de conmovedor, sino más bien algo amenazante. Sus compañeros lo temían, por más que él les ayudase cuando jugaban, discutían o se peleaban. Era un marginado. Lo sabía muy bien. Pero ignoraba que lo que le hacía diferente era su aspecto físico, su altura, su anchura y su fuerza. Pensaba que era el mundo interior en el que vivía. Allí no entraban sus compañeros. Ni él los invitaba a hacerlo. Si hubiera sido un niño enclenque, quizá habría encontrado compañeros de juegos y de vida interior entre los otros enclenques. Pero precisamente eran ésos los que le tenían más miedo.
    En su mundo interior habitaban los personajes de los libros que leía o de los cuadros o películas que veía, pero no sólo ellos, sino también personas del mundo real, aunque en forma algo alterada. Cuando los personajes del mundo real ocultaban algo, él se daba cuenta. Sabía que la profesora de piano a veces se callaba cosas, que la amabilidad del médico de cabecera al que todos apreciaban no era sincera, que aquel vecinito con el que jugaba de vez en cuando tenía un secreto: lo notaba mucho antes de que salieran a la luz los robos del vecinito, la afición del médico a los niños pequeños o la enfermedad de la profesora. Ahora bien, no era especialmente hábil ni rápido a la hora de adivinar qué era lo que se ocultaba. De hecho, ni siquiera intentaba averiguarlo. Prefería imaginarse cosas, que eran siempre más variopintas y emocionantes que la realidad.
    Si entre su mundo interior y el entorno real había una barrera, también la había entre su familia y el resto de la gente, o así lo percibía él. El padre, que ejercía como juez en el palacio de justicia de la ciudad, aparentaba ser un hombre con los pies en el suelo. El niño veía que su padre disfrutaba de la importancia y visibilidad de su cargo; era asiduo a la tertulia de los notables de la ciudad, tenía voz enla política municipal y era presbítero de la parroquia del barrio. Además, los padres participaban en la vida social. No se perdían un baile de carnaval ni una verbena de San Juan; los invitaban a cenar y ellos también daban cenas. Los cumpleaños del niño se celebraban como es debido: con cinco invitados en el quinto cumpleaños, seis en el sexto y así sucesivamente. Todo en general era como es debido, y en los años cincuenta eso significaba formalidad y distancia. Pero no era esa formalidad y distancia lo que el niño percibía como barrera entre su familia y el resto de la gente; había algo más. Y es que sus padres también parecían callar u ocultar cosas. Siempre estaban como al acecho. Cuando alguien contaba un chiste, nunca eran los primeros en reírse: esperaban a que se rieran los demás. En los conciertos y en el teatro no aplaudían hasta que los demás aplaudían. Cuando hablaban con los invitados, se reservaban su opinión hasta que alguien decía lo que ellos pensaban, y entonces le daban la razón. A veces el padre se veía forzado a tomar partido y expresar su opinión, y en esos casos parecía agobiado.

    ¿O simplemente era tan educado que no quería meterse donde no lo llamaban ni imponer a nadie sus puntos de vista? El niño empezó a preguntarse eso cuando ya era algo mayor y por lo tanto más consciente de las precauciones de sus padres. También se preguntaba qué había detrás de su insistencia en reservarse un espacio propio y privado. No le dejaban entrar en el dormitorio; lo tenía prohibido desde pequeño. Aunque no cerraban la puerta con llave, la prohibición estaba clara y la autoridad paterna fuera de toda duda, por lo menos hasta el día en que el niño, a los trece años, aprovechó un momento en que sus padres no estaban en casa para entrar en el dormitorio, y vio dos camas separadas, dos mesitas de noche, dos sillas y dos armarios, uno de madera y el otro metálico. ¿Qué pretendían sus padres? ¿Quizá ocultarle que no compartían cama? ¿Inculcarle el sentido de lo privado y el respeto a la intimidad ajena? Fuera como fuese, ellos tampoco entraban nunca en la habitación del niño sin llamar a la puerta y sin que él les diera permiso para entrar.

3
    En cambio, no tenía prohibido entrar en el despacho de su padre. A pesar de que ocultaba un misterio: el cuadro de la niña de la lagartija.
    Una vez, en tercero de bachillerato, el profesor les mandó describir un cuadro. Podían escoger el que quisieran.
    -¿Hay que traer el cuadro? -preguntó un alumno.
    El profesor negó con la cabeza.
    -Lo que tenéis que hacer es describirlo lo bastante bien para que luego, al escucharos, nos lo imaginemos.
    El niño tuvo claro desde el primer momento que escogería el cuadro de la niña de la lagartija. Le hacía ilusión. Le apetecía contemplar el cuadro atentamente y traducir la imagen a palabras y frases que les mostrasen el cuadro al profesor y a los demás alumnos. También le apetecía estar en el despacho de su padre. Daba a un patio estrecho, y la luz del día y los ruidos de la calle llegaban amortiguados; las paredes rebosaban estanterías y libros, y flotaba permanentemente el olor acre y recio de los puros que fumaba su padre.
    Aquel día el padre almorzó fuera de casa, y la madre salió después de comer. Así que el niño, sin tener que pedir permiso a nadie, entró en el despacho y se puso a mirar y a escribir. «En el cuadro se ve el mar, y al lado la playa, y al lado una roca o una duna, y encima una niña y una lagartija». No, el profesor había dicho que para describir un cuadro había que empezar por el primer plano, seguir por el segundo plano y acabar con el fondo. «En el primer plano hay una niña y una lagartija encima de una roca o una duna, en el segundo plano hay una playa, y desde ahí hasta el fondo se ve el mar». ¿Se ve el mar? ¿Se ven las olas? En cualquier caso, las olas no se mueven desde el segundo plano hacia el fondo, sino desde el fondo hacia el segundo plano. Además lo del «segundo plano» suena mal, y lo del fondo y el primer plano tampoco es muy bonito. ¿Y la niña? ¿Ya está? ¿No hay nada más que decir sobre ella?
    El niño volvió a empezar. «En el cuadro hay una niña. Está mirando a una lagartija». Eso tampoco era todo lo que se podía decir de la niña. El niño siguió. «La niña tiene la cara blanca y los brazos blancos, el pelo castaño, y lleva arriba una prenda de color claro y abajo una falda oscura». Pero eso tampoco lo satisfizo. Empezó otra vez por el principio. «En el cuadro hay una niña mirando a una lagartija que toma el sol». ¿Es eso cierto? ¿La niña está mirando a la lagartija? ¿No está más bien mirando más allá de la lagartija, como a través de ella? El niño dudó. Pero enseguida la cuestión le pareció indiferente, pues a la primera frase la siguió la segunda: «Es una niña guapísima». Esa frase era cierta, y con ella la descripción empezaba a hacer justicia al cuadro.
    «En el cuadro hay una niña mirando a una lagartija que toma el sol. Es una niña guapísima. Tiene la cara fina, la frente lisa, la nariz recta y un hoyuelo en el labio superior. Tiene los ojos marrones y el pelo castaño y rizado. Lo más importante del cuadro es la cabeza de la niña, por encima de todo lo demás, a saber: la lagartija, la roca o la duna, la playa y el mar».
    El niño estaba contento. Ahora bastaba con colocar cada cosa en su sitio: el primer plano, el segundo plano o el fondo. Estaba orgulloso de su «a saber». Sonaba elegante y adulto. Estaba orgulloso de la belleza de la niña.
    Cuando oyó a su padre abrir la puerta del piso, se quedó inmóvil. Lo oyó dejar la cartera, quitarse el abrigo y colgarlo, echar una mirada en la cocina y en el salón y llamar a su puerta.
    -Estoy aquí -exclamó el niño, y dejó las hojas arrancadas cubriendo exactamente la libreta, y la estilográfica al lado. Así era como su padre tenía las actas, las hojas sueltas y losbolígrafos en su mesa. Empezó a hablar en cuanto se abrió la puerta.
    -Estoy aquí porque nos han mandado describir un cuadro y estoy describiendo éste.
    El padre tardó un momento en comprender.
    -¿Qué cuadro? ¿Qué estás haciendo?
    El niño volvió a explicarse. Por la actitud del padre, que los miraba al cuadro y a él con el ceño fruncido, se dio cuenta de que había hecho algo malo.
    -Como no estabas, he pensado que…
    -O sea que has estado…
    El padre hablaba con la voz tan encogida, que el niño pensó que en cualquier momento la voz daría un salto y rugiría, y agachó la cabeza. Pero el padre no rugió. Meneó la cabeza y se sentó en la silla giratoria que había entre el escritorio y la mesa en la que depositaba las actas y a cuyo otro extremo estaba sentado el niño. Detrás del padre estaba el cuadro. El niño no se había atrevido a sentarse al escritorio.
    -¿Me lees lo que has escrito?
    El niñó leyó, orgulloso y al mismo tiempo asustado.
    -Una redacción muy bonita, hijo. Me parecía estar viendo el cuadro. Pero… -vaciló- las demás personas no lo entenderían. Para las demás personas es mejor que escojas otro cuadro.
    El niño estaba tan contento de que el padre, en lugar de gritarle, le hablara en aquel tono familiar y cariñoso, que no tuvo el menor inconveniente en obedecer. Pero no comprendía.
    -¿Por qué dices que ese cuadro las demás personas no lo entenderían?
    -¿Tú no tienes nada que quieras guardarte para ti? ¿Te gustaría que nosotros o tus amigos estuviéramos siempre delante, viendo todo lo que haces? Las demás personas son envidiosas, y no hay que enseñarles nuestros tesoros. O se ponen tristes porque ellos no tienen lo que tú tienes, o se vuelven codiciosas y quieren quitártelo.
    -¿Ese cuadro es un tesoro?
    -Tú lo sabes muy bien. Lo has descrito de una manera tan bonita como sólo se puede describir un tesoro.
    -Lo que quiero decir es si vale tanto como para que las demás personas lo envidien.
    El padre se dio la vuelta y miró el cuadro.
    -Sí, vale mucho, y no sé si podré protegerlo si alguien nos lo quiere quitar. ¿No es mejor que no sepan que lo tenemos?
    El niño asintió.
    -Ven, vamos a ver un libro con estampas, seguro que encuentras algún cuadro que te guste.

4
    Cuando el niño cumplió catorce años, el padre abandonó el cargo de juez y se empleó en una compañía de seguros. No lo hacía por gusto: el niño lo notaba, aunque el padre no se quejara, ni explicara los motivos del cambio. El niño no los averiguó hasta pasados unos años. Como consecuencia del cambio, el antiguo piso fue sustituido por uno más pequeño. La planta principal de la céntrica casa de cuatro pisos de la época guillermina se había transformado ahora en un piso de alquiler en la periferia, uno más en un bloque de veinticuatro viviendas sociales, y construido como todas las viviendas sociales. Las cuatro habitaciones eran pequeñas, el techo bajo, y los ruidos y olores de las viviendas vecinas eran omnipresentes. Aun así, no dejaban de ser cuatro habitaciones; además del salón, el dormitorio y la habitación del niño, había un despacho donde el padre se retiraba después de cenar, aunque no tuviera actas en las que trabajar.
    -Para beber no hace falta que te escondas en el despacho, puedes quedarte en el salón -oía el niño a su madre dirigiéndose al padre-. Y si hablaras más conmigo a lo mejor beberías menos.
    También cambió la gente que rodeaba a los padres. Desaparecieron las cenas y las veladas para señoras y para caballeros en las que el niño solía abrir la puerta a los invitados y recoger los abrigos. Echaba en falta aquel ambiente que creaba la mesa puesta con porcelana blanca y candelabros de plata y los padres disponiendo en el salón copas, galletas, puros y ceniceros, atentos ya al primer timbrazo. También echaba de menos a algún que otro amigo de sus padres. Algunos le preguntaban cómo le iban las cosas en la escuela y qué aficiones tenía, y a la siguiente visita todavía se acordaban de lo que había contestado y reanudaban la conversación en ese punto. Había un cirujano que había discutido con él sobre la mejor manera de operar a un oso de peluche, y un geólogo con el que hablaba de erupciones, terremotos y dunas. Echaba especialmente de menos a una amiga de sus padres. A diferencia de su madre, que era delgada, nerviosa y distraída, ella era rechoncha, alegre y amable. Cuando el niño era pequeño, solía metérselo debajo del abrigo y envolverlo en el brillo acariciante del forro sedoso y en el olor embriagador de su perfume. Más adelante le tomaba el pelo riéndose de las conquistas que el niño no hacía y de las novias que no tenía; aquello lo hacía sentirse cohibido y al mismo tiempo orgulloso, y más tarde, cuando ella volvía alguna vez a atraerlo y envolverlo juguetonamente en el abrigo de pieles, él gozaba de la dulzura del cuerpo de la mujer.
    Pasó bastante tiempo antes de que fueran nuevos invitados. Eran vecinos, compañeros de trabajo del padre, de la compañía de seguros, y compañeras de la madre, que entretanto se había buscado un trabajo de administrativa en la jefatura de policía. El niño se daba cuenta de que los padres se sentían inseguros; querían encontrar su lugar en aquel mundo nuevo, pero sin renegar del antiguo, y siempre estaban demasiado ausentes o demasiado encerrados en lo suyo.
    El niño también tuvo que adaptarse a la nueva situación. Los padres lo sacaron del antiguo instituto, que estaba a unos pocos pasos del antiguo piso, a uno nuevo que también estaba cerca del piso nuevo. Y lógicamente también cambió la gente con la que se trataba. En la nueva clase reinaba un ambiente más tosco, y se sentía menos marginado que antes. Siguió yendo durante un año a clase de piano, cerca del antiguo piso. Pero luego los padres, juzgando demasiado escasos sus progresos con el teclado, decidieron interrumpir las clases y vender el instrumento. Al niñole gustaba ir en bici a casa de la profesora de piano, porque así pasaba por delante de la antigua casa de la familia y la casa vecina, en la que vivía una niña con la que antes solía jugar y compartir una parte del camino a la escuela. Ella tenía rizos espesos y pelirrojos hasta los hombros y la cara cubierta de pecas. El niño pasaba despacio por delante de su casa con la esperanza de que ella saldría, lo saludaría, él la acompañaría, empujando la bicicleta, y entonces resultaría completamente natural que volvieran a verse pronto. No quedarían para salir: simplemente se pondrían de acuerdo en cuándo y dónde estarían el uno y el otro. Era demasiado pequeña para salir con un chico.
    Pero ella nunca salió de la casa cuando él pasaba.

5
    Es un error pensar que las personas no toman decisiones vitales hasta que son adultas o empiezan a serlo. Los niños se lanzan a actuar o adoptan un estilo de vida con la misma resolución que los adultos. Y si es cierto que no siempre mantienen para siempre sus decisiones, también lo es que los adultos se desdicen de ellas a menudo.
    Al cabo de un año, el niño decidió que a partir de entonces, en su nueva clase y entorno, iba a ser alguien. No le resultó difícil hacerse respetar por su fuerza, y como además era listo y ocurrente, pronto se encontró en la cumbre de la jerarquía que, en su clase como en todas las demás, se definía por una mezcla difusa de fuerza, descaro, ingenio y padres ricos. Y esa condición también valía entre las niñas; no en su escuela, en la que no las había, sino en el instituto femenino de unas calles más allá.
    El niño no se enamoró. Se buscó una que tenía cierto carisma, una chica de un atractivo desafiante, deslenguada y con fama de haber tenido experiencias con chicos, pero también de ser difícil de conseguir. Él la impresionó con su fuerza, con el respeto que todos le tenían y con algo más. Ella no sabía qué era ese algo más, pero sí sabía que en los demás chicos no lo había encontrado, y quería verlo y poseerlo. Él se dio cuenta y de vez en cuando dejaba entrever que tenía algún tesoro que no solía enseñar a nadie, pero a ella quizá se lo enseñaría si… ¿Si salía con él? ¿Si se dejaba morrear? ¿Si se acostaba con él? Ni él mismo lo sabía exactamente. Sus públicas maniobras de conquista, a las que ella iba cediendo progresivamente, eran más interesantes, más productivas, más beneficiosas para su prestigio que lo que sucedía realmente entre los dos. Rondar después de clase con los amigos por delante del instituto femenino, donde ella a veces se asomaba a la verja metálica con sus amigas, y por supuesto ponerle el brazo por encima de los hombros o, cuando ella tenía partido de balonmano, saludarla con la mano y recibir a cambio un beso a la distancia o caminar con ella por el césped de la piscina hasta el agua, admirado y envidiado: eso era todo.
    Cuando por fin se acostaron juntos, fue una catástrofe. Ella tenía suficiente experiencia para esperar algo mejor, y demasiado poca para ayudarle a dar la talla. La torpeza de la primera vez puede superarse gracias a la seguridad que confiere el amor, pero él carecía de esa seguridad. Un día se quedaron escondidos en la piscina, detrás de los arbustos paralelos a la verja, después de la hora de cierre, y cuando los guardas acabaron de hacer la ronda, empezaron los besos, las caricias, el deseo, pero a él de repente todo le pareció falso. Nada era como debía ser. Era una traición a todo lo que amaba y había amado: le vino a la mente su madre, la amiga del abrigo de piel, la vecinita de los rizos pelirrojos y las pecas y la niña de la lagartija. Cuando llegó el momento, el engorro de ponerse el preservativo, su orgasmo demasiado rápido, sus intentos torpes de darle placer con la mano, que sólo consiguieron fastidiarla… Se arrebujó contra ella, buscando consuelo para su fracaso. Pero ella se levantó, se vistió y se fue. Él se quedó encogido mirando fijamente el tronco del arbusto bajo el que yacía, el follaje del año pasado, su ropa interior y las mallas de la verja. Oscureció. Cuando empezó a tener frío, siguió tumbado; tenía la impresión de que el frío lo curaría todo, igual que se cura una enfermedad sudando: el rato que habían pasado juntos, el cortejo, las vanas luchas de los últimos meses. Al final se levantó, se tiró al agua y nadó unos cuantos largos.
    A medianoche, cuando llegó a casa, encontró el despacho con la luz encendida y la puerta abierta. Su padre estaba echado en el sofá, apestando a alcohol y roncando. Una de las estanterías estaba por los suelos, y los cajones del escritorio abiertos y vacíos; el suelo estaba sembrado de libros y papeles. El niño se aseguró de que el cuadro estuviera intacto, y después apagó la luz y cerró la puerta.

6
    Cuando le faltaba poco para acabar el último curso de la escuela y sólo esperaba ya que le entregasen el diploma, se fue un día a la gran ciudad cercana. Era un viaje de una hora y media en tren, un viaje que durante todos aquellos años podría haber hecho para ir a un concierto, al teatro o a ver una exposición, pero que no había hecho nunca. Alguna vez, de pequeño, sus padres lo habían llevado a ver las iglesias, el ayuntamiento, el palacio de justicia y el gran parque situado en el centro de la ciudad. Después de la mudanza, los padres dejaron de viajar, con o sin él, y al principio nunca se le había ocurrido hacerlo solo. Luego simplemente no podía permitírselo. El padre perdió el trabajo por culpa de la bebida, y el niño tuvo que ponerse a trabajar además de ir a la escuela para ganar dinero, que entregaba a sus padres. Ahora que, acabada la escuela, pronto se iría de la ciudad, empezó interiormente a dejar que sus padres se las arreglasen solos. Y decidió gastarse él mismo lo que ganaba.
    No buscó el museo de arte moderno: lo encontró por casualidad. Entró porque el edificio lepareció fascinante; era una extraña mezcla de simplicidad moderna por un lado, repelente lobreguez de edificio hueco por los demás lados y barroquismo juguetón en las puertas y tribunas. La colección abarcaba desde los impresionistas a los nuevos salvajes, y él lo contempló todo con la debida atención, pero sin excesivo interés. Hasta que tropezó con el cuadro de René Dalmann.
    Se llamaba En la playa , y mostraba una roca, una playa y el mar, y sobre la roca una niña erguida sobre las manos, desnuda y guapa, pero con una pierna de madera, no una pata de palo, sino una pierna femenina perfecta tallada en madera. La niña erguida sobre las manos no era la niña de la lagartija, ni la roca, la playa y el mar eran los mismos. Pero el conjunto le recordaba tanto el cuadro que tenían en casa, que al salir compró una postal y, si hubiera tenido más dinero, se habría hecho también con un libro sobre René Dalmann. En casa, al comparar el cuadro con la postal, vio claramente las diferencias. Y sin embargo había algo que los unía: ¿estaría sólo en su mirada o también en las imágenes?
    -¿Qué es eso? –dijo su padre entrando en la habitación y echando mano a la postal.
    El niño se apartó e impidió al padre agarrar la postal.
    -¿Quién pintó el cuadro?
    La mirada del padre se volvió prudente. Había bebido, y era aquella prudencia con la que reaccionaba al rechazo y desprecio que su mujer y su hijo le mostraban cuando estaba borracho. Ya hacía mucho tiempo que no le tenían miedo.
    -No lo sé. ¿Por qué?
    -Si vale tanto, ¿por qué no lo hemos vendido?
    -¿Venderlo? ¡No podemos venderlo! -exclamó el padre colocándose delante del cuadro, como para protegerlo del hijo.
    -¿Por qué?
    -Porque entonces sí que nos quedaríamos sin nada. Y cuando yo faltase, no te quedaría nada. El cuadro lo guardamos para ti, sólo para ti.
    El padre, orgulloso de su argumento, que le parecía irrefutable, lo repitió una vez y otra vez más.
    -Tu madre y yo nos dejamos la piel para que algún día el cuadro sea tuyo. Y tú, ¿qué me das a cambio? Ingratitud, nada más que ingratitud.
    El niño dejó plantado al llorón de su padre y olvidó el incidente, el cuadro del museo y a René Dalmann. Ahora, además de en la fábrica de tractores, se puso a trabajar de camarero, trabajó hasta que empezó el curso académico, y entonces se fue a la universidad más lejana que pudo. La ciudad, a orillas del Báltico, era fea, y la universidad mediocre. Pero allí nada le haría recordar su ciudad natal del sur, y en las primeras semanas del curso comprobó aliviado que en las clases de derecho, en la cantina y en los pasillos no encontraba a nadie conocido. Podía empezar de cero.
    Durante el viaje se había detenido unas horas en una ciudad a orillas de un río, y estuvo paseando. Se encontró delante del museo, otra vez por casualidad. Pero ya dentro del edificio, no se confió al azar y preguntó inmediatamente si había cuadros de René Dalmann. Encontró dos. El orden después de la guerra medía dos metros de alto y mostraba a una mujer sentada en el suelo con la cabeza inclinada hacia adelante, las piernas cruzadas y el brazo izquierdo apoyado. Con la mano derecha se metía un cajón dentro del vientre, y también el pecho y el abdomen eran cajones, con tiradores formados respectivamente por los pezones y el ombligo. Los cajones del pecho y el abdomen estaban entreabiertos y vacíos, y en el cajón del vientre yacía descoyuntado y mutilado un soldado muerto. El otro cuadro se llamaba Autorretrato en forma de mujer y mostraba el torso de un hombre joven y risueño con la cabeza pelada; bajo la chaqueta negra, cerrada hasta arriba, se dibujaban unos pechos, y con la mano izquierda sostenía una peluca con rizos rubios.
    Esa vez compró un libro sobre Rene Dalmann y durante el resto del viaje leyó lo que contaba sobre la infancia y juventud del artista, nacido en Estrasburgo en 1894. Los padres, un comerciante del textil originario de Leipzig y emigrado a Estrasburgo, y su madre, que era alsaciana y veinte años más joven, querían tener una hija; ya tenían dos hijos varones, y la hija que sería la tercera había muerto dos años atrás, a causa de una neumonía contraída después de salir a caballo con el padre en pleno invierno. René creció a la sombra de aquella hermana muerta hasta que en 1902 llegó por fin la segunda hija anhelada, lo que fue para él una liberación y una humillación al mismo tiempo. Empezó a dibujar y a pintar muy pronto, fracasó en la escuela y a los dieciséis años solicitó con éxito ingresar en la academia de bellas artes de Karlsruhe.
    Entonces acabó el viaje. Encontró una habitación, una buhardilla con estufa de carbón y un ventanuco; el lavabo, provisto de un minúsculo lavamanos, estaba en la escalera, medio piso más abajo. Pero allí estaba solo. Se instaló y colocó en la parte de debajo de la estantería el libro sobre René Dalmann junto con los libros favoritos que había llevado consigo. La parte superior sería para los libros nuevos, para la vida nueva. No había dejado en casa nada que le fuera valioso.

7
    Su padre murió cuando él estaba en el tercer curso de la carrera. Como solía hacer cada vez más a menudo en los últimos años, fue al bar a emborracharse, y de vuelta a casa tropezó, cayó por un terraplén, se quedó tumbado en el suelo y se congeló. El chico volvió a casa para el entierro; era la primera vez desde que se marchó a la universidad. Era enero, soplaba un viento helado y cortante, los charcos estaban congelados, y mientras caminaban de la capilla del cementerio a la tumba, la madre resbaló y estuvo a punto de caerse; entonces le permitió a su hijo cogerla del brazo, cosa que había rechazado hacía un rato, todavía enfadada porque él no hubiera ido a verla en tanto tiempo.
    Ya en casa, sirvió té y bocadillos a los pocos vecinos que la habían acompañado al cementerio. Cuando se dio cuenta deque los invitados esperaban alguna bebida alcohólica, se puso en pie.
    -Si a alguien le molesta que no les ofrezca cerveza o aguardiente, puede marcharse. En esta casa ya se ha bebido bastante.
    Por la noche, madre e hijo entraron en el despacho del padre.
    -Esos libros creo que son todos de derecho. ¿Los quieres? ¿Pueden serte de utilidad? Lo que no te lleves tú, lo tiraré.
    Lo dejó solo. El chico contempló aquella biblioteca que había sido tan importante para su padre. Libros que tenían desde hacía años nuevas ediciones, revistas con la suscripción caducada. El único cuadro era el de la niña de la lagartija; a diferencia del piso antiguo, donde tenía para él solo la gran pared de detrás del escritorio, ahora estaba colgado entre estanterías, pero desde allí seguía dominando todo el espacio. El chico, que casi tocaba con la cabeza en el techo bajo, miró a la niña y recordó la época en que sus ojos estaban a la altura de los de ella. Pensó en los árboles de navidad, que antes eran grandes y ahora pequeños. Pero luego pensó que el cuadro no se había hecho más pequeño, no había perdido nada de su fuerza, lo seducía tanto como antes. Y pensó en la niña de la casa en cuya buhardilla vivía, y se sonrojó. Él la llamaba «princesa», y coqueteaban, y cuando ella le preguntó si le enseñaba su buhardilla, él recurrió a toda su fuerza de voluntad y le dijo que no. Ella lo había preguntado inocentemente. Pero como quería conseguir lo que él se negaba a darle, desplegó una coquetería tal en actitud, mirada y voz, que él olvidó por completo la inocencia.
    -No quiero los libros de papá. Pero mañana llamo a un librero de viejo. Te dará unos cuantos cientos de marcos, o quizá mil.
    Se sentó a la mesa de la cocina, junto a su madre.
    -¿Qué piensas hacer con el cuadro?
    Ella cerró el periódico que estaba leyendo. Sus movimientos seguían siendo nerviosos y distraídos y tenían algo juvenil. Ya no era delgada, sino escuálida, y la piel se tensaba sobre los huesos de la cara y las manos. Tenía el pelo casi blanco.
    De repente el chico se sintió invadido por la compasión y la ternura.
    -¿Y tú qué piensas hacer? -le preguntó con dulzura. Quiso cogerle la mano, pero ella la retiró.
    -Voy a mudarme. En la falda de la montaña han construido una urbanización de casas con terraza, y yo me he comprado una de una sola habitación. No necesito más.
    -¿La has comprado?
    Ella lo miró hostil.
    -He ido metiendo en una sola cuenta la pensión de tu padre y mi sueldo, y cogiendo para mí lo mismo que él se gastaba en bebida. ¿Algo que objetar?
    –No -dijo él riéndose. Pero no me digas que en diez años se bebió lo que vale una casa.
    La madre también se rió.
    -Una casa entera, no. Pero sí más que la hipoteca con la que la he comprado.
    El chico dudó.
    -¿Por qué seguiste con él?
    -Vaya pregunta -replicó la madre meneando la cabeza-. Durante un tiempo puedes escoger: si quieres hacer esto o lo otro, vivir con esta persona o con aquélla. Pero llega un día en que esa actividad y esa persona se convierten en tu vida, y entonces es una tontería preguntarse si quieres seguir con tu vida. Pero bueno, me has preguntado por el cuadro. No pienso hacer nada con él. Llévatelo o mételo en un banco, si es que tienen cajas de seguridad lo bastante grandes.
    -¿Por qué no me explicas la historia del cuadro?
    -Ay, hijo… -dijo ella mirándolo con tristeza-. No me apetece. Creo que tu padre estaba orgulloso de él, lo estuvo hasta el final. -Sonrió con gesto cansado-. Le habría gustado tanto ir a visitarte y ver cómo te las arreglabas con la carrera de derecho… Pero no se atrevió. Nunca nos invitaste. ¿Sabes? Los hijos sois igual de crueles que los padres. Pero más egoístas.
    Él iba a protestar, pero comprendió que quizá ella tenía razón.
    -Lo siento -dijo esquivando el tema.
    Ella se levantó.
    -Que duermas bien, hijo. Yo salgo mañana a las siete. Duerme todo lo que quieras, y cuando te vayas, no te olvides el cuadro.

8
    De regreso a su buhardilla, colgó el cuadro sobre la cama. La cama estaba pegada a la pared de la izquierda; a la derecha estaban el armario y la estantería, y al fondo, bajo la claraboya, el escritorio.
    -Se parece a mí. ¿Quién es?
    La que hacía esa pregunta era una estudiante que le había gustado desde el primer curso. ¿Sería por su parecido con la niña? No era consciente de ello.
    -No sé quién es. Si es que es alguien.
    Iba a añadir: «En cualquier caso, tú eres más guapa». Pero se dio cuenta de que eso sería traicionar a la niña de la lagartija, y no quería hacerlo. ¿Se puede traicionar a una niña que sólo existe en un cuadro?
    -¿En qué piensas?
    -En lo guapa que eres.
    Era muy guapa. Él estaba tumbado de espaldas en la cama, y ella sobre él. Lo contemplaba tranquila con los brazos sobre su pecho y la barbilla sobre los brazos. ¿O quizá miraba más allá de él, a través de él? Los ojos y los rizos oscuros, la frente alta, las mejillas frescas y sonrosadas, el perfil ondulado de las aletas de la nariz y los labios: estaba totalmente pendiente de él en su belleza y al mismo tiempo extrañamente concentrada en sí misma. ¿O quizá él se lo imaginaba así? ¿La mujer a la que amaba se convertía en imagen porque la amaba? ¿Pendiente de él y al mismo tiempo inalcanzable?
    -¿De quién es?
    -No lo sé.
    -Tiene que estar firmado.
    Se incorporó y observó atentamente el margen inferior del cuadro. Luego lo miró a él.
    -Oye, pero si es un original…
    -Sí.
    -¿Sabes cuánto vale?
    -No.
    -A lo mejor vale una pasta. ¿De dónde lo has sacado?
    Se acordó de la conversación con su padre, hacía muchos años.
    -¡Ven aquí! -dijo abriendo los brazos de par en par-. No quiero saber lo que vale. Si lo supiera y te lo dijera, siempre me estaría preguntando si me quieres por mí o por el cuadro.
    Ella se echó en sus brazos.
    –No seas idiota. Si es valioso, no puedes tenerlo aquí. 
Aquí en verano hace demasiado calor y en invierno demasiado frío, y además con ese trasto de estufa cualquier día vas a quemar la buhardilla y la casa entera, y tú a lo mejor puedes refugiarte en la buhardilla de al lado, pero el cuadro se quemará. Un cuadro valioso necesita temperatura estable, humedad regular y no sé cuántas cosas más. Y si no puedes tenerlo aquí, lo mejor es que lo vendas. No haces más que trabajar y trabajar y no te permites ningún lujo porque no tienes dinero. Es absurdo.
    Él empezó a hablar de su nuevo trabajo y consiguió cambiar de tema. Pero ella le dijo al marcharse:
    -¿Sabes una cosa?
    -¿Qué?
    -Mi hermano estudia historia del arte. Creo que debería echarle una mirada al cuadro.
    Él no lo permitió. Escondió el cuadro debajo de la cama y cuando ella volvió a la buhardilla, le dijo que su madre le había pedido que se lo devolviera. Pese a todo, ella habló con su hermano, que no recordaba ningún cuadro por el estilo ni ningún pintor que encajara, pero sí la revista Lézard violet , fundada en París en la transición entre el dadá y el surrealismo, y que apareció diez veces entre 1924 y 1930. Luego ella se olvidó del cuadro.
    Cada vez que ella se marchaba, él volvía a colgarlo sobre la cama. Al principio era un juego; descolgaba el cuadro con una sonrisa y volvía a colgarlo con una sonrisa, se despedía de la niña y la saludaba con un comentario jocoso. Luego empezó a cansarse de tener que descolgar el cuadro cada vez que venía la otra, y al final se cansó de que viniera. Cuando estaban acostados juntos, después de hacer el amor, sólo esperaba que se fuera para poder volver a colgar el cuadro y reanudar su vida.
    Al final ella lo dejó.
    -No sé lo que tienes en la cabeza y en el corazón -dijo tocándolo con un dedo primero en la frente y luego en el pecho-. Supongo que debes guardar ahí un sitio para mí. Pero me resulta demasiado pequeño.

9
    Sufría más de lo que había previsto. A veces se enfadaba y pensaba que sin el cuadro las cosas le irían mejor. Pero ni siquiera entonces podía prescindir de él. Hablaba con la niña. Le decía que sin ella las cosas le irían mejor. Que lo había metido en un buen lío. Que por lo menos podría mirarlo con más simpatía. Y le preguntaba si estaba orgullosa de haber conseguido echar a su competidora. Pero que no se hiciera ilusiones…
    Una noche cogió el libro sobre René Dalmann y siguió leyendo. Al acabar sus estudios en la academia de bellas artes, el joven artista se instaló en casa de una viuda rica de Karlsruhe, que le montó un taller. En la pequeña ciudad bienpensante, aquello causó un escándalo del que ellos, según el biógrafo, disfrutaron más que de su complicada relación amorosa. Al principio Dalmann intentó ganarse la vida como retratista, y sus primeros retratos eran convencionales; pero un día pensó: ya que me acusan de llevar una vida escandalosa, voy a pintar retratos escandalosos, y pintó la funcionarial cabeza del presidente del tribunal superior de Karlsruhe como si fuera de madera tallada, y a su hijo, un rumboso teniente, con las charreteras, las medallas y el sable en la cara. El presidente del tribunal superior le puso una querella de la que Dalmann escapó viajando a Bretaña, donde la familia de su madre, que se había marchado de Alsacia en 1871, tenía una casa. Allí, donde había pasado muchas vacaciones con sus padres y hermanos, se quedó hasta que estalló la guerra, momento en el que ingresó voluntariamente en el ejército francés como sanitario. En aquellos años, por falta de tiempo y de recursos, sólo dibujó bocetos en los que, además de soldados heridos, mutilados y agonizantes, aparecían temas religiosos: Adán y Eva como un matrimonio perdido en el paraíso de los campos de batalla, y la curación de un soldado tullido por un Cristo tullido. Acabada la guerra, se instaló en París, donde pasaba mucho tiempo en el Café Certá, aunque sin adherirse al grupo de los dadaístas, y con André Bretón, con quien ingresó en el Partido Comunista, pero al que no permitió que lo encuadrara dentro de los surrealistas. Se mantenía apartado hasta que fundó con unos cuantos amigos el Lézard violet . Sacaron un artículo de René Magritte sobre la pintura como pensamiento y otro de Salvador Dalí sobre el corte en el ojo de la muchacha, y también publicaron sin permiso un pequeño ensayo de Max Beckmann sobre el colectivismo, traducido al inglés, que el pintor alemán había escrito durante su viaje de bodas. Por su parte, René Dalmann escribió un artículo sobre la emancipación de la fantasía por encima de la voluntad y se encargó del diseño de la revista.
    Todo eso no le interesaba demasiado, así que dejó de leer y empezó a hojear. Al final del libro había varias páginas con datos biográficos de René Dalmann, una bibliografía de escritos suyos y sobre él y una lista de sus exposiciones. En 1933 constaba la exposición «Est-ce qu'il y a un surréalisme allemand?» en la galería Colle de París, y se mencionaba que la cubierta del catálogo de la exposición mostraba una reproducción de El lagarto y la niña de René Dalmann. El lagarto y la niña.
    A la mañana siguiente se fue al departamento de historia del arte de la universidad y buscó un ejemplar de aquel catálogo de 1933. Pero no lo encontró, así que decidió saltarse unas cuantas clases e inventarse una gripe para excusarse en el restaurante en el que trabajaba al mediodía, y se marchó a la ciudad en la que hacía unos años había visto el cuadro sobre la posguerra y el autorretrato de René Dalmann y donde había comprado el libro. Allí también había una universidad y un departamento de historia del arte, pero tampoco tenían el catálogo. Se encontraba ya en un estado de febril nerviosismo. La bibliotecaria se dio cuenta y le preguntó qué le ocurría. Le explicó que estaba buscando El lagarto y la niña de René Dalmann y noencontraba el catálogo en cuya cubierta se reproducía el cuadro. Y le preguntó dónde estaba el departamento de historia del arte más cercano.
    -¿Por qué tiene que ser la reproducción del catálogo?
    Él la miró sin entender nada.
    -Tiene que haber más fotos, tomadas por el mismo pintor, por el galerista, por la prensa, por el museo donde está expuesto el cuadro.
    -¿O sea que está expuesto en un museo? ¿Dónde?
    -Tenemos un archivo de cuadros. Ven conmigo.
    La siguió por el pasillo hasta una sala donde había un proyector y unas cajas de cartón etiquetadas con nombres. Se tranquilizó. Incluso advirtió que la bibliotecaria tenía buen tipo y andares ligeros, y que lo observaba con ojos vivaces que se burlaban amablemente de su nerviosismo. La chica cogió una caja de la estantería, estudió una lista que estaba pegada en la parte interior de la tapa, echó mano a una diapositiva, casi del tamaño de una postal y enmarcada en cartulina negra, y la metió en el proyector.
    -¿Puedes apagar la luz?
    Él buscó el interruptor y lo pulsó. Ella puso en marcha el proyector.
    -Dios mío -dijo él. Era su cuadro. La niña, la playa, la roca. Pero por la izquierda no asomaba la niña, sino una lagartija enorme, y sobre la roca no tomaba el sol una lagartija, sino una niña minúscula, encantadora, con rizos oscuros y cara pálida, corsé claro y falda oscura. Estaba tumbada de lado, con la cabeza sobre los brazos, a medias niña juguetona y a medias hembra seductora.

10
    -¿En qué museo está el cuadro?
    -Eso hay que mirarlo en el otro lado.
    La bibliotecaria desconectó el proyector, retiró la diapositiva y volvió a la sala de los libros. Él la miró sacar varios libros de las estanterías y hojearlos.
    -Supongo que como recompensa me invitarás a cenar, ¿no? -dijo, y siguió hojeando. ¡Vaya!
    -¿Qué pasa?
    -No está en ningún museo. Desapareció. Desapareció y posiblemente fue destruido. La última vez que se expuso fue en 1937, en la exposición «Arte degenerado», en Munich.
    Él la miraba sin entender nada.
    -Estuvo expuesto en el grupo cinco. Te leo el comentario sobre ese grupo: «Para hacer pornografía no se necesitan personas desnudas, y el arte degenerado no siempre refleja imágenes desfiguradas. Con pincel diestro, el judío puede pintar al empresario alemán como libertino capitalista y a la joven alemana como su viciosa concubina. Para el judío, la suciedad, el marxismo y la lucha de clases van de la mano. Si pensamos que esta muestra la visitarán también madres y esposas alemanas…». ¿Sigo leyendo?
    -¿Hay otro cuadro de René Dalmann que se llame La niña de la lagartija ?
    Ella hojeó el libro.
    -¿Qué hay de la cena?
    -¿A qué hora sales?
    -A las cuatro.
    -A esa hora no dan de cenar en ningún sitio.
    -Y aquí no hay ninguna niña de la lagartija. ¿Seguro que el cuadro se llama así?
    -No lo sé.
    Así era como lo llamaban su padre y su madre, y ahora él también. Pero bien podía ser que René Dalmann lo hubiera llamado de otra manera.
    -En cualquier caso, salen una niña y una lagartija, justo al revés de lo que hemos visto hace un momento.
    -Es curioso. ¿Dónde lo has visto?
    -Uf, ya no me acuerdo.
    Estaba siendo imprudente, hablaba demasiado. Había hecho más preguntas de las convenientes. Por suerte no había dicho su nombre. Decidió desaparecer sin dejar rastro.
    Ella se lo quedó mirando mientras pensaba.
    -¿Qué te pasa?
    -Tengo que irme. Te espero abajo a las cuatro, ¿vale?
    Salió corriendo del departamento, sin importarle el ridículo. Pero mientras descansaba sentado en un banco a orillas del lago del centro de la ciudad, se dio cuenta de que había muchas cosas que ignoraba y que necesitaba averiguar. Así que a las cuatro se presentó en la puerta del departamento de historia del arte. Ella bajó las escaleras y volvió a mirarlo con sorna cordial.
    -Las lagartijas son unos animales muy tímidos.
    -Creo que tengo que explicarte unas cuantas cosas. ¿Vamos a tomar el sol a un banco junto al lago?
    De camino al lago empezó a explicar su historia. Era estudiante de derecho y trabajaba en el despacho de un abogado que se ocupaba sobre todo de asuntos de herencias, disputas entre herederos, localización de herederos, tasación de herencias. En este caso se trataba de un ciudadano americano que había muerto y entre cuyas posesiones se había encontrado un cuadro sin informe de peritaje y sin firma, quizá sin ningún valor, pero quizá con mucho, y a él le habían encargado averiguar la historia del cuadro.
    -¿Un americano?
    Él extendió su chaqueta sobre el suelo y se sentaron en el césped a la orilla del lago.
    -Un alemán emigrado a Estados Unidos, a cuyos herederos estamos buscando en Alemania.
    -¿Tienes una reproducción del cuadro?
    -Aquí no. Pero ya me lo sé de memoria.
    Lo describió.
    -Vaya -dijo ella mirándolo desde un lado-, cualquiera diría que estás enamorado de ese cuadro…
    Él se sonrojó, giró la cabeza y fingió que seguía con la mirada a un velero.
    -No importa. Si es un Dalmann, será un gran descubrimiento. ¿Has visto sus cuadros en el museo?
    Y ella desvió la conversación hacia otros temas: el museo, la ciudad, la vida en la ciudad, y ellos mismos: de dónde eran, adonde querían ir en la vida. Él procuraba intercalar sus preguntas: cómo se identificaba al autor de un cuadro, cómo se averiguaba adonde había ido a parar la obra, quiénes eran sus legítimos propietarios. Ella atendía a las preguntas, pero hacía lo posible para que se deslizaran fuera de la conversación. Cuando el sol desapareció detrás de las casas y empezó a refrescar, se pusieron a pasear alrededor del lago.
    -¿Tienes novio? -le preguntó. No podía imaginarse que no lo tuviera. Era vivaz, inteligente, ingeniosa, y no sólo guapa, sino que además tenía una manera encantadora de apartarse el pelo rubio de la cara y arrugar la nariz.
    -Rompimos hace tres meses. ¿Y tú?
    Él calculó.
    –Hacecuatro.
    Cenaron en un restaurante. Se dio cuenta de que quería enamorarse, de que quería comunicarse con ella, confiar en ella. Pero debía andar con cuidado y escurrir el bulto constantemente: cada vez que tenía que hablar de sus padres, de la novia con la que había roto, de las mujeres que le gustaban y de cómo vivía. No podía dejarse ir como le habría gustado. Comprendió que si se hubieran encontrado en su ciudad, no podría llevarla a su habitación, porque el cuadro estaba allí.
    Ella lo acompañó a la estación. En el andén le anotó en un papel su nombre, su dirección y su número de teléfono. Él, después de dudar un momento, le dejó también su nombre y dirección verdaderos.
    -No estarás estudiando para detective, ¿verdad?
    Volvía a tener aquella burla cordial en los ojos.
    -¿Por qué?
    -Por nada.
    Le echó los brazos al cuello y le dio un breve beso en la boca.
    -En cuanto a lo que me preguntabas: hay que llevar el cuadro a Sotheby’s o a Christie’s . O si eres un pequeño detective, como tú, coges el libro que tienes sobre el pintor, miras quién lo ha escrito y le mandas una carta a través de la editorial. A menos que tengas algo que ocultar y que no quieras que sepa nadie.
    -Ya sale el tren.
    Anunciaron por megafonía que se iban a cerrar las puertas y el tren estaba a punto de salir. Él ya había subido.
    –Ocultar cosas es muy pesado.
    Él sólo pudo asentir con la cabeza. Las puertas ya estaban cerradas.

11
    -Te espera un destino muy duro -le dijo a la niña de la lagartija-. Ella cada vez se hace más grande y tú más pequeña, y al final tendrás que hacerte la simpática con ella. ¡Tú, la niña, hacerte la simpática con una lagartija! Claro que a lo mejor es que le has dado un beso pensando que se convertiría en un príncipe, y en vez de eso ella se ha hinchado y tú te has encogido.
    Miró a la niña, y lo que había hecho René Dalmann le pareció una jugarreta y un sacrilegio.
    -¿Eres su hermana? ¿Te odiaba? O quizá te quería y te odiaba al mismo tiempo…
    Salió de la habitación y se fue al cuarto de baño. Sobre el minúsculo lavamanos había instalado un minúsculo estante para el cepillo de dientes, la brocha y la maquinilla de afeitar, el peine y el cepillo para el pelo. Sacó la hoja de afeitar de la maquinilla y volvió a la habitación.
    -No te va a gustar, pero no me queda más remedio.
    Cortó a lo largo del marco el papel que estaba pegado al dorso del cuadro. Descubrió que el grueso marco dorado estaba atornillado a otro marco que sujetaba el lienzo. Los tornillos eran pequeños; los extrajo con el destornillador que usaba para reparar los enchufes. Temía que el marco dorado se quedara pegado al lienzo, pero consiguió desprenderlo fácilmente.
    Apoyó el cuadro contra la pared, junto a la cama, y se sentó en el suelo frente a él. Ya no le sorprendió encontrar en la esquina inferior derecha la palabra «Dalmann», en caligrafía infantil, con la D formando un arco que acababa con un garabato, un poco torcida. Lo que le habría asombrado habría sido encontrar otro nombre o no encontrar ninguno. Pero lo único sorprendente era la impresión que causaba ahora el cuadro con los centímetros adicionales que quedaban a la vista tras retirar el marco. El nuevo fragmento de cielo por encima de la cabeza de la niña, el codo, cuyo extremo ya no quedaba oculto bajo el marco, el cuerpo de la lagartija, que ahora se veía entero: de repente el cuadro había alzado el pecho y la cabeza, como una persona que, en la playa, siente el viento y huele el mar.
    -¿Fue mi padre el que te encerró? ¿O fue el antiguo, o actual propietario del cuadro? ¿Y quién era o es esa persona?
    Examinó el marco y encontró la etiqueta de un marchante de arte de Estrasburgo.
    Durante el viaje en tren hacia su ciudad natal acabó de leer la biografía de René Dalmann. En 1930 el pintor se trasladó de París a Berlín con Lydia Diakonow. Era una cabaretera, hija de un médico judío convertido al cristianismo ortodoxo, una criatura de elástica y enigmática belleza. Dalmann la llamaba «mi lagartija», lagarta, lagartijilla… Le escribía cartas de una ternura inquebrantable. Gracias a su apellido alemán y a que hablaba la lengua alemana sin acento, enseguida fue reconocido y acogido como artista alemán; Ludwig Justi le dedicó una de las salas pequeñas del Kronprinzenpalais. En 1933, cuando su Danza callejera de la muerte fue expuesta en Karlsruhe en la muestra «Arte gubernamental 1918-1933 », René Dalmann comentó sarcásticamente: ¿Arte gubernamental alemán? Aquella serie la había pintado en París en 1928. Pero luego Eberhard Hanfstaengel cerró la sala Dalmann, y el cabaret de Lydia fue destrozado una noche por las SA. En 1937, antes de la inauguración de la exposición «Arte degenerado» en Munich, René y Lydia Dalmann, ya casados, salieron de Alemania y se instalaron en Estrasburgo. A pesar de que tenía la nacionalidad francesa, siguieron considerándolo un artista alemán. En 1938 se mostraron obras suyas en Londres en la exposición «Twentieth Century German Art». En Amsterdam y en París se expusieron cuadros suyos confiscados y vendidos por las autoridades alemanas y adquiridos por marchantes y coleccionistas interesados por su obra.
    Tras la entrada de las tropas alemanas en Estrasburgo, René y Lydia Dalmann desaparecieron sin dejar rastro. Puede ser que no salieran de Estrasburgo, que huyeran a la Francia libre o que pasaran a Estados Unidos a través de Portugal: el biógrafo señalaba minuciosamente los pros y contras de cada una de esas posibilidades, pero no llegaba a ninguna conclusión definitiva. En cualquier caso, sin duda usarían nombres falsos. En 1946 hubo en Nueva York una exposición de un tal Ron Valomme, con cuadros que por su técnica pictórica anunciaban a los nuevos salvajes, pero por el contenido pertenecían al ámbito dadá-surrealista. Algunos críticos conjeturaron que Ron Valommey René Dalmann podían ser la misma persona. Pero tampoco hay ningún dato fiable acerca de Ron Valomme.
    No tenía llave del piso en el que vivía su madre. Se sentó en el escalón de la puerta, miró la calzada adoquinada que conducía a las casas y los garajes, los arbustos perennes que cubrían la ladera, y el rosal situado junto a la puerta, con el que su madre intentaba combatir el ambiente aséptico de la urbanización. Pensó en su padre. Se dio cuenta de que no sabía nada de él, de sus padres, que murieron en los bombardeos de la guerra, de su formación, de sus actividades antes y durante la guerra ni de la carrera profesional que desarrolló después.

12
    -¿Qué hizo papá en la guerra?
    Estaba sentado en la terraza con su madre. Ella había vuelto del trabajo y había preparado té. Su mirada se perdía en el paisaje, por encima de los tejados.
    La madre suspiró.
    -Ya empezamos.
    -No empezamos. Mi padre está muerto y no tengo la menor intención de juzgarlo ni de condenarlo. Sólo quiero saber cómo llegó a sus manos el cuadro de René Dalmann. No sé exactamente cuánto vale, pero estoy seguro de que serán por lo menos cien mil marcos. Quiero saber por qué se andaba con tanto misterio con el cuadro.
    -Porque tenía miedo de que se lo quitaran. Cuando fue juez militar en Estrasburgo, se enteró de que las personas que lo alojaban eran judíos con documentación falsa, y les ayudó. Y a cambio ellos le regalaron el cuadro.
    -¿Y cuál era el problema?
    -Después de la guerra, el pintor y su mujer desaparecieron, y corrieron muchos rumores. Tu padre tuvo miedo de que sospecharan de él si se sabía que tenía el cuadro. No podía demostrar que se lo habían regalado.
    Miró a su madre. Ella, sentada a su lado, apartó la vista.
    -Mamá…
    -Dime -contestó ella sin girar la cara.
    -¿Tú estuviste con él en Estrasburgo? ¿Todo eso que me cuentas, lo sabes de primera mano o te lo contó él?
    -¿Qué pintaba yo a su lado en Estrasburgo en plena guerra?
    -¿Tú te crees esa historia?
    Siguió sin girar la cara. Él veía su perfil, que no delataba ninguna señal de irritación, enfado o tristeza.
    -Cuando lo liberaron los franceses, en 1948, y volvimos a vernos, yo estaba demasiado ocupada para preocuparme de sus batallitas. Además, por aquel entonces la gente no paraba de contar historias de la guerra.
    -Entonces, si le creías, ¿a qué venían tus comentarios irónicos sobre «la niña judía»?
    -Tienes buena memoria.
    Él no replicó.
    -¿Por qué la llamabas así?
    -Yo pensaba que la niña era la hija del pintor, y como eran judíos…
    -Eso no explica tu ironía -replicó él meneando la cabeza-. No, tú no te creías esa historia. Todo eso de que ayudó a unos judíos… No puede ser que te lo creyeras. O en cualquier caso, pensabas que había algo más, que papá tuvo algo que ver con la niña. ¿La chantajeó? ¿La obligó a acostarse con él? ¿Sabías que era la mujer del pintor?
    Ella no dijo nada.
    -¿Por qué papá perdió su puesto de juez?
    La miraba por encima de la mesa. Ella tenía la barbilla inclinada hacia adelante y los labios fruncidos, y el chico comprendió que rechazaba aquella pregunta.
    -¿Prefieres que se lo pregunte a sus excompañeros de trabajo? Seguro que encuentro alguno que entienda que como futuro profesional del derecho necesito saber la verdad.
    –Fue juez militar. Tenía que ser severo. Tenía que ser duro. ¿Crees que así se hacen amigos?
    -No, pero después de la guerra eso no habría sido motivo para que lo castigasen.
    -Lo acusaron de algo que no era cierto, pero que sonaba tan mal que no quiso exponerse a que se lo echaran en cara. Y tampoco a ti y a mí.
    Él seguía mirándola.
    -Decían que condenó a muerte a un oficial que había protegido de la policía a unos judíos. Y ya que dices que necesitas saber toda la verdad, que sepas que ese oficial era amigo suyo y que lo denunció él mismo.
    -Supongo que el que lo acusó, fuera quien fuese, tendría testigos, documentos o informes. ¿El asunto salió en la prensa?
    -En la prensa nacional sí, en la de aquí no. Aquí lo taparon enseguida.
    Podía buscar la prensa nacional de aquella época, encontrar al periodista que había acusado a su padre y estudiar los documentos. Quizá también podría averiguar dónde se había alojado su padre en Estrasburgo y quién más vivía en aquella casa por entonces. ¿Existían listas de los judíos de Estrasburgo que habían sido deportados a campos de exterminio? ¿Existían parientes de René Dalmann con los que valiera la pena hablar?
    -¿Qué dijo papá para defenderse? -preguntó el chico, pero al cabo de un instante se dio cuenta de que no quería saberlo.
    -Que él y aquel oficial y otro oficial más habían ayudado a muchos judíos y que fue necesario condenar a muerte a aquél para que no cayeran todos, y sobre todo para salvar a los judíos. Y que fue una maldita casualidad que le tocase a él llevar el caso y dictar sentencia.
    El chico se rió.
    -¿O sea que él no hizo nada malo y fueron los demás los que lo entendieron mal?

13
    Su madre le propuso que durmiera en el sofá; de todos modos, ella solía dormir en el suelo, debido a sus dolores de espalda. Pero él se negó; le parecía insoportable pasar la noche en el sofá donde normalmente dormía su madre, notando su olor y los hoyos marcados por su cuerpo.
    Y, sin embargo, se despertó en plena noche y notó la presencia de su madre con la misma intensidad que si estuviera tumbado en el sofá. Percibía su olor y la oía respirar. Vio a la luz de la luna la ropa de su madre, repartida ordenadamente sobre el respaldo, el asiento y los brazos de la silla. Un par de veces, ella se movió en sueños y se deslizó al borde del sofá; entonces la luz caía sobre su cara, y él veía su pelo blanco y sus rasgos duros. Sabía que había sido una mujer guapa; una vez había visto una foto que su padre había tomado durante el viaje de bodas: ella se dirigía hacia élentre los setos de un parque, con un vestido claro, con paso ligero y con gesto dulce, sorprendido, feliz. Pero no se acordaba de haberla visto nunca tan contenta o tan dulce en persona, ni con él ni con su padre. ¿Sería por culpa de la guerra? ¿Sería por lo que sucedió en Estrasburgo? ¿Quizá su padre le había hecho a ella o a otras personas algo que no pudiera perdonarle? Pero ¿por qué había sido tan dura también con él? ¿Por ser hijo de su padre?
    Luego la tristeza lo venció. Le daban pena su madre y su padre, y se daba pena él mismo, sobre todo él mismo. La presencia de su madre, su ropa, su respiración, su olor, seguían oprimiéndole, pero al mismo tiempo le dolía que fuera así. ¿Por qué no recordaba ningún momento de su infancia en que su madre lo tratara con cariño y ternura? Si los recordara, podría reconocer en el cuerpo actual de su madre al de entonces, y amarlo.
    Por la mañana, ella le dio una carpeta. Contenía, recortados y pegados en folios blancos, los artículos de prensa sobre el caso que su padre había ido guardando; en el margen superior había anotado la fuente y en el margen derecho interrogantes y signos de admiración que expresaban su conformidad o desacuerdo. En la mayoría de los casos su actitud era de rechazo; incluso había corregido algunos textos como si fueran las páginas de un manuscrito. Por ejemplo, había tachado con una raya su fecha de nacimiento, y en el margen derecho había reproducido la raya, acompañada de la fecha correcta. Había corregido todo lo que consideraba erróneo: las fechas de su actividad como juez militar en Estrasburgo, la graduación de los oficiales implicados, el modo en que se produjo la presentación y rechazo de una solicitud de gracia y la fecha de la ejecución del oficial al que condenó a muerte. Pero donde había más rectificaciones era en un artículo largo procedente de un periódico importante. Detrás de él había varios folios, titulados «Réplica» y mecanografiados con la máquina de escribir que el hijo conocía bien. «Es falso que mi actividad como juez militar en Estrasburgo se iniciase el 1 de julio de 1943. En realidad…». Y seguía así folio tras folio. «Es falso que yo traicionase y espiase al acusado y abusase de su confianza en lo referente a sus esfuerzos por salvaguardar a ciudadanos judíos. En realidad, contribuí a sus esfuerzos en la medida de mis posibilidades, lo previne de peligros inminentes y más adelante intenté protegerlo a él y a los judíos, incluso incurriendo yo mismo en grave riesgo y descuidando importantes deberes de mi cargo. Es falso que dictara la condena a muerte por motivos egoístas y con el propósito de conculcar la ley en perjuicio del acusado. En realidad, a la vista de las pruebas aportadas y de la legislación vigente en aquel momento y lugar, no tuve más remedio que condenar a muerte al acusado. Es falso que me enriqueciera ilegalmente con propiedades de judíos ni que me ofreciera a tomar en depósito los bienes muebles con los que proyectaban huir, con el fin de apoderarme de ellos. En realidad, ni yo estaba autorizado a disponer en forma alguna de propiedades de ciudadanos judíos, ni tenía el deber de velar por su patrimonio, y por lo tanto no podía abusar de esa autorización ni vulnerar ese deber. Es falso que yo…».
    La madre lo miraba mientras leía. Él le preguntó:
    -¿Has leído la réplica?
    -Sí.
    -¿Salió publicada? ¿La envió al diario?
    -No. El abogado no quiso.
    -¿Y tú querías?
    -¿Crees que me lo preguntó?
    -Pero ¿qué te pareció cuando la leiste? ¿Qué te habría parecido si la hubiese publicado?
    -¿Que qué me pareció? –replicó ella encogiéndose de hombros. Todo lo que escribió estaba pensado hasta el último detalle. No habrían podido pillarlo en falso ni en una sola frase.
    ”Copió artículos enteros del código penal. Los copió para demostrar que no podían castigarlo. Pero da escalofríos leerlo. Es como si lo reconociera todo pero se empeñara en que no había cometido ningún delito. Como si reconocieras que has envenenado a alguien, pero dejando claro que el plato estaba cocinado de acuerdo con el manual de la perfecta cocinera. Eso es lo que se siente al leerlo.
    Ella cogió la carpeta, volvió a apilar los folios cuidadosamente de izquierda a derecha y la cerró.
    -Sí, se había vuelto precavido. Durante la guerra ya se había metido en suficientes líos para toda su vida. Después de la guerra se volvió más precavido, en buena parte por consideración a nosotros. Era precavido incluso cuando bebía. Ya sabes lo que les pasa a los borrachos: cuando hay algo que deberían callarse, acaban contándolo aunque no quieran. Pero él nunca.
    Parecía orgullosa. Orgullosa de que su marido no alardease de lo que le había hecho a ella y a otras personas.
    -¿Te pidió perdón alguna vez por lo que te hizo?
    -¿Pedirme perdón? -replicó ella mirándolo desconcertada. Él comprendió que era mejor dejarlo correr. Su madre no le ocultaba nada; simplemente ignoraba lo que él quería averiguar y no entendía lo que le pedía y por qué se lo pedía. Sólo quería que los dejase en paz, a ella y a su marido, igual que ella lo dejaba en paz a él. La habían herido en el alma, pero la herida estaba cauterizada, y todo el tejido tierno de su alma, todo lo que la hacía capaz de ser feliz y de amar, se había convertido en callo, en tejido cicatrizado y duro. Quizá se habría podido curar el dolor en aquella época, justo cuando sufrió la herida, o poco después. Pero ahora era demasiado tarde. Hacía demasiado tiempo que era tarde. Llevaba demasiado tiempo viviendo con sus cicatrices, sus mentiras y sus precauciones.
    Entonces él se dio cuenta de una cosa. No era la primera vez que su madre lo dejaba en paz. Hasta donde recordaba, siempre lo había dejado en paz y siempre había querido que él la dejase en paz a ella. Como si en realidad él no tuviese nada que ver con ella. Como sialguna vez él la hubiera trastornado demasiado, en lo más hondo de su ser.
    -Dime una cosa: cuando te quedaste embarazada de mí, ¿fue porque papá te violó? ¿Fue cuando estaba en Estrasburgo, haciendo barbaridades y liado con la judía? ¿Vino una noche, y te negaste a acostarte con él porque sabías que existía la otra, y él, pisoteando tu opinión y tu voluntad, te forzó a hacer el amor con él? ¿Fue así como vine al mundo? ¿Y no me lo has perdonado nunca?
    Ella meneó la cabeza repetidamente. Y entonces él vio que lloraba. Al principio se quedó rígida y muda; sólo le corrían las lágrimas por las mejillas, se detenían un instante en la barbilla y goteaban sobre la falda. Cuando levantó las manos y se secó las lágrimas de la cara, emitió un sollozo.
    Él se levantó, se acercó a la silla en la que estaba sentada su madre e intentó abrazarla. Seguía rígida y tiesa, sin dejarse abrazar. Le habló, pero sus palabras le rebotaron. Y siguió guardando silencio cuando él se despidió.

14
    Volvió a su casa y reanudó su vida habitual. Un día la bibliotecaria le envió una carta diciéndole que tenía que ir a su ciudad, y quedaron para verse; salieron a pasear juntos, cenaron y luego fueron a casa del chico. El cuadro estaba escondido debajo de la cama.
    Pero aun así él no estaba tranquilo. ¿Qué pasaría si ella miraba casualmente debajo de la cama y descubría el cuadro? ¿Y si el somier y el colchón se hundían? El cuadro se desgarraría, y además quedaría a la vista al retirar la cama. ¿Qué pasaría si él se ponía a hablar en sueños con la niña de la lagartija? Durante el día lo hacía muchas veces. «Niña de la lagartija», decía, «tengo que ponerme a estudiar», y le explicaba lo que tenía que estudiar. O le preguntaba su opinión sobre la ropa que había de ponerse aquella mañana. O la reñía por no haberlo despertado puntualmente a primera hora. O hablaba con ella sobre lo que debió de sucederle con René Dalmann y con su padre. «¿Fue tu pintor quien te regaló a mi padre? ¿O fue mi padre quien te arrebató con malas artes, cuando tu pintor intentaba huir contigo? ¿Por qué precisamente contigo?». Y le preguntaba una y otra vez: «¿Qué voy a hacer contigo, niña de la lagartija?».
    ¿Debía buscar a los herederos de Dalmann y darles el cuadro? Pero no creía que tuvieran derecho a ello por su simple condición de herederos. ¿Debía vender el cuadro y disfrutar del dinero? ¿O hacer una buena obra? Al aprovecharse de las injusticias cometidas por su padre, ¿no había contraído una deuda con las víctimas? Pero, en el fondo, ¿de qué se estaba aprovechando? El hecho de que pudiera contemplar a la niña de la lagartija y hablar con ella, ¿era una suerte o una desgracia?
    -¿Qué pasó al final con aquel cuadro?
    Estaban echados en la cama, mirándose el uno al otro.
    -Todavía no he aclarado nada -dijo él con un gesto que quería expresar que aquello le dolía un poco, pero en el fondo le resultaba indiferente-. Además, ya no trabajo para aquel gabinete.
    -¿O sea que a lo mejor en este momento hay en Manhattan un pequeño piso cuyo inquilino ha muerto, y en el que cuelga, ignorado por el mundo, un cuadro de uno de los pintores más famosos de este siglo? El inquilino era pobre y viejo, y por encima de la sucia mesa corretean las cucarachas, las ratas le roen los zapatos, en su cama duerme un pandillero que ha reventado la puerta del piso y se ha instalado en plan okupa, y un día, pim pam pum, hay un tiroteo, y a la niña le pegan un tiro en la frente y la lagartija pierde la cola. Y a lo mejor el viejo era el propio Dalmann…
    La chica se iba demasiado por las ramas. Pero a él le gustaba escucharla.
    -¿No te sientes culpable?
    -¿De qué?
    -De que el misterio quede sin resolver.
    -El que quiera saber más, que vaya a Sotheby’s o a Christie’s o que se ponga en contacto con algún biógrafo de René Dalmann.
    Ella se arrebujó contra él.
    -Vaya, parece que has aprendido algo. ¿Es así? ¿Has aprendido algo?
    Él no quería quedarse dormido. Temía hablar en sueños. No quería que ella se despertase, fuese al lavabo, buscase sus zapatos debajo de la cama y encontrase el cuadro. No quería que… Pero al final se durmió y no se despertó hasta que ya era de día, cuando ella, volviendo del lavabo, se echó en la cama tan bruscamente que él temió lo peor. Pero el somier y el colchón resistieron.
    -Tengo que coger el tren de las 7.44 para poder estar en el departamento a las nueve.
    -Te llevo.
    Antes de cerrar la puerta con llave, echó una mirada atrás, y se dio cuenta de que su habitación le molestaba. Ya no era su habitación. Ella le había revuelto los libros, tenía la regla y le había manchado la cama de sangre, se había traído de un paseo por la playa un viejo pesacartas oxidado y lo había dejado por allí. Y la niña de la lagartija no colgaba encima de la cama. Cuando dejó a la bibliotecaria en la estación y se despidió, ya un poco distraído e inquieto, y llegó a casa, ordenó la habitación. Puso los libros en la estantería, cambió las sábanas, colgó el cuadro sobre la cama y dejó el pesacartas en el armario, detrás de la maleta.
    -Sí, niña de la lagartija, ahora todo vuelve a estar bien.
    De pie en medio de la habitación, contempló el orden restablecido. El orden de los libros en la estantería, que le recordaba el orden de la estantería de su padre. La precaria pulcritud que su madre había conseguido imponer en su lucha contra la decadencia familiar. La niña de la lagartija, ya sin el grueso marco dorado, sólo el lienzo extendido sobre la madera, en posición dominante como antes en casa de sus padres. Y como allí, tesoro, secreto, ventana a la belleza y la libertad y al mismo tiempo instancia dominante, controladora, a la que había que rendir sacrificios. Pensó en la vida que tenía por delante.
    Aquel día no hizo nada. Anduvo un poco por la calle, pasó por delante dela facultad de derecho, del bar en el que trabajaba, y de la casa de la estudiante con la que había tenido una relación amorosa. ¿O quizá nunca había aprendido a amar?
    Al atardecer volvió un momento a casa, sacó la sábana de la cama y envolvió en ella el cuadro y el marco junto con unos cuantos periódicos. Y se fue con el bulto a la playa. Había hogueras, rodeadas de gente joven que se divertía. Caminó hasta dejar atrás la última hoguera. Los diarios y la sábana ardieron rápido, y también el marco se quemó enseguida. Tiró el cuadro al fuego. La pintura se fundió, y la niña se deshizo y se volvió irreconocible. Pero antes de que las llamas lo devoraran por completo, el lienzo, que había empezado a arder por el borde, se desprendió y dejó a la vista otro cuadro cuyo lienzo estaba sujeto al marco por debajo de la niña de la lagartija. La enorme lagartija, la niña minúscula: durante una fracción de segundo pudo ver el cuadro que René Dalmann quiso proteger y llevarse en su huida. Luego el lienzo quedó envuelto en llamas.
    Cuando el fuego se apagó, juntó las brasas con la punta del zapato. No esperó a que el fuego lo consumiera y lo redujera todo a cenizas. Se quedó mirando un rato las llamitas rojas y azules. Y luego se fue a casa.


Bernhard Schlink
Amores en fuga

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