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sábado, 5 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Un cuento bien narrado

 



William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

Un cuento bien narrado
Julio Serrano
1 de julio de 2016

Contar bien una historia, suscitando la voracidad lectora, con el equilibrio justo para evitar caer en la morosidad sin ser en exceso sucinto, con los oportunos giros y desembocando en un final que regocije al lector por su ingenio, es algo grato de encontrar. Siempre habrá lectores que quieran, sencillamente, un cuento bien contado, sin final abierto a elucubraciones, sin pretensiones de grandeza, carente incluso de una especial originalidad narrativa que le haga tener demasiado presente el talento del escritor en cuestión. Sencillamente, un cuento de corte clásico en el que su autor modestamente desaparezca a favor de lo narrativo y nos haga adentrarnos en una atmósfera –mejor si es algo exótica– que prácticamente podamos ver con unos personajes atractivos en su idiosincrasia. Un cuento que quizá no deje el impacto de lo novedoso, pero que acompaña en la noche como un eco de los cuentos que nos han contado, en otras ocasiones, en otro tiempo. Relatos de esta índole los podemos encontrar en la obra de Somerset Maugham (París, 1874-Niza, 1965), un autor con una vida sumamente novelesca. Fue novelista y dramaturgo de éxito ­–uno de los pocos que pudo preciarse de haber tenido en los teatros londinenses hasta cuatro obras simultáneamente–, ensayista y autor de numerosos cuentos. Viajero infatigable, ambientó muchos de sus relatos en Samoa, Borneo, Malasia, China, India o Tahití, mostrando siempre una fascinación por la vida salvaje. Él, que fue una suerte de gentleman semejante al adinerado y amigo del lujo tío Elliott de su célebre Al filo de la navaja, despreciaba muchas de las convenciones de la sociedad burguesa parisina o londinense y prefería unas maneras menos sometidas al imperio de lo virtuoso. Fue espía –probablemente el primer escritor espía– al servicio de la inteligencia británica durante la Primera Guerra Mundial en países como Suiza, Italia, Francia o la Rusia revolucionaria de 1917. Algunos de sus relatos basados en estas experiencias sentarían las bases de la literatura de género que después tendrá a Graham Greene, John LeCarré o Ian Fleming como grandes representantes. Aunque fue fundamentalmente homosexual, se casó y tuvo una hija, y continuó casado hasta 1927, cuando se hizo pública su relación sentimental con el norteamericano Gerald Haxton. Desde ese momento, el escritor asumió su homosexualidad y se exilió en Cap Ferrat, en la Riviera Francesa, en una suerte de palacete decorado con obras de Picasso, Matisse, Gauguin –cuya vida es el trasunto de su novela La Luna y seis peniques–, Léger, Renoir o Monet, y que acabaría siendo un importante salón literario y social de los años veinte y treinta. Tolerante con los vicios ajenos y crítico con los valores de la sociedad victoriana, no tardó en adquirir cierta aura de escritor decadente. Algunos lectores lamentaron que no condenara suficientemente a los personajes más turbios de sus obras. Maugham replicó en 1938: «Puede ser un defecto mío que no me preocupan mucho los pecados de otros, a excepción de los que me afectan a mí en persona». Lo que sí le afectó personalmente fue un matrimonio erosionado y vacío, rasgo que comparten muchos de sus personajes, quienes, bajo una aparente bendición conyugal, sufren la mentira, el engaño o la indiferencia.

Su gran talento fue una genuina capacidad para enfrascar al lector en unos cuentos no excesivamente complejos, pero sí lo suficientemente interesantes como para ejercer un rápido magnetismo. Balzac decía que la primera condición de una novela es que interese, y esa es una condición que Maugham cumple sobradamente, aunque curiosamente no tanto por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. «He tenido cierto tipo de historia que contar y me ha interesado contarla. Y para mí eso ha sido en sí mismo un objetivo suficiente». Decía que le faltaba imaginación y que escribía sobre lo que oía, leía u observaba. Su diario Carnet de un escritor es un conjunto de apreciaciones y retratos de unos y otros, bocetos de mezquindades, de caracteres esquinados, esbozos para futuros personajes extraídos de la experiencia. Fue un escritor, no de grandes tramas, sino de caracteres. Sus cuentos son retratos de tipos complejos en sus singularidades, extravagantes algunos, lascivos, apasionados del juego, violentos y amanerados a un tiempo, hipócritas, delirantes o grises. Un ejemplo de lo mejor de esta capacidad lo podemos ver en su cuento «El mexicano lampiño». Perfiles hechos a una cierta distancia, con un bronco humor que nos aleja de padecer las debilidades o servidumbres humanas con amargura. Más bien es una experiencia similar al visionado de una película de cine negro, en donde la femme fatale destroza la vida del ingenuo enamorado sin que ello nos haga sufrir un ápice.

Maugham sentía que como cuentista regresaba, «a través de innumerables generaciones, al contador de cuentos junto al fuego de la caverna que abrigaba a los hombres del Neolítico». Tenía el don de subyugar por medio de lo narrativo, esa cualidad que hace que la forma, el ritmo y los tiempos del cuento conviertan un pequeño retrato o una anécdota en algo digno de ser escuchado con deleite. Sus cuentos, profundamente visuales –no es azaroso que en torno a cincuenta de sus obras hayan sido adaptadas al cine–, nos acercan a historias mundanas que hacen de la noche algo más cálido. No porque sean historias felices, sino porque son retratos que nos sacan eficazmente de nosotros mismos.

Otra de las claves del éxito de su narrativa es que exige muy poco. Leemos el título, curioseamos las dos primeras frases y treinta páginas después volvemos a tomar conciencia de donde estamos, de quienes somos. Sus cuentos son rápidos –que no breves–, por estar desbrozados de todo aquello que nos podría impacientar o que se desvía de la línea ascendente y ansiosa de la curiosidad. Como un dardo, se dirigen veloces al meollo del sentido y hacia un final que ansiamos –Maugham se nutre del relato detectivesco–, del cual despertamos bruscamente, como el que cae de la cama. Estas habilidades le proporcionaron numerosos lectores que le dieron rápido una excelente posición económica. A los treinta años ya era rico y continuó siéndolo el resto de su longeva existencia. Pero el éxito es un arma de doble filo y aunque fue el autor más vendido de su tiempo no ha tenido ni tuvo entonces gran consideración por parte de críticos y escritores destacados. Al final de su carrera, él mismo se situó como «el de la primera fila de la segunda categoría». Escritores como Virginia Woolf, James Joyce, William Faulkner o Thomas Mann fueron, probablemente con justicia, tomados en mayor consideración. Sí recibió elogios de W.H. Auden y de Cyril Connolly, quien en 1944 escribió que su novela El filo de la navaja «era una pura delicia», o de Truman Capote, quien lo consideró «un experto en el arte de escribir», pero más llamativa es su escasa influencia y el silencio en el que cayó tras haber estado en una cúspide de notoriedad en vida. Célebre es también la sentencia de Edmund Wilson quien decía que «nunca he podido sacudirme la idea de que se trata de un escritor de segunda clase». Valoró sus historias al «mismo nivel que las de Sherlock Holmes», a las que daba una importancia mediana y el tiempo lo ha ido relegando hacia la vaga consideración de ser un escritor para leer cuando uno es muy joven. No obstante, conviene revisar etiquetas. Lluvia y otros cuentos, una antología que contiene doce de su aproximadamente centenar de cuentos, nos lo facilita. Prologados por Vicente María Foix bajo el epígrafe «Exotismo y malicia», dos rasgos del carácter de Maugham que lo perfilan bien: por un lado el hombre de mundo, el apasionado viajero, admirador de culturas lejanas y de un anhelado primitivismo que, por otra parte, le es aparentemente contradictorio a su carácter; por otro, el hombre malicioso, profundamente inadaptado, poseedor de una ironía cruel, malhumorado, triste y con una cierta mezquindad que han tendido a resaltar sus biógrafos. Pero no cínico: Maughan dijo de sí mismo que «cualquiera que me haya conocido bien ha terminado odiándome. Toda mi existencia ha sido un fracaso». Pero la obra está a salvo del escritor, las cotidianas miserias de Maugham nos son tan anecdóticas como las de sus personajes y lo que queda es la obra, que aunque haya sido eclipsada por la sombra de su propio éxito, no está de más rescatar, porque hallaremos a un narrador en primera línea de la segunda categoría como él mismo señaló, que no es ningún demérito habiendo tantas categorías en la historia de la literatura.


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