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jueves, 3 de febrero de 2022

Somerset Maugham / La caída de Eduardo Barnard

 



William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

LA CAÍDA DE EDUARDO BARNARD

Aquella noche Bateman Hunter durmió intranquilo. Durante los quince días de Tahití a San Francisco, en el vapor había estado pensando en la historia que tenía que contar, y durante los tres días de tren se había repetido interiormente las palabras con que trataba de contarla. Pero dentro de unas horas estaría en Chicago y todavía le asaltaban las dudas. Su conciencia, siempre muy sensible, estaba intranquila. No tenía la seguridad de haber hecho mucho más de lo posible y, por su honor, debía de haber hecho mucho más de lo posible; le atribulaba el pensamiento de que en una materia tan estrechamente relacionada con su interés hubiese permitido que éste prevaleciera sobre su quijotismo. El propio sacrificio exaltaba de tal manera su imaginación que la imposibilidad de realizarlo le desilusionaba bastante. Era su situación la del filántropo que, por motivos altruistas, edifica una casa para los pobres y se encuentra con que ha hecho un negocio lucrativo y que no puede evitar la satisfacción que siente viendo premiado lo que daba por perdido, pero con un extraño sentimiento que desmerece su acto virtuoso. Bateman Hunter sabía que su corazón estaba limpio, pero no se hallaba muy seguro de poder sufrir la escrutadora mirada de los ojos azules y fríos de Isabel Longstaffe cuando le explicara lo que sabía. Unos ojos que eran agudos y penetrantes. Ella medía la conducta de los demás por su propia meticulosa alteza de miras, y no podía haber mayor censura que el frío silencioso con que expresaba la desaprobación de una conducta que no satisfacía su rígido código. Sus juicios no tenían apelación, pues una vez que había decidido una cosa nunca se volvía atrás. Pero Bateman tampoco la quería diferente. Amaba no sólo la belleza de su persona, alta y esbelta, con un orgulloso porte de la cabeza, sino más aún la hermosura de su alma. Con su sinceridad, su rígido código del honor, le parecía que reunía todo lo más admirable de las mujeres de su país. Además, veía en ella algo más que el perfecto tipo de la mujer americana: sentía que su exquisitez era natural con cuanto le rodeaba, y estaba seguro de que ninguna otra ciudad del mundo, excepto Chicago, podía haberla albergado. Una angustia se apoderó de él cuando pensó que iba a asestar tan amargo golpe a su orgullo, y su corazón se encendió de ira al recordar a Eduardo Barnard. 
Al fin el tren entró en Chicago y su corazón se dilató al contemplar sus calles largas, de casas grises. A duras penas podía contener su impaciencia ante el pensamiento de la State y Wabash, con sus aceras como un hormiguero, su ruido y su tráfico arrollador. Y se sentía alegre de haber nacido en la ciudad más importante de los Estados Unidos. San Francisco era provinciano; Nueva York, vacuo; el futuro de América se cifraba en el desarrollo de sus posibilidades económicas, y Chicago, por su posición y por la energía de sus ciudadanos, estaba destinada a convertirse en la verdadera capital del país. 
«Espero vivir lo bastante para verla convertida en la mayor ciudad del mundo», se dijo Bateman a sí mismo cuando descendió en el andén. 
Su padre había venido a esperarle, y después de un vigoroso apretón de manos, salieron de la estación. Los dos eran altos, delgados, bien proporcionados, con lasmismas ascéticas facciones y labios finos. El automóvil de Mr. Hunter estaba esperándolos y subieron en él. Mr. Hunter advirtió la mirada orgullosa y feliz de su hijo contemplando las calles. 
—Estás contento de haber regresado, ¿verdad, muchacho? —le preguntó. 
—Sí… Creo que sí. 
Sus ojos devoraban el inquieto escenario. 
—Me parece que debe de haber aquí un poco más de tráfico que en tu isla de los mares del Sur —dijo riéndose Mr. Hunter—. ¿Te gustaría haberte quedado? 
—A mí dame Chicago, papá —contestó Bateman. 
—¿Ha venido contigo Eduardo Barnard? 
—No. 
—¿Qué ha sido de él? 
Bateman permaneció silencioso unos momentos, ensombrecido su rostro agradable y simpático. 
—Sería mejor no hablar de él, papá —dijo finalmente. 
—Está bien, hijo mío… Me parece que hoy tu madre será muy feliz. 
Salieron de las aglomeradas calles del Doop y continuaron a lo largo del lago hasta llegar a una casa señorial, una exacta copia del castillo de Loire, que Mr. Hunter había mandado edificar unos años antes. Tan pronto como Bateman estuvo solo en su habitación pidió un número por teléfono. Su corazón le dio una sacudida al oír la voz que le contestaba. 
—Buenos días, Isabel —dijo alegremente. 
—Buenos días, Bateman. 
—¿Cómo has reconocido mi voz? 
—No hace tanto tiempo que la oí por primera vez. Además, te estaba esperando. 
—¿Cuándo puedo verte? 
—A no ser que tengas otra cosa mejor que hacer, si quieres puedes venir a cenar esta noche con nosotros. 
—Tú sabes que no hay nada mejor para mí. 
—Supongo que vendrás lleno de noticias. 
Él creyó haber notado en su voz algo de aprensión. 
—Sí… —repuso. 
—Bien. Ya me las contarás esta noche. Adiós. 
Y colgó el teléfono. Era una característica suya el poder esperar tantas horas innecesarias para saber lo que tan inmensamente le concernía. Bateman veía en esto una admirable fortaleza.

Durante la cena con sus padres, Bateman estuvo observando cómo Isabel guiaba la conversación por los usuales derroteros, y le pareció que, de la misma manera, una marquesa bajo la sombra de la guillotina hubiera jugado con las preocupaciones de un día que no tendría mañana. Sus delicadas facciones, la aristocrática finura de su labio superior y la madeja de su cabello rubio, sugerían también a la marquesa, y esto ebookelo.com - Página 121 hubiese sido lo lógico, aun sabiendo que por sus venas corría la mejor sangre de Chicago. El comedor era un marco apropiado para su frágil belleza, porque Isabel había hecho amueblar su casa, copia de un palacio del Gran Canal de Venecia, por un inglés especializado en el estilo Luis XV, y la graciosa decoración, unida al nombre de este amoroso monarca, exaltaba su encanto y al mismo tiempo adquiría una significación más profunda. Isabel era una mujer instruida, y su conversación, aunque ligera, no era nunca vana. Habló del «Musicale», adonde había ido por la tarde con su madre, de las conferencias que un poeta inglés estaba dando en el «Auditorium», de la situación política, y de un cuadro antiguo que su padre había adquirido recientemente, por cincuenta dólares, en Nueva York. A Bateman le confortaba oírla. Sentía que estaba una vez más en el mundo civilizado, en el centro de la cultura y de la distinción, y algunas voces, que su voluntad no había podido acallar, enmudecieron al fin en su corazón. 
—¡Es un placer estar de regreso en Chicago! —dijo. 
Finalmente terminaron de cenar y, al salir del comedor, Isabel dijo a su madre: 
—Voy a llevarme a Bateman a mis dominios. Tenemos que hablar de varias cosas. 
—Muy bien, querida —dijo Mrs. Longstaffe—. Cuando hayas terminado nos encontrarás a tu padre y a mí en la habitación de Madame Du Barry. 
Isabel guió al joven escaleras arriba, introduciéndole en una habitación de la que tenía muy buenos recuerdos. Aunque la conocía sobradamente no pudo reprimir la exclamación de placer que siempre le producía. Ella miró a su alrededor con una sonrisa. 
—Me parece que es un éxito —dijo—. Lo principal es que todo sienta bien. No hay ni un cenicero que no sea de la misma época.
 —Supongo que será eso lo que hace tan exquisita esta habitación, que, como todo lo tuyo, está magníficamente bien.
 Se sentaron delante de la chimenea e Isabel le miró con sus ojos graves y serenos. 
—Ahora, ¿qué es lo que tienes que decirme? —preguntó. 
—No sé apenas cómo empezar. 
—¿Regresa Eduardo? 
—No. 
Hubo un largo silencio antes de que Bateman hablase de nuevo, y para cada uno estuvo lleno de varios pensamientos. Era una difícil historia la que tenía que contar, porque había cosas que ofenderían a Isabel, y le era desagradable contarla; sin embargo, en justicia, no sólo por ella, sino por él mismo, debía contar la verdad completa. 
Todo había empezado hacía tiempo, cuando él y Eduardo Barnard habían vuelto a encontrar a Isabel Longstaffe en un té dado con motivo de su presentación en sociedad. La habían conocido cuando ella era una niña y ellos unos muchachos de pantalones cortos. Isabel, durante dos años, había estado en Europa para terminar su educación, y fue con un sorprendido placer con el que renovaron su amistad cuando regresó la encantadora muchacha. Los dos se enamoraron locamente de ella, pero Bateman pronto se dio cuenta de que ella sólo tenía ojos para Eduardo y, leal a su amigo, se resignó al papel de confidente. Atravesó amargos momentos, pero no podía negar que Eduardo era digno de su buena fortuna, y deseoso de que nada pudiera turbar su amistad, que tanto apreciaba, procuró por todos los medios no descubrir sus sentimientos. Al cabo de seis meses estaban prometidos, pero como eran demasiado jóvenes, el padre de Isabel decidió que no se casaran hasta que Eduardo terminara la carrera. Tenían que esperar un año. Bateman recordaba aquel invierno, a fines del cual Isabel y Eduardo se casarían, como una época de bailes, de teatros y de todas las diversiones, en las que él, el constante tercero, estaba siempre presente. No la amaba menos porque dentro de poco fuera la esposa de su amigo; su sonrisa, una palabra cariñosa, la confianza de su afección, nunca cesaron de deleitarle; se alegraba y en parte le complacía no envidiar su felicidad. Pero entonces ocurrió un accidente. Quebró un Banco importante, originando un pánico en la Bolsa, y el padre de Eduardo Barnard, de la noche a la mañana, se vio en la ruina. Una noche regresó a su casa diciendo a su mujer que no tenía un céntimo y, después de cenar, encerrado en su despacho, se suicidó. Una semana más tarde, Eduardo, con un rostro cansado y pálido, fue a ver a Isabel y le pidió que rompiera su compromiso. Su única respuesta fue echarle los brazos al cuello y estallar en sollozos. 
—No hagas que este paso sea aún más duro para mí, querida mía —dijo él. 
—¿Crees que te voy a dejar marchar ahora? Te amo. 
—¿Cómo puedo pedirte que te cases conmigo? Todo está perdido. Tu padre no lo permitirá. No tengo un céntimo. 
—¿Qué importa? Te quiero. 
Entonces él expuso sus planes. Tenía que ganar dinero en seguida. George Braunschmidt, un viejo amigo de su familia, le había ofrecido emplearlo en su negocio. Era un comerciante de los mares del Sur y tenía agencias en muchas islas del Pacífico. Le había propuesto ir a Tahití durante un año o dos, donde, bajo la dirección de uno de sus mejores agentes, podría aprender los detalles de su variado comercio, y cuando pasara ese tiempo, terminado ya su aprendizaje, le prometía una colocación en Chicago. Era una magnífica oportunidad y cuando terminó sus explicaciones, Isabel estaba sonriendo de nuevo. 
—¡Qué majadero! Has estado tratando de hacerme desgraciada.
 Al oír sus palabras, su rostro se iluminó y sus ojos se encendieron. 
—Isabel… ¿Quieres decir que esperarás por mí? 
—¿No crees que eres digno de ello acaso? —repuso sonriendo. 
—¡Ah! No te rías ahora. Te ruego que lo tomes en serio. Serán dos años. 
—No tengo miedo. Te amo, Eduardo. Cuando regreses me casaré contigo. 
El comerciante que había proporcionado el empleo a Eduardo era un hombre a quien no le gustaba perder el tiempo y le había dicho que, si aceptaba, tenía que embarcar a los ocho días en San Francisco. Eduardo pasó la última noche con Isabel, y después de cenar, Mr. Longstaffe se lo llevó a su despacho diciéndole que quería hablarle. A su padre le había contado Isabel el acuerdo a que había llegado con su novio, y lo había aceptado de buena gana; así que Eduardo no podía imaginarse qué misteriosa cosa nueva tendría que decirle. Se quedó un poco perplejo cuando le vio cohibirse, titubear y, por último, hablar de cosas triviales, hasta que al fin le dijo: 
—Me parece que debe de haber oído hablar de Arnold Jackson —dijo mirando a Eduardo con el ceño fruncido. 
Eduardo vaciló. Su natural sinceridad le obligaba a reconocer aquella amistad que gustosamente hubiera querido negar entonces. 
—Sí, pero hace mucho tiempo, y me parece que no presté mucha atención. 
—Muy pocos serán los que en Chicago no hayan oído hablar de Arnold Jackson —dijo Mr. Longstaffe amargamente—. Y si los hay, no tendrán dificultad alguna en hallar a alguien que gustosamente les hable de él. ¿Sabe usted que era hermano de mi mujer? 
—Sí. 
—Naturalmente, no hemos tenido trato con él desde hace muchos años. Tan pronto como pudo abandonó el país y éste me parece que no sintió mucho verse libre de él. Tenemos entendido que vive en Tahití, y lo que quería decirle es que permanezca lo más alejado posible de su vecindad; pero si sabe algo de él, mi mujer y yo le agradeceríamos nos lo dijera. 
—Desde luego. 
—Esto es todo lo que tenía que decirle. Ahora vamos a reunirnos con las señoras. 
Hay pocas familias que no tengan alguien a quien, si la gente lo permitiera, olvidarían de buena gana, y que pueden considerarse afortunadas si con el paso de una o dos generaciones sus andanzas adquieren un romántico colorido. Pero cuando aún vive y sus actos han perjudicado a los demás, el único recurso posible es el silencio, y éste fue el camino que adoptaron los Longstaffe referente a Arnold Jackson. Nunca hablaban de él; ni siquiera pasaban por la calle donde había vivido y, demasiado compasivos para ver sufrir a su mujer y a sus hijos con sus calaveradas, la habían sostenido durante años, pero bajo la condición de que vivieran en Europa. Hicieron todo lo posible para borrar el recuerdo de Arnold Jackson, pero, sin embargo, se daban cuenta de que su memoria estaba tan reciente en la conciencia pública como cuando el primer escándalo cayó sobre el mundo boquiabierto. Arnold Jackson era una bala perdida, como puede haberla en cualquier familia. Un opulento banquero, bien considerado por la Iglesia; un filántropo, un hombre respetado por todos, y no sólo por su linaje —en sus venas corría la sangre azul de Chicago—, sino también por su recto carácter, y un día fue arrestado, acusado de fraude. La inmoralidad que el proceso descubrió no era de estas que se explican por una súbita tentación: era deliberada y sistemática. Arnold Jackson era un estafador. Cuando le condenaron a siete años de presidio fueron pocos los que no pensaron que había escapado demasiado bien. 
Cuando al final de aquella noche los enamorados se separaron, haciéndose mutuas promesas de fidelidad, Isabel, llorosa, se consolaba un poco con la seguridad del apasionado amor de Eduardo. Era algo extraño lo que sentía. La desquiciaba el separarse de él y, sin embargo, era feliz porque Eduardo la adoraba. 
De esto hacía más de dos años. 
Desde entonces él le había escrito veinticuatro cartas en conjunto, porque el correo era mensual y sus cartas habían sido lo que deben ser entre enamorados: íntimas y encantadoras, humorísticas algunas veces, especialmente las últimas, llenas de ternura. Al principio denotaban su nostalgia; estaban llenas de deseos de regresar a Chicago, y ella, un poco ansiosamente, le contestaba rogándole que perseverara. Temía que perdiera aquella oportunidad y que huyese; No quería que su prometido careciera de falta de voluntad y le escribió estas líneas:
 «Querido: Más no puedo amarte; si me quieres, no codicio más». 
Pero entonces ya parecía completamente aclimatado e Isabel se sintió feliz al observar su creciente entusiasmo por introducir los métodos americanos en aquel olvidado rincón del mundo. Pero como le conocía, al terminar el primer año, que era el tiempo mínimo que debía permanecer en Tahití, esperaba tener que usar de toda su influencia para disuadirle de regresar. Era mucho mejor que estudiase completamente el negocio, y si habían sido capaces de esperar un año, parecía no haber razón para que no pudieran esperar otro. Hablaba de esto con Bateman Hunter, siempre el más generoso de sus amigos; durante los primeros días después de la partida de Eduardo, no sabía lo que hubiera hecho sin él, y decidieron que el futuro de Eduardo era lo más importante. Y para ella fue una tranquilidad ver cómo pasaba el tiempo sin que hiciese ninguna sugestión para volver. 
—Es espléndido, ¿verdad? —dijo a Bateman. 
—Es un hombre cien por cien. 
—Leyendo entre líneas sus cartas, veo que odia todo eso, pero continúa fuerte… 
Enrojeció ligeramente y Bateman, con la grave sonrisa que era en él tan atractiva, terminó la frase por ella: 
—Porque te ama. 
—Eso me hace sentirme humilde —repuso ella. 
—Eres admirable, Isabel. 
Pero pasó el segundo año y cada mes Isabel continuaba recibiendo una carta de Eduardo: entonces empezó a parecerle un poco extraño que no hablara de su regreso. Escribía como si estuviera definitivamente establecido en Tahití y, lo que era más, confortablemente establecido. Estaba sorprendida. Entonces leyó sus cartas de nuevo, todas ellas varias veces, y, leyendo entre líneas, se quedó perpleja al notar un cambio que antes no había advertido. Las últimas cartas eran tan tiernas y agradables como las primeras, pero su tono era diferente. Desconfiaba vagamente de su humor; sentía la instintiva desconfianza de su sexo por esta inexplicable cualidad, y advirtió, además, una volubilidad que la confundió. No estaba completamente segura de que el Eduardo que le escribía entonces fuese el mismo Eduardo que había conocido. Una tarde, al día siguiente de haber llegado el correo de Tahití, cuando estaba paseando en coche con Bateman, éste le dijo: 
—¿Te ha dicho Eduardo cuándo embarca? 
—No, no lo menciona siquiera. Yo creí que te habría dicho algo.
 —Ya conoces cómo es Eduardo —y rió al responderle—. No tiene noción del tiempo. Si te acuerdas, cuando le escribas le preguntas cuándo volverá. 
Sus maneras eran tan despreocupadas que sólo la aguda perspicacia de Bateman pudo discernir en su ruego un ardiente deseo. 
Él se rió ligeramente. 
—Sí, se lo preguntaré, porque no puedo imaginarme qué piensa sobre eso. 
Unos días después, encontrándole de nuevo Isabel, adivinó que había algo que le preocupaba. Habían pasado muchos ratos juntos desde que Eduardo salió de Chicago y ambos, deseosos de hablar de él, encontraban en uno y otro un complacido oyente; la consecuencia fue que Isabel conocía cada expresión del rostro de Bateman, y sus negativas entonces fueron inútiles. Algo le decía que su cansada mirada tenía algo que ver con Eduardo, y no descansó hasta que terminó por contárselo todo. 
—El hecho es —dijo al fin— que he oído decir que Eduardo ya no trabaja en «Braunschmidt y Compañía», y ayer tuve la oportunidad de preguntárselo al mismo Mr. Braunschmidt. 
—¿Y qué? —Eduardo dejó su empleo hace cerca de un año. 
—¡Qué extraño…! Debía haber dicho algo sobre eso. 
Bateman vaciló, pero había ido demasiado lejos y ahora estaba obligado a contar el resto, sintiéndose terriblemente confuso. 
—Fue despedido… 
—¡Dios mío…! ¿Por qué? 
—Parece que le avisaron una o dos veces, y al fin le dijeron que se marchara. Dice que era perezoso e incompetente. 
—¿Eduardo? 
Permanecieron en silencio durante un rato, y luego se dio cuenta de que Isabel estaba llorando. Instintivamente cogió su mano. 
—¡Oh, no, querida! No puedo sufrir el verte llorar. 
Isabel se sentía tan abatida que dejó que su mano descansara en la suya. Bateman trató de consolarla. 
—Es incomprensible, ¿verdad? Tan impropio de Eduardo… No puedo menos de creer que debe de haber algún error. 
Durante un rato ella no dijo una palabra, y cuando habló lo hizo titubeando.
—¿No has notado que últimamente había algo extraño en sus cartas? —le preguntó sin mirarle, con los ojos brillantes de lágrimas. 
Bateman no supo exactamente qué contestar. 
—He notado un cambio en ellas —admitió—. Parece haber perdido aquella seriedad que tanto admiraba en él. Uno casi creería que las cosas que más importan… no tienen ya ninguna importancia. 
Isabel no contestó. Se sentía vagamente inquieta. 
—Quizá en la carta que conteste a la tuya te dirá cuándo regresa. Todo lo que podemos hacer es esperar hasta entonces con paciencia. 
Los dos recibieron otra carta de Eduardo, y nada les decía de su regreso; pero aún no había recibido la carta de Bateman preguntándole por su vuelta. El próximo correo debería traer su respuesta. Cuando ésta llegó, Bateman llevó a Isabel la carta que acababa de recibir, pero la sola vista de su rostro fue suficiente para advertir que estaba desconcertado. Leyó la carta miedosamente, y después, con los labios ligeramente apretados, volvió a leerla de nuevo. 
—Es una carta muy extraña —dijo—. No acabo de entenderla. 
—Yo casi creería que se está burlando de mí —dijo Bateman enrojeciendo. 
—Parece así, en efecto, pero debe de ser involuntario. No es propio de Eduardo. 
—No dice nada de su regreso. 
—Si no estuviera tan segura de su amor, pensaría… No sé lo que pensaría. Entonces Bateman expuso el plan que aquella misma tarde había trazado. La casa fundada por su padre, de la que era entonces socio, una casa que construía toda clase de vehículos a motor, estaba a punto de establecer unas agencias en Honolulú, Sidney y Wellington, y Bateman había propuesto que iría él mismo en vez de un agente, como se había pensado. Podría regresar por Tahití; de hecho, viniendo de Wellington, era inevitable hacerlo, y podría ver a Eduardo. 
—Aquí hay algún misterio que voy a esclarecer. Es el único camino que nos queda. 
—¡Ah, Bateman…! ¿Cómo puedes ser tan bueno y tan amable? 
—Ya sabes que nada hay en el mundo que me interese más que tu felicidad, Isabel. 
Ella le tendió sus manos. 
—Eres admirable, Bateman. Me parece que no hay nada en el mundo igual que tú. No sé cómo agradecértelo. 
—No quiero tu agradecimiento. Sólo deseo que me permitas ayudarte. 
Ella bajó los ojos y enrojeció ligeramente. Estaba tan acostumbrada a él que se había olvidado de lo atractivo que era. Tan alto como Eduardo y tan bien proporcionado, pero era moreno, mientras que Eduardo era rubio. Por supuesto sabía que él la amaba y esto la conmovía, haciéndole sentir una profunda ternura hacia él. 
Ahora Bateman regresaba de ese viaje. La parte de negocio que en él había le ocupó más de lo que esperaba; así es que no tuvo mucho tiempo para pensar en sus  dos amigos. Había llegado a la conclusión de que no podía ser nada serio lo que impedía el regreso de Eduardo. Quizá un orgullo que le impulsaba a querer hacerse digno antes de reclamar la novia que adoraba, pero era un orgullo que merecía ser razonado. Isabel no era feliz. Eduardo debía regresar a Chicago con ella y casarse en seguida. Se podría encontrar una colocación para él en la «Hunter Motor Traction Automobile Co. Bateman»; con el corazón acelerado se exaltaba ante la idea de dar la felicidad a las dos personas que más amaba en el mundo, y a costa de la suya. Nunca se casaría. Sería el padrino de los niños de Isabel y Eduardo, y muchos años después, cuando se hubieran muerto los dos, contaría a la hija de Isabel cómo hacía mucho, muchísimo tiempo había amado a su madre. Los ojos de Bateman estaban velados por las lágrimas cuando se imaginaba esa escena. 
Tratando de coger a Eduardo por sorpresa, no había cablegrafiado su llegada. Cuando desembarcó en Tahití cogió a un joven, que dijo ser hijo de la casa, para que le condujese al hotel de «La Fleur». Se imaginaba la sorpresa de su amigo, al ver al más inesperado de los visitantes entrando en su oficina. 
—A propósito —preguntó a su acompañante mientras caminaban—. ¿Puede usted decirme dónde encontraría a Mr. Eduardo Barnard? 
—¿Barnard? —dijo el joven—. Me parece conocer el nombre. 
—Un americano alto, de pelo castaño y ojos azules. Está aquí desde hace dos años. 
—Sí… Ahora ya sé quién quiere usted decir. El sobrino de Mr. Jackson. 
—¿Sobrino de quién? 
—De Arnold Jackson. 
—Me parece que no estamos hablando de la misma persona —contestó Bateman fríamente. 
Estaba sorprendido. Era extraño que Arnold Jackson, conocido por todos, viviese allí con el mismo y desgraciado nombre con que había sido condenado. Pero Bateman no podía imaginarse quién sería el que se hacía pasar por su sobrino. Mrs. Longstaffe era su única hermana. 
El joven, a su lado, hablaba volublemente en un inglés que a veces tenía la entonación de una lengua extranjera, y Bateman, con una mirada de soslayo, se dio cuenta de algo que no había notado antes: que había en él una buena parte de sangre indígena. Un gesto de altanería se mezcló involuntariamente en sus maneras. 
Llegaron al hotel. Cuando hubo arreglado lo referente a su habitación, Bateman pidió que le guiasen al domicilio de «Braunschmidt y Compañía». Estaba enfrente. De cara a la laguna, y satisfecho de sentir la tierra firme bajo sus pies, después de estar ocho días embarcado, se encaminó por la carretera, llena de sol, hacia la orilla del mar. Al llegar al sitio que buscaba, pasó su tarjeta al director y lo introdujeron, cruzando por una habitación alta como un granero, medio tienda y medio almacén, en una oficina donde estaba un hombre grueso y calvo, con lentes. 
—¿Puede usted decirme dónde podría encontrar a Mr. Eduardo Barnard? Tengo entendido que durante algún tiempo estuvo en esta casa. 
—Es cierto, mas ahora no sé dónde está. 
—Pero yo creí que había venido con una buena recomendación de Mr. Braunschmidt, que es un buen amigo mío. 
Aquel hombre obeso miró atónito a Bateman con ojos escrutadores y sospechosos y llamó seguidamente a uno de los dependientes del almacén. 
—Dime, Enrique, ¿sabes dónde está Barnard ahora? 
—Creo que trabaja en la casa Cameron —fue la respuesta de uno que no se tomaba la molestia de moverse. 
El director asintió. 
—Sí… Cuando salga de aquí tuerza hacia la izquierda y en tres minutos llegará a la casa Cameron. 
Bateman vaciló. 
—Me parece que debo decirle que Eduardo Bateman es mi mejor amigo. Me sorprendió el saber que había dejado la casa «Braunschmidt y Compañía». 
Los ojos del obeso director se contrajeron hasta parecer como dos puntas de alfiler, y su mirada hizo sentirse tan molesto a Bateman que enrojeció. 
—Me parece que «Braunschmidt y Compañía» y Eduardo Barnard no tenían el mismo punto de vista sobre ciertos asuntos —contestó. 
A Bateman no acababan de gustarle las maneras de aquel individuo; por eso se puso en pie, no sin dignidad, y excusándose por las molestias que había ocasionado se marchó con el presentimiento de que aquel hombre podía haberle dicho mucho más, pero que no tenía la más mínima intención de hacerlo. 
Anduvo en la dirección indicada y pronto encontró la casa Cameron. Era una tienda de comercio, semejante a la media docena que ya había encontrado en su camino, y al entrar, a la primera persona que vio, midiendo una pieza de algodón, fue a Eduardo. Al verle en tan bajo empleo sintió un estremecimiento, pero apenas había entrado, Eduardo, levantando la vista, dejó escapar un gozoso grito de sorpresa al verle. 
—Bateman… ¿Quién habría pensado en verte por aquí? 
Extendió su brazo sobre el mostrador y estrechó la mano de su amigo. No había en sus maneras la menor cortedad, y el embarazo era sólo de Bateman. 
—Espera a que haya envuelto este paquete. 
Con perfecta tranquilidad cortó con sus tijeras la pieza y la dobló, haciendo un paquete que entregó al bronceado parroquiano. 
—Pague en la caja, si hace el favor. 
Después, sonriendo, y con los ojos brillantes, se volvió hacia Bateman. 
—¿Cómo has aparecido por aquí? Estoy encantado de verte. Siéntate y haz como si estuvieras en tu casa. 
—Aquí no podemos hablar. Ven conmigo al hotel. Supongo que podrás salir — añadió con alguna aprensión. 
—Claro que puedo salir. No somos tan comerciantes en Tahití.
 Llamó a un chino que estaba detrás del mostrador de enfrente. —Ah-Ling, cuando venga el amo dile que un amigo mío acaba de llegar de América y que hemos salido juntos a tomar una copa. —Muy bien —dijo el chino haciendo una mueca. Eduardo descolgó su americana y se puso el sombrero, saliendo con Bateman del almacén. Éste trató de poner las cosas en su punto. —No esperaba encontrarte —dijo riéndose— vendiendo tres yardas y media de un algodón indecente a un negro grasiento. 
—Braunschmidt me despachó, como sabes, y pensé que lo mismo daba hacer esto que otra cosa. 
A Bateman aquella inocencia de Eduardo le pareció muy sospechosa, pero no juzgó discreto seguir por ese camino. 
—Creo que no harás fortuna donde estás —contestó algo secamente. 
—También creo yo que no, pero gano lo suficiente para vivir y estoy completamente satisfecho. 
—No lo hubieras estado hace dos años. 
—A medida que envejecemos nos hacemos más sabios —replicó Eduardo alegremente. 
Bateman le miró de arriba abajo. Llevaba un traje con unos raídos pantalones blancos, no muy limpios, y sombrero de paja del país. Estaba más delgado que antes, bronceado por el sol, y tenía ciertamente mejor aspecto que nunca, pero había algo en él que desconcertaba a Bateman. Caminaba con una desconocida vivacidad; había en su conducta un descuido, una alegría injustificada, que Bateman no podía precisamente reprobar, pero que con certeza le confundía. 
«Tendré suerte si averiguo de dónde le viene esa endiablada alegría», se dijo interiormente. 
Llegaron al hotel y se sentaron en la terraza. Un camarero chino les trajo los cócteles. Eduardo estaba ansioso de enterarse de todas las noticias de Chicago y bombardeaba a su amigo con preguntas apremiantes. Su interés era natural y sincero; pero lo raro era que estaba repartido por igual entre una multitud de cosas. Estaba tan interesado en saber cómo se encontraba su padre como en qué era lo que hacía Isabel. Hablaba de ella sin una sombra de embarazo, pero tanto podía haber sido su hermana como su novia, y antes de que Bateman hubiera podido analizar el exacto sentido de las preguntas de Eduardo, se encontró que la conversación había derivado hacia su propio trabajo y hacia las construcciones que su padre había llevado a cabo últimamente. Estaba decidido a llevar de nuevo la conversación sobre Isabel, y sólo esperaba la oportunidad cuando vio que Eduardo saludaba cordialmente con la mano. Un hombre avanzaba hacia ellos, pero Bateman estaba de espaldas y no podía verlo.
—Ven y siéntate —dijo Eduardo alegremente. 
El recién llegado se acercó. Era un hombre alto, con una elegante cabeza de pelo canoso y rizado. Vestía pantalones blancos. Su rostro era delgado, de nariz aguileña y boca expresiva. 
—Un viejo amigo, Bateman Hunter. Ya te he hablado de él —dijo Eduardo sin dejar de sonreír. 
—Tanto gusto en conocerle, Mr. Hunter. También conocía a su padre. 
El extranjero extendió su mano y estrechó la del joven con un fuerte y cordial apretón. No fue hasta entonces cuando Eduardo dijo su nombre. 
—Mr. Arnold Jackson. 
Bateman palideció y sintió que se le enfriaban las manos. Ése era el estafador, el penado, el tío de Isabel. No supo qué decir. Disimuló su confusión mientras Arnold Jackson le miraba con ojos brillantes. 
—Me parece que mi nombre le es conocido. 
Bateman no supo si contestar sí o no, y lo que hacía más angustiosa su situación es que tanto Jackson como Eduardo parecían realmente divertidos. Ya había sido bastante torpe el forzarle a trabar conocimiento con el único hombre que le habría gustado evitar en toda la isla, pero era aún peor el demostrar que se estaban burlando de él. 
Sin embargo, Jackson no le dio tiempo a reflexionar, porque añadió seguidamente: 
—Tengo entendido que intimaba bastante con los Longstaffe: María Longstaffe es mi hermana. 
Bateman se preguntó entonces si Arnold Jackson creería que ignoraba el más terrible escándalo que había conocido Chicago.
 Jackson puso su mano en el hombro de Eduardo. 
—No puedo sentarme, Teddy —dijo—. Estoy ocupado. Pero, si no tenéis inconveniente, podéis subir a cenar conmigo esta noche. 
—Me parece muy bien —dijo Eduardo. 
—Muy amable, Mr. Jackson —dijo Bateman fríamente—. Pero, estoy aquí por tan poco tiempo y como mi barco sale mañana, creo que me perdonará si no voy. 
—Tonterías… Le ofreceré una cena indígena. Mi mujer es una admirable cocinera. Teddy le guiará. Vengan pronto para ver la puesta del sol. Les prestaré un par de sillones, si quieren. 
—Claro que iremos —dijo Eduardo—. Siempre hay un barullo endiablado en el hotel cuando llega un barco, y encontraremos un buen descanso en tu bungalow. 
—No puedo dejarle marchar, Mr. Hunter —continuó Jackson con la mayor tranquilidad—. Quiero saber noticias de Chicago y de María. 
Antes de que Bateman pudiera decir una palabra saludó y se marchó. 
—No te niegues a nada en Tahití —le dijo Eduardo riéndose—. Además, vas a probar la mejor cena de la isla.  
—¿Qué quería decir cuando habló de que su mujer era una buena cocinera? Supe por casualidad que su esposa estaba en Génova. 
—Está muy lejos, ¿verdad? Hace mucho tiempo que no la ve. Me parece que está hablando de otra mujer. 
Por algún tiempo Bateman permaneció silencioso. Su rostro parecía tallado con duros rasgos, pero levantando la vista se encontró con la divertida mirada de Eduardo, que le inspeccionaba, y enrojeció. 
—Jackson es un bandido despreciable —dijo. 
—Me temo que sí —contestó Eduardo sonriendo. 
—Yo no sé cómo un hombre honrado puede tener tratos con él. —Quizá yo no soy un hombre honrado. 
—Eduardo, ¿le ves mucho? 
—Sí… Me ha adoptado como sobrino. 
Bateman se inclinó hacia delante y fijó en Eduardo sus ojos escrutadores. 
—¿Te es simpático? 
—Mucho. 
—¿Pero tú no sabes? Todo el mundo está enterado de que es un estafador y que ha sido condenado. Debería ser arrojado de una sociedad civilizada. 
Eduardo contempló el anillo de humo de su cigarrillo, que flotaba en el aire perfumado y tranquilo. 
—Me parece que es un redomado sinvergüenza —dijo por fin—. Y no puedo vanagloriarme de haberle visto ninguna muestra de arrepentimiento por sus trastadas ni dado ninguna excusa que las atenúe. Fue un estafador y un hipócrita, pero uno no puede apartarse de él. Jamás encontré compañía más agradable. Me ha enseñado todo lo que sé. 
—¿Qué es lo que te ha enseñado? —gritó Bateman. 
—A vivir. 
Bateman soltó una irónica carcajada. 
—Excelente maestro. El haber perdido la ocasión de hacerte un porvenir y el encontrarte ahora sirviendo detrás del mostrador de un almacén al detall para ganarte la vida, ¿se debe a sus lecciones? 
—Tiene una admirable personalidad —dijo Eduardo sonriendo con buen humor —. Quizá comprendas esta noche lo que quiero decir. 
—No pienso ir esta noche a cenar con él, si es esto lo que quieres decir. Nada puede obligarme a poner los pies en casa de ese hombre. 
—Ven por mí, Bateman. Hemos sido buenos amigos durante muchos años y no puedes negarme un favor que te pida. 
El tono de Eduardo tenía un sonido nuevo para Bateman. Su suavidad era singularmente persuasiva. 
—Si pones las cosas así, Eduardo, no tendré más remedio que acompañarte. 
Se sonrió. Bateman, además, pensó que sería conveniente saber lo que pudiera de Arnold Jackson. Estaba claro que tenía un gran ascendiente sobre Eduardo, y si era necesario combatirlo, bueno era saber en qué consistía. Cuanto más hablaba con Eduardo más se convencía del cambio que se había operado en él. Comprendió que esto le obligaría a obrar más lentamente, y decidió no manifestar el verdadero motivo de su visita hasta ver su camino más claramente. Empezó a hablar de una cosa y de otra, de su viaje, de lo que había conseguido en él, de la política de Chicago, de sus amigos comunes y de los días que pasaron en el colegio. 
Al fin Eduardo dijo que tenía que volver a su trabajo y aseguró que le volvería a buscar a las cinco para ir juntos a casa de Arnold Jackson. 
—A propósito, creía que vivías en este hotel —dijo Bateman cuando salió del jardín con Eduardo—. Tengo entendido que es el único decente. 
—No para mí —contestó riendo Eduardo—. Es demasiado grande. Tengo alquilada una habitación en las afueras de la ciudad. Es barata y limpia. 
—Si no recuerdo mal, no era eso a lo que dabas más importancia cuando vivías en Chicago… 
—¡Chicago…! 
—No sé qué quieres decir, Eduardo. Es la mayor ciudad del mundo. 
—Lo sé —contestó él. 
Bateman le miró rápidamente, pero su rostro era inescrutable. —¿Cuándo regresas? 
—Me lo he preguntado muchas veces —repuso Eduardo sonriendo. 
Esta respuesta, y la forma en que la hizo, hicieron vacilar a Bateman, pero antes de que pudiera pedirle una explicación, Eduardo hizo seña a un mestizo que pasaba conduciendo un coche. 
—Llévame, Carlos —le dijo. 
Saludó a Bateman y corrió hacia el coche, que se había detenido unos metros más adelante. Bateman se quedó de una pieza, sumido en un mar de perplejas impresiones. 
Eduardo le vino a buscar con un carricoche tirado por una vieja yegua y cogieron una carretera que bordeaba el mar. A cada lado había plantaciones de cocos y vainilla, con sus frutos amarillos y rojos, entre una masa de hojas verdes. A ratos alcanzaban una fugitiva vista de la laguna, lisa y azul, salpicada aquí y allá con algún pequeño islote, con algo de ensueño en sus esbeltas palmeras. 
La casa de Arnold Jackson estaba situada en una pequeña colina y sólo un sendero conducía a ella; así es que desengancharon la yegua atándola a un árbol, y dejaron el coche a un lado del camino. A Bateman le pareció una manera sencilla y cómoda de hacer las cosas. 
Cuando subían hacia la casa se encontraron con una esbelta y hermosa mujer indígena, de edad madura, a la que Eduardo estrechó cordialmente la mano. Después presentó a Bateman.
—Mi amigo, Mr. Hunter. Vamos a cenar con vosotros, Lavina. 
—Muy bien —repuso con una rápida sonrisa—. Arnold todavía no ha vuelto. 
—Iremos a bañarnos. Nos darás un par de pareos. 
Ella asintió entrando en el bungalow. 
—¿Quién es? —preguntó Bateman. 
—Es Lavina. La mujer de Arnold. 
Bateman apretó los labios, pero no dijo nada. Al cabo de unos instantes estaba de vuelta con un lío que entregó a Eduardo, y los dos hombres, por una escarpada senda, se encaminaron hacia un grupo de cocoteros que había en la playa. Se desnudaron y Eduardo enseñó a su amigo cómo se convertía aquel pedazo de tela de algodón rojo, que los nativos llaman pareo, en taparrabos. Después se chapuzaron en el agua caliente y poco profunda. Eduardo estaba de excelente humor. Reía, gritaba y cantaba. Parecía tener quince años. Bateman nunca lo había visto tan alegre. Después del baño se tumbaron en la arena para fumar un cigarrillo en aquel límpido ambiente. En Eduardo había una despreocupación tan irresistible que Bateman estaba confuso. 
—Parece que encuentras la vida muy agradable —dijo. 
—Es cierto. Oyeron un ligero ruido, y al volver la vista vieron venir hacia ellos a Arnold Jackson. 
—Ya me imaginé que tendría que bajar a buscarles —dijo—. ¿Le ha gustado el baño, Mr. Hunter? 
—Mucho —contestó Bateman. 
Arnold Jackson no llevaba ya su traje habitual, sino el sencillo pareo, e iba descalzo. Su cuerpo estaba bronceado por el sol. Con su pelo blanco, largo y rizado y su ascético rostro tenía una fantástica figura, realzada por el traje indígena, que llevaba con la más completa despreocupación. 
—Si están listos podemos ir a casa —dijo Jackson. 
—Un momento sólo para vestirme —exclamó Bateman. 
—Pero, Teddy, ¿no le has dado un pareo? 
—Me parece que prefiere su traje —repuso Eduardo sonriendo. —Desde luego —contestó Bateman secamente cuando vio a Eduardo con el taparrabos y dispuesto a seguir a Jackson, antes de que hubiera tenido tiempo de ponerse la camisa. 
—¿No encuentras molesto el caminar descalzo? —preguntó Eduardo—. Me parece que el sendero es un poco escarpado. 
—¡Qué va! Estoy acostumbrado. 
—Es una comodidad ponerse el pareo cuando uno vuelve de la ciudad —dijo Jackson—. Si usted se quedara se lo recomendaría. Es uno de los vestidos más cómodos que he visto. Fresco, conveniente y barato. 
Subieron hacia la casa y, cuando llegaron, Jackson les llevó a una espaciosa habitación de paredes blancas y techo alto, donde había una mesa dispuesta para la comida. 
Bateman contó cinco cubiertos. 
—Eva, ven y preséntate tú misma al amigo de Teddy —dijo Jackson—. Después prepáranos un cóctel. 
Llevó a Bateman a una ventana amplia, situada a poca altura. 
—Ahora mire esto —le dijo con acento dramático—. Mire bien…
 Debajo de ellos los cocoteros se escalonaban hacia la laguna, que bajo la luz del crepúsculo tenía el color variado y suave de las plumas de una paloma. En una ensenada, a poca distancia, se veía un grupo de chozas indígenas, y, navegando hacia los arrecifes, una canoa, resaltando nítidamente con los indígenas pescadores; más allá se extendía la vasta calma del Pacífico, y veinte millas más lejos, aérea e inmaterial, como creada por la imaginación de un poeta, se veía la belleza irreal de la isla de Murea. 
Era un panorama tan bello que Bateman permaneció extasiado.
 —Nunca he visto nada igual a esto —murmuró al fin. 
Arnold Jackson permanecía mirando a lo lejos, y en sus ojos había una ensoñadora suavidad. Su rostro, delgado y pensativo, tenía una extraña gravedad, y Bateman, al mirarle, se dio cuenta de su valor espiritual. 
—La belleza… —murmuró Arnold Jackson—. Pocas veces la verá cara a cara. Mire bien, Mr. Hunter, porque esto que ahora contempla nunca lo volverá a ver, porque el momento es fugitivo; sin embargo, quedará como una imperecedera memoria en su corazón. Está usted tocando la eternidad. 
Su voz era honda y persuasiva. Parecía despertar en torno suyo el más puro idealismo, y Bateman tuvo que esforzarse para recordar que el hombre que así hablaba era un criminal y un bandido despiadado. 
Oyeron unos pasos y se volvieron rápidamente, menos Eduardo.
 —He aquí a mi hija, Mr. Hunter. 
Bateman estrechó su mano. Tenía unos espléndidos ojos negros y una boca de carmín que temblaba con su risa; pero su tez tenía el color del bronce y sus cabellos rizados, que caían ondulantes sobre sus hombros, eran negros como el azabache. Sólo llevaba una túnica indígena, de color rosa; sus pies estaban descalzos y se adornaba la cabeza con un ramillete de flores blancas y olorosas. Era una hermosa criatura: como una diosa de la primavera de la Polinesia. 
Parecía un poco cohibida, pero no más que Bateman, para quien la situación era bastante embarazosa, y no logró hacerle recobrar el dominio de sí mismo el ver a aquella muchacha, con aspecto de sílfide, coger una coctelera y preparar con mano experta una bebida. 
—Déjanoslo probar, Eva —dijo Jackson. 
Ella sirvió tres copas y sonriendo deliciosamente les alargó una a cada uno. Bateman, que se alababa de su habilidad en el arte de hacer cócteles, se quedó asombrado al encontrar aquél tan exquisito. Jackson se sonrió orgullosamente cuando vio la involuntaria mirada de aprobación de su huésped. 
—No está mal, ¿verdad? Se lo he enseñado yo. En mis buenos tiempos, en Chicago, no había en toda la ciudad un barman capaz de superarme. Cuando no tenía nada que hacer en la cárcel me entretenía inventando nuevos cócteles; pero en un país cálido no hay nada mejor que un Martini seco. 
Bateman sintió como si alguien le hubiera asestado un golpe en la cabeza, y se dio cuenta de que enrojecía primero para palidecer después. Pero antes de poder pensar en lo que iba a decir, un muchacho indígena trajo una sopera y todos se sentaron a cenar. La observación de Arnold Jackson parecía haber despertado sus recuerdos, porque empezó a hablar de sus días de presidio. Hablaba con toda naturalidad, sin malicia, como si les estuviera contando sus experiencias de una Universidad extranjera. Se dirigía a Bateman y éste se sentía confuso y cohibido. Veía los ojos de Eduardo fijos en él, con un divertido destello. Enrojeció porque creyó que Arnold Jackson se estaba burlando de él, y después, porque le pareció absurdo y no había razón para ello, se enfadó consigo mismo. Arnold Jackson era un sinvergüenza; no había otra palabra para calificarle, y su insensibilidad, fingida o no, resultaba ultrajante. La cena continuaba. A Bateman le ofrecieron diversos platos: pescado crudo y no supo qué otras cosas más, que sólo su cortesía le obligaba a comer, pero que después, lleno de asombro, encontraba exquisitas. 
Entonces ocurrió un incidente que fue para Bateman la experiencia más molesta de la tarde. Había un pequeño ramo de flores, delante de él y, para hablar de alguna cosa, aventuró una pregunta sobre aquel ramo. 
—Es una corona que Eva hizo para usted —contestó Jackson—. Me parece que es demasiado tímida para atreverse a dársela. Bateman la cogió y en pocas palabras dio las gracias a la muchacha. 
—Tiene que ponérsela —dijo ésta sonriendo y sonrojándose. 
—¿Yo? No… No… 
—Es una simpática costumbre del país —dijo Arnold Jackson.
 Había otra delante de él y se la puso en la cabeza. Eduardo hizo lo mismo. 
—No creo que esté vestido para que me siente bien —repuso Bateman molesto. 
—¿Quiere un pareo? —preguntó Eva rápidamente—. Se lo traigo en un minuto. 
—No, gracias. Estoy muy cómodo así. 
—Enséñale cómo se pone, Eva —dijo Eduardo. 
En aquel momento Bateman odiaba a su amigo. Eva se levantó de la mesa y, riéndose, colocó la corona sobre su cabeza. 
—Le sienta muy bien —dijo la mujer de Jackson—. ¿No te parece, Arnold? 
—Claro que sí. 
Bateman sudaba. 
—Es una lástima que esté ya tan oscuro —dijo Eva—. Podríamos habernos retratado los tres juntos. 
Bateman agradeció a su buena suerte que así fuera. Comprendía que debía de estar formidablemente ridículo con su traje azul, limpio cuello alto y con aquella absurda corona de flores en la cabeza. Su indignación se desbordaba y nunca en su vida había tenido que ejercer más dominio sobre sí mismo que entonces para mostrarse amable y cortés. Se sentía furioso contra aquel viejo sentado a la cabecera de la mesa, medio desnudo, con su rostro patriarcal y las flores sobre sus cabellos. Aquella situación era ilógica. 
Cuando acabó la cena, Eva y su madre se quedaron quitando la mesa mientras los hombres se sentaban en la veranda. La temperatura era cálida y el aire estaba impregnado del aroma de las blancas flores de la noche. La luna llena, navegando por un cielo sin nubes, trazaba su camino sobre el mar inmenso, que iba a perderse en los infinitos dominios de la eternidad. Arnold Jackson empezó a hablar. Su voz era rica y armoniosa. Habló entonces de los indígenas y de las viejas leyendas del país. Contó extrañas historias del pasado, historias de azarosas expediciones a lo desconocido, del amor y de la muerte, del odio y de la venganza… Habló de los aventureros que habían descubierto estas islas distantes, de los marinos que habiéndose establecido en ellas se habían casado con las hijas de los grandes jefes, y de los desterrados que habían llevado su azarosa vida en aquellas costas plateadas. Bateman, molesto y exasperado al principio, escuchaba de mala gana, pero, después, algo de la magia de aquellas palabras se apoderó de él encadenándolo. El reflejo de la leyenda oscurecía la luz de los días vulgares. Olvidó que Arnold Jackson tenía un maravilloso don de palabra, con el que había conseguido obtener sumas de dinero del crédulo público y que, gracias a ese don, había estado a punto de escapar del castigo que merecían sus crímenes. Nadie tenía más suave elocuencia ni nadie más agudo sentido de la situación.
 Súbitamente se levantó. 
—Bien, muchachos. Hace mucho tiempo que no os habéis visto y os dejo para que habléis libremente. Teddy le enseñará la habitación cuando quiera acostarse. 
—No voy a quedarme aquí a pasar la noche, Mr. Jackson —exclamó Bateman. 
—Le será más cómodo. Ya cuidaremos de avisarle con tiempo. Y con un cortés apretón de manos, Arnold Jackson se despidió de su huésped. 
—Si quieres, claro que te llevaré a Papeiti —dijo Eduardo—. Pero te aconsejo que te quedes. Es una locura ponerse en camino de madrugada. 
Durante unos minutos permanecieron silenciosos. Bateman se preguntaba cómo iba a empezar la conversación que todos los acontecimientos del día habían hecho más urgente. 
—¿Cuándo regresas a Chicago? —pregunto de repente. 
Eduardo tardó en contestar. Después se volvió un poco perezosamente hacia su amigo y se sonrió.  
—No sé…, quizá nunca. 
—¡Dios mío! ¿Qué quieres decir? —exclamó Bateman. 
—Aquí soy feliz. ¿No sería una locura cambiar? 
—Pero, hombre… No puedes pasar aquí toda la vida. Ésta no es vida para un hombre. Es una vida muerta. Eduardo, vuelve en seguida, antes de que sea demasiado tarde. Ya me parecía que algo había sucedido. Estás dominado por esta tierra, has sucumbido a sus diabólicas influencias, pero esto sólo necesita un cambio; cuando te veas libre de estos alrededores darás gracias a Dios. Te sentirás como un enfermo a quien han arrancado la droga que le consumía. Entonces comprenderás que durante dos años has estado respirando un aire envenenado. No te puedes imaginar la satisfacción que vas a sentir cuando respires de nuevo, a pleno pulmón, los aires frescos y puros de tu patria. 
Había hablado rápidamente, atropellándose una palabra con otra en su excitación, y hubo en su voz tan sincera y apasionada emoción que Eduardo se sintió conmovido. 
—Gracias por preocuparte de mí, viejo amigo… 
—Vente mañana conmigo, Eduardo. Fue un error el que vinieras. Ésta no es vida para ti. 
—Hablas de clases de mi vida, pero ¿cómo crees tú que un hombre consigue lo mejor de la vida? 
—¿Cómo? Para mí sólo hay una manera de contestar a esta pregunta. Cumpliendo el deber, trabajando y no rehuyendo las obligaciones que tiene cada uno según su estado y condición. 
—¿Y cuál es su recompensa? 
—Su recompensa está en la satisfacción de haber conseguido lo que se había propuesto. 
—Eso tiene algo de retórica —contestó Eduardo. Bajo la claridad de la noche, Bateman pudo ver que sonreía—. Me temo que pienses que he degenerado lamentablemente. Hay cosas en las que hoy creo y que me hubieran parecido ultrajantes hace tres años. 
—¿Las has aprendido de Arnold Jackson? 
—¿No te es simpático? Quizá no. Es lógico. Tampoco a mí me lo fue la primera vez que le vi. Tenía exactamente los mismos prejuicios que tú. Pero es un hombre extraordinario. Tú mismo has visto que no oculta el hecho de haber estado en la cárcel. Yo no sé si es eso lo que le pesa o los crímenes que a ella le llevaron. La única queja que le he oído es que cuando salió su salud estaba quebrantada. Yo creo que no sabe lo que es remordimiento. Es completamente amoral. Lo acepta todo, y por eso se acepta igual a sí mismo. Además, es generoso y amable. 
—Siempre lo fue —le interrumpió Bateman—. Pero con el dinero ajeno. 
—He encontrado en él a un buen amigo. ¿No es natural que considere a un hombre tal como yo lo he conocido? 
—El resultado es que has perdido la distinción entre lo bueno y lo malo. 
—No… Permanece en mí tan clara como antes; lo único que se ha hecho un poco más confuso es la distinción entre el hombre bueno y el malo. ¿Arnold Jackson es un hombre malo que hace cosas buenas o un buen hombre que hace cosas malas? Es una cuestión difícil de resolver. Quizá demos demasiada importancia a la diferencia de un hombre con otro. Quizá hasta el mejor de nosotros es un pecador y el peor un santo. ¿Quién sabe? 
—Nunca me convencerás de que lo blanco es negro y lo negro blanco —dijo Bateman. 
—Estoy seguro que no. 
Bateman no pudo comprender qué significaría aquella sonrisa que cruzó por los labios de Eduardo cuando asintió tan rotundamente a sus palabras. Eduardo permaneció silencioso durante unos instantes. 
—Cuando te vi esta mañana, Bateman —continuó después—, me pareció verme a mí mismo hace tres años. El mismo cuello, los mismos zapatos, el mismo traje azul, la misma energía, la misma determinación… ¡Dios…! Entonces me sentía lleno de dinamismo y de actividad. Los soñolientos métodos de este país hacían hervir mi sangre. Por todas partes donde iba encontraba posibilidades de desarrollar y crear empresas. Había materia para hacer fortunas. Por ejemplo, me pareció absurdo que se llevara de aquí la copra en sacos a América para extraer el aceite, cuando sería mucho más económico hacerlo todo en el mismo sitio, con los salarios más bajos y sin los gastos de transporte. Yo me imaginé factorías en las islas. También la forma de vaciar los cocos me pareció desesperanzadora e inadecuada, e inventé una máquina que partía el coco y sacaba la pulpa en una proporción de doscientos cuarenta por hora. El puerto no era bastante grande; hice planos para agrandarlo y después formar un sindicato para comprar terrenos en los que se edificarían dos o tres grandes hoteles y bungalows para los residentes temporales. Formé un plan para mejorar el servicio de vapores con el fin de atraer los turistas de California. Para dentro de treinta años, en vez de esta medio francesa y perezosa ciudad de Papeiti, me imaginé una gran ciudad americana, con grandes almacenes, tranvías, teatros, ópera, bolsa, y un alcalde… 
—¡Adelante, Eduardo…! ¡Qué porvenir…! —exclamó Bateman saltando excitado de su asiento—. Tienes planes y capacidad para realizarlos. Serás el hombre más rico que exista entre Australia y los Estados Unidos. 
Eduardo se rió suavemente entre dientes. 
—Pero no quiero serlo —dijo. 
—Dices que no quieres ganar dinero, muchísimo dinero, millones… ¿Sabes lo que podrías hacer con él? ¿Sabes el poder que lleva consigo? Y si no te interesa a ti, imagínate sólo lo que puedes hacer, los nuevos horizontes que abrirías para las empresas humanas, la ocupación que darías a miles de seres. Mi cabeza da vueltas ante las visiones que han despertado tus palabras. 
—Entonces siéntate, querido Bateman —exclamó Eduardo riéndose—. Mi máquina para cortar cocos permanecerá eternamente inactiva, y por mí, los tranvías jamás circularán por las perezosas calles de Papeiti… 
Bateman se hundió pesadamente en su silla. 
—No te entiendo —murmuró. 
—Yo lo entendí poco a poco. Llegué a gustar la vida de esta tierra, con su facilidad y su ocio; llegué a simpatizar con la gente, de natural bondadoso; con sus rostros felices y sonrientes… Empecé a pensar. Nunca había tenido tiempo hasta entonces para hacerlo. Empecé a leer… 
—Tú siempre leíste. 
—Leía para mis exámenes. Leía para poder expresarme mejor. Leía para instruirme. Aquí aprendí a leer a gusto. Y aprendí a hablar. ¿No sabes que la conversación es uno de los mayores placeres de la vida? Pero se necesita que no se haga nada. Antes, siempre había estado demasiado ocupado y, poco a poco, aquella vida que me había parecido tan importante empecé a encontrarla común y vulgar. ¿Qué pretendéis con todo ese ruido y con esa lucha constante? Ahora pienso en Chicago y veo una oscura ciudad gris, toda de piedra, como una cárcel, y en una incesante agitación. ¿Y de qué sirve toda esa actividad? ¿Nos proporciona acaso lo mejor de la vida? ¿Hemos venido al mundo para correr a una oficina y trabajar, hora tras hora, hasta la noche, y entonces correr a casa, cenar, para ir después al teatro? ¿Es así como yo debo gastar mi juventud? La juventud es tan corta, Bateman… Y en mi vejez, ¿qué es lo que me espera? Otra vez correr de mi casa a la oficina, por la mañana; trabajar hora tras hora hasta la noche, y entonces correr a casa de nuevo y cenar, para ir luego al teatro. Esto quizá valga la pena si uno se hace rico. Depende del carácter de cada uno; pero, si no, ¿vale la pena entonces? De mi vida quiero sacar algo más que eso, Bateman… 
—¿Qué es lo que aprecias de la vida, entonces? 
—Me temo que te vas a reír de mí. Aprecio la belleza, la sinceridad y la bondad. 
—¿Y eso no lo puedes encontrar en Chicago? 
—Algunas personas, quizá; yo, no. 
—Eduardo se puso en pie—. Te digo que cuando pienso en la vida que he llevado antes, me siento lleno de horror —exclamó violentamente—. Tiemblo con espanto al pensar del peligro que he escapado. Nunca supe que tenía un alma, hasta que la encontré aquí. Si llego a seguir siendo rico la hubiera perdido completamente. 
—No sé cómo puedes decir esto —gritó Bateman indignado—. A menudo solíamos tener discusiones sobre esto mismo. 
—Sí. Lo sé. Discusiones tan inútiles como las de los sordos sobre la armonía… No volveré nunca a Chicago, Bateman. 
—¿E Isabel? 
Eduardo caminó hasta el extremo de la veranda, e inclinándose, miró intensamente el mágico azul de la noche. Había una ligera sonrisa en su rostro cuando se volvió hacia Bateman. 
—Isabel es infinitamente demasiado buena para mí. La admiro más que a ninguna de las mujeres que he conocido. Tiene un talento admirable; es buena y es hermosa. Respeto su energía y su ambición. Ha nacido para ser un éxito en la vida y yo soy indigno de ella. 
—No lo cree ella así. —Pero tú se lo debes decir, Bateman. 
—¿Yo? —exclamó él—. Soy la última persona que puede decir eso. 
Eduardo daba la espalda a la vivida luz de la luna y su rostro permanecía en la sombra. ¿Sería posible que continuara sonriendo? 
—Será inútil que trates de ocultarle alguna cosa, Bateman. Con su inteligente habilidad te lo sonsacará todo en cinco minutos. Es mejor que se lo cuentes todo desde el principio. 
—No sé lo que quieres decir, pero, naturalmente, tendré que decirle que te he visto. —Bateman hablaba con alguna agitación—. Pero, honradamente, no sé qué contaré. 
—Dile que no he conseguido nada. Dile que no sólo soy pobre, sino que, además, estoy contento de serlo. Dile que me echaron de mi colocación por perezoso e inepto. Dile lo que has visto esta noche y lo que te he dicho. 
La idea que cruzó repentinamente por el cerebro de Bateman le hizo ponerse en pie de un salto; con invencible turbación se encaró con Eduardo. 
—Pero, hombre de Dios, ¿no quieres casarte con ella? 
—No podré pedirle nunca que me releve de mi promesa. Si quiere valerse de ella, haré todo lo que pueda por ser un marido cariñoso y bueno. 
—¿Quieres que le diga esto también, Eduardo…? Pero no puedo; es terrible. Nunca, ni por un momento, se ha imaginado que tú no quieres casarte con ella. Te ama. ¿Cómo voy a causarle ese dolor? 
Eduardo se sonrió de nuevo. 
—¿Por qué no te casas con ella, Bateman? Tú estás enamorado de Isabel desde hace tiempo y parecéis hechos el uno para el otro. Tú la harás feliz. 
—No me hables así, no puedo sufrirlo. 
—Renuncio en favor tuyo, Bateman. Tú eres el mejor de los dos.
 Había algo en el tono de Eduardo que hizo que Bateman levantara la vista rápidamente, pero sus ojos estaban graves y serios. Bateman no sabía qué decir. Estaba desconcertado. Se preguntaba si Eduardo sospecharía que había ido a Tahití especialmente para eso. Comprendía que era horrible, pero su corazón rebosaba de alegría. 
—¿Qué harías si Isabel te escribiera rompiendo contigo? —dijo lentamente. 
—No me moriría —contestó Eduardo. 
Pero Bateman estaba tan agitado que ni siquiera oyó su respuesta. 
—Me gustaría que estuvieses vestido como un hombre —dijo irritado—. Es terriblemente seria la determinación que has tomado, pero ese fantástico traje que llevas le quita toda importancia. 
—Te aseguro que puedo estar tan serio y solemne con un pareo y una corona de flores como con chistera y levita y guante blanco.
 Entonces Bateman tuvo otro pensamiento. 
—Eduardo, no es por mí por quien haces eso, ¿verdad? No sé, pero tu determinación puede significar un tremendo cambio en mi porvenir. ¿No te estás sacrificando por mí? Comprendo que no podría pasar por eso. 
—No, Bateman. Aquí he aprendido a no ser ni tonto ni sentimental. Me gustaría que tú e Isabel fuerais felices, pero no tengo la más mínima intención de ser desgraciado o sacrificarme por nadie. 
Esta respuesta heló un poco a Bateman. Le pareció bastante cínica. A él no le hubiera dolido desempeñar un papel tan noble.
 —Entonces, ¿te sientes satisfecho de malgastar tu vida aquí? Es poco menos que un suicidio. Cuando pienso en las grandes esperanzas que tenías cuando estábamos en el colegio, me parece imposible que puedas contentarte con ser un dependiente de almacén. 
—¡Ah! Estoy ahí sólo de momento, adquiriendo una gran experiencia. Tengo otros planes. Arnold Jackson posee una pequeña isla en las Pamotus, a unas mil millas de aquí, un círculo de tierra rodeado de una laguna. Debe de ser un lugar ideal. Ha plantado cocoteros y me ha dicho que me la regalaría.
 —¿Por qué? —preguntó Bateman. 
—Porque si Isabel me releva de mi palabra me casaré con su hija. 
—¿Tú? —Bateman se había quedado como herido por un rayo—. No puedes casarte con una mestiza. Tu locura no llegará a tanto… 
—Es una buena muchacha y tiene un carácter dulce y agradable. Creo que me hará feliz. 
—¿Estás enamorado? 
—No lo sé —contestó Eduardo pensativamente—. No estoy enamorado de ella como lo estaba de Isabel. Adoraba a Isabel. Para mí es la más admirable criatura que jamás he visto. No era ni la mitad digno de ella. No me considero así respecto a Eva. Es como una flor, exótica y bella, que hay que proteger. Yo deseo protegerla. Ni una vez se me ocurrió hacer otro tanto con Isabel. Además, creo que me ama por lo que soy, no por lo que llegaré a ser, y suceda lo que suceda no la defraudaré. Me gusta. 
Bateman permaneció silencioso. 
—Debemos levantarnos mañana temprano —dijo Eduardo finalmente—. Creo que es hora de irnos a la cama. 
Entonces Bateman habló y en su voz había una verdadera pesadumbre. 
—Estoy tan desconcertado que no sé qué decir. Vine aquí porque me imaginé que ocurría algo. Pensé que no habías conseguido lo que te habías propuesto y que estabas avergonzado de volver con tu fracaso. Nunca me imaginé lo que me has dicho. Lo siento desesperadamente, Eduardo. Estoy defraudado. Esperé que harías grandes cosas y no sabes lo que siento al pensar que derrochas tu talento, tu juventud y tu mejor ocasión de una manera tan lamentable. 
—No lo sientas, viejo amigo —dijo Eduardo—. No he fracasado. He triunfado. No te puedes imaginar con el entusiasmo que miro mi porvenir, lo lleno y fecundo que será. Alguna vez, cuando te hayas casado con Isabel, te acordarás de mí. Yo mismo edificaré una casa en mi isla de coral, y viviré en ella cuidando mis árboles, sacando el fruto de su cáscara de la misma y antigua manera que se viene haciendo desde los tiempos remotos; plantaré toda clase de flores en mi jardín y pescaré. Habrá suficiente trabajo para mantenerme ocupado y no demasiado poco para hastiarme. Tendré mis libros, a Eva, y, según espero, a mis hijos, y sobre todo la infinita variedad del mar y del cielo, la frescura de la aurora, la belleza del crepúsculo y la rica magnificencia de la noche. Haré un jardín de lo que hasta hace poco era una selva. Habré creado algo, y, cuando sea viejo, espero poder mirar mi pasado como una vida feliz, simple y apacible. Con mis pequeñas posibilidades también habré vivido una vida bella. ¿Crees que vale tan poco el tener alegría y tranquilidad? Ya sabemos qué poco le aprovechará a un hombre haber ganado el mundo entero si pierde su alma… Yo creo que he ganado la mía… 
Eduardo le llevó a una habitación en la que había dos camas y él se echó en una de ellas. A los diez minutos, Bateman vio, por su respiración apacible y regular como la de un niño, que se había quedado dormido. Pero él no podía descansar. Su cabeza era un caos y no se quedó dormido hasta que la aurora, como un fantasma, iluminó silenciosamente su habitación. 
Bateman terminó de contar a Isabel su larga historia. Sólo le había ocultado lo que creyó que podría molestarla o ponerle a él en ridículo. No le contó que se había visto obligado a sentarse a cenar con una corona de flores en la cabeza, ni tampoco que Eduardo estaba decidido a casarse con la hija mestiza de su tío en cuanto ella le dejara libre. Pero Isabel tenía quizá más perspicacia de lo que él creía, porque, a medida que continuaba con su historia, la mirada de Isabel era más fría y su boca se cerró con firmeza. De vez en cuando le había mirado fijamente, y, si hubiera estado menos enfrascado con su historia, le habría asombrado la expresión de su rostro. 
—¿Cómo es ella? —le preguntó cuando hubo terminado—. La hija de tío Arnold. ¿Crees que se parece a mí? 
A Bateman le sorprendió la pregunta. 
—No me fijé. Sabes que no tengo ojos más que para ti; y no creo que haya nadie que se te parezca. 
—¿Es hermosa? —preguntó Isabel sonriendo ligeramente al oír sus palabras. 
—Creo que sí. Y hasta me atrevo a decir que para algunos hombres sería muy hermosa. 
—Bien. Eso no tiene importancia. No creo que debamos preocuparnos de ella. 
—¿Qué vas a hacer ahora, Isabel? —preguntó entonces. 
—No quise que Eduardo rompiese nuestro compromiso porque podía ser un incentivo para él. Yo quería ser su inspiración. Pensé que si algo era capaz de hacerle triunfar sería el pensamiento de que yo le amaba. He hecho todo lo que he podido. Ya no hay remedio, sería una debilidad por mi parte no reconocer los hechos. El pobre Eduardo sólo a él se perjudica. Era un muchacho simpático y agradable, pero le faltaba algo. Supongo que era la espina dorsal… Espero que sea feliz. 
Se quitó la sortija del dedo, dejándola sobre la mesa. Bateman la miraba, latiéndole el corazón tan violentamente que apenas si podía respirar. 
—Eres admirable, Isabel; sencillamente admirable. 
Ella sonrió y, de pie, delante de él, le tendió su mano. 
—No sé cómo te podré pagar lo que has hecho por mí —dijo—. Me has prestado un gran servicio. Sabía que podía confiar en ti.
 Él cogió su mano y la retuvo. Nunca le había parecido tan bella. —Isabel, haría esto por ti y mucho más. Sólo te pido que me permitas amarte y servirte. 
—Eres tan fuerte, Bateman —suspiró ella—, que a tu lado me siento deliciosamente confiada. Apenas supo cómo le vino la inspiración, pero repentinamente la estrechó entre sus brazos, y ella, sin resistirse, le sonrió en los ojos. 
—Isabel, he deseado casarme contigo desde el primer día que te vi —exclamó apasionadamente. 
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste? —contestó ella. 
Le amaba. Apenas si podía creer que fuese verdad. Ella le ofreció sus labios adorables para que los besase y, mientras la tenía en sus brazos, tuvo una visión de la «Hunter Motor Traction y Automobile Co.» creciendo en importancia, hasta ocupar centenares de acres, y de los millones de motores que construiría y de la magnífica colección de pinturas que podría tener, la mejor de Nueva York. Llevaría lentes de concha… 
Y ella, sintiendo la deliciosa presión de sus brazos, suspiró llena de felicidad, porque se imaginó la exquisita casa que tendrían; llena de muebles antiguos; los conciertos que darían, los dansants [17] y las comidas a las que sólo acudiría la gente más aristocrática. Bateman llevaría unos lentes de concha. 

—¡Pobre Eduardo! —suspiró. 


[17] té dansants: baile que se celebraba mientras se servía el té de la tarde, popular en los años 1920 y 1930. (N. del Ed.) 



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