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lunes, 31 de enero de 2022

Thomas Mann / Muerte en Venecia IV






Thomas Mann
Muerte en Venecia
IV

      Un día y otro día, el dios de ardientes mejillas recorría con su cuadriga generadora del cálido estío los espacios, del cielo, y su dorada cabellera flotaba en el viento huracanado que venía del Este. Por los confines del mar indolente flotaba una blanquecina, sedosa niebla. La arena ardía. Bajo el azul encendido de éter se extendían, frente a las casetas, unas amplias zonas, y en la mancha de sombra secretamente dibujada que ofrecían, se paraban las horas, de la mañana. Las noches eran deliciosas; las plantas del parque esparcían su perfume penetrante, mientras en la altura seguían su carrera los astros, y el murmullo del mar, envuelto en tinieblas, hablaba íntimamente al alma. Aquellas noches traían la alegre promesa de un nuevo día de sol, con ocio ordenado, enjoyado de las infinitas posibilidades que podría ofrecer.
      El huésped, a quien un oportuno fracaso había detenido allí, al recobrar su equipaje no pensó, ni mucho menos, en una nueva partida.
      Durante dos días había tenido que privarse de algunas cosas, viéndose obligado a comer en el gran comedor en traje de viaje. Pero cuando el equipaje extraviado apareció en su cuarto, lo deshizo inmediatamente y llenó armarios y cajones con sus cosas, enteramente decidido a quedarse por un tiempo indefinido, satisfecho de poder caminar por la playa con su traje de seda y de presentarse de etiqueta en el comedor.
      La agradable monotonía de aquella existencia lo hechizaba en su encanto; la dulzura suave y luminosa de aquella existencia se había adueñado rápidamente de él. Y, en efecto, ¿qué delicia mejor que aquella vida que unía los encantos de una playa meridional confortable a la cercanía de la estupenda y maravillosa ciudad? Aschenbach no gustaba del placer. Siempre que había vivido sus vacaciones, marchando en busca de reposo y días sonrientes, especialmente siendo más joven, había sentido en seguida la nostalgia inquieta del trabajo, del sagrado esfuerzo de su disciplinada labor cotidiana. Sólo aquel lugar ejercía sobre él una influencia sosegadora, distendía su voluntad y le tornaba dichoso. Muchas veces, por la mañana, descansando a la sombra de la lona extendida ante su caseta, solía abandonarse a un delicioso ensueño, mientras contemplaba el azul del cielo del mar meridional, o también, durante las noches tibias, arrellanado en los almohadones de la góndola que le conducía, bajo la amplia bóveda del cielo, desde la plaza de San Marcos, donde pasaba largos ratos, hasta el Lido. Y mientras iban alejándose las abigarradas luces de la ciudad y los melancólicos acordes de las serenatas, pensaba en su casa de montaña, el hogar de su esfuerzo estival; evocaba las nubes que cruzaban bajas, las tormentas espantables que por la noche apagan las luces de las casas y los cuervos que huían a las copas de los pinos. Entonces le parecía estar transportado al Elíseo, a un lugar dichoso, allá en los confines de la tierra, donde el hombre disfruta de la vida más leve, donde no hay nieve ni invierno, ni tormentas ni lluvias en virtud de un soplo refrescante que viene perennemente del océano, y los días transcurren en un ocio divino, sin esfuerzo ni lucha, en entrega total al Sol y a sus fiestas.
      Aschenbach veía frecuentemente a Tadrio. La limitación del espacio y la regularidad del género de vida que todos estaban obligados a llevar, hacían que el hermoso muchacho permaneciese próximo a él casi todo el día, con ligeras interrupciones. Lo encontraba en todas partes: en el comedor del hotel, en las travesías marítimas a la ciudad, y hasta en la misma confusión de la playa, y luego, por obra del acaso, en las calles, en los paseos. Pero cuando tenía ocasión de consagrar a la bella figura devoción y estudio, ampliamente y con comodidad, era principalmente por la mañana, en la playa. Y esta complacencia de la fortuna, este favor de las circunstancias, que con uniformidad peren ne se le ofrecía diariamente, era todo lo que le llenaba verdaderamente de satisfacción y goce, lo que le hacía tan agradable su vida y lo que determinaba que los días soleados desfilaran sonrientes ante él, sin interrupción.
      Se levantaba a una hora temprana, como lo hacía cuando se veía azuzado por un trabajo apremiante, y llegaba a la playa uno de los primeros, cuando el sol no quemaba aún y el mar, de una blancura deslumbrante, permanecía entregado a los sueños de la mañana. Saludaba respetuosamente al guardia de la verja y al anciano de barba blanca que le arreglaba su sitio, que extendía la lona y sacaba a la plataforma los muebles de la caseta. Luego transcurrían unas tres o cuatro horas hasta que Tadrio apareciese; durante ese tiempo iba ascendiendo el sol y alcanzando un terrible vigor. El mar se hacía entonces de un azul cada vez más denso.
      Tadrio solía llegar por la izquierda, siguiendo el borde del mar; Aschenbach lo veía aparecer de espaldas, saliendo de entre las casetas. A veces se daba cuenta súbitamente de que había pasado la hora de su llegada, y veíalo entonces, ya con su traje de baño azul y blanco, que no volvía a quitarse, y experimentaba un estremecimiento de placer. El muchacho comenzaba en seguida su actividad habitual bajo el sol y sobre la arena. Aquella vida, graciosamente frívola, ociosamente inquieta, era juego y reposo, y se componía de carreras por la playa, de chapuzones en el agua; su actividad consistía en jugar con la arena, en tomar golosinas, tenderse, nadar, vigilado y llamado por las mujeres desde la terraza. Su nombre resonaba constantemente en voces chillonas « ¡Tadrín! ¡Tadrín! » Y él corría hacia ellas con gesticulación vehemente a referir lo que le había ocurrido, a enseñar lo que había encontrado: ostras, estrellas y cangrejos que andaban de lado. Aschenbach no entendía una palabra de lo que el pequeño decía, pero en su oído sonaba con deliciosa eufonía aunque fueran las cosas más corrientes. Así, el exotismo convertía en música la conversación del chico. Un sol potente regaba a manos llenas su resplandor en honor suyo, y el magnífico horizonte del mar servía de fondo y exaltación a su figura.
      En cierta ocasión llamaron al muchacho para que saludase a un desconocido que estaba con las damas; él corrió hacia allá, mojado aún del agua, despejándose los rizos. Al tender la mano, apoyándose sobre una pierna, mientras el otro pie posaba sobre las puntas de los dedos, su cuerpo tenía un encanto de movimiento indecible; inclinado graciosamente hacia delante, un poco encogido de vergüenza, trataba de agradar por deber aristocrático. Otras veces permanecía en la arena, con los miembros extendidos; la sábana envolvía su delicado cuerpo; el brazo, suavemente modelado, descansaba en el arenal, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. El muchacho llamado «Saschu», sentado junto a él, le contemplaba sumiso, y nada más seductor cabe imaginar que la sonrisa de labios y ojos, con que él miraba enaltecido al otro, al admirador, al servidor. Otras veces se le veía al borde del mar, solo, apartado de los suyos, muy cerca de Aschenbach. Entonces aparecía erguido, con las manos cruzadas por detrás de la nuca, balanceándose suavemente y mirando, soñador, al lejano azul, mientras las suaves olas de la orilla bañaban sus pies. Su cabello, rubio, de miel, se adhería en rizos húmedos a sus sienes y su cuello; el sol hacía brillar el vello de la parte superior de la espina dorsal; destacábanse claramente bajo la delgada envoltura el fino dibujo de las costillas, la uniformidad del pecho. Sus omóplatos eran lisos como los de una estatua; sus rótulas brillaban, y sus venas azulinas hacían que su cuerpo pareciese forjado de un fino material translúcido. ¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en un esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? ¿No era la que alentaba en él, cuando lleno de contenida pasión libertaba de la masa de mármol del lenguaje la forma esbelta que su espíritu había intuido, y que representaba al hombre como imagen y espejo de belleza espiritual?
      ¡Imagen y espejo! Su mirada abarcó la noble figura que se erguía al borde del mar intensamente azul, y en un éxtasis de encanto creyó comprender, gracias a esa visión, la belleza misma, la forma hecha pensamiento de los dioses, la perfección única y pura que alienta en el espíritu, y de la que allí se ofrecía, en adoración, un reflejo y una imagen humana. La arrebatada inspiración había llegado, y el artista, que empezaba ya a envejecer, no hizo más que acogerla sin temor y hasta con ansiedad. Su espíritu ardía, vacilaba toda su cultura, su memoria evocaba antiquísimos pensamientos que durante su infancia había recibido de la tradición y que hasta entonces no se habían encendido con un fuego propio. ¿No se ha dicho acaso que el sol desvía nuestra atención de lo intelectual para dirigirla hacia lo sensual? Aturde y hechiza de tal modo el entendimiento y la memoria, el alma queda sumida en tales delicias, que olvida su destino verdadero, y su asombrada admiración se hunde en la contemplación de los objetos más bellos que el sol puede iluminar. Después, sólo con el auxilio de algo corporal logra ya elevarse a una más alta consideración. Eros procede, sin duda, como los matemáticos, que ven en los niños inexpertos imágenes de las formas puras. Así los dioses, para hacernos perceptible lo espiritual, suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la juventud humana, de esa juventud nimbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza.
      Pensaba así, en su entusiasmo, y tenía poder para sentir todo esto. La canción del mar y el resplandor del sol engendraron además en su fantasía una encantadora evocación. Veía el viejo plátano, cercano a los muros de Atenas, aquel lugar sagrado, perfumado con el aroma de los azahares, enjoyado con las imágenes y los riquísimos presentes piadosos en honor de las ninfas y de Apolo. El arroyo corría claro y limpio por un fondo de cantos lisos y a los pies del árbol de raíces prolongadas; sonaban los violines de los grillos. Sobre el césped, que caía en suave pendiente, lo preciso para que al pasar la cabeza se mantuviera algo levantada, estaban echadas dos personas, resguardándose del calor del día. Eran un hombre de edad y un joven; uno feo y el otro hermoso; la sabiduría en contraste con la amabilidad. Y, entre gracias y agudezas que animaban el coloquio, Sócrates adoctrinaba a Fedón sobre el deseo y la virtud. Le hablaba del espanto que experimentaba el hombre sensible cuando sus ojos contemplaban un reflejo de la belleza eterna; de las concupiscencias del profano y el malvado, que no pueden pensar en la belleza al ver su imagen, y que no son capaces de sentir respeto por ella; hablaba del sagrado temor que acomete al alma noble cuando se le aparece un rostro semejante al de los dioses, es decir, un cuerpo perfecto. Le explicaba cómo todo su ser se estremece de aquella alma, se enajena y apenas se atreve a mirar; cómo se siente poseído de veneración ante aquel que ostenta el sello divino de la belleza; aquella alma le haría sacrificios, como a una deidad, si no temiese aparecer como insensata a los ojos de los hombres. «Pues sólo la belleza, Fedón mío, sólo ella es amable y adorable al propio tiempo. Ella es, ¡óyelo bien!, la única forma de lo espiritual que recibimos con nuestro cuerpo, y que nuestros sentidos pueden soportar. Pues ¿qué sería de nosotros si se nos apareciese lo divino en otra de sus manifestaciones, si la razón, la virtud y la verdad se nos presentasen en formas, sensibles? ¿No arderíamos y nos disolveríamos en amor como otra época ante Zeus? La belleza es, pues, el camino del hombre sensible al espíritu, sólo el camino, sólo el medio, Fedón...» Después el taimado seductor dijo lo más agudo: el amante era más divino que el amado, porque en aquél alienta el dios, que no en el otro; este pensamiento es quizás el más delicado y el más irónico que se haya producido, y de su fondo brota toda la picardía y la secreta concupiscencia del deseo.
      La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea. En aquel momento se había adueñado del solitario una de estas vibrantes ideas, uno de estos sentimientos precisos: el sentimiento de que la naturaleza se estremecía de goce cuando el espíritu se inclinaba en homenaje y reverencia ante la belleza. Súbitamente sintió el deseo imperioso de escribir. Cierto es que, como suele decirse, Eros ama el ocio, y que sólo para el ocio ha nacido. Pero en ese momento de la crisis, su excitación le impulsaba a tranquilizar por medio de la palabra el torbellino de sus pensamientos. El tema casi le era indiferente. De pronto sintió que se resolvía en su espíritu, clamando por expresarse, una cuestión palpitante de la cultura y el gusto. El asunto era de índole familiar y le preocupaba de antiguo. El impulso de hacerlo brillar a la luz de sus palabras se hizo irresistible en aquel momento. Pero necesitaba trabajar en presencia de Tadrín, tomarlo de modelo, hacer que su estilo siguiese las líneas de aquel cuerpo que se le antojaba divino, y levantar a lo espiritual su belleza, como el águila levantó al cielo a uno de los pastores troyanos. Jamás había sentido con tanta dulzura el placer de la palabra, nunca había visto tan claramente que Eros alienta en ella, como en aquellas horas, peligrosamente gozosas, en las que, sentado ante una mesa rústica sombreada por la lona, teniendo ante sus ojos al ídolo, y en los oídos la música de su voz, cincelaría Aschenbach, siguiendo el modelo de Tadrio, unas páginas de selecta prosa cuya pureza, altura y fuerte tensión sentimental habían de producir pronto la admiración de las gentes. Seguramente conviene que el mundo conozca sólo la obra bella y no sus orígenes, las condiciones que determinaron su aparición, pues el conocimiento de las fuentes en que el poeta bebe su inspiración lo confundiría, lo asustaría a menudo, dañando así el efecto de las. cosas excelentes. ¡Singulares horas! ¡Esfuerzo extrañamente enervador! ¡Extraordinario comercio fecundo del espíritu con el cuerpo! Cuando Aschenbach, terminado su trabajo, se levantó, se sintió agotado, deshecho hasta tal punto que le parecía oír los lamentos de su conciencia en rebelión, como si acabara de entregarse a algún pecado.
      A la mañana siguiente fue cuando, a punto ya de dejar el hotel, vio desde la escalera que Tadrio se dirigía solo a la playa. El deseo, el sencillo pensamiento de aprovechar la ocasión para trabar alegremente conocimiento con aquel que, sin saberlo, le había conmovido y agitado tanto, de hablarle y gozarse en su contestación, en su mirada, surgió en él de un modo natural.
      El hermoso muchacho andaba lentamente. Podría, pues, alcanzarle. Aschenbach apresuró el paso, y llegó junto a él cerca ya de las casetas. Pensando en ponerle una mano en la cabeza, en el hombro, resultó que una palabra, una frase amable en francés rozaba ya sus labios. Pero en aquel instante sintió que su corazón latía fuertemente, acaso por lo rápido de su carrera, y que, como respiraba con dificultad, sólo iba a poder hablar atropellado y tembloroso. Vaciló entonces, trató de dominarse; de pronto le pareció que iba ya demasiado tiempo muy cerca del bello mancebo; temió que él lo notase, temió que se volviese, interrogante; hizo un último intento, que resultó vano también; renunció, pues, y pasó por delante de él con la cabeza baja.
      «¡Demasiado tarde! —pensó—. ¡Demasiado tarde!» Pero, ¿era realmente demasiado tarde? Aquel paso, que no se había atrevido a dar, habría convertido probablemente la cosa en algo bueno, ligero y gozoso; habría producido un efecto sedante. Pero no hay duda de que el artista, ya en los linderos de la vejez, no quería el sedante, a pesar de que la exaltación en que vivía le era demasiado cara. ¿Quién podría descifrar el enigma de la naturaleza del artista? ¿Quién puede comprender esa fusión instintiva de disciplina y desenfreno en que consiste? Porque el hecho de no querer un sedante saludable es desenfreno. Aschenbach ya no se sentía dispuesto a la autocrítica. Por sus gustos, por su madurez espiritual, por el respeto de sí mismo y por simplicidad, no le agradaba analizar los motivos de sus actos ni averiguar si había dejado de realizar su propósito por mandato de su conciencia, o por debilidad y molicie. Se sentía avergonzado, tenía miedo, de que alguien hubiera podido observar su carrera, su derrota; temía extraordinariamente al ridículo. Por lo demás, se reía en su interior de su pánico insensato. «Vencido —pensaba—, vencido como un gallo que en la pelea deja caer desfallecido las alas.» Son, seguramente, los dioses los que de tal modo paralizan nuestro valor a la vista del objeto amado y arrojan por los suelos toda nuestra altivez.
      Sin cuidarse ya de llevar la cuenta del tiempo que a sí mismo se concedía para el descanso, había dejado de pensar en el regreso. Se había provisto de dinero abundante. Su única preocupación era que la familia polaca pudiera marcharse pronto; pero, preguntando como por casualidad al peluquero del hotel, había averiguado que las señoras habían llegado poco antes que él. El sol tostaba su cara y sus manos, el aire excitante, salado, fortalecía su fuerza sentimental, y si antes acostumbraba consagrar a su obra todo el acopio de fuerzas que el sueño, el alimento, la Naturaleza le prestaban, esta vez dilapidaba a manos llenas, en exaltación y fantasía, toda la fuerza diaria que el sol, el ocio y el aire del mar le prestaban.
      Su sueño era breve. Los días, deliciosamente monótonos, se separaban por noches cortas, llenas de feliz inquietud. Es cierto que se acostaba temprano, pues a las nueve, cuando Tadrio se había alejado, le parecía que el día estaba terminado. Pero a las primeras luces de la mañana le despertaba un dichoso, ligero estremecimiento; su corazón recordaba su aventura; no podía quedarse en la cama, se levantaba, y envuelto en una bata ligera, para preservarse del fresco de la madrugada, se sentaba ante la ventana abierta en espera de la salida del sol. El maravilloso acontecimiento de la aurora sumía en profunda adoración a su alma, consagrada por el sueño. Cielo, tierra y mar permanecían aún envueltos en la suave palidez fantástica del alba: una estrella lánguida flotaba aún en el infinito. Pero venía un suave soplo, como un dulce mensaje de inasequibles lugares con la nueva de que Eros se levantaba del lecho conyugal, y por ello acontecía aquel primer rubor dulcísimo de las lontananzas del cielo y del mar, por el cual se anuncia que la creación toma formas sensibles. Se acercaba la Aurora, seductora de mancebos, raptora de Céfalo y que, a pesar de la envidia de todos los olímpicos, gozó los amores del bello Orión. Allá, al borde del mundo, comenzaban a deshojarse rosas en un inefable resplandor divino mientras unas nubes infantiles, iluminadas, esclarecidas, flotaban, como sumisos amorcillos, en el aire rosa y azul; caía sobre el mar un manto de púrpura, que parecía arrastrado hacia delante con sus olas levantadas; signos y manchas de oro resplandecían sobre el mar; el resplandor se transformaba en incendio; silenciosas y con divina pujanza se erguían las llamas, y la cuadriga divina corría con sus cascos centelleantes sobre la superficie de la tierra. Iluminado por la pompa del dios, el contemplador solitario cerraba los ojos dejando que el resplandor divino besase sus párpados. Sentimientos de otra época, deliciosos ímpetus tempranos de su corazón, que habían muerto con la estrecha disciplina de su vida, volvían en aquel instante extrañamente transformados y él los reconocía con sonrisa confusa y asombrada. Cavilaba, soñaba; sus labios murmuraban lentamente un nombre, y sonriente, con el rostro vuelto hacia arriba y las manos plegadas en el regazo, dormitaba en su butaca.
      Pero el día iniciado así, con aquella fiesta del fuego, transcurría luego exaltado, en una extraña exaltación mística. ¿De dónde provenía el soplo que de pronto envolvía sienes y vidas, tan suave y misterioso como un susurro de potencias elevadas? En el cielo se alineaban numerosas nubecillas, como rebaño de dioses que pastasen en el espacio infinito. Se levantó un viento más fuerte, y los caballos de Neptuno galoparon espumeantes. Por entre las rocas alejadas de la playa saltaban como cabrillas las olas. Aschenbach sentíase anegado en un mundo divino lleno de vida pánica, y su corazón soñaba dulces fábulas. A veces, cuando el sol se ponía por detrás de Venecia, se sentaba en un banco del parque para contemplar a Tadrio, que, vestido de blanco y con un cinturón de color, jugaba al balón. Entonces creía estar viendo a Jacinto, el ser mortal por lo mismo que era objeto del amor de los dioses. Y hasta sentía los dolorosos celos del Céfiro, de aquel rival que, olvidando el oráculo, el arco y la cítara, se ponía a jugar con el mancebo; veía cómo el dardo ligero, impulsado por los celos crueles, alcanzaba la amada cabeza, recibía palideciendo el desfalleciente cuerpo, y la flor que brotaba de la dulce planta traía la inscripción de su lamento infinito...
      Nada resultaba más extraño ni más irritante que las relaciones que se establecen entre hombres que sólo se conocen de vista, que diariamente, a todas horas, se tropiezan, se observan, viéndose obligados, por la etiqueta o por capricho a no saludarse ni cruzar palabra, manteniendo el engaño de una indiferencia perfecta. Se produce entre ellos inquietud e irritada curiosidad. Es la historia de un deseo de conocerse y tratarse insatisfecho, artificiosamente contenido, y, en especial, de una especie de estimación exaltada. Pues el hombre ama y honra al hombre mientras no puede juzgarle. Y el deseo se engendra por el conocimiento defectuoso.
      Entre Aschenbach y Tadrio tenía que haber, necesariamente, cierta relación y conocimiento, de tal manera que el hombre maduro pudo observar gozosamente que su simpatía y su atención no dejaban de ser en cierta forma correspondidas. ¿Qué había sido, por ejemplo, lo que movió al muchacho a no entrar por la mañana, al llegar a la playa, por detrás de las casetas, sino a pasar por delante, cerca de donde estaba Aschenbach, y en ocasiones rozando casi su mesa, su silla, para dirigirse a la caseta de los suyos? ¿Es que la fuerza atractiva, la fascinación de un sentimiento superior, obraba sobre su ánimo delicado e irreflexivo? Aschenbach esperaba cotidianamente la aparición de Tadrio; a veces fingía estar ocupado al divisarle y dejaba que pasase ante él, aparentemente inobservado; pero otras, veces levantaba la vista y sus miradas se encontraban. Ambos permanecían en tal caso profundamente serios. En el digno rostro del hombre maduro nada indicaba la conmoción interior; pero en los ojos de Tadrio brillaba una curiosidad, una interrogación pensativa; su paso vacilaba; bajaba la vista, volvía a alzarla graciosamente, y cuando ya estaba lejos, algo en su actitud indicaba que sólo la urbanidad le impedía volverse.
      Sin embargo, una tarde las cosas ocurrieron de otra manera. Los hermanos polacos y su institutriz no estaban en el comedor, y Aschenbach lo había observado con pena. Después de cenar, muy inquieto por tal ausencia, salió del hotel a pasear por cerca de la terraza, cuando de pronto, a la luz de los. faroles, vio aparecer a las cuatro hermanas con su atavío monjil, a la institutriz y a Tadrio, éste unos pasos detrás. Sin duda, volvían del desembarcadero, y habíanse quedado a cenar, por algún motivo, en la ciudad. En el mar hacía fresco; Tadrio llevaba una casaca de marinero, con botones dorados, y su gorra correspondiente. El sol y el aire marino no habían tostado su tez, que conservaba su amarillo marmóreo de siempre, pero en aquel instante parecía más pálido que de ordinario, quizás a consecuencia del fresco, o por el resplandor de los faroles. Sus cejas, armónicas, aparecían delineadas más escuetamente, y sus ojos eran muy oscuros. Era aquello de una indecible belleza, y Aschenbach sintió el dolor, tantas veces experimentado, de que la palabra fuera capaz sólo de ensalzar la belleza sensible, pero no de reproducirla. Como no esperaba la amable aparición, como le sorprendió descuidado, no tuvo tiempo de componer tranquila y dignamente la expresión de su rostro. De esta manera, cuando su mirada tropezó con la del muchacho, debieron de expresarse abiertamente en ella la alegría, la sorpresa, la admiración. En aquel instante fue cuando Tadrio le sonrió. Le sonrió expresiva, confiada y acogedoramente, con labios que se abrían lentamente a la alegría. Era la sonrisa de Narciso al inclinarse sobre el agua; aquella sonrisa profunda, encantada, deleitable, que acompaña a los brazos que se tienden al reflejo de la propia belleza; una sonrisa ligeramente contraída por el beso imposible de su sombra incitante, curiosa y ligeramente atormentada, transformada y transformadora.

      Aquella sonrisa fue recibida como un obsequio fatal. Aschenbach se conmovió tan profundamente, que se vio obligado a huir de la luz de la terraza, del jardín, y buscar apresuradamente el refugio de la oscuridad de la parte posterior del parque. Allí fue donde se le escaparon amonestaciones, singularmente indignadas y tiernas al mismo tiempo: « ¡No debes sonreír así! ¡No se debe sonreír así a nadie! » Se arrojó en un banco, y fuera de sí, aspiró el aroma nocturno de las plantas.



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