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viernes, 28 de enero de 2022

Espionaje / El sigiloso talento de saberlo todo

 


Política argentina

Espionaje: El sigiloso talento de saberlo todo

Tras la muerte de Nisman, las figuras del espía, del carpetazo y de las escuchas coparon la TV y las librerías.

Osvaldo Aguirre
15 de marzo de 2017


Desde la muerte del fiscal Alberto Nisman, el ex agente de inteligencia Antonio Horacio Stiuso comenzó a ocupar un lugar central en las intrigas que atraviesan a la política argentina. La divulgación de escuchas telefónicas a la ex presidenta Cristina Kirchner aparece como el capítulo más reciente de una historia que suele ser narrada en clave de conspiración y tiene como protagonista a un personaje rodeado de un aura de misterio y temor. En las crónicas y los libros de investigación periodística que lo abordan, el enigma del espía evoca tanto representaciones clásicas de la ficción como especulaciones sobre los lazos entre poder y verdad, en la tradición del género de la denuncia.

Los retratos de Stiuso coinciden en describirlo como un hombre común, capaz de pasar desapercibido en cualquier situación. Pero ese es precisamente un rasgo que lo relaciona con la ficción. Como George Smiley, el personaje de las novelas de John Le Carré, aparece como un hombre poco agraciado y de aspecto intrascendente. El origen de su apodo, Jaime, habría sido una alusión a James Bond y un guiño humorístico para la comunidad de espías.

En Nisman debe morir, uno de los libros que siguen la actuación del agente, Daniel Santoro describe como sus señas particulares “una mirada fría y vacía” y la cantidad de celulares que llevaba a la vista. Los teléfonos aluden a cierta expertise reconocida por unanimidad –la capacidad de llegar a la intimidad de cualquier persona, materializada en las escuchas– y a un incidente extraño en relación con la muerte de Nisman: pese a tener tantos aparatos a disposición –hasta seis, según los testimonios– Stiuso no escuchó la última llamada que le hizo el fiscal poco antes de morir. La excusa suena increíble porque desmiente su imagen: “no escuché el teléfono, estaba en vibrador”.

Stiuso comenzó a hacerse visible el 25 de julio de 2004, cuando Gustavo Béliz puso una foto de su rostro frente a las cámaras del programa Hora Clave. “Es un tipo muy peligroso. Te puede mandar a matar, te puede meter en situaciones muy complicadas, te puede armar todo tipo de operaciones”, dijo el entonces despedido ministro de Justicia, y su inmediata salida del país pareció una demostración cabal de sus palabras. Previamente, en Los sospechosos de siempre, una de las primeras investigaciones sobre la historia del espionaje criollo, Jorge Boimvaser registró parte del mito que ya rodeaba al agente: había desechado “una tentadora oferta del espionaje alemán” y estaba detrás de las filmaciones clandestinas del juez Norberto Oyarbide en el prostíbulo Spartacus. Cultivaba un perfil profesional, el prestigio que le daba ser considerado “el hombre de confianza de la CIA y el Mossad” pero, como revelan Santoro y Gerardo Young, también intimidaba a los periodistas cuando no estaba de acuerdo con las notas que lo mencionaban.

De internas, escuchas y carpetas El poder que se le reconoce a Stiuso generó un neologismo en el lenguaje político: el “carpetazo”, como se denomina a la revelación de un dossier de datos comprometedores para una figura pública. El ex espía suele negar que acuda a ese tipo de procedimientos, pero su cruce con Luis Moreno Ocampo en el programa Intratables del 2 de marzo de 2016 fue una demostración en vivo y en directo en ese sentido, al advertirle al ex fiscal del juicio a las Juntas Militares que contaba con información sobre su pasado. Stiuso no precisó qué información era esa, y tal indefinición hizo que su intervención fuese más amenazante: lo importante no era el contenido de los datos sino la actividad de seguimiento y recopilación que revelaban; la tarea de inteligencia implícita.

Según las reconstrucciones periodísticas, el carpetazo reconocía incluso una especie de ceremonia en los organismos de inteligencia: el momento en que Stiuso entregaba a cada nuevo presidente la carpeta de antecedentes que tenía en la ex SIDE, “una simultánea muestra de obediencia y una advertencia para el flamante jefe del Estado”, dice Claudio Savoia en Espiados, cómo controla el gobierno a todos los argentinos. El contenido de los archivos ocultos del espía era incierto, pero su efecto se potenciaba en la medida en que estimulaba las conjeturas: “Negocios oscuros, amantes, traiciones y dobleces íntimos se mezclan con fotos del causante y de sus familiares, en sitios públicos pero también privadísimos”. Contradictoriamente, aunque fuera un cultor de la tecnología, el espía no renunciaba al papel y podía entregar sus informes en una simple “carpeta de cartulina amarilla, con solapas, de esas que se consiguen por monedas en cualquier librería comercial”, según detalla Gerardo Young en Código Stiuso. Su permanencia en la SIDE desde 1972 hasta fines de 2014, a través de gobiernos dictatoriales y democráticos, era un indicio del poder reactivo que representaba, el “de la política en las cloacas”.

El episodio con Béliz fue interpretado como un revés para Stiuso. Pero la existencia del secreto necesita ser vox populi para reforzar el poder atribuido al espía: “Quienes circulan por la Casa Rosada aseguran que Jaime tiene una carpeta de cada político, oficialista u opositor, con grabaciones, fotos y correos que asustarían a cualquiera”, dice Clarisa Ercolano en otro libro, Escuchas ilegales. Como la Medusa que en la mitología griega convertía en piedra al que la miraba fijo, según los corrillos periodísticos el saber del espía podía fulminar a su víctima: el ascendiente de Stiuso sobre un ex secretario de Inteligencia era absoluto, afirma Juan Salinas en Caso Nisman: secretos inconfesables, “por razones que jamás se hicieron públicas”. Son “horas y horas de filmaciones, fotografías, escuchas telefónicas y grabaciones tomadas con micrófonos ocultos de cientos de personalidades públicas en situaciones poco honorables, cuya divulgación podía pulverizar la carrera de cualquiera”, agrega Savoia.

El enfrentamiento con el ex comisario Jorge “Fino” Palacios y las internas con otros agentes de inteligencia, la trama secreta de la investigación del atentado a la AMIA y la relación con el fiscal Nisman son episodios reiterados en las crónicas sobre Stiuso. La figura que emerge de allí es la de un espía inusualmente sagaz y elusivo, “el mejor y el peor de todos”, según Young. Sus destrezas hacen verosímiles las sospechas sobre múltiples conspiraciones: desde haber sido el “cerebro” de la denuncia de Nisman por el encubrimiento de Irán en el atentado a la AMIA, hasta ser el responsable de la reciente difusión de escuchas telefónicas registradas durante el kirchnerismo; desde hackear la web de un diario que lo vinculó con la trata de personas hasta impulsar las causas judiciales de Hotesur y José López, como un deus ex machina de la actualidad política.

Desde que fue retirado de la SIDE como desenlace de su enfrentamiento con el kirchnerismo, Stiuso parece más dispuesto a mostrarse en público. Aceptó entrevistas, declaró ante la justicia y su foto actualizada desplazó a la imagen borrosa que había mostrado Béliz. Pero también ha declarado que la de espía es “una profesión que nunca se abandona”. El secreto y el silencio siguen siendo sus instrumentos de trabajo.

CLARÍN



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