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martes, 21 de diciembre de 2021

Andrzej Sapkowski / La semilla de la verdad

 


Andrzej Sapkowski

2

LA SEMILLA DE LA VERDAD


I
    Unos pequeños puntos negros en el cielo cubierto de madejas de niebla atrajeron la atención del brujo con su movimiento. Eran muchos. Los pájaros describían círculos, girando con lentitud y espaciosidad, luego, súbitamente, descendían y enseguida volvían a ascender, moviendo las alas.
    El brujo observó los pájaros durante bastante tiempo, calculó la distancia y el tiempo aproximado que tardaría en atravesarla, añadiendo algo por la dificultad del terreno, la espesura del bosque, la profundidad y la disposición de los barrancos que se esperaba en el camino. Al final se quitó el capote, apretó dos agujeros del cinturón que le cruzaba el pecho al bies. La empuñadura y el puño de la espada colgada a su espalda sobresalían por su hombro derecho.
    —Vamos a dar un pequeño rodeo, Sardinilla —dijo—. Nos salimos del sendero. Esos pajarillos, me parece, no andan dando vueltas por ahí sin un motivo.
    La yegua, por supuesto, no contestó, pero se movió, sirviendo a la voz a la que estaba acostumbrada.
    —Quién sabe, puede que sea un alce muerto —dijo Geralt—. Y puede que no sea un alce. ¿Quién sabe?
    El barranco estaba justo allí donde se lo esperaba. En cierto momento el brujo se encontró mirando desde arriba a las copas de los árboles que cubrían densamente la hondonada. La pendiente del barranco no era, sin embargo, demasiado pronunciada, y el fondo estaba seco, sin endrinas, sin troncos podridos. Atravesó el barranco con facilidad. Al otro lado había un bosquecillo de abedules, detrás de él un gran claro, un brezal y un terreno donde yacían los enmarañados tentáculos de ramas y raíces arrancadas por el viento.
    Los pájaros, espantados por la aparición del jinete, se elevaron, graznaron salvajemente, agudamente, roncamente.
    Geralt vio de inmediato el primer cuerpo: el blanco de una zamarra de carnero y el azul celeste de un vestido de mujer resaltaban entre los amarillentos cipreses del soto. No vio el otro cuerpo, pero percibió donde estaba: la situación del cadáver la traicionaban tres lobos que miraban al jinete con tranquilidad, apoyados en las patas traseras. La yegua del brujo resopló. Los lobos, como obedeciendo una orden, en silencio, sin apresurarse, trotaron hacia el bosque, volviendo de tanto en tanto la cabeza triangular hacia el recién llegado. Geralt bajó del caballo.
    La mujer de la zamarra y el vestido celeste no tenía rostro, garganta ni la mayor parte del muslo izquierdo. El brujo pasó de largo sin agacharse.
    El hombre estaba tendido con la cara hacia abajo. Geralt no dio la vuelta al cuerpo, viendo que tampoco aquí los pájaros y los lobos habían estado ociosos. Tampoco había necesidad de una observación más atenta de los restos. Los brazos y la espalda del jubón de lana estaban cubiertos por un dibujo bien ramificado de sangre seca. Estaba claro que el hombre había muerto de un golpe en la nuca y que sólo después los lobos habían masacrado el cuerpo.
    En un cinturón muy amplio, junto a un corto cuchillo en una vaina de madera, el hombre llevaba una saca de cuero. El brujo la tomó, arrojó luego sobre la hierba un eslabón, un pedazo de yeso, cera para sellar, un puñado de monedas de plata, una navaja de afeitar cerrada con las cachas de hueso, una oreja de conejo, un llavero con tres llaves, un amuleto con un símbolo fálico. Dos cartas, escritas en un lienzo, mojadas por la lluvia y el rocío, las runas se habían desfigurado, desintegrado. Una tercera, en un pergamino, estaba también afectada por la humedad pero aún legible. Era una cédula de crédito, expedida por un banco propiedad de enanos de Murivel a un mercader de nombre Rulle Asper o Aspen. La cantidad a crédito no era muy alta.
    Agachándose, Geralt levantó la mano derecha del hombre. Como se esperaba, un anillo de cobre que estaba incrustado en un dedo hinchado y amoratado llevaba la señal del gremio de los armeros: un estilizado casco con visera, dos espadas cruzadas y la runa A grabada debajo de ellas.
    El brujo regresó al cuerpo de la mujer. Cuando dio la vuelta al cuerpo algo le pinchó en un dedo. Era una rosa prendida al vestido. La flor se había comenzado a marchitar pero no había perdido color. Los pétalos eran de un azul muy oscuro, casi añil. Geralt veía por primera vez en su vida una rosa así. Dio la vuelta del todo al cadáver y se estremeció. En la deforme y destrozada nuca de la mujer se podían ver claramente señales de colmillos. Y no de lobos.
    El brujo retrocedió con cuidado hacia el caballo. Sin perder de vista los confines del bosque, se subió a la silla. Dos veces recorrió el claro, inclinado, escudriñó atentamente la tierra, observando todo.
    —Sí, Sardinilla —dijo en voz baja, deteniendo el caballo—. La cosa está clara, aunque no del todo. El armero y la mujer venían a caballo, desde aquel bosque. Sin duda se encaminaban desde Murivel a su casa, porque nadie lleva consigo durante mucho tiempo una cédula de crédito sin realizar. No sé por qué iban por aquí y no por el sendero. Pero atravesaron el brezal el uno al lado del otro. Y entonces, no sé por qué, los dos bajaron del caballo o se cayeron. El armero murió en el acto. La mujer echó a correr, luego tropezó y también murió y algo que no ha dejado huellas la arrastró por la tierra con los dientes apretados a su nuca. Sucedió hace dos o tres días. Los caballos se escaparon, no vamos a buscarlos.
    La yegua, por supuesto, no contestó, resopló inquieta, reaccionando al familiar tono de voz.
    —Lo que mató a los dos —continuó Geralt, mirando a los límites del bosque— no era ni un lobisome ni una silvia. Ni el uno ni la otra hubieran dejado tanta carne para los comedores de carroña. Si hubiera por aquí una ciénaga diría que se trata de una kikimora o de un vipper. Pero aquí no hay ciénaga alguna.
    Agachándose, el brujo aflojó un tanto la gualdrapa que cubría el costado del caballo, dejando al descubierto otra espada, sujeta a las albardas, que tenía una vaina brillante y decorada y una empuñadura negra como el carbón.
    —Sí, Sardinilla. Daremos un rodeo. Hay que comprobar por qué el armero y la mujer iban por el monte y no por el sendero. Si pasamos de largo con indiferencia tales acontecimientos, no ganaremos ni siquiera para tu avena, ¿no es cierto, Sardinilla?
    La yegua se movió servicialmente hacia adelante a través del calvero, apoyándose con cuidado en los tocones derribados por el viento.
    —Aunque no sea un lobisome, no vamos a arriesgarnos —continuó el brujo, sacando de una bolsa en la silla un ramillete seco de toja y colgándolo junto a la boquilla. La yegua resopló. Geralt desanudó un poco el caftán debajo del cuello, sacó un medallón con la cabeza de un lobo mostrando los dientes. El medallón, que colgaba de una cadena de plata, se bamboleaba al ritmo del movimiento del caballo, brillando como el mercurio bajo los rayos del sol.

II
    Vio por vez primera las rojas tejas de la techumbre cónica de una torre cuando alcanzó la cumbre de una elevación, a la que se encaramaba para acortar el arco de la curva de un sendero poco marcado. El desvío, poblado de avellanos, obstruido por ramas secas, cubierto por una gruesa alfombra de hojas amarillas, no era demasiado seguro para cabalgar. El brujo retrocedió, avanzando cuidadosamente por la pendiente, volvió al camino. Cabalgaba despacio, cada cierto tiempo detenía el caballo, se agachaba en la silla, observaba las huellas.
    La yegua agitó la cabeza, relinchó salvajemente, pataleó, bailoteó en el sendero, levantando un remolino de hojas secas. Geralt, agarrando el cuello del caballo con el brazo izquierdo, dirigió la mano izquierda hacia la cabeza de su montura, con los dedos en forma de la Señal de Axia, silbando el conjuro al mismo tiempo.
    —¿Tan malo es? —murmuró, mirando alrededor sin dejar de hacer la Señal—. ¿Tan malo? Tranquila, Sardinilla, tranquila.
    El hechizo funcionó con rapidez pero la yegua movía sus pezuñas obligada, con torpeza, desconcertada, falta de naturalidad, perdiendo el elástico ritmo de la marcha. El brujo saltó a tierra, siguió a pie llevando el caballo de las riendas. Vio un muro.
    Entre el muro y el bosque no había solución de continuidad, ni transición evidente. Árboles jóvenes y arbustos de enebro entremezclaban sus hojas con la hiedra y la vid silvestre, pegadas a las paredes de piedra. Geralt alzó la cabeza. En ese mismo momento sintió cómo se le aferraba y se le arrastraba porel cuello, erizándole e irritándole los cabellos, una blanda criatura invisible. Sabía lo que era.
    Alguien le estaba mirando.
    Se volvió con lentitud, con fluidez. Sardinilla resolló, los músculos de su cuello temblaron, se movieron por debajo de la piel.
    En la pendiente de la loma por la que había venido hacía unos momentos estaba de pie e inmóvil una muchacha que apoyaba una mano en el tronco de un aliso. Su largo vestido blanco contrastaba con el brillante negro de los largos y sueltos cabellos que le caían sobre los hombros. A Geralt le pareció que sonreía, pero no estaba seguro: se encontraba demasiado lejos.
    —Hola —dijo, levantando una mano en gesto amistoso. Dio un paso hacia la chica. Ésta, girando levemente la cabeza, siguió sus movimientos. Tenía el rostro muy pálido y unos enormes ojos negros. La sonrisa —si era una sonrisa— desapareció de su cara como si se la hubieran borrado. Geralt dio un paso más. Las hojas crujieron. La muchacha echó a correr por la pendiente como un corzo, se deslizó por entre las matas de avellano, era ya sólo una estela blanca cuando desapareció en lo profundo del bosque. Su largo vestido parecía no estorbar en nada su libertad de movimiento.
    La yegua del brujo relinchó quejumbrosamente, alzando su cabeza. Geralt, todavía mirando en dirección al bosque, la calmó con la Señal. Abrazó al caballo alrededor del muslo y avanzó con lentitud siguiendo el muro, hundiéndose en el sendero entre las hojas de las bardanas.
    La puerta, sólida, cubierta de hierro, sujeta por unas oxidadas bisagras, estaba provista de una gran aldaba de latón. Después de dudar un momento, Geralt alzó la mano y tocó la enmohecida bola. Hubo de dar de inmediato un salto porque en ese momento la puerta se abrió, chirriando, chasqueando, apartando hacia los lados montoncillos de hierba, guijarros y ramas. Al otro lado de la puerta no había nadie: el brujo vio tan sólo un patio desierto, descuidado, obstruido por las ortigas. Entró, llevando al caballo detrás de él. Embotada por la Señal, la yegua no se resistió, pero asentaba las pezuñas insegura y con rigidez.
    El patio estaba rodeado en tres de sus lados por una pared y ciertos restos de estructuras de madera, el cuarto lado lo constituía la fachada de un pequeño palacio, marcada por la viruela del revoco caído, sucia de chorreras de humedad, embellecida por guirnaldas de hiedra. Los postigos, de los que se había desprendido la pintura, estaban cerrados. La puerta también.
    Geralt echó las riendas de Sardinilla a un poste que estaba junto a la puerta y anduvo lentamente en dirección al palacio, atravesando un paseo cubierto de grava que discurría junto al vaso de una pequeña fuente cubierta de hojas y de basura. En el centro de la fuente, en un pedestal de fantasía, había un delfín labrado en piedra blanca, alzando hacia el cielo una cola rota.
    Junto a la fuente, sobre algo que hacía muchísimo tiempo había sido un macizo de flores, había un rosal. Aquel rosal no se diferenciaba en nada de otros que Geralt había tenido la ocasión de ver, excepto en el color de sus flores. Las flores eran excepcionales: tenían un color índigo, con ligeros ribetes púrpuras en las puntas de algunos pétalos. El brujo tocó una de ellas, acercó el rostro, la olió. La flor poseía el típico aroma de las rosas, pero, de algún modo, más intenso.
    Las puertas del palacio —y al mismo tiempo todos los postigos— se abrieron con un estruendo. Geralt alzó la cabeza súbitamente. Por el paseo, levantando nubes de gravilla, se arrastraba en dirección a él un monstruo.
    La mano derecha del brujo se elevó rápidamente hacia arriba por encima del hombro derecho mientras que la mano izquierda tiraba con fuerza del cinturón del pecho, gracias a lo cual el pomo de la espada saltó a los dedos. La hoja, saliendo con un silbido de la vaina, describió un corto semicírculo y se detuvo, apuntando con el filo a la bestia atacante. El monstruo, a la vista de la espada, frenó, se detuvo. La gravilla saltó a todos lados. El brujo ni siquiera respiraba.
    El ser era de aspecto humano, vestido con una ropa destrozada pero de calidad, y sin que le faltaran adornos de buen gusto aunque absolutamente innecesarios. El aspecto humano, sin embargo, no alcanzaba más allá del sucio cuello de la camisa: sobre ella se alzaba una gigantesca cabeza, velluda como la de un oso, con enormes orejas, un par de ojos salvajes y un morro amenazador lleno de colmillos afilados entre los cuales, como un fuego, temblaba una lengua roja.
    —¡Vete de aquí, mortal! —gritó el monstruo, agitando las manos pero sin moverse del sitio—. ¡Que te devoro! ¡Que te hago cachos!
    El brujo no se movió, no bajó la espada.
    —¿Estás sordo? ¡Vete de aquí! —bramó el ser, después de lo que expulsó un sonido que estaba entre el gruñido de un cerdo y el bramido de un ciervo macho. Los postigos de todas las ventanas se cerraron y golpetearon, haciendo caer cascotes y yeso de los muros. Ni el brujo ni el monstruo se movieron.
    —¡Escapa, mientras estés entero! —gritó el ser, pero como si se sintiera menos seguro—. Porque si no...
    —Si no, ¿qué? —le interrumpió Geralt.
    El monstruo resolló salvajemente, inclinó la enorme cabeza.
    —Vedlo ahí, que atrevido —dijo tranquilo, mostrando los colmillos y mirando a Geralt con los ojos enrojecidos—. Baja ese hierro, si no te importa. ¿Puede que no te hayas dado cuenta de que te encuentras en el patio de mi propia casa? ¿O es que de donde vienes es costumbre amenazar con una espada al anfitrión en su propio patio?
    —Lo es —afirmó Geralt—. Pero sólo al anfitrión que recibe a los huéspedes a gritos y anuncia que los cortará en pedacitos.
    —Ah, cuernos —se exaltó el monstruo—. Y todavía me va a ofender, el vagabundo. ¡Vaya un huésped! Se mete en el patio, destroza flores ajenas, campa por sus respetos y encima piensa que le vana dar el pan y la sal. ¡Puff!
    El ser escupió, resopló y cerró el morro. Los colmillos inferiores se quedaron en el exterior, otorgándole el aspecto de un jabalí.
    —¿Y qué? —dijo el brujo al cabo de un rato, bajando la espada—. ¿Nos vamos a quedar así, de pie?
    —¿Y qué propones? ¿Que nos tumbemos? —bufó el monstruo—. Guarda ese hierro, te digo.
    El brujo metió diestramente el arma en la vaina de su espalda, sin bajar la mano acarició el pomo que sobresalía por encima del hombro.
    —Preferiría —dijo— que no hicieras movimientos demasiado violentos. Siempre es posible sacar esta espada, y más rápido de lo que te imaginas.
    —Lo he visto —gargajeó el monstruo—. Si no fuera por ello, ya hace rato que estarías al otro lado de la puerta, con la huella de mis tacones en tu trasero. ¿Qué quieres? ¿De dónde has salido?
    —Equivoqué el camino —mintió el brujo.
    —Equivocaste el camino —repitió el monstruo, abriendo la boca en un gesto amenazador—. Pues entonces desequivócate. Al otro lado de la puerta, se entiende. Pon la oreja izquierda hacia el sol y sigue así y enseguida encontrarás la carretera. Venga, ¿a qué esperas?
    —¿Hay agua por aquí? —preguntó tranquilamente Geralt—. El caballo está sediento. Y yo también, si esto no te molesta demasiado.
    El monstruo se apoyó de una pierna a la otra, se arrascó la oreja.
    —Escucha, tú —dijo—. ¿De verdad no tienes miedo de mí?
    —¿Y tendría que tenerlo?
    El monstruo miró a su alrededor, resopló, se tiró impetuosamente de los pantalones.
    —Ah, cuernos, qué más me da. Un huésped en casa, es como Dios en casa. No todos los días se encuentra uno a alguien que al verme no salga corriendo ni se desmaye. Bueno, vale. Si eres un viajero cansado, pero honesto, te invito a entrar. Si eres, sin embargo, un ladrón o malhechor, te aviso: esta casa me obedece. ¡Dentro de estos muros yo gobierno!
    Levantó una garra velluda. Todos los postigos de nuevo chocaron contra la pared y en la garganta de piedra del delfín algo hizo un ruido sordo.
    —Bienvenido —dijo.
    Geralt no se movió, mirándolo inquisitivamente.
    —¿Vives solo?
    —¿Y a ti qué te importa con quién vivo? —dijo con furia el ser, abriendo la boca y seguidamente riéndose en voz alta—. Ajá, entiendo. Seguro que te refieres a que si tengo cuatrocientos sirvientes de mi misma belleza. No los tengo. ¿Y qué, vas a aceptar una invitación hecha de corazón? ¡Si no, la puerta está allí, justo detrás de tu culo!
    Geralt se inclinó con rigidez.
    —Acepto la invitación —dijo formalmente—. No faltaré a la hospitalidad del anfitrión.
    —Mi casa es tu casa —dijo el ser, también con mucha formalidad pero descuidadamente—. Por aquí. Y pon el caballo ahí, junto al pozo.
    También en su interior pedía el palacio a gritos una reforma capital, aunque se mantenía una cierta limpieza y un cierto orden. Los muebles habían salido con seguridad de las manos de buenos artesanos, aunque esto había tenido lugar hacía mucho tiempo. En el ambiente se percibía un agudo olor a polvo. Estaba oscuro.
    —¡Luz! —bramó el monstruo y en el mismo momento de una tea sujeta con un mango de hierro saltaron humo y llamas.
    —No está mal —dijo el brujo. El monstruo se rió.
    —¿Sólo eso? Ciertamente veo que no es fácil impresionarte. Te dije que esta casa obedece mis órdenes. Cuidado, las escaleras son empinadas. ¡Luz!
    En las escaleras, el monstruo se volvió.
    —¡Algo se te menea en el cuello, amigo! ¿Qué es?
    —Míralo.
    El ser tomó el medallón en las garras, se lo acercó a los ojos, tensando la cadena ligeramente en el cuello de Geralt.
    —Este animal tiene una cara poco agradable. ¿Qué es?
    —El escudo de mi gremio.
    —Ajá, entonces seguro que te dedicas a fabricar bozales. Por aquí, por favor. ¡Luz!
    El centro de una amplia cámara, completamente falta de ventanas, lo constituía una enorme mesa de roble, vacía excepto por un candelabro de latón verdoso cubierto con festones de cera derretida y vuelta a solidificar. Ante una nueva orden del monstruo las velas se encendieron, temblaron, iluminaron un tanto el interior.
    Una de las paredes de la habitación estaba cubierta de armas. Colgaban allí composiciones de escudos redondos, alabardas cruzadas, picas y lanzas, pesadas porras y hachas. La mitad de la pared siguiente la ocupaba el hogar de una gigantesca chimenea, sobre el que colgaban filas de descascarillados y polvorientos retratos. La pared frente a la salida estaba repleta de trofeos de caza: cornamentas de alces y enmarañados cuernos de ciervos arrojaban largas sombras sobre los hocicos repletos de dientes de jabalíes, osos y linces y sobre las desgreñadas y deshilachadas alas de águilas y azores disecados. El lugar central, honorífico, lo ocupaba una ennegrecida y destrozada cabeza de dragón alpino con la estopa saliéndosele por los agujeros. Geralt se acercó.
    —Lo cazó mi abuelo —dijo el monstruo, arrojando en medio del hogar un gran tronco—. Creo que era el último de estos alrededores que se dejó cazar. Siéntate, amigo. ¿Estás hambriento, como me supongo?
    —No lo negaré, señor.
    El monstruo se sentó a la mesa, bajó la cabeza, juntó sobre la barriga las velludas garras, murmuró algo durante un momento, hizo girar los enormes pulgares, después de lo cual mugió en voz baja, colocando las zarpas sobre la mesa. Cuencos y platos chasquearon con el sonido del cinc y la plata, las copas tintinearon con el del cristal. Olía a asado, ajo, majorana, nuez moscada. Geralt no mostró sorpresa alguna.
    —Sí —alzó las garras el monstruo—. Esto es mejor que el servicio, ¿no es cierto? Sírvete, amigo. Aquí hay gallina, aquí jamón de jabalí, aquí paté de... no sé qué. De algo. Aquí tenemos codornices. No, cuernos, son perdices. Me equivoqué de hechizo. Come, come. Es comida de verdad, sabrosa, no tengas miedo.
    —No tengo miedo. —Geralt partió la gallina en dos mitades.
    —Me había olvidado —resopló el monstruo— de que no eres de los miedosos. ¿Cómo hay que llamarte, en este caso?
    —Geralt. ¿Y a ti, señor?
    —Nivellen. Pero en los alrededores me llaman la Bestia o el Colmilludo. Y asustan a los niños conmigo. —El monstruo se echó en la garganta el contenido de una enorme jarra y luego hundió los dedos en el paté, sacando del cuenco casi la mitad de un sólo golpe.
    —Asustan a los niños —repitió Geralt con la boca llena—. ¿Seguramente sin motivo?
    —Absolutamente. ¡A tu salud, Geralt!
    —Y a la tuya, Nivellen.
    —¿Qué tal el vino? ¿Has observado que es de uva y no de manzana? Pero si no te gusta, te hago otro.
    —No, gracias, éste no está mal. ¿Tus habilidades mágicas son de nacimiento?
    —No. Las tengo desde el momento en que esto me creció. El morro, se entiende. Yo mismo no sé de dónde salió, pero la casa cumple todo lo que yo deseo. Nada especial, sé crear comida, bebida, trajes, ropa de cama, agua caliente, jabón. Lo que toda hembra sabe hacer hasta sin encantamientos. Abrir y cerrar las puertas. Encender el fuego. Nada especial.
    —Ya es algo. Y este... como tú dices, morro, ¿lo tienes desde hace tiempo?
    —Desde hace doce años.
    —¿Y cómo fue?
    —¿Y a ti que te importa? Échate más vino.
    —Con gusto. A mí no me importa un comino, pregunto por curiosidad.
    —Un motivo comprensible y aceptable —se rió roncamente el monstruo—. Pero yo no lo acepto. Ni te va, ni te viene, y basta. Pero para satisfacer al menos en parte tu curiosidad, te mostraré cómo era yo antes de todo esto. Mira allí, sí, a los retratos. El primero, contando desde la chimenea, es mi padre. El segundo, el diablo sabe quién. Y el tercero soy yo. ¿Lo ves?
    Por debajo del polvo y las telarañas, les contemplaba desde el retrato, con una mirada acuosa, un gordito con un rostro hinchado, triste, granujiento. Geralt, a quien no le era extraña la tendencia a adular clientes, bastante general entre los retratistas, bajó la cabeza con tristeza.
    —¿Lo ves? —repitió Nivellen, mostrando los dientes.
    —Lo veo.
    —¿Quién eres?
    —No te entiendo.
    —¿No me entiendes? —El monstruo levantó la cabeza, los ojos le brillaban como a los gatos—. Mi retrato, amigo, está colgado más allá de la luz de las velas. Yo puedo verlo, pero yo no soy un ser humano. Por lo menos, no en este momento. Un ser humano, para poder ver el retrato, se hubiera levantado, se hubiera acercado, seguramente hubiera tenido que coger una vela. Tú no lo has hecho. La conclusión es muy sencilla. Pero te pregunto sin rodeos: ¿eres un ser humano?
    Geralt no bajó la vista.
    —Si lo pones así —contestó al cabo de un instante de silencio—, no del todo.
    —Ajá. No creo que peque de indiscreto, entonces, si pregunto quién eres.
    —Un brujo.
    —Ajá —repitió Nivellen un poco después—. Si no recuerdo mal, los brujos se ganan la vida de una manera curiosa. Matan monstruos por dinero.
    —Recuerdas bien.
    De nuevo se hizo el silencio. Las llamas de las velas temblaron, expulsaron hacia arriba unas estrechísimas lenguas de fuego, se reflejaron en los grabados de las copas de cristal, en las cascadas de cera que se deslizaban por el candelabro. Nivellen se sentó inmóvil, meneando apenas las enormes orejas.
    —Pongamos —dijo al fin— que alcanzas a desenvainar la espada antes de que te agarre. Pongamos que alcanzas incluso a golpearme con ella. Con mi peso, no es suficiente para pararme, te tiraré al suelo con el propio impulso. Y luego deciden los dientes. Qué piensas, brujo, ¿quién de nosotros dos tiene más ventaja si llega el momento de morder gargantas?
    Geralt, sujetando con el pulgar la caperuza de la jarra, se echó más vino, bebió un trago, se apoyó en el respaldo de su silla. Miró al monstruo con una sonrisa, y era aquélla una sonrisa harto amenazadora.
    —Síííí —dijo prolongadamente Nivellen, hurgándose con las uñas en los huecos de las muelas—. Hay que reconocer que sabes responder a las preguntas sin usar muchas palabras. Interesante, cómo te las vas a apañar con la siguiente que te hago. ¿Quién te ha pagado por mí?
    —Nadie. Estoy aquí por casualidad.
    —¿No me mientes?
    —No tengo por costumbre mentir.
    —¿Y qué tienes por costumbre? Me han hablado de los brujos. Recuerdo que los brujos raptan niños pequeños a los que dan luego unas hierbas mágicas. Los que sobreviven se convierten ellos mismos en brujos, hechiceros con habilidades inhumanas. Se les enseña a matar, se les elimina todo sentimiento e impulso propio de seres humanos. Se hace de ellos monstruos que han de matar a otros monstruos. He oído por ahí que ya va siendo hora de que alguien comience a cazar brujos. Porque monstruos hay cada vez menos, y brujos cada vez más. Come perdices, antes de que se enfríen.
    Nivellen tomó del cuenco una perdiz y se la metió entera en la boca. La mascó como si fuera una galletita, haciendo crujir los huesos pulverizados entre los dientes.
    —¿Por qué no dices nada? —dijo entrecortadamente, tragando—. ¿Qué hay de eso que dicen de vosotros, es verdad?
    —Casi nada.
    —¿Y qué es mentira?
    —Eso de que cada vez hay menos monstruos.
    —Cierto. Hay un montón. —Nivellen enseñó los dientes—. Justo uno está sentado delante de ti y se está pensando si hizo bien en invitarte. Desde el principio no me ha gustado el escudo de tu gremio, amigo.
    —Tú no eres un monstruo, Nivellen —dijo secamente el brujo.
    —Ah, cuernos, esto es algo nuevo. Entonces, según tú, ¿qué soy yo? ¿Jalea de arándanos? ¿Una bandada de patos gordos que vuelan al sur en una triste mañana de noviembre? ¿No? ¿Y puede entonces que sea la virtud perdida junto a una fuente por la dulce hija de un molinero? Venga, Geralt, dime quién soy. ¿No ves que me muero de curiosidad?
    —No eres un monstruo. De otro modo no hubieras podido tocar esa taza de plata. Y en ningún caso hubieras podido coger con la mano mi medallón.
    —¡Ja! —gritó Nivellen de tal forma que las llamas de las velas tomaron por un momento la posición horizontal—. ¡Hoy es justo el día en el que se aclararán todos los grandes misterios! ¡Ahora me voy a enterar de que estas orejas me han crecido porque cuando era un crío no me gustaban las papillas de cereales!
    —No, Nivellen —dijo Geralt con tranquilidad—. Sucedió a causa de un hechizo. Estoy seguro de que sabes quién te lanzó el hechizo.
    —¿Y qué pasa si lo sé?
    —Los hechizos se pueden deshacer. En muchos casos.
    —Y tú, como brujo, por supuesto que sabes deshacer hechizos. ¿En muchos casos?
    —Sé hacerlo. ¿Quieres que probemos?
    —No. No quiero.
    El monstruo abrió la boca y sacó una lengua roja de dos palmos de larga.
    —Te has quedado pasmado, ¿eh?
    —Pero pasmado —admitió Geralt.
    El monstruo se rió, se removió en el sillón.
    —Sabía que te iba a chocar —dijo—. Échate más vino, siéntate cómodamente. Te contaré toda la historia. Brujo o no, me caes bien y tengo ganas de hablar. Échate más.
    —No hay más que echar.
    —Ah, cuernos. —El monstruo carraspeó y de nuevo golpeó la mesa con la zarpa. Junto a las dos jarras vacías aparecieron de la nada varias damajuanas de barro en una cesta de mimbre. Nivellen abrió con los dientes un tapón de cera.
    —Como sin duda habrás observado —comenzó mientras servía—, estos alrededores están bastante despoblados. Hay un buen trecho hasta el lugar habitado más cercano. Porque, sabes, mi padre, y también mi abuelo, en sus tiempos, no dieron demasiados motivos para que los apreciaran los vecinos ni los mercaderes que recorrían la carretera. Todo el que se aventuraba por aquí, si mi padre lo veía desde la torre, perdía, en el mejor de los casos, su haber. Y un par de aldeas cercanas se quemaron porque mi padre pensaba que pagaban los tributos con demasiada lentitud. Poca gente quería a mi padre. Excepto yo, claro. Lloré amargamente cuando cierta vez trajeron en un carro lo que quedaba de él después del golpe de una tizona. De todos modos, por aquel entonces padre ya no se ocupaba de saquear activamente, porque, desde el día en que le habían dado en la cabeza con una porra, tartamudeaba de un modo terrible, babeaba y pocas veces alcanzaba a llegar a tiempo al retrete. Y pasó entonces que, como su heredero, tuve que liderar la banda.
    »Muy joven era yo entonces —siguió Nivellen—, un niño de teta, así que los de la banda hacían de su capa un sayo. Yo los lideraba, como puedes imaginarte, de la misma forma que un lechón bien gordo puede liderar una horda de lobos. De modo que comenzamos a hacer cosas que, de haber vivido mi padre, no hubiera permitido. Te ahorraré los detalles, iré derecho al asunto. Cierto día nos llegamos hasta Gelibol, cerca de Mirt, y saqueamos un santuario. Para más inri, había también una sacerdotisa muy jovencita.
    —¿De qué santuario se trataba, Nivellen?
    —El diablo sabe cuál, Geralt. Pero tenía que tratarse de un santuario poco bueno. Me acuerdo de que en el altar había cráneos y huesos y ardía un fuego verde. Apestaba como el infierno. Pero, al caso. Los muchachos se apoderaron de la sacerdotisa y la liberaron de sus ropas, después de lo cual dijeron que yo tenía que obrar como un hombre. Bueno, y obré como un hombre, estúpido mocoso. Durante mi actuación como hombre la sacerdotisa me escupió en la cara y gritó algo.
    —¿El qué?
    —Que soy un monstruo en la piel de un ser humano y que voy a ser un monstruo en la de un monstruo, y algo sobre amor y sobre sangre, no me acuerdo. El estilete, así de pequeño, lo tenía, me parece, oculto entre sus cabellos. Se suicidó, y entonces... Huimos de allí, Geralt, te digo que a poco no reventamos los caballos. Era un santuario poco bueno.
    —Sigue.
    —Siguiendo. Sucedió tal y como la sacerdotisa había dicho. Un par de días después, me despierto temprano, y los sirvientes, todo el que me veía, un grito y pies en polvorosa. Voy al espejo... Sabes, Geralt, entré en histeria, me dio algún ataque, recuerdo todo aquello como a través de una niebla. En pocas palabras, hubo cadáveres. Unos cuantos. Usé todo lo que caía en mis manos, de pronto me había hecho muy fuerte. Y la casa ayudaba como podía: se cerraban las puertas, volaba la vajilla por el aire, estallaba el fuego. Quien pudo escapó llevado por el pánico, mi tía, mi prima, los muchachos de la banda, qué digo, si se escapó hasta mi gata Tragoncilla. Incluso el papagayo de mi tía se quedó seco del miedo. Al final me quedé solo, rugiendo, aullando, gritando, rompiendo lo que caía en mis manos, sobre todo los espejos.
    Nivellen se interrumpió, suspiró, se sorbió los mocos.
    —Cuando se me pasó el ataque —dijo al cabo—, era ya demasiado tarde para hacer nada. Estaba solo. A nadie pude explicar ya que se me había transformado única y exclusivamente mi aspecto, que, aunque con una figura horrible, era tan sólo un crío estúpido, sollozando en un castillo vacío sobre los cadáveres de sus sirvientes. Luego me entró un miedo terrible: volverán y me matarán a golpes antes de que me dé tiempo a explicarme. Pero nadie volvió.
    El monstruo se quedó en silencio por un momento, se frotó la nariz con la manga.
    —No quiero volver a aquellos primeros meses. Geralt, todavía tiemblo cuando me acuerdo. Iré al grano. Mucho, mucho tiempo me quedé en el castillo como el ratón en su ratonera, sin sacar la nariz al exterior. Si aparecía alguien, y esto sucedía raramente, no salía, sino que mandaba a la casa que hiciera golpear dos o tres veces las ventanas o aullaba un poco a través de las gárgolas del canalón y, por lo general, esto bastaba para que el tipo dejara tras de sí una bonita nube de polvo. Así fue hasta el día en el que, un pálido amanecer, miro por la ventana y, ¿qué veo? Un gordo arranca una rosa del rosal de mi tía. Y has de saber que no se trataba de cualquier tontería, sino de rosas azules de Nazair, el esqueje lo había traído mi padre. La rabia me embargó y salté al patio. El gordo, cuando recobró la voz que había perdido al verme, murmuró que tan sólo quería una de aquellas rosas para su hija, que le perdonara y la dejara la vida y la salud. Ya me había decidido a echarlo de una patada por la puerta principal cuando se me ocurrió algo, me acordé de un cuento que me contara una vez Lenka, mi niñera, un vejestorio. Cuernos, pensé, se dice que las muchachas hermosas transforman las ranas en príncipes, y al revés, así que quizás... Puede que en esas habladurías haya una pizca de verdad, una posibilidad... Salté media legua, aullé de tal modo que las parras se desprendieron de los muros y grité: «¡Tu hija o la vida!», no se me ocurrió nada mejor. El mercader, porque era un mercader, se echó a llorar y después me dijo que su hija tenía ocho años. ¿Qué pasa, te ríes?
    —No.
    —Porque yo no sabía si llorar o reír por mi suerte de mierda. Me dio pena el mercader, no podía ver cómo temblaba, le invité a entrar, le agasajé y cuando se iba le metí oro y piedras preciosas en su bolsa. Has de saber que en los subterráneos quedaban todavía muchas riquezas desde los tiempos de mi padre, no sabía muy bien qué hacer con ellas, así que me podía permitir tal gesto. El mercader se iluminó, me dio las gracias hasta quedarse seco. Debió de vanagloriarse de sus aventuras donde fuera porque no habían pasado dos meses cuando apareció otro mercader por aquí. Traía preparadas bolsas de sobra. Y una hija. También de sobra.
    Nivellen metió los pies debajo de la mesa, se estiró hasta que el sillón crujió.
    —Por segunda vez hablé con un mercader —siguió—. Acordamos que me dejaría a la hija por un año. Hube de ayudarle a cargar el saco en la mula, él solo no hubiera sido capaz.
    —¿Y la muchacha?
    —Durante algún tiempo le daban convulsiones cuando me veía, estaba convencida de que me la iba a comer. Pero al cabo de un mes comíamos ya en la misma mesa, charlábamos y dábamos largos paseos. Y aunque era simpática y muy despabilada, la lengua se me quedaba pegada cuando hablaba con ella. Sabes, Geralt, siempre he sido tímido con las mujeres, siempre he hecho el ridículo, incluso con las mozas de los establos, ésas que tienen estiércol en las pantorrillas, a las que los muchachos de la banda se llevaban de acá para allá a su gusto. Hasta ésas se burlaban de mí. Y qué no será ahora, pensé, con este morro. No fui capaz, ni siquiera, de mencionar la causa por la que había pagado tan caro por un año de su vida. El año continuó más largo que un día sin pan, hasta que al fin apareció el mercader y se la llevó. Yo entonces, resignado, me encerré en casa y durante algunos meses no reaccioné ante ninguno de los sujetos con hijas que fueron viniendo. Pero después de pasar un año en compañía, me di cuenta de lo difícil que era no tener nadie a quien abrir la boca—. El monstruo produjo un sonido que había de ser un suspiro pero que sonó como si tuviera hipo.
    —La siguiente —dijo al cabo— se llamaba Fenne. Era pequeña, nerviosa y parlotera, un verdadero ratoncito. No me tenía miedo en absoluto. Un día, justo el día de mi mayoría de edad, nos emborrachamos con licor de miel y... je, je. Inmediatamente después me eché abajo de la cama y directo al espejo. Lo reconozco, me sentí decepcionado y rabioso. El morro estaba allí, tal y como era, puede que incluso con el añadido de una expresión más estúpida. ¡Y dicen que en los cuentos se encierra la sabiduría del pueblo! Una mierda de sabiduría, Geralt. Pero Fenne intentó con mucho ardor que olvidara mis preocupaciones. No te haces una idea de qué muchacha más alegre era. ¿Sabes lo que se le ocurrió? Asustábamos los dos juntos a los visitantes no deseados. Imagínate: entra uno en el patio, echa un vistazo y de pronto, con un aullido, le salto encima yo, a cuatro patas, y Fenne que, completamente desnuda, está sentada en mi lomo y sopla el cuerno de caza del abuelo.
    Nivellen se convulsionó de risa, le brillaba el blanco de los colmillos.
    —Fenne —continuó— estuvo en casa un año entero, luego volvió con su familia, con una gran dote. Pensaba casarse con cierto criador de cerdos, un viudo.
    —Sigue, Nivellen. Esto es muy entretenido.
    —¿Tú crees? —dijo el monstruo, arrascándose entre las orejas con un crujido—. Venga, vale. La siguiente, Prímula, era la hija de un caballero empobrecido. El caballero, cuando llegó aquí, tenía un caballo esquelético y una cota de mallas herrumbrosa e increíblemente larga. Era asqueroso, Geralt, ya te digo, como un montón de estiércol, y echaba a su alrededor una peste parecida. Prímula, me dejaría cortar una mano, debía de haber sido concebida cuando él estaba en la guerra, porque era bastante bonita. Y yo no le producía miedo, cosa no tan extraña al fin y al cabo, pues en comparación con su progenitor podía dármelas hasta de garboso. Ella tenía, como luego pude comprobar, un temperamento considerable, pero yo, habiendo cobrado confianza en mí mismo, tampoco me dormí en mis laureles. Apenas dos semanas después me encontraba ya en unas muy estrechas relaciones con Prímula, durante las cuales solía tirarme de la oreja y gritar: «¡Muérdeme, animal!», «¡Despedázame, bestia!». Y parecidas tonterías. Yo, en los descansos, corría al espejo, pero, imagínate, Geralt, que me miraba en él con creciente desasosiego. Cada vez me apetecía menos volver a ser aquella persona menos sana. Sabes, Geralt, antes yo era un flojucho, había crecido siempre metido en casa. Antes estaba siempre enfermo, tosía y se me salían los mocos, mientras que ahora no se me pegaba nada. ¿Y los dientes? ¡No te creerías cómo tenía de podridos los dientes! ¿Y ahora? Puedo morder la pata de una silla. ¿Quieres que muerda la pata de una silla?
    —No. No quiero.
    —Y mejor así. —El monstruo abrió la boca—. A las señoritas les hacía gracia cuando alardeaba de ello y me han quedado pocas sillas en casa. —Nivellen bostezó, a causa de lo cual la lengua se le enrolló como una trompeta.
    —Me ha cansado tanta plática, Geralt. En pocas palabras: después hubo otras dos, Ilka y Venimira. Todo sucedió del mismo modo, hasta el aburrimiento. Al principio una mezcla de miedo y reserva, luego un pelín de simpatía, reforzada por pequeños, aunque costosos, souvenires, luego «Muérdeme, cómeme entera», luego el regreso del papá, triste despedida y una merma cada vez más apreciable del tesoro. Decidí estar solo por una larga temporada. Por supuesto, hace ya bastante que he dejado de creer en que el besito de una virgen pueda cambiar mi forma. Y me he conformado con ello. Es más, he llegado a la conclusión de que está bien como está y de que no hace falta ningún cambio.
    —¿Ninguno, Nivellen?
    —Como te digo. Ya te he contado, la salud de caballo que está relacionada con esta forma es lo primero. Lo segundo: mi rareza funciona como un afrodisíaco para las mujeres. ¡No te rías! Estoy más que seguro de que como ser humano tendría que correr mucho para hacerme con una como, por ejemplo, Venimira, que era una virgen muy hermosa. A mí se me da que a uno como al del retrato ni siquiera lo miraría. Y en tercer lugar: seguridad. Padre tenía enemigos, un par de ellos sobrevivieron. Aquéllos a los que mi banda bajo mi penoso mando enviara al otro barrio tenían parientes. En el sótano hay oro. Si no fuera por el miedo que produzco, alguien vendría a por él. Aunque no fueran más que pueblerinos con sus viernos.
    —Pareces completamente seguro —dijo Geralt mientras jugueteaba con una copa vacía— de que en esta figura no has hecho nada a nadie. A ningún padre, a ninguna hija. A ningún pariente ni novio de las hijas. ¿Qué dices, Nivellen?
    —Espera, Geralt —se enfadó el monstruo—. ¿De qué hablas? Los padres no cabían en sí de gozo, ya te he contado, fui liberal más allá de lo imaginable. ¿Y las hijas? No las viste cuando llegaron aquí, con vestidos de lana basta, con las manitas blancas de la lejía de lavar, con la espalda doblada de llevar cántaros. Prímula, todavía dos semanas después de llegar, tenía marcas en la espalda y los muslos del cinturón de cuero con el que le zurraba la badana su noble padre. Y aquí andaban como princesas, lo único que llevaban en la mano era el abanico y ni siquiera sabían dónde estaba la cocina. Las vestí y las llené de oropeles. Con hechizos, les traía agua caliente a su gusto para que se bañaran en una bañera de latón que mi padre había robado en Assengard para mi madre. ¿Te imaginas? ¡Una bañera de latón! Pocos condes, qué digo, pocos monarcas tienen en su casa una bañera de latón. Para ellas ésta era una casa de cuento de hadas, Geralt. Y en lo que respecta a la cama... Cuernos, la virtud es en estos tiempos más rara que los dragones alpinos. Yo no las obligué a nada, Geralt.
    —Pero sospechabas que alguien me había pagado para matarte. ¿Quién podía haber pagado?
    —Algún canalla al que le apetecieran los restos de mi sótano y no tuviera más hijas —dijo con fuerza Nivellen—. La codicia humana no conoce fronteras.
    —¿Y nadie más?
    —Y nadie más.
    Ambos callaron, mirando las temblorosas llamas de las velas.
    —Nivellen —dijo de pronto el brujo—. ¿Estás solo ahora?
    —Brujo —dijo el monstruo al cabo de un rato—, pienso que tengo ahora razones suficientes para insultarte con palabras indecorosas, cogerte por el pescuezo y tirarte por las escaleras. ¿Sabes por qué? Porque me tratas como si fuera idiota. Desde el principio veo como colocas la oreja, como miras de soslayo la puerta. Sabes muy bien que no vivo solo. ¿Tengo razón?
    —La tienes. Perdón.
    —Al cuerno con tus perdones. ¿La has visto?
    —Sí. En el bosque, junto a la puerta. ¿Es ésa la causa por la que hace algún tiempo que los mercaderes y sus hijas se van de aquí con las manos vacías?
    —¿Y sabes eso también? Sí, es por eso.
    —Me permites que pregunte...
    —No. No te permito.
    De nuevo se hizo el silencio.
    —Qué más da, como quieras —dijo por fin el brujo, levantándose—. Gracias por tu hospitalidad, señor. Es hora de seguir mi camino.
    —De acuerdo. —Nivellen se levantó también—. Por determinadas razones no puedo ofrecerte pasar la noche en el castillo y no te aconsejo pernoctar en estos bosques. Desde que los alrededores se despoblaron, las noches son peligrosas por aquí. Debes volver a la carretera antes de que anochezca.
    —Lo tendré en cuenta, Nivellen. ¿Estás seguro de que no necesitas mi ayuda?
    El monstruo lo miró de soslayo.
    —¿Y estás seguro de que podrías ayudarme? ¿Serías capaz de quitarme esto?
    —No hablaba sólo de eso.
    —No has contestado a mi pregunta. O, mejor dicho... Creo que has contestado. No serías capaz.
    Geralt le miró directamente a los ojos.
    —Tuvisteis mala suerte —dijo—. De todos los santuarios en Gelibol y el Valle de Nimnar elegisteis justo Coram Agh Tera, la Araña de Cabeza de León. Para quitar un maleficio de la sacerdotisa de Coram Agh Tera, hacen falta conocimientos y capacidades que yo no poseo.
    —¿Y quién las posee?
    —¿Te interesa, entonces? Has dicho que todo está bien como está.
    —Como está, sí. Pero no como puede llegar a ser. Tengo miedo de que...
    —¿De qué tienes miedo?
    El monstruo se detuvo en las puertas de la estancia, se dio la vuelta.
    —Estoy harto de que siempre preguntes, brujo, en vez de contestarme. Está claro que hay que preguntarte de modo adecuado. Escucha, desde hace cierto tiempo tengo unos sueños terribles. Puede que la palabra «monstruosos» fuera mejor. ¿Tengo razón al tener miedo? En pocas palabras, por favor.
    —¿Después de esos sueños, al despertarte, no tienes nunca los pies manchados de barro? ¿Hojas de árboles en las sábanas?
    —No.
    —¿Y tampoco...?
    —No. En pocas palabras, por favor.
    —Haces bien en tener miedo.
    —¿Se puede contagiar? En pocas palabras, por favor.
    —No.
    —Por fin. Vamos, te acompañaré.
    En el patio mientras Geralt arreglaba las albardas, Nivellen acarició las patas a la yegua, le dio palmaditas en el cuello. Sardinilla, contenta de los mimos, bajó la cabeza.
    —Los animales me quieren —se enorgulleció el monstruo—. Y a mí me gustan también. Mi gata Tragoncilla, aunque se escapó al principio, luego volvió conmigo. Durante mucho tiempo fue el único ser vivo que me acompañó en mi soledad. A Vereena también...
    Se interrumpió, cerró la boca. Geralt se sonrió.
    —¿También le gustan los gatos?
    —Los pájaros. —Nivellen mostró los dientes—. Se me escapó, cuernos. Y qué más me da. No es una hija de mercader más, Geralt, ni una búsqueda más de si en viejas historias se encierra una pizca de verdad. Esto es algo serio. Nos amamos. Si te ríes te rompo los morros.
    Geralt no se rió.
    —Tu Vereena —dijo— es seguramente una náyade. ¿Lo sabías?
    —Me lo imaginaba. Delgaducha. Morena. Habla poco, en una lengua que no conozco. No come comida humana. Se pierde en el bosque durante días, luego vuelve. ¿Es normal esto?
    —Más o menos. —El brujo apretó la cincha—. Seguro que piensas que no volvería a ti si te convirtieras en ser humano.
    —Estoy seguro. Sabes cómo temen las náyades a los humanos. Pocos han visto una náyade de cerca. Y yo y Vereena... Ah, cuernos. Buena suerte, Geralt.
    —Buena suerte, Nivellen.
    El brujo dio con los talones en los costados de la yegua, se dirigió hacia la puerta. El monstruo se arrastró a su lado.
    —¿Geralt?
    —Habla.
    —No soy tan tonto como piensas. Llegaste aquí siguiendo las huellas de alguno de los mercaderes que estuvieron por aquí hace poco. ¿Le sucedió algo a alguno?
    —Sí.
    —El último estuvo aquí hace tres días. Con una hija, no de las más guapas, en cualquier caso. Ordené a la casa cerrar todas las puertas y postigos, no di señales de vida. Anduvieron un poco por el patio y se fueron. La muchacha cortó una rosa del rosal de la tía y se la prendió en el vestido. Búscalos en otro sitio. Pero ten cuidado, estos alrededores son horribles. Ya te dije que por la noche el bosque no es muy seguro. Se ven y se escuchan cosas poco buenas.
    —Gracias, Nivellen. Me acordaré de ti. Quien sabe, puede que encuentre a alguien que...
    —Puede. Y puede que no. Es mi problema, Geralt, mi vida y mi castigo. Me he acostumbrado a soportar esto. Si empeora, también me acostumbraré. Y si empeora demasiado, no busques a nadie, ven aquí tú solo y termina el asunto. Como los brujos. Suerte, Geralt.
    Nivellen se dio la vuelta y marchó enérgicamente en dirección al palacio. No se volvió a mirar ni una sola vez.

III
    Los alrededores estaban despoblados, asilvestrados, terriblemente hostiles. Geralt no volvió a la carretera antes del anochecer, no quería alargar el camino, cruzó atajando por el monte. Pasó la noche en la pelada cumbre de la alta colina, con la espada en las rodillas, delante de un pequeño fuego, en el que cada cierto tiempo arrojaba un ramillete de toja. En mitad de la noche percibió lejos en el valle el fulgor de un fuego, escuchó aullidos y cantos de locura y también algo que podían ser solamente los gritos de una mujer torturada. Se dirigió allí apenas comenzó a amanecer, pero halló tan sólo un calvero con la hierba pisoteada y unos huesos carbonizados en unas cenizas aún calientes. Algo, que estaba sentado en la copa de un gigantesco roble, aullaba y ululaba. Podía ser una silvia, pero podía ser también un simple gato montés. El brujo no se detuvo a averiguarlo.

IV
    Cerca del mediodía, cuando abrevaba a Sardinilla en un manantial, la yegua lanzó un agudo relincho y retrocedió, mostrando los dientes amarillos y mordiendo la boquilla. Geralt la calmó maquinalmente con la Señal y en aquel momento vio unos círculos regulares formados por el sombrerito rojo de unas setas que asomaban por entre el musgo.
    —Te estás volviendo una verdadera histérica, Sardinilla —dijo—. Esto es un círculo del diablo normal y corriente. ¿Por qué estas escenas?
    La yegua resopló, volviendo hacia él la cabeza. El brujo bajó la cabeza, frunció el ceño, se quedó pensativo. Luego, de un salto, se encontró encima de la montura, dio la vuelta al caballo, volviendo rápidamente sobre sus propias huellas.
    —«Los animales me quieren» —dijo—. Perdona, caballejo. Resulta que tienes más sesos que yo.

V
    La yegua bajó las orejas, bufó, arañó con sus pezuñas en la tierra, se negó a avanzar. Geralt no la calmó con la Señal: saltó de la silla, echó agua por la cabeza del caballo. No llevaba ya a la espalda su vieja espada en la funda de zapa. Su lugar lo ocupaba ahora una reluciente y hermosa arma con la hoja en cruz, una elegante y equilibrada empuñadura, terminada en una bolita de metal blanco.
    Esta vez la puerta no se abrió ante él. Estaba abierta, como la había dejado al irse.
    Escuchó un canto. No entendía las palabras, no podía siquiera identificar la lengua de la que procedían. No era necesario. El brujo sabía, sentía y comprendía la propia naturaleza de este canto, apagado, terrible, que introducía en las venas una ola de amenaza, que producía entorpecimiento y falta de voluntad.
    El canto se interrumpió violentamente y entonces la vio.
    Estaba junto al lomo del delfín en el estanque seco, abrazando la enmohecida piedra con unos pequeños brazos, tan blancos que parecían transparentes. Por debajo de la tormenta de negros cabellos brillaban dos ojos clavados en él, enormes, muy abiertos, del color de la antracita.
    Geralt se acercó lentamente, con un paso elástico y ligero, caminando en semicírculo desde el muro, junto al rosal de las rosas azules. El ser pegado al lomo del delfín volvió hacia él una pequeña carita con una expresión de indescriptible nostalgia, llena de belleza, lo que causó que otra vez se escuchara la canción, aunque la pequeña y pálida boca estuviera cerrada y no saliera de ella ni siquiera el más pequeño sonido.
    El brujo se detuvo a una distancia de diez pasos. Sacó poco a poco la espada de su vaina esmaltada de negro. La espada centelleó y brilló por encima de su cabeza.
    —Esto es plata —dijo—. Esta hoja es de plata.
    La carita pálida no tembló, los ojos de antracita no cambiaron su expresión.
    —Te pareces tanto a una náyade —continuó con tranquilidad el brujo— que puedes confundir a cualquiera. Sobre todo porque eres un pájaro bastante raro, cabellos negros. Pero los caballos no se equivocan nunca. Os reconocen por instinto y sin errores. ¿Qué eres? Pienso que una mura o una alpa. Un vampiro común y corriente no podría estar al sol.
    Las comisuras de la boquita pálida temblaron y se elevaron ligeramente.
    —Te atrajo el aspecto de Nivellen, ¿no es cierto? Esos sueños de los que habló, se los producías tú. Me imagino qué sueños serían y le compadezco.
    El ser no se movió.
    —Te gustan los pájaros —siguió el brujo—. Pero no te molesta morder las nucas de humanos de ambos sexos, ¿no? ¡De hecho, tú y Nivellen! Vaya una pareja que estáis hechos, el monstruo y la vampira, los señores del castillo del bosque. Os apoderasteis en un abrir y cerrar de ojos de toda la región. Tú, eternamente sedienta de sangre y él, tu defensor, asesino a tus órdenes, un instrumento ciego. Pero primero había de convertirse en un verdadero monstruo, no lo que era, un hombre en la máscara de un monstruo.
    Los grandes ojos negros se contrajeron.
    —¿Qué hay de él, cabellos negros? Estabas cantando, luego bebías sangre. Echaste mano del último recurso, lo que quiere decir que no has conseguido dominar su voluntad. ¿Me equivoco?
    La negra cabeza asintió ligera, casi imperceptiblemente, y las comisuras de la boca se alzaron aún más arriba. El pequeño rostro tomó un aspecto fantasmal.
    —Ahora seguro que te consideras la señora del castillo.
    Asintió otra vez, con más claridad.
    —¿Eres una mura?
    La cabeza negó en un lento movimiento. El silbido que se difundía sólo podía proceder de los pálidos labios que sonreían como una pesadilla, aunque el brujo no había visto que se movieran.
    —¿Una alpa?
    Negó de nuevo.
    El brujo retrocedió, apretó más con más fuerza la empuñadura de la espada.
    —Esto quiere decir que eres...
    Las comisuras de la boca se alzaron más y más, los labios se separaron...
    —¡Una lamia! —gritó el brujo arrojándose hacia el estanque.
    De detrás de los pálidos labios relampaguearon unos afilados colmillos. La vampira se levantó bruscamente, arqueó el cuerpo como un leopardo y gritó.
    Una ola de sonido golpeó al brujo como un ariete, privándole del aliento, aplastándole las costillas, traspasándole los oídos y el cerebro con espinas de dolor. Volando hacia atrás alcanzó todavía a cruzar las muñecas de ambos brazos en la Señal del Heliotropo. El encantamiento amortiguó en buena medida el ímpetu con el que estrelló la espalda contra el muro pero incluso así se le ennegrecieron los ojos y el aire se le escapó de los pulmones con un gemido.
    Sobre el lomo del delfín, en el círculo pétreo del estanque seco, en el lugar donde todavía hacía unos segundos estaba sentada una delicada muchacha con un vestido blanco, se aplastaba el reluciente cuerpo de un gigantesco murciélago negro que abría una boca larga y estrecha, llena de filas de dientecillos parecidos a agujas. Unas alas membranosas se desplegaron, se agitaron sin sonido y el ser se dirigió hacia el brujo como una flecha lanzada desde una ballesta. Geralt, sintiendo en la boca el sabor férreo de la sangre, realizó un encantamiento, lanzando delante de sí la mano con los dedos en forma de la Señal de Quen. El murciélago, silbando, dobló con violencia, se alzó chillando en el aire e inmediatamente se lanzó en picado hacia la nuca del brujo. Geralt saltó a un lado, dio un tajo con la espada, falló. El murciélago, fluido, con gracia, contrayendo un ala, dio la vuelta, le rodeó y atacó de nuevo, abriendo un ciego morro lleno de dientes. Geralt esperó, colocando en dirección al ser la espada que sostenía con las dos manos. En el último momento saltó, no al lado, sino hacia adelante, dio un revés, silbó el aire. No acertó. Resultó tan inesperado que perdió el ritmo, se retrasó una fracción de segundo. Sintió como las garras de la bestia le rasgaban las mejillas, y una húmeda ala de terciopelo le golpeaba en la nuca. Se volvió en el sitio, traspasó el peso del cuerpo a la pierna derecha y golpeó agudamente hacia atrás, errando de nuevo a causa de un fantástico quiebro del ser.
    El murciélago batió las alas, se alzó, emprendió el vuelo en dirección al estanque. En el momento en que las garras ensangrentadas rechinaron sobre la piedra del revestimiento, el monstruoso y babeante morro comenzó a transformarse, se metamorfoseaba, desaparecía, aunque los pequeños labios que aparecían en su lugar no cubrían aún los colmillos asesinos.
    La lamia lanzó un penetrante aullido, modulando la voz en un macabro canto, miró con ojos desmesurados al brujo, llena de odio, y gritó de nuevo.
    La onda de choque fue tan potente que rompió la Señal. En los ojos de Geralt giraban círculos rojos y negros, las sienes y la coronilla le latían con violencia. Con los oídos traspasados de dolor, comenzó a escuchar voces, quejidos y gemidos, el sonido de flautas y oboes, el ulular del viento. La piel del rostro se le entumeció y se le congeló. Cayó sobre una rodilla, agitó la cabeza.
    El murciélago negro se dirigió en silencio hacia él, abriendo mientras volaba las mandíbulas llenas de dientes. Geralt, aunque estaba aturdido por la onda de sonido, reaccionó instintivamente. Se levantó del suelo, adaptando con rapidez el tiempo de sus movimientos a la velocidad de vuelo del monstruo, dio tres pasos hacia adelante, un quiebro y una media vuelta, y después, rápido como un ratón, un golpe de espada con las dos manos. La hoja no encontró resistencia. Casi no encontró nada. Escuchó un chillido, pero esta vez fue un chillido de dolor, producido por el contacto con la plata.
    La lamia, aullando, se metamorfoseaba sobre el lomo del delfín. En el vestido blanco, un poco por encima del pecho izquierdo, se veía una mancha roja bajo un rasguño no más largo que el dedo índice. El brujo apretó los dientes: el golpe, que debía haber partido en dos a la bestia, no había producido más que un arañazo.
    —Grita, vampira —gruñó, limpiándose la sangre de la mejilla—. Grita lo que quieras. Pierde fuerzas. ¡Y entonces te cortaré tu preciosa cabeza!
    Tú. Debilitas primero. Hechicero. Mato .
    La boca de la lamia no se movió pero el brujo escuchó las palabras con claridad, resonaron en su cerebro explotando, vibrando sordamente, con un eco, como debajo del agua.
    —Ya lo veremos —murmuró, mientras se dirigía encorvado hacia el estanque.
    Mato. Mato. Mato .
    —Ya lo veremos.
    —¡Vereena!
    Nivellen, con la cabeza baja, agarrándose con las dos manos al bastidor, salió pesadamente por la puerta del palacio. Con paso vacilante, avanzó hacia el estanque, agitando inseguro las manos. El cuello del caftán estaba manchado de sangre.
    —¡Vereena! —gritó de nuevo.
    La lamia dobló la cabeza en su dirección. Geralt, con la espada lista para golpear, saltó hacia ella, pero la reacción de la vampira fue bastante más rápida. Un grito agudo y una nueva onda hizo caer al brujo. Se derrumbó boca arriba, se arrastró sobre la gravilla del paseo. La lamia, combándose, se tensó para saltar, los colmillos en su boca centellearon como el puñal de un asesino. Nivellen, abriendo los brazos como un oso, intentó detenerla, pero ella le gritó directamente a la cara y le lanzó unos metros hacia atrás, contra un andamiaje de madera que había junto al muro. El andamio se rompió con un estampido tremendo y le enterró bajo una pila de madera.
    Geralt ya se había levantado, corrió en un semicírculo, rodeando el patio, intentando alejar la atención de la lamia de Nivellen. La vampira, con el vestido blanco vibrando, voló directa hacia él, ligera como una mariposa, apenas rozando la tierra. No gritaba ya, no intentaba metamorfosearse. El brujo sabía que estaba cansada. Pero también sabía que incluso así era mortalmente peligrosa. A la espalda de Geralt, Nivellen salió con estruendo de entre las tablas, bramando.
    Geralt saltó a la izquierda, se cubrió con un corto y desorientador molinete de la espada. La lamia se deslizó hacia él, blanquinegra, desbocada, terrible. No pudo apreciar la imagen: gritaba mientras corría. No alcanzó a realizar la Señal, voló hacia atrás, su espalda se aplastó contra el muro, el dolor de la columna se le traspasó hasta las puntas de los dedos, los brazos se le paralizaron, las piernas se doblaron. Cayó de rodillas. La lamia, lanzando un aullido melódico, saltó hacia él.
    —¡Vereena! —gritó Nivellen.
    Se dio la vuelta. Y entonces Nivellen la golpeó con fuerza entre los pechos con un palo afilado y roto de tres metros de longitud. No gritó. Suspiró solamente. Al oír el suspiro, el brujo tembló.
    Estaban de pie. Nivellen, con las piernas bien asentadas, sujetaba el palo con las dos manos, apretando su extremo bajo la axila. La lamia, como una blanca mariposa en un alfiler, colgaba al otro lado de la barra, aferrándola también con ambas manos.
    La vampira suspiró terriblemente y de pronto cayó con fuerza sobre la estaca. Geralt vio como en su espalda, sobre el vestido blanco, crecía una mancha roja de la que entre un geiser de sangre sobresalía, indecente, asquerosa, una punta quebrada. Nivellen gritó, retrocedió un paso, luego otro, luego retrocedió rápidamente, pero sin soltar la barra, arrastrando consigo a la lamia. Un paso más y apoyó la espalda contra la pared del palacio. El extremo del palo, que mantenía bajo la axila, chirrió contra el muro.
    La lamia, lentamente, como con mimo, colocó los pequeños dedos alrededor de la barra, extendió los brazos en toda su longitud, se impulsó con fuerza por el palo y se aferró a él de nuevo. Ya había dejado más de un metro de madera ensangrentada a sus espaldas. Tenía los ojos muy abiertos, la cabeza echada hacia atrás. Sus expiraciones se hicieron más frecuentes, cobraron ritmo, enronquecieron.
    Geralt se había levantado pero, fascinado por la imagen, no podía decidirse a actuar. Escuchó unas palabras resonando sordamente en el interior de su cráneo, como bajo la bóveda de un subterráneo frío y húmedo.
    Mío. O de nadie. Te quiero. Quiero .
    Un nuevo suspiro, terrible, desgarrado, ahogado en sangre. La lamia se retorció, avanzó a lo largo del palo, extendió las manos. Nivellen bramó con fiereza, sin soltar la barra intentó mantener a la vampira lo más lejos posible de sí. En vano. Avanzó todavía más hacia adelante, lo agarró por la cabeza. Él aulló aún más terriblemente, agitó la peluda cabeza. La lamia de nuevo se deslizó por el palo, inclinó la cabeza hacia la garganta de Nivellen. Los colmillos brillaron con un blanco cegador.
    Geralt saltó. Saltó como un muelle liberado, automáticamente. Cada movimiento, cada paso que debía realizarse ahora, era parte de su naturaleza, era aprendido, inevitable, inconsciente, mortalmente seguro. Tres rápidos pasos. El tercero, como cientos de tales pasos antes de ahora, termina en la pierna izquierda con un pisar decidido. Una torsión del tronco, un golpe agudo y enérgico. Vio sus ojos. Nada podía cambiarse. Escuchó una voz. Nada.Gritó, para ahogar las palabras que ella repetía. Nada podía hacerse. Golpeó.
    Asestó seguro, como cientos de veces antes de ahora, con el centro de la hoja e, inmediatamente, siguiendo el ritmo del movimiento, realizó un cuarto paso y una media vuelta. La hoja, ya liberada al final de la media vuelta, se deslizó ante él brillando, dejando tras de sí un abanico de gotitas rojas. Los cabellos negros como ala de cuervo ondearon deshaciéndose, fluyeron por el aire, fluyeron, fluyeron...
    La cabeza cayó sobre la grava.
    ¿Cada vez hay menos monstruos?
    ¿Y yo? ¿Qué soy yo?
    ¿Quién grita? ¿Los pájaros?
    ¿Una mujer con una zamarra y un vestido azul celeste?
    ¿Una rosa de Nazair?
    ¡Qué silencio!
    Qué vacío. Cuánto vacío.
    En mi interior.
    Nivellen, hecho un ovillo, estremeciéndose con calambres y temblores, estaba tendido junto a la pared del palacio entre las ortigas, cubriéndose la cabeza con los brazos.
    —Levántate —dijo el brujo.
    Un hombre joven, guapo, bien construido, de tez pálida, tendido junto a la pared, levantó la cabeza, miró a su alrededor. Tenía la mirada perdida. Se restregó los ojos con los puños. Miró a sus manos. Se tocó la cara. Dio un gemido, colocó los dedos sobre las orejas, los tuvo largo rato en las encías. De nuevo se acarició el rostro y de nuevo gimió al tocar cuatro ensangrentadas e hinchadas heridas en la mejilla. Rompió en sollozos, después se rió.
    —¡Geralt! ¿Qué es esto? Cómo puede... ¡Geralt!
    —Levántate, Nivellen. Levántate y ven. En las alforjas tengo medicinas que nos son precisas a los dos.
    —Ya no tengo... ¿No tengo? ¿Geralt? ¿Cómo?
    El brujo le ayudó a levantarse, intentando no mirar las pequeñas manos, tan blancas que parecían transparentes, apretadas al palo que atravesaba por entre los dos pequeños pechos, cubiertos con una tela húmeda y roja. Nivellen gimió de nuevo.
    —Vereena...
    —No mires. Vamos.
    Cruzaron el patio, junto al rosal de las rosas azules, apoyándose el uno en el otro. Nivellen se tocaba el rostro incansablemente con la mano libre.
    —No me lo creo, Geralt. ¿Después de tantos años? ¿Cómo es posible?
    —En cada cuento hay una pizca de verdad —dijo el brujo en voz baja—. Amor y sangre. Ambos tienen mucha fuerza. Los magos y los sabios se rompen la cabeza con este problema desde hace años, pero nunca han conseguido llegar a ninguna conclusión, exceptuando que...
    —¿Qué, Geralt?
    —El amor debe ser verdadero.

Andrzej Sapkowski
El último deseo



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