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domingo, 20 de junio de 2021

'Los abismos’, de Pilar Quintana / La historia de una promesa cumplida

 

Pilar Quintana


'Los abismos’, de Pilar Quintana: la historia de una promesa cumplida

Su amiga, la escritora Melba Escobar, la retrata y repasa la trayectoria vital de la autora caleña.

Melba Escobar

24 de enero de 2021


Como si se tratara de un anuncio cabalístico, la novela 'Los abismos' fue galardonada el día 21 del año 21. Al menos, no a las 21:21 p. m., “momento de sincronía única en el siglo”, como dicen las redes sociales, con toda clase de supersticiones y profecías asociadas a esta coincidencia.

Sin cena, ni brindis, fotos, palmadas en la espalda ni gira por numerosos países como parte de las obligaciones de quien gana, Pilar apareció en la pantalla para dar una rueda de prensa frente a los jurados reunidos en Madrid el 21 del 21

Lo excepcional

Pero la gran excepcionalidad de que sucedió no radica en la fecha, los tiempos que corren o las características de la ceremonia. Lo admirable, infrecuente, único y extraordinario es el afecto con que el anuncio del nombre de la escritora fue recibido en las redes sociales.


“Siento como si el premio me lo hubiera ganado yo”, me dijo el jueves en la mañana una amiga en común. Y escucharía la misma frase numerosas veces a lo largo del día por personas que la conocen personalmente y otras que solo la han leído.

Y es ahí donde radica la excepcionalidad de Pilar. En el reconocimiento mayoritario a un talento que ya con 'La perra' se ganó no solo el corazón de la gente, también su admiración.

García Márquez solía decir: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. No sé cuál sea la intención de Pilar, lo cierto es que la gente la quiere, y no solo sus amigos. La quiere por sus palabras, por su honestidad, por su capacidad de asombrar, de trabajar sobre el papel con ahínco y testarudez hasta la extenuación.

En palabras del escritor Antonio García, uno de sus colegas más cercanos y socio en varios proyectos de escritura, “Pilar es una fuerza de la naturaleza. Pero a pesar de ser una mujer determinada, incansable, sabe que no se las sabe todas. Se pregunta si será bueno su trabajo, consulta, dialoga, concilia, reescribe una y otra vez. Duda, a pesar del éxito que tiene, y eso no es usual. Ahí está su fuerza”.

Antonio cuenta que llegó a entender la dimensión de su fortaleza cuando fue a visitarla a la selva, en el Pacífico colombiano, cerca de Juanchaco, donde vivió durante años después de recorrer el mundo y tener un primer matrimonio con un irlandés: “Pilar andaba con un machete abriendo trocha entre culebras, insectos gigantes. Le dio malaria, leishmaniosis, pero su plan era construir su casa, vivir allá. No iba a detenerse”.

Para el también escritor y amigo de la autora Alberto Barrera Tyszka: “La honestidad de Pili es desafiante. Su escritura tiene la precisión y la dureza de un bisturí, pero, a la vez, se hunde e indaga en la intimidad. Puede ser violenta y entrañable al mismo tiempo. De manera natural, desacraliza cualquier divinidad. Y eso está presente en su escritura”.

Abrir trocha

La conocí cuando ya había regresado de la selva a instalarse en Bogotá, hace unos siete años. Me sorprendió que una exalumna del Liceo Benalcázar de Cali, un colegio tradicional, católico, de mujeres, fuera tan malhablada.

Me asombraron la velocidad de sus movimientos, su cuerpo pequeño, en contraste con la fuerza en su voz y sus gestos. Admiré la naturalidad de su lucidez, las pocas palabras con las que dice tanto. Tan distintas ella y yo. Ambas caleñas, ambas mujeres y escritoras. Pero a su lado suelo sentirme lenta, pesada, parlanchina, tiesa y muy peinada.

Conocer a Pilar, como leerla, nos descoloca, nos confronta, nos refresca y, finalmente, nos cambia.

Para mí, ella es un modelo para seguir. Alguien que alienta, que tira hacia arriba. En un ambiente cargado de resentimientos y envidias, como es el literario, una mujer consagrada a su oficio, que no se detiene a discutir, ni siquiera a escuchar los chismes de la cuadrilla, es una fuente de inspiración.

Para mirarla, siempre elevo la mirada. Porque Pili es grande, inmensa. En su narrativa, el paisaje exterior nos crece por dentro.

Y así como esa selva de 'La perra' esculpe la dureza de los personajes de la novela, en 'Los abismos' la madre gravita en el sofocante ambiente de un destino impuesto.

La niña despeinada de 'Los abismos' mira a Claudia, su mamá, con ojos pequeños y profundos como los de la autora. La busca, la adivina y la entiende desde la mirada sagaz de la infancia. La madre y la niña irán a la montaña por la carretera terrorífica del kilómetro 18 que recuerda a la de 'El resplandor'. Unos abismos hondos y tortuosos como los de la madre, extraviada, al borde de un precipicio literal y simbólico.

Después de adentrarnos en la manigua, ahora Pilar nos invita a revivir la Cali de los años ochenta. Nos lleva a tantear su atmósfera, a presentir la agresividad en las formas socialmente impuestas, la ansiedad de la madre por escapar sin saber cómo ni a dónde.

Para mirarla, siempre elevo la mirada. Porque Pili es grande, inmensa. En su narrativa, el paisaje exterior nos crece por dentro

La cuarta ganadora colombiana de este galardón, después de Laura Restrepo (2004), Juan Gabriel Vásquez (2011) y Jorge Franco (2014), escribió una novela que se destacó sobre 2.428 obras originales enviadas desde diversos países de habla hispana. El premio son 175.000 dólares y una escultura del artista Martín Chirino. Hasta aquí, todo lo dicho es más o menos predecible, sabido, conocido por los 150 medios que cubrieron la transmisión de la rueda de prensa.

Lo que he venido a contarles es que la novela es excepcional como su autora, que a ella no la han detenido nunca el miedo, la pereza ni la duda. Tampoco la malaria, la leishmaniosis ni el infarto que tuvo, o la apendicitis con la que salió a trotar una vez en Bucaramanga, justo antes de que le fuera diagnosticada, porque para ella era “solo un dolor de estómago”.

Con Pilar coincidimos hará unos cuatro años en la isla de Providencia. Entonces yo esperaba a mi segundo hijo y me había ido unos días a encerrarme junto al mar mientras comenzaba mi novela 'La mujer que hablaba sola'.

Pilar estaba en la isla, un lugar que ambas queremos con el alma. Había viajado con su hijo Salvador. Iba con él atado en una manta. Así andaba kilómetros, así dictaba el taller de escritura que daba en la biblioteca, como si el niño de ojos enormes y curiosos fuese otra parte de su cuerpo.

En esos días hablamos de literatura, de la maternidad y sus poco nombradas metamorfosis, de la novela que yo estaba escribiendo, del futuro. Caminamos juntas por la playa, nos bañamos en el mar. Salvador, siempre ahí, como un testigo, un cómplice, plácido y silencioso.

Esta mujer testaruda, hecha de sangre negra, de olor a caña, marea, abismos y palabras precisas, ya se educó en un colegio de señoritas, ya se rapó la cabeza, ya viajó tres años por el mundo, ya hizo una casa con sus propias manos en el lugar de la furia, ya escribió cinco novelas, varios guiones, una obra de teatro.

La mujer de caparazón de hierro y corazón tierno ya sufrió el síndrome del corazón roto, ya fue madre después de los cuarenta, cuando estuvo segura de que ese era su deseo y no una impostura. Pilar, a diferencia de sus personajes, es la protagonista que logra salvarse al final, la figura de la emancipación, la heroína.

Su primera novela fue 'Cosquillas en la lengua' (Planeta, 2003). El primer libro que leí de ella fue 'Coleccionista de polvos raros' (Norma, 2007). Descubrí su narrativa descarnadamente franca, visual, ágil y mordaz. Su franqueza al hablar de sexo, de forma explícita y sin miramientos, me resultó inusitada para la Colombia de ese momento.

Su tercera novela es 'Conspiración Iguana' (Planeta, 2009). En ella vuelve a aparecer la selva que encontraremos como un ser viviente que nos devora en 'La perra' (Random House, 2017). Esta última novela puede considerarse la consagración de la autora. Con ella ganó no solo el Premio de Narrativa Colombiana (Eafit), sino que quedó entre los finalistas del National Book Award (Estados Unidos) a literatura traducida al inglés.

Y, finalmente, el jueves aparece el premio Alfaguara para esta amazona de las letras que seguramente nos dará aún muchas más alegrías. Además de las obras mencionadas, Pilar es autora del libro de cuentos 'Caperucita se come al lobo' (Random House, 2020), del guion para cine 'Lavaperros', escrito en compañía con Antonio García, así como de la obra de teatro 'El coach'.

Por último, aunque no quiero irme y podría seguir hablando de Pilar, de su gusto por la cerveza Stella Artois, por Bukowski y Jane Austen, de su afición a correr, su devoción por la vida, su amor por el mar, su obsesión de hacer cada cosa bien, y luego hacerla mejor, y después repetir...

Qué felicidad cuando un premio se lo gana alguien que tanto lo merece. Qué ganas de saber cuántas novelas extraordinarias más vendrán en los años por venir. Qué felicidad haber podido leer el borrador de 'Los abismos' y confirmar que Pilar tiene mucho más que dar que 'La perra'. Qué gusto seguir sus pasos en medio de esta selva tupida y con frecuencia oscura que es el mundo hoy.

Me alivia saber que Pilar existe, que está ahí, en la misma ciudad que yo. Que cada día se dedica con esmero al oficio que escogió como un apostolado, y a su familia, sus afectos.

La veo con su machete y sus botas Machita abriendo trocha por el monte, espantando culebras y tarántulas, domesticando sus abismos interiores sin disminuir la velocidad de su paso. La veo pequeñita, despelucada, incansable. Me cuesta seguirle el paso, no soy tan rápida, tampoco tengo su tenacidad.

Pero verla me inspira, me anima, me llena de fuerzas, me hace sentir que las mujeres podemos ir hacia delante, podemos ayudarnos a avanzar unas a otras, podemos ser una fuerza de la naturaleza, tener determinación y confianza, sin perder la sororidad, sin dejarnos olvidadas unas a otras a orillas del camino.

Qué privilegio ser una de quienes vamos detrás. Qué gusto ver con qué agilidad de gacela se abre camino, nos abre camino. Pilar me dice que lo que más la ha sorprendido de las reacciones de la gente ha sido el amor que ha sentido en ellas.

Me cuenta risueña que a Eduardo Otálora, su esposo, también escritor, padre de su hijo Salvador, le ha tocado convertirse en secretario para ayudarle con el montón de llamadas y mensajes que entran todo el tiempo.

—¿Y cómo recibió el premio Salvador? –le pregunto al final.

—Saltamos juntos en la cama. Después dijo que ahora tengo que ganarme el premio Nobel.

Así sea.

EL TIEMPO


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