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domingo, 28 de marzo de 2021


John Steinbeck 

Los agitadores


1


      Era de noche en la pequeña ciudad californiana cuando los dos hombres se apearon del tren y echaron a andar decididos por unas estrechas callejuelas. El aire olía fuertemente a fruta fermentada, que se almacenaba en los grandes cobertizos de los exportadores. En cada esquina una potente luz de arco oscilaba a impulsos del viento, poniendo en el suelo movedizas sombras de cables telefónicos. Los edificios de madera permanecían en silencio, como dormidos. Los sucios cristales de sus ventanas reflejaban las luces de la calle.


       Los dos hombres tenían la misma estatura, pero sus edades eran muy distintas. Llevaban el pelo muy corto y ambos vestían monos azules. El más viejo se había puesto sobre los hombros un viejo chaquetón de cuero y el joven llevaba un sweater de cuello muy alto. Al avanzar por la calle obscura, sus pasos resonaban con el eco que devolvían las paredes de las casas. El más joven empezó a silbar Mi melancólico bebé. Luego se calló de pronto.
       —Quisiera que se me olvidara esta maldita canción. La llevo en la cabeza, todo el día. Es muy antigua.
       Su compañero se volvió hacia él.
       —Tienes miedo, Root. Di la verdad. Estás muerto de miedo.
       Pasaban bajo una de las luces de arco. La expresión de Root se hizo dura, con los ojos entornados y la boca contorsionada.
       —No, no tengo miedo. —Cuando se alejaron de la luz pareció relajar sus facciones—. Sólo que quisiera tener un poco más de experiencia. Tú lo has hecho otra veces, Dick, y sabes lo que te espera. Pero yo lo hago por vez primera.
       —El único modo de aprender es hacerlo —afirmó Dick sentenciosamente—. En los libros no hay manera de aprender nada.
       Cruzaron la vía del tren. Una torre metálica que se divisaba al fondo aparecía cuajada de luces verdes.
       —Está muy obscuro —dijo Root—. Me gustaría saber si luego saldrá la luna. Generalmente es así cuando la noche es tan obscura. ¿Hablarás tú primero, Dick?
       —No, tú. Yo tengo más experiencia. Los observaré mientras les hablas y así podré intervenir cuando vea la cosa fea. ¿Sabes lo que vas a decirles?
       —Claro que sí. Lo tengo aquí, dentro de la cabeza, palabra por palabra. Yo mismo lo escribí y me lo he aprendido de memoria. He oído hablar de tipos que se levantaron a hablar y no supieron qué decir, hasta que de pronto les vino la inspiración y empezaron a soltar el chorro como si hablara otro en su lugar.
       Mike Sheane decía que eso era lo que siempre le pasaba a él.
       Pero yo no he querido correr ese riesgo, y he preferido aprendérmelo de memoria.
       Se oyó el silbido penetrante de un tren, y segundos después apareció raudo por una curva, iluminando intensamente los rieles. Los vagones pasaron con estrépito junto a los dos hombres. Dick se volvió a contemplarlo.
       —No iba mucha gente en éste —comentó con satisfacción—. ¿No me dijiste que tu viejo trabajaba en el ferrocarril?
       Root se esforzó porque no asomara la amargura en su voz.
       —Sí. Es guardafrenos. Me echó a patadas de casa cuando supo a lo que me dedicaba. Era incapaz de comprenderlo. Le hablé, pero no me comprendió. Me echó sin miramientos.—Su tono era amargado. De pronto se dio cuenta de que estaba poniéndose sentimental—. Eso es lo malo de esa clase de gente —añadió con dureza—. No ven más allá de sus narices. No se dan cuenta de lo que les va a ocurrir. Se han acostumbrado a las cadenas.
       —Ahórrate el discurso —le interrumpió Dick—. ¿Forma parte de lo que tienes que decir?
       —No, pero si te parece, lo añadiré.
       Las luces de la calle estaban cada vez más espaciadas. Una fila de álamos bordeaba la carretera, porque la ciudad se esfumaba y el campo empezaba a adueñarse del paisaje. De vez en cuando se veía una casa rodeada de un jardincillo pobretón y descuidado.
       —¡Cielos, qué obscuro está esto! —exclamó Root—. Si hay jaleo, esta obscuridad puede ayudarnos a escapar.
       Dick gruñó bajo el cuello subido de la chaqueta. Durante unos minutos caminaron en silencio.
       —¿Crees que saldrías corriendo, Dick, si las cosas se pusieran mal? —preguntó Root.
       —¡Nada de eso! Va contra las órdenes. Pase lo que pase, hay que aguantar. Pero tú eres un chiquillo. ¡Me parece que saldrías corriendo si pudieras!
       Root protestó.
       —Te crees un superhombre sólo porque lo has hecho un par de veces. Oyéndote podría creerse que habías creado el mundo tú sólito.
       —Por lo menos no me chupo el dedo —dijo Dick.
       Root siguió andando con la cabeza inclinada. Luego dijo, con voz ahogada:
       —Dick, ¿estás seguro de que no echarías a correr? ¿Estás seguro de que te quedarías quieto y aguantarías el chaparrón?
       —Claro que lo estoy. Lo he hecho otras veces, órdenes son órdenes, ¿no te parece? Además, es una buena propaganda.
       —Intentando penetrar la negrura de la noche, miró a Root—. ¿Por qué me lo preguntas, pequeño? ¿Es que estás asustado y piensas en escapar? Si tienes miedo más vale que lo dejes cuando aún estás a tiempo.
       Root se estremeció.
       —Escucha, Dick, tú eres mi amigo. No dirás a nadie lo que voy a decirte, ¿verdad? Nunca me han probado. ¿Cómo puedo saber lo que voy a hacer si alguien me da en la cara con un garrote? ¿Quién puede decir lo que haría en un caso así? No creo que saliera corriendo. Por lo menos, intentaría no hacerlo.
       —Está bien, muchacho. Dejémoslo así. Pero como intentes escapar, te aseguro que te denuncio. No queremos tipos cobardes con nosotros. No lo olvides nunca.
       —Bueno, deja de llamarme «muchacho». Ya estoy harto.
       Los árboles se espesaban a medida que avanzaban. El viento producía un suave susurro en las hojas. Un perro ladró tras una valla al pasar los dos hombres. Una ligera niebla empezó a descender sobre el campo, borrando las estrellas del cielo.
       —¿Estás seguro de que todo está listo? —preguntó Dick—. ¿Las linternas? ¿Los folletos? He confiado en ti.
       —Lo hice todo esta tarde —contestó Root—. Sólo me falta pegar los carteles, que están allí, guardados en una caja.
       —¿Hay petróleo en las linternas?
       —Lo había. Oye, Dick, algún chivato habrá dado el soplo, ¿no crees?
       —Seguro. Siempre es así.
       —Pero no has oído hablar de ningún intento de atacarnos, ¿verdad?
       —¿Cómo quieres que lo haya oído? ¿Es que te imaginas que iban a venir a avisarme? Domínate, Root. Estás muerto de miedo, ya lo veo. Y acabarás poniéndome nervioso si no te tranquilizas un poco.



2


      Se acercaban a un edificio bajo y cuadrado, completamente en tinieblas. Sus pasos resonaron por la acera de tablas.
       —Todavía no ha venido nadie —dijo Dick—. Vamos a abrir y a encender alguna luz.
       Estaban en un almacén abandonado, cuyas ventanas eran casi opacas por la suciedad que se había acumulado en los cristales. En una de ellas se veía pegado un anuncio de Lucky Strike y en otra uno de Coca-Cola. Dick empujó la puerta y entró. Con una cerilla encendió una linterna de petróleo, dejándola sobre un cajón vacío.
       —Vamos, Root, tenemos que darnos prisa.
       Las paredes estaban salpicadas de cal. En un rincón se veía un montón de periódicos amarillentos y del techo colgaban infinitas telarañas. El único mobiliario del local consistía en tres cajones que en otro tiempo habían contenido manzanas.
       Root se acercó a uno de ellos y sacó un cartelón con el retrato de un hombre pintado groseramente en rojo y negro. Cuidadosamente, lo fijó en la pared, frente a la lámpara. Luego puso otro cartel a su lado, un gigantesco símbolo en rojo sobre fondo blanco. Por último abrió el otro cajón y formó pilas de folletos y pequeños libros encuadernados en rústica. Sus pasos resonaban en el suelo de cemento desnudo.
       —¡Enciende la otra linterna, Dick! Está demasiado obscuro.
       —¿Te da miedo la oscuridad, muchacho?
       —No. Pero no tardarán en llegar todos. Necesitaremos más luz. ¿Qué hora es?
       Dick miró su reloj.
       —Las ocho menos cuarto. Algunos tendrían que haber llegado ya.
       Metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta, se acomodó con indolencia junto a uno de los cajones. No había donde sentarse. El retrato bicolor destacaba violentamente en la desnuda habitación. Root permanecía en pie, apoyado en la pared. La luz de una de las linternas chisporroteó de pronto, y la llama se extinguió. Dick se acercó a ella.
       —¿No habías dicho que tenían petróleo? Está vacía.
       —Juraría que la había llenado. ¡Mira! La otra está llena. Podemos repartirlo entre las dos.
       —¿Y cómo vamos a hacerlo? Tendríamos que apagar las dos. ¿Tienes cerillas?
       Root rebuscó en sus bolsillos.
       —Sólo dos.
       —¿Ves lo que pasa? Ahora tendremos que celebrar la reunión con una sola lámpara. Tendría que haberme encargado de todo yo mismo. Pero he estado demasiado ocupado. Creía que podía confiar en ti.
       —Quizá podría echar un poco de petróleo en esta lata y pasarlo luego a la otra linterna.
       —Sí, y prender fuego a la casa. Eres una ayuda estupenda.
       Root volvió a recostarse contra la pared.
       —Me gustaría que ya estuvieran aquí. ¿Qué hora es, Dick?
       —Las ocho y cinco.
       —¿Por qué tardarán tanto? ¿Qué esperan? ¿No les dijiste las ocho en punto?
       —¡Cierra el pico de una vez! Empiezo a cansarme. No sé por qué se entretienen tanto. Pero cállate, por lo que más quieras.
       —Volvió a esconder las manos en los bolsillos—. ¿Tienes un cigarrillo, Root?
       —No.
       La calma era absoluta. En la ciudad circulaban muchos automóviles; el rumor de sus motores llegaba hasta allí, acompañado de vez en cuando por el sonido de una bocina. Un perro ladraba con monotonía en una casa cercana. El viento agitaba las hojas de los árboles del camino.
       —¿Oyes, Dick? ¿No oyes voces? Creo que ya vienen.
       Volvieron la cabeza y escucharon atentamente.
       —No oigo nada. Has creído que oías.
       Root se acercó a una de las sucias ventanas y miró hacia fuera. Luego volvió al interior del cuarto y arregló de modo mecánico el montoncito de folletos.
       —¿Qué hora es, Dick?
       —¿Es que no puedes estarte quieto? Acabarás por volverme loco. Hay que tener hígados para hacer estas faenas. ¡Por todos los santos, demuestra que eres un hombre!
       —Bueno, Dick, no te pongas así; es mi primera salida.
       —¿Crees que no se nota? Haces todo lo que puedes por darlo a entender.
       La fuerza del viento iba creciendo. Las puertas crujieron y una se abrió con lentitud, lanzando un gemido. Entró una ráfaga de aire, agitando el montón de papeles viejos arrinconados y moviendo los carteles fijados en la pared como si fueran tapices.
       —Cierra esa puerta, Root... No, déjala abierta. Así los oiremos llegar. —Miró su reloj —. Ya casi son las ocho y media.
       —¿Crees que vendrán? ¿Cuánto tiempo tenemos que esperar si no aparecen?
       El mayor de los dos miró hacia la puerta abierta.
       —Lo antes que nos iremos será a las nueve y media. Tenemos orden de celebrar la reunión.
       Los sonidos nocturnos eran más audibles desde que la puerta quedó abierta. La danza de las hojas secas en el asfalto, el ladrido incesante del perro... En la pared el retrato en rojo y negro resultaba amenazador a la luz vacilante de la lámpara. Se había soltado por su parte inferior y azotaba el muro encalado. Dick se volvió a mirarlo.
       —Mira, muchacho —dijo con lentitud—. Sé que estás muerto de miedo. Cuando tengas miedo, míralo. —Señaló la pintura con el pulgar—. Él nunca tuvo miedo. Recuerda todo lo que hizo.
       El joven estudió el grosero retrato.
       —¿Estás seguro de que nunca tuvo miedo?
       Dick se enfadó.
       —Si alguna vez lo tuvo, nadie pudo darse cuenta. Apréndete la lección y no vayas por ahí dándole a entender a todo el mundo qué es lo que te pasa por el cuerpo.
       —Eres un buen amigo, Dick. No sé qué haría sin ti.
       —Ya verás como todo sale bien, pequeño. Tienes madera, de eso estoy seguro. Lo que pasa es que nunca te has fogueado.
       Root miró furtivamente hacia la puerta.
       —¡Escucha! ¿No te parece que viene alguien?
       —¡Déjate de manías! Cuando lleguen, bienvenidos.
       —Pues entonces, cerremos la puerta. Hace frío aquí. ¡Escucha! Ahora sí que viene alguien.
       Pasos precipitados se oyeron en el exterior, cada vez más cerca. Un hombre con unos pantalones de pana y una gorra sucia entró en el local. Jadeaba.
       —Más vale que salgáis de aquí cuanto antes —dijo—. Vienen a buscaros. No va a acudir nadie a la reunión. Iban a dejaros en la estacada, pero yo no he podido tolerarlo. ¡Aprisa! ¡Recogedlo todo y salid corriendo! Están a punto de llegar.
       El rostro de Root estaba pálido y tenso. Miró nervioso a Dick. Éste se estremeció. Ocultó sus manos en los bolsillos y levantó los hombros.
       —Gracias —dijo—. Gracias por el aviso. Ya puedes irte. No va a pasarnos nada.
       —Todos estaban dispuestos a dejaros solos —repitió el hombre.
       Dick asintió.
       —No me extraña, porque no saben ver más allá de sus narices. Vete corriendo antes de que te cojan.
       —¿Y vosotros, no venís? Puedo ayudaros a cargar con algo.
       —Nosotros nos quedaremos —dijo Dick con estólida expresión—. Tenemos orden de quedarnos aquí. No podemos hacer nada.
       El hombre se dirigía ya a la puerta. Se volvió.
       —¿Queréis que me quede?
       —No. Eres un buen muchacho, pero no es necesario que te quedes. Puedes ser más útil en otra ocasión.
       —Está bien. He hecho lo que he podido.



3


      Dick y Root le oyeron atravesar la acera de tablones y desaparecer en la noche. Las hojas secas reanudaron su rumorosa danza. Volvió a oírse el ronroneo de los motores ciudadanos.
       Root miró a Dick. Vio que, en el interior de los bolsillos, sus puños estaban crispados. Con los músculos tensos en las mandíbulas, sonrió al joven. Los carteles volvieron a azotar la pared.
       —¿Asustado, muchacho?
       Root quiso negarlo, pero al final se rindió.
       —Sí, muy asustado. Tal vez no sirvo para esto.
       —¡Ánimo, pequeño! —dijo Dick con firmeza—. ¡Ánimo!
       —Luego le recitó —: «Los pobres de espíritu deben ver en nosotros un ejemplo vivo de... de fortaleza. El mundo entero debe comprender de una vez dónde está la injusticia». Ahí lo tienes, Root. Es la consigna.
       Luego se sumió en profundo silencio. El perro intensificó sus ladridos.
       —Me parece que los oigo —dijo Root—. ¿Crees que nos matarán?
       —No, casi nunca matan a nadie.
       —Pero nos pegarán y nos golpearán, ¿verdad? Con palos y botellas hasta rompernos todos los huesos. A Mike le partieron la barbilla por cuatro sitios.
       —¡Tranquilízate, pequeño! ¡Tienes que tranquilizarte! Y es cúchame: si alguien te pega, no es él quien lo hace en realidad, sino el Sistema. Y no es a ti a quien pegan, sino al Principio. ¿Lo recordarás?
       —No quiero salir corriendo, Dick. Te lo juro. Si empiezo a huir, me pararás los pies, ¿verdad que lo harás?
       Dick se acercó a él y le puso una mano en un hombro.
       —Todo irá bien. Sé distinguir a los que tienen aguante de los que no saben lo que es eso.
       —Oye... ¿no será preferible esconder todo el material para que no lo quemen?
       —No, porque a lo mejor alguien se echa un folleto al bolsillo y luego lo lee. Vale más que lo dejemos todo tal como está. ¡Y cállate ya! Hablar no soluciona nada.
       El perro no quería interrumpir su lastimero ladrar. Una ráfaga de viento introdujo un montón de hojas secas por la puerta abierta. El retrato pegado a la pared se soltó por una esquina, doblegándose en triángulo. Root se acercó y volvió a sujetarlo. Lejos, un automóvil frenó con gran estrépito.
       —¿Oyes algo, Dick? ¿Vienen ya?
       —No.
       —Escucha, Dick. Mike estuvo dos días desmayado y con la barbilla rota antes de que acudiera nadie a socorrerle.
       El otro se volvió con enfado hacia él. Un puño cerrado emergió de uno de los bolsillos. Con los ojos entornados se acercó al muchacho. Cuando estuvo a su lado le pasó el brazo por los hombros.
       —Escúchame bien, pequeño —le dijo—. No sé mucho, pero he pasado otras veces por esto. Te diré una cosa. Cuando llega el momento, no se nota nada. Aunque te mataran, no te dolería.
       Dejó caer el brazo y se acercó a la puerta. Se asomó por ella y miró en las dos direcciones antes de volver a entrar.
       —¿Has oído algo?
       —No. Nada.
       —¿Por qué tardan tanto?
       —¿Cómo diablos quieres que lo sepa?
       —A lo mejor no vienen. Pudiera ser una mentira del que estuvo antes, una broma pesada.
       —Pudiera ser.
       —¿Y vamos... vamos a esperar toda la noche a que nos abran la cabeza?
       Dick se burló de él.
       —Sí, vamos a esperar toda la noche a que nos abran la cabeza.
       El viento bramó unos instantes barriendo la calle y luego cesó de pronto. El perro también dejó de ladrar. Un tren silbó al acercarse al paso a nivel y cruzó por la noche dejándola luego más silenciosa que antes. En una casa próxima se disparó un despertador con súbito ruido metálico. Dick observó:
       —Alguien que tiene que levantarse pronto. Un sereno, seguramente.
       Su voz sonaba demasiado fuerte en la quietud del paraje solitario. La puerta gimió otra vez y se cerró de golpe.
       —¿Qué hora es ya, Dick?
       —Las nueve y cuarto.
       —¿Todavía? Creía que estaba a punto de amanecer. Dime, Dick, ¿no tienes gana de que vengan de una vez y se acabe esto? ¡Escucha! Creo que he oído voces.
       Se quedaron rígidos, escuchando. Habían unido sus cabezas.
       —¿Oyes voces, Dick?
       —Creo que sí. Como si hablaran bajo.
       El perro ladró de nuevo, furiosamente esta vez. Entonces pudo oírse un murmullo de voces.
       —¡Mira, Dick! Creo que alguien se ha asomado por una ventana de atrás.
       El más viejo emitió un sonido ahogado, mezcla de carcajada y de juramento. —Es para que no podamos escapar. Han rodeado la casa. ¡Pronto estarán aquí! Recuerda ahora que no son ellos, sino el Sistema quien tiene la culpa.
       Se oían pasos precipitados. La puerta se abrió con violencia. Un numeroso grupo se abrió paso. Eran hombres mal vestidos, llevando en sus manos garrotes y herramientas. Dick y Root permanecieron en pie, rígidos, expectantes.
       Una vez dentro, los asaltantes parecieron vacilar. Formaron un semicírculo en torno a los dos hombres, mirándolos torcidamente, como si esperaran verlos moverse.
       Root miró de soslayo a Dick y vio que éste lo miraba a su vez con frialdad y aire crítico, como si midiera su calidad. Root ocultó entonces en los bolsillos sus manos temblorosas. Dio unos pasos adelante.
       —Camaradas —dijo en voz alta—, sois hombres como nosotros. Todos somos hermanos...
       Un palo le fue arrojado con violencia a la cara, levantándole la piel de la sien. Root cayó de rodillas y tuvo que levantarse apoyándose en el suelo con las manos.
       Todos lo miraban con curiosidad.
       Root se irguió de nuevo. La herida iba dejando un reguero de sangre que le caía cuello abajo. Su respiración era entrecortada. Sus manos habían dejado de temblar y su voz había adquirido una seguridad de que antes carecía. Tenía los ojos encendidos de pasión.
       —¿No os dais cuenta? —gritó—. Todo es por vosotros. Lo hacemos por vosotros, por nadie más que por vosotros mismos. No sabéis lo que estáis haciendo.
       —¡Acabemos con ellos!
       Era la orden de ataque. Todos se precipitaron en confusa avalancha. Mientras caía, Root pudo distinguir el rostro de Dick, petrificado en una sonrisa que más bien era una extraña mueca.



4


      Subió varias veces a la superficie, sin acabar de penetrar del todo en el estado consciente. Por fin, abrió los ojos y empezó a reconocer las cosas. Tenía la cabeza totalmente envuelta en vendajes. Sus hinchados párpados sólo le permitían ver parcialmente. Durante un rato permaneció inmóvil, pensando. Luego oyó cerca de él la voz de Dick.
       —¿Estás despierto, muchacho?
       Root probó sus cuerdas vocales, que sonaban ásperamente.
       —Eso creo.
       —Te han dejado una bonita cabeza. Creí que te habían matado. Me parece que no te quedará una nariz muy hermosa.
       —¿Qué te han hecho a ti, Dick?
       —Sólo me han roto un brazo y un par de costillas. Tienes que aprender a agachar la cabeza. Así se protegen los ojos. —Se detuvo para aspirar con fuerza—. Duele respirar cuando se tiene alguna costilla rota. Pero hemos tenido suerte. Los guardias nos recogieron y ellos son los que nos han traído aquí.
       —¿Estamos en la cárcel, Dick?
       —Sí. En la enfermería celular.
       —¿De qué se nos acusa?
       Oyó el ruido de la garganta de Dick cuando intentaba reír.
       —De incitar a una revuelta. Nos pondrán seis meses, me imagino. Los guardias se llevaron todos los folletos.
       —No les dirás que soy menor de edad, ¿verdad, Dick?
       —No, no. Y será mejor que cierres el pico, no sea que te lo noten en la voz. Ahora tienes que tomártelo con calma.
       Root guardó silencio. Luego habló de nuevo.
       —No me dolió, Dick. En realidad, me pareció divertido. Me sentía alegre... feliz.
       —Te has portado bien, pequeño. Tan bien como el mejor. Creo que les hablaré de ti a los del comité.
       Root se esforzó por dar expresión a lo que le rondaba por el cerebro.
       —Cuando estaban pegándome lo único que quería era poder decirles que no me importaba en absoluto.
       —Eso es, muchacho. Eso es lo mismo que te había dicho. No eran ellos. Era el Sistema. No tenemos necesidad de odiarlos. No sabían lo que estaban haciendo.
       Root hablaba lentamente, porque el dolor le producía somnolencia.
       —¿Te acuerdas, Dick, de que la Biblia dice algo así como «perdónalos porque no saben lo que se hacen»?
       La respuesta de Dick fue áspera.
       —Déjate de historias de religión, muchacho. No olvides que «la religión es el opio del pueblo».
       —Sí, sí; ya lo sé —replicó Root—. Pero es que... así era como yo pensaba en aquel momento. Eso era lo que sentía.


1934

John Steinbeck
El valle largo


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