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miércoles, 17 de marzo de 2021

Antonio Tabucchi / Las tardes del sábado

 

Ilustración de Andrea Ucini


Antonio Tabucchi

LAS TARDES DEL SÁBADO

    Iba en bicicleta, dijo la Nena, llevaba un pañuelo con nudos en la cabeza, lo he visto bien, también él me vio, quería algo de aquí de casa, eso lo entendí, pero pasó como si no pudiese detenerse, eran las dos en punto.
    La Nena por aquel entonces llevaba un aparato de metal en los dientes que se obstinaban en crecerle torcidos, tenía un gato pelirrojo al que llamaba «mi Belafonte» y se pasaba el día canturreando Banana Boat, o preferiblemente silbándola, porque gracias a los dientes el silbido le salía perfecto, mejor que a mí. A mamá parecía molestarle mucho, pero normalmente no la reñía, se limitaba a decirle pero deja en paz a ese pobre animal, o bien, cuando se veía que le entraba la melancolía y simulaba descansar en la butaca y la Nena corría al jardín, bajo los oleandros, donde había instalado su pied-à-terre, se asomaba a la ventana apartándose un mechón de cabellos que se habían pegado a su frente por el sudor y con voz cansada, no como si le estuviese haciendo un reproche, sino como si fuese su propio lamento, una letanía, le decía, pero deja ya de silbar esas tonterías, parece mentira, y además sabes de sobra que las niñas bien educadas no deben silbar.


    El pied-à-terre de la Nena consistía en la tumbona de lona azul que había sido la preferida de papá y que ella había apoyado contra los dos macetones de alheñas, formando una pared. Sobre la pelouse que le hacía de suelo había dispuesto todas sus muñecas (sus «amiguitas»), el pobre Belafonte atado con la cadena y un teléfono de hojalata roja, un regalo que la tía Yvonne me había hecho el año pasado el día de mi santo y que yo luego le había pasado. Por otra parte nunca me había gustado, era un juguete insulso y absolutamente inadecuado para un chico de mi edad, pero había que tener paciencia y ser educados, decía mamá, la tía Yvonne no tenía hijos, no porque no los hubiese deseado, la pobre, y no tenía ni idea de cuáles eran los juguetes apropiados para un chico. A decir verdad la tía Yvonne no tenía ni idea de nada, ni siquiera de qué decir en determinadas circunstancias, era tan distraída, llegaba siempre tarde a las citas y cuando venía a nuestra casa siempre se había dejado algo olvidado en el tren, pero aun así no era una desgracia, decía mamá, por suerte te has olvidado algo, de lo contrario pobres de nosotros; y la tía Yvonne sonreía como una niña culpable, mirando azoradísima todas las maletas que había depositado en el recibidor, mientras desde la calle el taxi tocaba la bocina para recordarle que aún no le había pagado. Y así, debido a su carácter, se le había escapado «una plancha imperdonable», como había dicho empeorando la situación mientras mamá sollozaba en el sofá (pero luego mamá la había perdonado en seguida), cuando llegó a nuestra casa después de la desgracia anunciándose con una llamada telefónica que había recibido el viejo Tommaso, del que se había despedido diciendo mis respetos al señorito oficial, y el estúpido de Tommaso lo había repetido llorando a lágrima viva, pero qué se le va a hacer, era arteriosclerótico, y no es que de joven fuese mucho más brillante, había oído decir siempre; lo había repetido mientras mamá hablaba con el notario en la sala, aquel día infernal en el que había tenido que pensar en todo, «en todo menos en aquello en lo que habría querido verdaderamente pensar, a solas con mi dolor». Pero el hecho era que aquella despedida la tía Yvonne la venía repitiendo desde hacía años, era una gracia que se remontaba al cuarenta y uno, cuando papá y mamá eran novios, él era oficial en La Spezia, para que ella y la tía Yvonne hiciesen vacaciones había alquilado una casita en Rapallo cuya propietaria era una señora muy cursi que no desperdiciaba la menor ocasión para poner de manifiesto sus orígenes aristocráticos, por otra parte muy discutibles, y a la que le gustaba entablar conversación regando el jardín mientras mamá y la tía Yvonne salían a la terraza a tomar el fresco, y al despedirse decía siempre mis respetos al señorito oficial, lo que hacía desternillarse de risa a la tía Yvonne, que abandonaba rápidamente la terraza para poder reírse a sus anchas como una loca.
    Así pues mamá, aquellas tardes de verano, mientras yacía en la butaca con los ojos cubiertos por un pañuelo, cuando oía a la Nena silbar Banana Boat suspiraba y la dejaba. Qué quieres que haga, Pobre chiquilla, había oído decir a la tía Yvonne, si no es feliz a su edad cuándo va a serlo, déjala en paz. Y mamá, con los ojos brillantes, había asentido retorciéndose las manos. La tía Yvonne había venido a despedirse a principios de mayo, tenía un aire cariacontecido además de su aire atolondrado había dicho querida comprendes, no podemos dejar de hacerlo, qué quieres Rodolfo ya no puede seguir aquí, sabes que todos se han echado sobre él como chacales, no pasa un día que no salga en las páginas financieras, así no se puede vivir, ni que fuese el presidente del Banco de Italia, y además sabes, ese empleo en Suiza le da prestigio, no hemos tenido hijos, para nuestra desgracia, su única satisfacción ahora es la carrera, no puedo obstaculizar lo que da sentido a su vida, sería
inhumano, de todas formas Lausanne no está en la otra punta del mundo, ¿no crees?, una vez al año por lo menos nos veremos, mejor dicho en septiembre sin ir más lejos estaremos aquí, y cuando queráis venir la casa está a vuestra disposición. Era un domingo por la mañana. Mamá se había puesto un velo negro, porque ya estaba preparada para la misa, permanecía inmóvil en una silla con la mirada perdida en el vacío, sin ver a la tía Yvonne sentada frente a ella, sin ver el buffet de la sala que estaba detrás de la tía Yvonne, y asentía con la cabeza lentamente, con calma y resignación, y con un aire de comprensión y de ternura.

    Los domingos se habían hecho mucho más tristes, sin las visitas de la tía Yvonne. Al menos cuando ella venía había un poco de movimiento, tal vez de confusión, porque llegaba de repente y el teléfono sonaba sin parar mientras permanecía en casa, e incluso después; además se ponía un delantalito de cocina que resultaba divertidísimo sobre su ropa de gran señora —largas faldas de seda, blusas de chiffon, el sombrerito superchic con la camelia de organza— y ataviada de aquel modo declaraba que iba a preparar alguna exquisitez francesa, una mousse Versailles, por ejemplo, dado que en nuestra casa la comida era «de una obviedad espeluznante». Luego sucedía que en el último momento mamá tenía que recurrir a la obviedad espeluznante, escalopinas de ternera al limón y guisantes con mantequilla, porque con sus innumerables conferencias telefónicas la tía Yvonne habría terminado la mousse a las cuatro de la tarde, y la Nena y yo, impacientes, rondábamos por la cocina comisqueando bastoncitos de pan y taquitos de queso. Pero no obstante todo aquel alboroto introducía al menos un poco de alegría, aunque después a mamá le tocase lavar seis o siete pirex; de todas formas la mousse quedaba para el día siguiente, y era verdaderamente exquisita.
    Durante todo mayo y una parte de junio los días transcurrieron bastante aprisa. Mamá estaba ocupadísima con sus azaleas, que aquella primavera venían muy atrasadas, parecían reacias a brotar, como si también ellas hubiesen sufrido con toda la familia, las flores son tan sensibles, decía mamá arrodillada ante la jardinera, se dan perfecta cuenta de lo que pasa, son sensitivas; y yo estaba enfrascadísimo en la tercera declinación, especialmente con los parisílabos y los imparisílabos, no conseguía acordarme de los que acababan en um
y los que acababan en ium, la profesora había dicho este niño va mal desde el principio de curso, confunde todas las declinaciones, y además qué quiere que le diga señora, el latín es una lengua exacta, es como las matemáticas, hay quien está dotado y quien no lo está, su hijo va mejor en la redacción libre, de todas formas si estudia puede recuperar. Y así me había pasado todo el mes de mayo tratando de recuperar, pero evidentemente no había recuperado lo suficiente.
    Junio transcurrió ni bien ni mal. Las azaleas finalmente florecieron, aunque menos majestuosas que el año anterior, mamá estuvo muy ocupada construyendo para ellas un pequeño invernadero con esteras, porque el sol les era fatal, las marchitaba en un abrir y cerrar de ojos, y colocó las macetas al fondo del jardín, al pie de la tapia, donde no daba el sol hasta después de las cinco. El pobre Tommaso andaba atareado todo el día, a pesar del temblor en las manos y el paso que ya no era el de antes: procuraba ser útil como podía, cortaba la hierba con la hoz, pintaba de rojo las tinajas de los limoneros de la terraza, intentó incluso sulfatar la pérgola de parra frente a la puerta del garaje, que estaba infestada de parásitos. Pero era mucho peor que si no hiciese nada y él se daba cuenta, y parecía aterrorizado, por lo demás sin motivo, pero era difícil hacérselo entender, y se pasaba el día repitiéndole a mamá que no le mandase al hospicio, por amor del señorito oficial al que él había amado como a un hijo, porque en el hospicio le meterían en una cama y le harían hacer pipí en la retorta, se lo había dicho un primo suyo al que iba a ver todos los domingos, y él antes que eso prefería morirse, no se había casado, la última en verlo desnudo había sido su madre cuando él tenía catorce años, y la idea de una señorita que le hacía hacer pipí en una retorta le daba pánico. Entonces a mamá se le ponían los ojos brillantes, le decía pero no digas tonterías Tommaso tú morirás aquí ésta es tu casa, y Tommaso habría querido besarle las manos, pero mamá se retraía y decía que dejase ya de lamentarse, que ella tenía ya bastantes penas y que por qué no pensaba en arrancar toda aquella gramínea que se extendía bajo las alheñas y no dejaba crecer los árboles.
    Los días peores llegaron a finales de julio, cuando estalló un calor tórrido que decían que no se recordaba desde hacía años. Por la mañana, más o menos, era soportable, yo me ponía los patines y hacía un poco de ejercicio en el caminito de ladrillos que iba desde la puerta de la casa hasta la verja, mamá estaba ocupada con la comida, a veces hasta tenía encendida la radio, y era siempre una buena señal, pero sólo programas hablados, como las noticias o «Los oyentes nos escriben», y si había canciones cambiaba en seguida de emisora. Pero las primeras horas de la tarde eran bochornosas y monótonas, henchidas de melancolía y de silencio, hasta el zumbido lejano de la ciudad se apaciguaba, parecía que sobre la casa y sobre el jardín descendiese una campana de cristal empañado en la que las únicas supervivientes fuesen las cigarras. Mamá se sentaba en la butaca de la sala con un pañuelo húmedo sobre los ojos y reclinaba la cabeza sobre el respaldo, yo permanecía ante la pequeña cómoda de mi cuarto, desde donde podía verla si alargaba el cuello, intentando grabar en mi memoria nix-nivis strix-strigis para ver si recuperaba en septiembre, y a la Nena la oía trajinar en su pied-à-terre canturreando Banana Boat o bien chancletear por el caminito porque llevaba de paseo a su Belafonte hasta la verja, pobre animalito, y le susurraba salgamos a ver un poco de mundo, cariño: como si delante de casa hubiese quién sabe qué. Pero el paseo a aquellas horas estaba completamente desierto, y tampoco es que a otras horas fuese muy transitado. Al otro lado de la calle, detrás de la explanada donde surgían las primeras casitas, se veía la ciudad, sumergida en una niebla temblorosa, y a la izquierda el paseo moría en los campos amarillos salpicados de árboles y de caserones solitarios. Hacia las cinco, pero no todos los días, pasaba el carrito de los helados con un cajón en forma de góndola sobre el que estaban dibujados la iglesia de San Marco y el letrero especialidades venecianas. Era un hombrecito que pedaleaba cansinamente, tocaba una corneta de latón para anunciarse y gritaba a pleno pulmón: «¡Dos cucuruchos cincuenta francos!» Y luego, hecha esta excepción, todo era silencio y soledad.
    Desde que a mamá, después de lo que había pasado, le había dado por cerrar con llave la verja para que no pudiese entrar nadie y nosotros no pudiésemos salir, ver al heladero era siempre mejor que nada. Mi profesora había dicho que me convendría ir a clases particulares, pero mamá había contestado que le parecía un poco difícil, hacíamos todos una vida muy retirada, confiaba en que pudiese entenderlo, y que de no haber sido por los proveedores habría hecho eliminar incluso el teléfono, sólo lo mantenía por esa necesidad o por si alguna vez uno se encontraba mal, y por otra parte lo tenía desconectado todo el día porque no soportaba los timbrazos. Precaución tal vez excesiva, porque al fin y al cabo ¿quién iba a telefonear desde que la tía Yvonne se había ido a vivir a Lausanne?
    La Nena se había tomado peor que yo aquella nueva costumbre de mamá de no salir nunca, pero ella no tenía la suerte de poder ocupar las tardes con los plurales en ium, no tenía nada que hacer, la pobre, en la escuela primaria no te dejan para septiembre, y durante un rato intentaba matar el tiempo en su pied-à-terre o arrastrando de la cadena a Belafonte hasta la verja para ver algo de mundo, pero luego se cansaba, se le quitaban incluso las ganas de cantar Banana Boat y se acercaba de puntillas hasta mi ventana y me decía me aburro, ven un rato a mi pied-à-terre a jugar a las visitas, yo soy la señora y tú el arquitecto que se quiere casar conmigo. La despachaba en voz baja para no molestar a mamá, y si insistía le decía strix-strigis strix-strigis, que era una ofensa, ella lo entendía perfectamente y se retiraba con aire furibundo sacándome la lengua.
    Pero mamá no dormía y yo lo sabía. Me había dado cuenta de que a veces lloraba en silencio, con la cabeza reclinada, veía dos lágrimas que resbalaban por sus mejillas, bajo el pañuelo que cubría sus ojos; y las manos sobre el regazo, aparentemente inmóviles, eran sacudidas por un estremecimiento imperceptible. Entonces cerraba mi gramática latina, me quedaba un rato mirando fijamente la Minerva color sepia de las tapas y luego me escabullía al jardín por la puerta de tela metálica de la cocina, por la parte del garaje, para no verme mezclado en los estúpidos juegos de la Nena en los que debería hacer de arquitecto. Por aquel lado la hierba era más bien alta, porque Tommaso no se había sentido capaz de cortarla, y me gustaba pasear por allí, sumergido en aquel calor pegajoso, sintiendo los juncos que me acariciaban las piernas desnudas hasta la red metálica de la valla que lindaba con el abierto. Iba en busca de lagartijas, que habían hecho los nidos por aquella zona y que tomaban el sol inmóviles sobre las piedras, con la cabeza erguida y los ojitos fijos en el vacío. Habría podido cazarlas con un lazo de junco que me había enseñado a hacer un compañero de escuela, pero prefería observar aquellos cuerpecitos incomprensibles y suspicaces al menor ruido, como absortos en una plegaria indescifrable. A menudo me echaba a llorar y no sabía por qué. Se me llenaban los ojos de lágrimas sin que pudiese evitarlo, pero por el latín desde luego no era, los parisílabos y los imparisílabos ahora me los sabía de memoria en el fondo mamá tenía razón, para estas cosas no hacía ninguna falta ir a clase y salir de casa, bastaba un poco de estudio. Sólo que me entraban ganas de llorar y entonces me sentaba sobre el pequeño muro contemplado las lagartijas y pensando en los veranos precedentes. El recuerdo que más me hacía llorar era una imagen: papá y yo en un tándem, él delante y yo detrás, mamá y la Nena en otro tándem que nos seguían gritando esperadnos, al fondo estaba la pineda oscura de Forte dei Marmi y frente a nosotros el azul del mar, papá llevaba pantalones blancos y el que llegaba primero a los baños La Ballena sería el primero en comer un helado de arándanos. Y entonces no conseguía contener los sollozos y tenía que taparme la boca con las manos para que mamá no me oyera, mi voz sofocada era un gorgoteo apagado parecido al ronroneo de Belafonte cuando se resistía a ser arrastrado de la cadena; y la saliva, mezclada con las lágrimas, empapaba el pañuelo que me metía desesperadamente en la boca, y entonces me ponía a morderme las manos, pero muy lentamente, con suaves mordiscos, qué extraño, en aquel momento todo se confundía y sentía en el paladar, agudo, nitidísimo, con una fragancia inequívoca, el sabor del helado de arándanos.
    Era aquel sabor lo que al final me calmaba, me sentía súbitamente exhausto, sin fuerzas para llorar, para moverme, para pensar. A mi alrededor, entre la hierba, zumbaban las moscas y se paseaban las hormigas, me parecía estar en un pozo, sentía dentro de mí un enorme peso, no podía ni tragar saliva y me quedaba contemplando sobre los setos el velo de calor que nublaba el horizonte. Luego lentamente me levantaba y volvía a la cocina. Mamá seguía simulando dormir en la butaca o tal vez se había dormido de verdad. Oía a la Nena que regañaba a Belafonte, le decía bobo será posible que no te des cuenta de lo bonito que es este lazo, por qué te empeñas en estropearlo, bobo, no todos los gatos pueden llevarlo. Subía la guillotina de tela metálica de la ventana y la llamaba en voz baja, pss pss Nena ven que vamos a merendar, quieres pan con requesón o prefieres mermelada, voy a abrir un tarro. Y ella corría hecha unas pascuas, dejando plantado a Belafonte que intentaba en vano quitarse el lazo del cuello, muy satisfecha de que por fin me hubiese acordado de ella, tal vez con la esperanza de poder convencerme de jugar al arquitecto.
    Mamá normalmente daba señales de vida en torno a las seis, paseaba por la casa ordenando las pocas cosas que había que ordenar, qué sé yo, desplazando algún objeto dos o tres centímetros, alisando un centro de mesa de encaje que se había arrugado bajo un jarrón. Luego venía a la cocina lavaba los platos que no se había sentido con ánimo de lavar después de comer y se disponía a preparar la cena, pero sin prisas, ya que no tenía nada más que hacer hasta la noche, Tommaso no volvería antes de las diez, le daban un potaje en el hospicio donde ahora se pasaba el día porque su primo estaba mal y las señoritas le permitían estar junto a él todo el día, es más si alguien les barre ellas encantadas, había dicho mamá con desprecio. Era la parte más agradable de todo el día, al menos estábamos con mamá, finalmente se hablaba un poco, y aunque no fuesen conversaciones en el sentido real de la palabra, siempre había alguna pequeña satisfacción. Por ejemplo la radio, que se podía encender, y aunque transmitiesen canciones mamá no cambiaba de emisora, con tal de que la pusiéramos baja, porque la Nena imploraba anda mamá por favor un poquitín de música, y cómo no ceder cuando ponía aquella voz entre mimosa y acongojada. Pero yo prefería a un señor que hablaba de todo el mundo, citaba las capitales que estaban representadas en mi libro de geografía, ¡cómo me gustaba oírle!, decía hoy en París el general De Gaulle en las consultas sobre el problema de Suez… y yo cerraba los ojos y veía la Tour Eiffel de mi libro, esbelta y llena de agujeros, las pirámides y la esfinge con el rostro corroído por el tiempo y por el polvo del desierto.
    En la cama me costaba conciliar el sueño. Permanecía con los ojos abiertos mirando la claridad del recuadro de la ventana, escuchando la respiración regular de la Nena que dormía tranquila. Antes de acostarse mamá venía a hacer una inspección porque a menudo Belafonte se escondía bajo la cama de la Nena y luego durante la noche dormía hecho un ovillo a sus pies y mamá decía que no era higiénico. Pero ahora Belafonte campaba por sus respetos porque había entendido el mecanismo y no salía de debajo de la cama hasta que toda la casa estaba en silencio. Yo no decía nada, aunque Belafonte no me gustaba, porque era evidente que la Nena necesitaba un poco de compañía. Así, en la oscuridad de la habitación, mientras la Nena dormía y Belafonte ronroneaba o arañaba la sábana con las uñas, permanecía escuchando el ruido de los trenes que salían de la ciudad y silbaban. A menudo imaginaba que me iba. Me veía subiendo a uno de aquellos trenes durante la noche, a escondidas, cuando el tren aminoraba la marcha debido a las obras en las vías. Llevaba conmigo un minúsculo equipaje, mi reloj de agujas fosforescentes y mi libro de geografía. Los pasillos tenían una alfombra mullida, los compartimientos estaban tapizados de terciopelo rojo con una funda blanca para apoyar la cabeza, había un olor a tabaco y a tapicería, los escasos viajeros dormían, las luces eran débiles y azuladas. Me instalaba en un compartimiento desierto, abría mi libro de geografía y decidía que iría a una de aquellas fotografías, a veces La ville lumière vista desde la cima de Notre-Dame, a veces El Partenón de Atenas a la luz del crepúsculo; pero la fotografía que más me atraía era el puerto de Singapur hormigueante de bicicletas y de gente con sombrero de cucurucho sobre un fondo de casas de extrañas características. Me despertaban los vapores de calor de un amanecer neblinoso, el primer sol que dibujaba en el suelo, a través de los listones de la persiana, una escalinata amarilla que subía torcida sobre las listas del cubrecama de la Nena.
    No tenía ningunas ganas de levantarme, sabía que iba a volver a empezar un día idéntico a los demás: el aceite de hígado de bacalao, el pan con mantequilla y mermelada, el café con leche, la mañana perdida esperando la comida y finalmente la tarde interminable, mi latín, mamá que dormitaba en la sala, la Nena que canturreaba Banana Boat en el pied-à¡ terre llevando a rastras a Belafonte. Todo esto hasta aquella tarde en que la Nena atravesó corriendo el jardín, llegó hasta la ventana de la sala, llamó mamá mamá, y dijo aquella frase. Era un sábado por la tarde. Me acuerdo del día porque el sábado por la mañana venía el proveedor del colmado, dejaba la furgoneta frente a la verja y descargaba lo que mamá le había encargado por teléfono. Aquella mañana precisamente había traído también los flanes al caramelo que volvían loca a la Nena, también a mí me habrían gustado, pero procuraba dominarme porque luego me dolía la caries de la muela y hasta septiembre no podía ir al dentista, porque en septiembre la tía Yvonne vendría a pasar una semana con nosotros y me llevaría ella, mamá por supuesto no se veía con ánimos de llevarme a la ciudad, de momento. Yo estaba concentrado en estudiar Jupiter-Jovis, que tenía una declinación infame, aunque por suerte carecía de plural, y así en un principio no presté atención a la frase, por lo demás la Nena venía a menudo para molestarme o para distraer a mamá con frases del estilo venid en seguida Belafonte está herido, o mamá, cuando sea mayor, ¿podré teñirme el pelo de color azul como la tía Yvonne?, y si la escuchabas estabas perdido, se ponía cada vez más pesada y no había quien la parase, lo mejor era desanimarla desde el principio haciendo como si no la oyeses. Así aquella vez tardé quizás un minuto en darme cuenta de lo que había dicho. Tenía la cabeza entre las manos y repetía desesperadamente el ablativo, la frase de la Nena me pareció una de sus consabidas tonterías. Pero de repente sentí una oleada de calor que me subía hasta la frente, luego empecé a temblar y me di cuenta de que mis manos temblaban sobre la Minerva de mi gramática latina que se había cerrado sola.
    No sé durante cuánto tiempo permanecí inmóvil, con las manos inertes sobre el libro, incapaz de levantarme. Me parecía que una campana de cristal hubiese descendido sobre la casa y la hubiese sumergido en el silencio. Desde mi mesa alcanzaba a ver a mamá que se había levantado de la butaca y estaba apoyada en el alféizar de la ventana, palidísima, el pañuelo se le había caído al suelo, se apoyaba en el alféizar como si fuese a caerse y la veía mover la boca mientras hablaba con la Nena, pero por un extraño sortilegio no oía nada, sus labios se movían con lentitud me parecían la boca de un pez agonizante. Luego hice un movimiento brusco, la mesa con la que tropezó mi rodilla gimió sobre el suelo y fue como si hubiese accionado un interruptor: el sonido volvió a mi alrededor, oí de nuevo, el concierto de las cigarras en el jardín, el silbido de un tren en lontananza, el zumbido de una abeja que arremetía contra la tela metálica y la voz inexpresiva de mamá, automática y distante, que decía ahora ven adentro, cariño, hace demasiado calor, deberías dormir una siesta, no puedes quedarte ahí fuera con este bochorno que no es bueno para los niños.
    Fue una extraña tarde. La Nena se resignó sin protestar a descansar sobre el sofá, cosa que jamás había ocurrido, y cuando se despertó se quedó en la cocina dibujando. Yo aquel día no conseguí estudiar latín, por más que lo intentase. Me esforzaba en concentrarme en los adjetivos de tres terminaciones, y los repetía con obstinación; pero mi mente se hallaba lejos, corría como loca tras aquella frase de la Nena que tal vez era un equívoco mío, que mamá me diría que era un equívoco, nada más preguntárselo. Pero el caso es que no tenía ningunas ganas de preguntárselo.
    El lunes llegó una carta de la tía Yvonne y poco faltó para que nos echásemos a llorar. No vendría a vernos en septiembre, como nos había prometido cuando se fue. Rodolfo y ella iban a Chamonix, no porque le gustase Chamonix, «ya sabéis, yo la montaña no la soporto, me pone melancólica, pero aquí en verano van todos, todos por decirlo de alguna manera, en fin, los colegas de Rodolfo, y aquí si no haces un mínimo de vida social, quiero decir si no te cultivas un poco, te miran como si fueses un mico, ya con los italianos tienen complejo de superioridad, si encima les das a entender que no te gustan los sitios chic estás listo, nadie se digna a mirarte, y casi era mejor en Roma, aparte de los incordios y del sueldo, al menos hacía sol, no este clima, que es infame…»
    Tal vez fue a raíz de aquella carta cuando empezaron los silencios de mamá, o a lo mejor por aquella estupidez que había dicho la Nena, quién sabe, pero probablemente por la carta. No es que se hubiese vuelto sombría, mamá, ni tampoco melancólica. Más bien parecía estar ausente, se veía que algo ocupaba sus pensamientos, le decías perdona mamá ¿puedo coger el flan al caramelo que sobró en la comida?, o cualquier otra cosa, y ella no te respondía, al cabo de unos minutos decía ah, ¿me preguntabas algo?, y su mirada estaba fija en la lejanía, más allá de la ventana de la cocina, en el paseo que moría en los campos, como si tuviese que llegar alguien. Y tú le repetías la misma pregunta de antes, te había pedido el flan que sobró, mamá, pero la respuesta no llegaba tampoco esta vez, sólo un vago gesto en el aire que podía querer decir está bien haz lo que quieras, ¿no ves que estoy pensando en otra cosa?, y así acababan quitándosete las ganas de la golosina, ¿porque qué sentido tenía ponerse a comer el flan al caramelo, no era mejor ir a estudiar latín para tener entretenida un poco la mente?
    La cuarta declinación la aprendí a la perfección. Es cierto que no presentaba las mismas dificultades que la tercera, no tenía ni comparación, lo decía también la advertencia del primer apartado: «la Cuarta Declinación no presenta particularidades de ningún tipo, salvo raras excepciones que se aprenden de memoria, véase para ello el apartado cuatro», y casi casi sentí añoranza de la tercera declinación, si al menos aquella semana hubiese tenido algo realmente difícil que aprender me habría distraído un poco, pero con aquella estúpida domus-domus no hacía más que pensar en la frase de la Nena, en la tía Yvonne que no iba a venir y en los silencios de mamá. En mi cuaderno escribía breves frases como silentium domus triste est, que luego tachaba con muchas crucecitas pegadas una a otra, como una alambrada, era un método que me había enseñado mi compañero de pupitre —él lo llamaba tachadura reticular— y me gustaba mucho.
    La Nena, después de aquel día excepcional en el que había hecho una siestecita después de comer, había reanudado sus costumbres y pasaba de nuevo las tardes en el pied-à-terre, pero ya no cantaba Banana Boat, se había dado cuenta de que no era lo más oportuno. Y ya no venía a molestarme al pie de la ventana o a invitarme a jugar al arquitecto que quería casarse con ella. Se había resignado a permanecer sola en el jardín, quién sabe cuánto debía aburrirse, pobre Nena, de vez en cuando escudriñando a través de la tela metálica de la ventana la veía ocupada en peinar a Belafonte con un enorme peine rosa que le había llegado de Lausanne junto con unos bigudíes y un secador de pelo con pilas que despedía realmente aire caliente, en una cajita en la  que estaba representada una muñeca llena de rizos con el letrero La petite coiffeuse. Pero jugaba cansinamente, como sin ganas, y quién sabe lo que le habría gustado venir a invitarme a jugar al arquitecto. Y también a mí, a veces, me habría gustado cerrar aquel estúpido libro, llegar hasta ella y decirle he decidido jugar al arquitecto que quiere casarse contigo, venga vamos a jugar, no estés tan callada, por qué no cantas un poco Banana Boat que me pone alegre; y en cambio seguía con la barbilla apoyada en la palma de la mano mirando los campos lejanos tremolantes bajo la atmósfera densa del verano.
    Pero al sábado siguiente volvió a pasar. Eran las dos de la tarde, mamá estaba en la butaca con las persianas bajadas, yo estaba haciendo un ejercicio titulado Domus Aurea, repleto de adjetivos con terminaciones referidas a sustantivos de la cuarta declinación, un suplicio. La Nena debía estar junto a la verja, tal vez había llevado a Belafonte a dar un paseo, la había perdido de vista hacía unos minutos. La vi llegar jadeante, asomó por una esquina de la casa, del lado de la terraza, luego se detuvo incierta, miró hacia atrás, echó de nuevo a correr, se paró, volvió a mirar atrás. El ruido de la gravilla bajo la suela de sus sandalias era el único sonido en el silencio posmeridiano. Al principio pareció indecisa sobre qué ventana escoger, luego descartó la ventana de mamá tal vez porque las persiana estaban completamente cerradas, vino al pie de mi ventana, me llamó, pero no pronunció mi nombre, decía tan sólo escucha escucha, por favor escucha; y tenía una voz implorante, pero no como cuando se ponía mimosa, ahora era completamente distinta, nunca la había oído así, a la Nena, era como si estuviese llorando sin llorar.
    No sé por qué no acudí a la ventana. O mejor dicho, lo sabía perfectamente porque lo sentía. Supe, con una gran sensación de vacío y de extravío, lo que iba a decirme, y sabía que lo que iba a decirme sería insoportable, no habría podido escucharlo, quizás habría empezado a gritar y a pegarle salvajemente, a tirarle de sus estúpidas trenzas de las que tan orgullosa se sentía, y luego me habría echado a llorar sin recato, sin miedo a que me oyeran, a sollozar como deseaba con todas mis fuerzas. Permanecí en silencio, conteniendo la respiración. Estábamos cerquísima, a escasos centímetros, nos separaba únicamente la tela metálica de la ventana. Pero la Nena no llegaba al alféizar y no podía mirar hacia dentro. Esperé con todas mis fuerzas que me creyese dormido y toqué el metal del tintero con el calendario, como hacía cada vez que deseaba que ocurriese algo, como exorcismo. La Nena se calló, oía su respiración profunda y agitada, luego por el ruido de sus pasos sobre la gravilla comprendí que se estaba dirigiendo hacia la puerta de la terraza. Descalzo, evitando hacer el menor ruido, fui hasta la ventana y cerré los postigos. Dejé entreabierta la puerta del vestíbulo, apenas una rendija, y me eché sobre la cama. Desde aquella posición podría oírlo todo, aunque hubiesen hablado en voz baja. Si hubiese acercado un ojo a la rendija de la puerta podría haber visto a mamá en la butaca, pero prefería no arriesgarme a ser descubierto, me bastaba escucharlas, aunque ya lo supiera todo.
    Mamá esta vez lloró. Tal vez no pudo contenerse, no sé, a lo mejor se encontraba en un momento de mayor fragilidad, de todas formas no fue como la primera vez, que había reaccionado casi con indiferencia. Atrajo a la Nena entre sus brazos y le dijo cariño mío, y luego la apartó de nuevo y se secó las lágrimas profiriendo pequeños sollozos sofocados, como cuando se traga. Y luego le preguntó si yo lo sabía y la Nena dijo duerme, mejor así dijo mamá, déjale en paz, está tan ocupado con el latín, pobrecito, estudia todo el día. Y luego suspiró ¿pero por qué me cuentas estas cosas, Magdalena, no ves cuánto sufre tu madre? Yo escondía la cara en la almohada para que no me oyesen, el parloteo de la Nena me llegaba amortiguado, pero era lo mismo porque ya sabía lo que le contaba, que le decía porque sí, porque es así mamá te lo juro, iba en bicicleta, llevaba un pañuelo con nudos en la cabeza, quería algo de aquí de casa, lo he entendido, lo he visto bien, también él me vio, pero pasó como si no pudiese detenerse, por favor mamá créeme.
    No sé cómo pasó aquella semana. Rápida, eso es, pasó muy rápida. Debería haber hecho un ejercicio de recapitulación de todas las excepciones, pero lo dejé. En la página me salían gurruños, garrapatos absurdos tras los que me perdía, reticulados con los que tachaba una frase que martilleaba en mi cabeza, obsesivamente: la Nena, el sábado próximo, le llevará un sombrero y una nota de mamá. La había incluso traducido al latín, aquella frase, y en aquella lengua todavía me parecía más extravagante, como si la extrañeza de la lengua subrayase lo absurdo de su significado, y me asustaba. Pero a ellas no les dije nada, ni di a entender que lo había entendido. Aparentemente mi comportamiento era el mismo: por la mañana regaba las azaleas de mamá, entonces el jardín era agradable, emanaba todavía la frescura nocturna, los pájaros saltaban de rama en rama entre los oleandros y las cigarras todavía no habían empezado su lamento, la ciudad se veía nítidamente en la atmósfera tersa, había en derredor algo como dichoso y ligero. Después de comer ayudaba a mamá a recoger la mesa, como siempre, y cuando había terminado decía voy a hacer los deberes, entraba en mi habitación, entornaba las persianas y me echaba sobre la cama mirando al techo donde los listones de las persianas dibujaban un arco iris en claroscuro. No tenía ganas de pensar, se me cerraban los ojos pero no dormía, bajo mis párpados discurrían las imágenes más dispares, yo que llegaba al puerto de Singapur, qué curioso, era idéntico a la fotografía de mi  libro, lo único distinto era que en aquella fotografía también estaba yo. Y en seguida llegó el sábado.
    Yo aquella mañana no dije nada, no hice nada, procuré que se me viese lo menos posible. Mamá estaba en la cocina, y yo en la sala, ella entraba en la sala y yo me iba al jardín, la Nena salía al jardín y yo me iba a mi cuarto. Pero ellas se comportaban así sólo para mostrar una actitud normal, lo que complicaba terriblemente las cosas, porque me obligaban a fingir que no me había dado cuenta de nada. El momento peor de este juego del escondite fue cuando entré de repente en la cocina pensando que ambas estuviesen fuera y sorprendí a mamá mientras le daba un papel a la Nena. Aquella estúpida se puso coloradísima y escondió el papel detrás de la espalda, pero la cosa era tan evidente que no podía fingir no haberme dado cuenta, de lo contrario hubieran sospechado realmente, por lo que tuve que recurrir a una parodia vergonzosa y dije con indiferencia es inútil que escondas las cartas de la tía Yvonne, ya sé que te escribe a ti y a mí no, siempre has sido su preferida; y entonces mamá dijo venga no os peleéis por celos que entre hermanos es un pecado mortal, y yo sentí un gran alivio, pero tenía la camisa empapada de sudor.
    En seguida después de comer dije que me iba a echar una siesta, que me sentía terriblemente perezoso, debía ser el bochorno, y mi declaración fue acogida con suma comprensión. Desde mi cama las oía trajinar en la cocina, pero era todo una puesta en escena, en realidad hablaban muy bajito, oía un parloteo confuso, de todas formas me era indiferente, no tenía ningún interés en descifrar lo que decían.
    La Nena salió a las dos menos cuarto en punto, en el mismo momento en que el reloj de pared daba la primera campanada y luego las tres campanadas seguidas de los tres cuartos de hora. Oí el rechinar de la puerta de tela metálica de la cocina y el trotecillo ligero que se alejaba sobre la gravilla hacia la verja. Y esto me provocó una ansiedad angustiosa, porque me di cuenta de que también yo me hallaba a la espera, y eso tenía a la vez algo de absurdo y de atroz, como un pecado. El reloj hizo sonar las dos campanadas y yo empecé a contar uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez. Sentía que era lo más estúpido que podía hacer, pero no podía evitarlo, y mientras pensaba en lo absurdo de aquella cuenta seguía contando para pautar los segundos, como si fuese un exorcismo, una especie de protección: de qué no lo sabía, o mejor dicho no tenía el valor de confesármelo. Cuando llegué a ciento veinte oí el paso de la Nena. Lo distinguí cuando aún estaba lejos, al comienzo del sendero, a la vuelta evitaba la gravilla pero yo la oí igualmente y me levanté empapado en sudor, de puntillas, y a través de los listones de las persianas la vi avanzar lentamente, con la mirada gacha, tenía en el rostro una expresión de tristeza que nunca le había visto, siempre tan alegre, en una mano sostenía un sombrero y en la otra una hoja de papel que atormentaba entre el índice y el pulgar. Entonces volví a la cama y me dormí.
    Y fue como si me despertase al sábado siguiente. Porque aquella semana transcurrió rapidísima en su lentitud, acolchada de silencio, entrecruzada de miradas que la Nena y mamá se intercambiaban, mientras yo procuraba hallarme presente lo menos posible, con la excusa de que los ejercicios de recapitulación me ocupaban toda la tarde. Pero en realidad no me ocupaban lo más mínimo, porque mi cuaderno estaba lleno de reticulados.
    El sábado siguiente por la mañana mamá hizo raviolis con requesón. Hacía mucho tiempo que no comíamos raviolis con requesón, los teníamos casi olvidados, hacía meses que sólo comíamos platos de una obviedad espeluznante. Mamá se levantó prontísimo, yo me desperté a las seis y oí que se movía despacio en la cocina, trabajando. Fue una mañana agradable. Cuando la Nena y yo nos levantamos encontramos la mesa cubierta de tiras de pasta, ya preparadas para ser recortadas con el molde en forma de concha, que luego había que rellenar de requesón. Tuvimos que tomar el café con leche en la mesita de la radio, luego corrimos a cortar la pasta, mejor dicho, la Nena era quien la recortaba con el molde, yo la rellenaba con una cuchara y se la pasaba a mamá que se encargaba de cerrarla por los bordes con un pequeño doblez y una ligera presión de los dedos, con mucho cuidado, porque si se apretaba demasiado fuerte el relleno se salía y había que tirar el ravioli.
    Hoy haremos un poco de fiesta, dijo mamá, es un día especial. Y entonces yo, sin saber exactamente por qué, sentí de nuevo aquella oleada de calor por dentro que había sentido cuando la Nena había dicho aquella frase, y luego empecé a sudar y dije pero qué calor hace ya por la mañana, y mamá dijo sí claro hoy es tres de agosto, acordaros de este día, hoy es sábado tres de agosto, y yo dije si no te importa mamá me voy un rato a mi cuarto, si necesitáis mi ayuda me llamáis. No sé por qué no salí afuera, tal vez hubiera sido mejor, el bochorno todavía no había descendido sobre el jardín, habría podido controlar el estado de la pérgola, en fin hacer algo. Pero prefería la penumbra de mi habitación.
    Mamá estuvo alegre, durante la comida, demasiado alegre. Los raviolis eran deliciosos y la Nena quiso repetir, pero mamá parecía tener prisa de que acabásemos y miraba frecuentemente el reloj. A la una y cuarto acabamos de comer y mamá recogió la mesa apresuradamente, dijo es mejor dejar los platos para después, ahora vámonos todos a descansar, os conviene sobre todo a vosotros, esta mañana todos nos hemos levantado demasiado temprano. La Nena, contrariamente a sus costumbres, no protestó y se fue derecha al sofá del comedor. Mamá se instaló en la sala en su butaca acostumbrada, con las persianas cerradas y un pañuelo sobre los ojos. Yo me acosté vestido, sin  deshacer la cama, a la espera. En el silencio de la habitación sentía latir tumultuosamente mi corazón, y me parecía que aquel ruido sordo podía llegar a oírse desde las demás habitaciones. Quizá llegué a dormirme, pero fueron probablemente escasos minutos, luego me sobresalté cuando el reloj tocó las dos menos cuarto y permanecí inmóvil a la escucha. Me levanté cuando oí el crujido de la butaca de la sala, fue el único ruido, mamá se movía con extremo sigilo. Aguardé algunos segundos tras las persianas, me di cuenta de que temblaba, pero evidentemente no de frío, tuve que apretar los dientes para que no me castañeteasen. Luego la puerta de la cocina se abrió lentamente y mamá salió afuera. Al principio ni siquiera me pareció ella, qué extraño, era la mamá de aquella fotografía sobre la cómoda donde ella cogía del brazo a papá, a sus espaldas estaba la basílica de San Marco y debajo estaba escrito Venecia 14 de abril de 1942. Llevaba el mismo vestido blanco a grandes pocs negros, los zapatos con una graciosa tirita abrochada en el tobillo y un tul blanco que le cubría el rostro. En la solapa de la chaqueta llevaba una camelia azul de seda y colgado del brazo un bolso de cocodrilo. En la mano, con delicadeza, como si llevase un objeto precioso, sostenía un sombrero de hombre que reconocí. Caminó ligera hasta el comienzo del sendero, entre los macetones de los limoneros, con un paso gracioso que jamás le había visto, mirándola así por detrás parecía mucho más joven y sólo entonces me di cuenta de que la Nena caminaba exactamente como ella, con un leve balanceo y la misma posición de los hombros. Desapareció tras la esquina de la casa y oí sus pasos sobre la gravilla. El corazón me latía más fuerte que nunca, estaba empapado en sudor, pensé que debería ir a buscar el albornoz pero en aquel momento el reloj dio las dos y yo no logré apartar mis manos del alféizar. Separó un poco dos listones de la persiana para ver mejor, me pareció un tiempo interminable, pero cuánto rato se queda, pensaba, pero por qué no vuelve; y en aquel momento mamá asomó por la esquina, caminaba con la cabeza alta, miraba fijamente al frente con aquella mirada distraída y lejana que le hacía parecerse a la tía Yvonne, y en sus labios se dibujaba una sonrisa. Llevaba el bolso colgado del hombro, lo que le daba un aire aun más juvenil. A medio camino se detuvo, abrió el bolso, sacó la cajita redonda de la polvera con el espejito dentro de la tapa, presionó el cierre y la cajita se abrió sola. Cogió la borla, la restregó sobre los polvos, y mirándose en el espejito se empolvó ligeramente los pómulos. Y entonces yo sentí un enorme deseo de llamarla, de decirle mamá estoy aquí, pero no conseguí pronunciar ni una sola palabra. Sentía sólo un sabor agudísimo de arándanos que me llenaba la boca, la nariz, que invadía la habitación, el aire, el mundo circundante.


Antonio Tabucchi
El juego del revés






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