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sábado, 13 de marzo de 2021

Alberto Moravia / El desprecio III

 


Alberto Moravia
EL DESPRECIO

CAPÍTULO TERCERO

    En el tiempo en que conocí a Battista me encontraba en una situación bastante difícil, por no decir desesperada, y no sabía cómo salir de ella. La dificultad consistía en que por aquellos días había adquirido un apartamento, aunque no tuviese el dinero para completar los pagos ni supiese de qué forma había de procurármelo. Durante los dos primeros años, Emilia y yo habíamos vivido en una estancia amueblada, como realquilados. Otra mujer que no hubiese sido Emilia, tal vez no habría sufrido a causa de aquella situación provisional. Pero en el caso de Emilia, creo que al aceptar tal situación me hubiese dado la mayor prueba de amor que una mujer enamorada puede dar a su marido. En efecto, Emilia era lo que se llama una mujer de su casa. Pero en su amor por la casa había algo más que esa inclinación natural común a todas las mujeres. Había, digo, algo semejante a una celosa y profunda pasión, casi un hombre, que rebasaba su persona y parecía enraizarse en una situación ancestral. Era de familia pobre, y cuando la conocí trabajaba como mecanógrafa. En su amor por la casa creo que se expresaban inconscientemente las aspiraciones frustradas de personas desheredadas, crónicamente incapaces de poner una casa propia, por muy modesta que sea. No sé si ella se había hecho la ilusión de que con nuestro matrimonio cristalizarían sus sueños de ama de casa. Pero recuerdo que una de las pocas veces que la vi llorar fue cuando tuve que confesarle, poco después de casarnos, que no estaba en condiciones de procurarle una casa propia, ni siquiera de alquiler, y que durante un tiempo nos veríamos obligados a vivir en una casa amueblada. En aquel llanto, por lo demás reprimido inmediatamente, me pareció que se expresaba no sólo la amarga desilusión de ver rechazado hacia el futuro un sueño tan querido, sino también la fuerza misma de este sueño, que para ella era casi más una razón de vida que un sueño.


    Así, vivimos aquellos dos primeros años en una estancia amueblada. Pero ¡con qué minucioso orden, limpieza y brillo la mantuvo Emilia todo aquel tiempo! Se comprende que, en la medida de lo posible —y ello es posible sólo de una manera limitada en una estancia amueblada—, quería hacerse la ilusión de poseer una casa propia; y que, a falta de utensilios propios, quería por lo menos infundir en los desgastados muebles de la estancia su espíritu doméstico y recogido. En mi escritorio había siempre flores en un recipiente. Mis papeles estaban siempre dispuestos en un orden amoroso y sugestivo, como para invitarme a trabajar y garantizarme la máxima intimidad y quietud. Sobre una mesita no faltaba nunca el servicio de té, con su servilleta y una caja de galletas. Jamás una prenda u otro objeto íntimo se encontraba allí donde no debía estar, en el suelo o en las sillas, como ocurre con frecuencia en semejantes viviendas, estrechas y provisionales. Tras la primera y apresurada limpieza de la criada, Emilia sometía toda la estancia a una segunda y más detenida limpieza personal, de tal forma que todo cuanto pudiese brillar y resplandecer, brillase y resplandeciese, aunque se tratara del más pequeño pomo de metal y la más escondida moldura de madera del pavimento. Por la noche quería preparar la cama sola, sin ayuda de la camarera, y extendía su camisa de gasa en un lado de la cama, y mi pijama, en el otro, con las cubiertas bien tiradas hacia abajo y las almohadas, gemelas, bien dispuestas. Por la mañana se levantaba antes que yo, iba a la cocina común, preparaba el desayuno y me lo traía personalmente en una bandeja. Y hacía todas estas cosas en silencio, discretamente, sin hacerse notar, pero con una intensidad, una concentración y un cuidado ávido y absorto que celaban una pasión demasiado profunda para ser proclamada. Sin embargo, y pese a todos estos esfuerzos patéticos, la estancia amueblada seguía siendo una estancia amueblada. Y jamás era completa la ilusión que trataba de procurarse a sí misma y procurarme a mí. Entonces, de cuando en cuando, en los momentos de mayor cansancio o abandono, se lamentaba dulcemente, es cierto, y casi de una manera plácida, según su carácter, pero no sin una evidente amargura, y me preguntaba hasta cuándo duraría aquel modo de vida provisional e inferior. Y yo me daba cuenta de que, pese a su expresión tan moderada, aquello era verdadero dolor. Y me atormentaba el pensamiento de que, más tarde o más temprano, tendría que contentarla de un modo u otro.
    Finalmente, me decidí, como he dicho, a adquirir un apartamento. Mas no porque tuviese medios para ellos, que seguían faltándome, sino porque me daba cuenta de que ella sufría y de que este sufrimiento tal vez superase un día su capacidad de tolerancia. En aquellos dos años había ahorrado una pequeña suma de dinero. Añadí a esta cantidad otro tanto, que me procuré como préstamo; y así pude pagar el primer plazo. Pero al hacer aquello no experimentaba la alegre sensación del hombre que dispone la casa para su mujer. Por el contrario, estaba inquieto y, a veces, incluso angustiado, porque no sabía en modo alguno cómo podría arreglármelas de allí a algunos meses, cuando llegara el momento de abonar el segundo plazo. Más aún, por aquellos días estaba tan desesperado, que casi sentía rencor contra Emilia, la cual, con su tenaz pasión, me había obligado en cierta forma a dar un paso tan imprudente y peligroso.
    Sin embargo, la profunda alegría de Emilia ante el anuncio de la adquisición y, más tarde, los sentimientos insólitos y, para mí, extraños por su calidad e intensidad, que demostró el día en que entramos por primera vez en el apartamento, no amueblado aún, me hicieron olvidar durante un tiempo mi angustia.

    He dicho que el amor por la casa tenía en Emilia todas las características de una pasión. Añadiré que, aquel día, aquella pasión se me mostró ligada y confundida con la sensualidad, como si el hecho de haberle adquirido, al fin, un apartamento, me hubiese hecho ante sus ojos no sólo más amable, sino también, en un sentido completamente físico, más cercano e íntimo.
    Habíamos ido a visitar el apartamento, y Emilia, al principio, se limitó a dar conmigo una vuelta por las estancias frías y vacías, mientras yo le explicaba el destino de cada habitación y la forma en que pensaba disponer los muebles. Pero al final de la visita, cuando me acercaba a una ventana con objeto de abrirla y mostrarle la vista que desde allí se gozaba, ella se me acercó y, apretándose contra mí con todo su cuerpo, me pidió en voz baja que la besara. Aquello era algo completamente nuevo en ella, por lo general discreta y casi tímida en sus relaciones de amor. Turbado por aquella novedad y por el tono de su voz, la besé, tal como ella quería. Pero mientras duraba el beso, uno de los más violentos y más abandonados que jamás intercambiamos, sentí que ella se apretaba aún más contra mí, como para invitarme a una mayor intimidad. Después, con frenesí, se arrancó literalmente la falda, se desabrochó la blusa y apretó su vientre contra el mío. Y luego, acabado el beso, con voz bajísima, que era casi un soplo inarticulado, aunque claramente melodiosa y apremiante, me susurró al oído —o, por lo menos, así me lo pareció— que la poseyera. Y entretanto, con toda la fuerza de su cuerpo, me inclinó hacia abajo, hacia el pavimento. Nos gozamos en el suelo, sobre el embaldosado polvoriento, bajo el alféizar de la ventana que había querido abrir. Sin embargo, en el ardor de aquella coyunda tan desenfrenada e insólita, advertí no sólo el amor que sentía por mí en aquel tiempo, sino, sobre todo, el desahogo de su contenida pasión por la casa, que en ella se expresaba, de una manera muy natural, a través del canal de una imprevista sensualidad. En suma, en aquel coito, consumado sobre un pavimento sucio, en la helada penumbra del apartamento aún vacío, pensé que ella se entregaba al donante de la casa, no al marido. Y aquellas estancias desnudas y sonoras, que olían a barniz y a pintura aún frescos, habían removido, en lo más profundo de su ser, algo que hasta entonces jamás había tenido el poder de despertar ninguna de mis caricias.
    Entre la visita al apartamento aún vacío y el día en que nos mudamos al mismo transcurrieron un par de meses, durante los cuales extendimos el contrato de compra, a nombre de Emilia, porque sabía que esto le gustaba, y reunimos los pocos muebles que mis escasos medios me permitieron comprar. Entretanto, pasada la primera satisfacción por aquella compra, yo me sentía, como ya he dicho, muy inquieto por el porvenir, y en algunos momentos, incluso desesperado. Es cierto que ahora ganaba bastante para vivir modestamente y ahorrar algo. Pero estos ahorros no eran suficientes en modo alguno para pagar el próximo plazo del apartamento.
    Y esta desesperación era tanto más aguda por cuanto que ni siquiera podía procurarme el consuelo de hablar con Emilia. No quería perturbar su alegría. Pero recuerdo aquel tiempo como un período de gran ansiedad y, en cierto modo, de menos amor por Emilia. En efecto, no podía por menos de pensar que ella no se preocupaba en absoluto de saber cómo me las había arreglado para procurarme tanto dinero, aunque conociera perfectamente nuestras condiciones reales. Este pensamiento me martillaba de una manera oscura, y había momentos en que me inspiraba casi irritación contra ella, que ahora, muy atareada y contenta, sólo pensaba en visitar las tiendas para comprar ropa con destino a la casa, y cada día me anunciaba, con su tono más plácido, alguna nueva adquisición. Me preguntaba cómo era posible que ella, que me amaba tanto, no lograse adivinar las crueles preocupaciones que me angustiaban. Pero me daba cuenta de que, probablemente, ella pensaba que si había comprado el apartamento, habría pensado también, sin duda, en procurarme el dinero necesario. Sin embargo, su serenidad y satisfacción, me parecían, en contraste con mis miserables inquietudes, una señal de egoísmo o, por lo menos, de insensibilidad.
    Estaba tan preocupado, que en aquel tiempo, dentro de mí, se había incluso modificado la imagen que hasta entonces me había formado de mí mismo. Hasta entonces me había considerado un intelectual, un hombre de cultura y un escritor de teatro, género de arte, este último, por el que había sentido siempre una gran pasión y al que me parecía ser arrastrado por una vocación innata. Esta imagen —digámoslo así— moral influía también sobre la física. Me veía como un joven cuya delgadez, miopía, nerviosismo, palidez y desaliño en el vestir testimoniaban por anticipado la gloria literaria a la que estaba destinado. Pero en aquel tiempo, bajo la presión de aquellas crueles preocupaciones, esta imagen tan prometedora, y lisonjera cedió su lugar a otra completamente distinta: la de un pobre hombre atrapado en una patética y mezquina trampa, que no había sabido resistir al amor por su mujer, había alargado más el brazo que la manga, y quién sabe por cuánto tiempo aún se vería obligado a agitarse en las mortificantes angustias de la penuria de dinero. Hasta en el aspecto físico me veía cambiado: ya no era el joven genio teatral aún desconocido, sino el famélico publicista, colaborador de revistas ilustradas y de periódicos de segunda categoría. O, tal vez peor, el desmedrado empleado de cualquier empresa privada u oficina estatal.
    Y este hombre escondía a su esposa, para no turbarla, su propia ansiedad. Corría todo el día por la ciudad en busca de trabajo, y a menudo no lo encontraba. Se despertaba por la noche sobresaltado pensando en las deudas que había de pagar. Y, en resumidas cuentas, sólo pensaba en el dinero y lo veía por todas partes. Era tal vez una imagen conmovedora, pero sin brillo ni dignidad, miserable y convencional, de libro de lectura, y yo lo odiaba porque veía que con los años, lenta e insensiblemente, acabaría, muy a pesar mío, por parecerme a él. Pero había algo más: no me había casado con una mujer que compartiese y comprendiese mis ideas, mis gustos y mis ambiciones. Por el contrario, me había unido, por su belleza, a una mecanógrafa inculta y simple, llena —como me parecía— de todos los prejuicios y las ambiciones de la clase de que provenía. Con la primera habría podido afrontar las molestias de una vida pobre y desordenada, en un cuarto de estudio o en una estancia amueblada, en espera de los éxitos teatrales, que llegarían forzosamente; pero a la segunda debía procurarle la casa de sus sueños. A costa —como pensaba con desesperación— de tener que renunciar, tal vez para siempre, a mis más caras ambiciones literarias.
    Otro hecho contribuyó en aquel tiempo a acrecentar mi sensación de angustia y de impotencia frente a las dificultades materiales. De la misma forma que una barra de hierro sometida a una llama persistente se ablanda y dobla, sentía entonces que el metal de mi ánimo era gradualmente ablandado y doblado por las angustias que lo oprimían. A pesar mío, me daba cuenta de que sentía envidia por aquellos que no sufrían aquellas angustias, por los ricos y privilegiados; y comprendía que la envidia, y siempre a pesar mío, iba acompañada del rencor hacia ellos, el cual, a su vez, no se limitaba a considerar a determinadas personas o condiciones, sino que, como por una inclinación invencible, tendía a adoptar el carácter general y abstracto de una concepción de la vida.
    En resumen, poco a poco, a través de aquellos días difíciles, sentía que mi irritación y mi intolerancia de la pobreza se transformaban en rebeldía contra la injusticia, y no sólo la que me afectaba a mí, sino también la que hería a tantos seres semejantes a mí. Me daba cuenta de esta insensible transformación de mis interesados resentimientos, en estados de ánimo y reflexiones desinteresadas, a través de los dobleces de mis pensamientos, que tomaban siempre, de una manera irresistible, la misma dirección. A través de mis palabras, que, sin yo quererlo, machacaban siempre sobre el mismo tema. Al mismo tiempo, me daba cuenta de que sentía una creciente simpatía por los partidos políticos que proclamaban la lucha contra los males y las desviaciones de aquella misma sociedad a la que había acabado por atribuir las angustias que sentía: una sociedad —como pensaba con referencia a mí mismo— que dejaba languidecer a sus mejores hijos y protegía a los peores. Por lo general, todo esto se produce inconscientemente, en las personas más sencillas e incultas, en aquel oscuro fondo de la conciencia en el que, por una especie de misteriosa alquimia, el egoísmo se transforma en altruismo; el odio, en amor; el miedo, en valor. Para mí, acostumbrado a vigilarme y a estudiarme, este proceso era claro y visible, como si lo hubiera seguido en otra persona. Y, sin embargo, jamás dejaba de darme cuenta de que obedecía a determinaciones materiales e interesadas, de que transformaba en razones universales motivos meramente personales. Jamás había querido afiliarme a ningún partido, como hacían casi todos en aquel inquieto tiempo de posguerra, precisamente porque me parecía que no podía dedicarme a la política, como muchos otros, por motivos personales, sino sólo por una convicción de pensamiento, que, sin embargo, me había faltado hasta entonces. Y por eso me indignaba sentir cómo mis ideas, mis palabras, mi actitud, iban sensiblemente a la deriva sobre la corriente de mis intereses, cambiaban poco a poco de color según las dificultades del momento.
    «¿Estoy, pues, hecho a la manera de muchos otros? —pensaba con rabia. ¿Me basta, como a tantos otros, tener la bolsa vacía para soñar con la palingenesia de la Humanidad?». Pero esta rabia era impotente. Y, al fin, un día en que me sentía más desesperado o menos seguro que de costumbre, me dejé convencer por un amigo, que hacía ya tiempo que me rondaba, y me inscribí en el partido comunista. Inmediatamente después pensé que una vez más me había comportado no como el joven genio aún desconocido, sino como el publicista famélico o como el mísero empleado en el que tanto temía convertirme con el tiempo. Pero ya estaba hecho; me encontraba dentro del partido comunista y no podía volverme atrás. En este sentido fue característica la forma en que Emilia acogió la noticia de mi inscripción:
    —Ten en cuenta que ahora sólo los comunistas te harán trabajar… Los demás te boicotearán.
    No tuve el valor de decirle lo que pensaba, o sea, que con toda probabilidad, no me habría inscrito en el partido si no hubiese comprado, para darle gusto, aquel apartamento demasiado costoso. Y la cosa acabó allí.
    Finalmente, nos mudamos. Y, por una coincidencia que me pareció providencial, al día siguiente me encontré con Battista, y, como ya he dicho, fui invitado inmediatamente por él a trabajar en el guión de una de sus películas. Durante algún tiempo me sentí tranquilo y alegre como no lo había estado desde hacía mucho. Pensaba que haría cuatro o cinco guiones para pagar el apartamento, y luego me dedicaría de nuevo al periodismo y a mi querido teatro. Entretanto había vuelto a mí, más fuerte que nunca, el amor por Emilia, y a veces me reprochaba incluso, con un remordimiento punzante, el haber podido pensar mal de ella, juzgándola egoísta e insensible. Sin embargo, este período de calma duró poquísimo. Casi inmediatamente volvió a nublarse el cielo de mi vida. Pero, en principio, fue sólo una nube pequeñísima, aunque de franco color oscuro.




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