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sábado, 16 de enero de 2021

Rafael Reig / Señales de humo / Literatura sin domesticar


Rafael Reig
SEÑALES DE HUMO
Literatura sin domesticar

Rafael Reig concilia en Señales de humo su faceta de narrador y polemista. El resultado es un viaje vital e hipnótico a los orígenes de la literatura española


Carlos Pardo
29 de junio de 2016



Literatura sin domesticar

Diez años después de su Manual de literatura para caníbales, ensayo novelado sobre la literatura española contemporánea, aparece su precuela, Señales de humo, casi una historia íntima y social de los orígenes de la literatura en castellano. Es decir, de la Edad Media, las jarchas, el mester de juglaría… y así hasta el Siglo de Oro y la “querella” entre Cervantes y Lope de Vega. Conviene comparar ambos manuales: si hace 10 años Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) se valía de una saga familiar que llegaba tarde a todos los movimientos literarios (los Belinchones, neoclásicos cuando triunfaba Espronceda, románticos en tiempos de Galdós), ahora el hilo de la trama le pertenece a un solo personaje extemporáneo, Martín, catedrático de literatura de un instituto de Manoteras que viaja en el tiempo y mantiene su mente disociada entre cada época que visita y los alumnos del instituto donde imparte.

La elección de esta impostura narrativa no es gratuita: al evitar una lectura naturalizada de la historia (una simplificación que haría de Señales de humo candidata al best seller divulgativo, tanto por lo audaz de la interpretación como por su erudición), es decir, al introducir a Martín en cada época que visita, Reig está obligado a crear varios estilos y hacer convivir extrañamente diversas lenguas (de juglares o de humanistas como Aldana, por ejemplo). Ahí es manifiesta su maestría y la hondura del proyecto. Frente a la “traducción” de los clásicos para una comprensión actual, Reig practica un desvelamiento de los prejuicios con los que el presente domestica la historia. “¿Para qué podría necesitar imaginación el novelista?”, se pregunta Martín. “La necesita para tres cosas, gente del porvenir: tiene que inventarse a sí mismo, inventar a sus lectores e inventar la tradición literaria”. Es la política de la literatura: “Ganar la guerra de las representaciones imaginativas”, democratizarlas. Reig lo consigue con las armas del humor y la compasión, como en el excelente capítulo dedicado al Lazarillo. Reivindica una “línea de continuidad en la cultura popular (…) reprimida, (…) oculta”. Y no es necesario estar de acuerdo en todo con el narrador de esta batalla contra la cursilería oficial. Lo esencial es su punto de vista: literatura también es “una historia de lucha de clases”. En un bando: Clerecía, Juan de Mena, Garcilaso, Petrarca… Intelectuales que lo mismo difunden “el mortífero bacilo del petrarquismo bubónico” (su idea “privada” del amor es la avanzadilla del capitalismo, según Martín) que “firman un manifiesto de apoyo a la OTAN”. En el bando del pueblo: Juan Ruiz, François Villon, Fernando de Rojas, además de brujas y celestinas, en una vindicación feminista de la Edad Media cercana a las tesis de Silvia Federici.

Reig ha conciliado en Señales de humo su faceta de narrador, de polemista y de profesor. El resultado es un libro vital e hipnótico, más duradero que su primer Manual de literatura para caníbales. En un mundo ideal, este libro, que construye tradición a la vez que desmonta la dictadura de la actualidad, sería lectura obligatoria en institutos y universidades.

Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I. Rafael Reig. Tusquets. Barcelona, 2016. 384 páginas. 19,50 euros

EL PAÍS

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