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sábado, 6 de marzo de 2021

Daniel Gascón / Los extranjeros



W.G. Sebald

Daniel Gascón
LOS EXTRANJEROS

THE FOREIGNERS by Daniel Gascón

1

Cuando, el 15 de septiembre del 2001, emprendí mi viaje a Inglaterra para cursar una beca Erasmus en la Universidad de East Anglia, quería ser un escritor americano. Había elegido Norwich porque tenía un buen departamento de literatura y cine, porque se daban clases de escritura creativa y porque Londres era demasiado caro.

Norwich era también el país de W.G. Sebald. Si lo pensaba dos veces, resultaba un poco extraño: aunque Sebald llevaba muchos años trabajando en esa misma institución -donde había fundado un Centro de Traducción Literaria-, había nacido en Baviera en 1944 y era un escritor extraterritorial, que tenía éxito en los países anglosajones, se sentía más cómodo en compañía de los muertos que de los vivos, impartía clases sobre Kafka y Robert Walser, y en términos generales no daba la impresión de ser la alegría de la huerta.

Al escoger Norwich no sabía que Sebald vivía allí, ni quién era Sebald, ni siquiera que James Stewart había pasado en East Anglia parte de la Segunda Guerra Mundial. Descubrí todo eso en una entrevista que leí dos meses más tarde. No pude matricularme en la asignatura de Sebald -un curso sobre los relatos de Kafka- porque estaba destinada a postgraduados. Por otro lado, me daba mucho miedo conocerlo, sobre todo después de haberme enterado de que no leía a sus contemporáneos, porque ahora yo era un autor contemporáneo y me sentía un poco culpable.

Aquel día, en el tren que iba a Norwich, llevaba los libros de Sebald, una guía de Inglaterra y un diccionario inglés/español exageradamente grande, pero apropiado, esperaba, para un estudiante de literatura. Llevaba también un par de ejemplares de mi libro, que pensaba dar a Martin Amis cuando lo conociera, o donar a la biblioteca, y que terminé regalando a dos chicas que me parecieron guapas. Había esperado a leer Los anillos de Saturno bastante tiempo. Ya estaba en el tren cuando lo abrí y empecé a recorrer con el narrador los paisajes del condado de Suffolk, a examinar el cráneo de los muertos y la historia de la seda en China y Occidente.El tren era viejo y llevaba pocos pasajeros: un señor leyendo el periódico, una mujer dormida y dos chicas con muchas maletas. Pensé que sería bonito enamorarme un poco de una inglesa, como en un cuento de Kureishi. Iríamos a Londres los fines de semana y aprendería obscenidades en inglés.

El tren se paró. Miré por la ventanilla. Creía que vería un paisaje típico de Sebald, pero ya era de noche y no se veía un pijo. Escuché la voz de un asistente: lo único que entendí fue la palabra fatality, fatality on the tracks, fatality on the road, algo parecido. El hombre que leía el periódico levantó los ojos al oír la voz. Hizo un gesto de cansancio. Dijo (en un inglés más comprensible para mí): “Alguien se ha suicidado”.

Las dos chicas se me quedaron mirando. Una de ellas -la más guapa- me dijo: “Hola, eres español, ¿no?”

-Soy de Zaragoza.

-Nosotras somos de Burgos.

El tren arrancó. Vino un hombre que vendía café y yo cerré el libro y me senté con Marta y Natalia, pedimos café y chocolatinas, y no podía dejar de pensar: “Suicidarse, qué falta de educación.”

2


A diferencia de Marta y Natalia, yo vivía en las afueras de Norwich, en la universidad: otro pueblo, una especie de barrio residencial y grisáceo con estudiantes de todas las partes del mundo. Mi habitación estaba en Norfolk Terrace, que no era tan cool ni tan cara como Nelson Court o Constable Terrace, pero mucho mejor que Waveney. Norfolk y Suffolk eran dos residencias en forma de zigurat. Mi habitación estaba en la planta baja, frente a un lago artificial lleno de peces mutantes y en el que, por si acaso, estaba prohibido bañarse.
Llegué de noche pero había un guardián despierto que me dio las llaves. Se burló un poco de que tuviera dos apellidos y me explicó con detalle dónde estaba mi habitación, así que sólo me perdí tres veces.
Los primeros días se celebraron reuniones sobre los supermercados más baratos y la normativa académica: no había exámenes en febrero, se perseguía el plagio, cada alumno extranjero tenía asignado un tutor y existía un teléfono de la esperanza para estudiantes.
En el campus había casi todo lo necesario: unas pistas deportivas, un restaurante asqueroso, agencia de viajes, teatro, cine, museo, una librería Waterstones y otra de segunda mano, un pequeño supermercado (con tabaco), periódicos y una lavandería. Los jueves por la noche había discoteca; en la capilla tenían su sede varias confesiones. Norwich estaba a 20 minutos en autobús. Mucha gente utilizaba bicicletas para desplazarse, pero a mí me daba miedo confundirme de carril.
Los martes y los jueves había mercadillo. Vendían vajilla de segunda mano, posters, CD rebajados. Y a veces te ofrecían entrar en alguna asociación: el club de poesía, el del Partido Conservador, la Sociedad Latina o el club de amigos del juego de rol, cuyos miembros luchaban con espadas de madera frente a mi ventana los domingos por la tarde.
En el campus vivían profesores, estudiantes internacionales e ingleses que empezaban la Universidad. Yo compartía piso con once chicos británicos, un alemán y un chaval de California. El reglamento prohibía que las chicas vivieran en el entresuelo por temor a que se colase un violador por la ventana.
Coincidí con Marta y Natalia cuando la gente de la oficina de Relaciones Internacionales nos llevó de ruta turística por Norwich. Se habían juntado con un grupo de españoles. Había unos chicos de Madrid que iban a hacer allí toda la carrera (Ciencias Ambientales) y un tipo de Zaragoza que, a esas alturas, se había convertido en el jefe de la banda. Se llamaba Fernando y tenía el escudo del Real Zaragoza tatuado en el brazo. Había estudiado Relaciones Laborales en Zaragoza y después se matriculó en Empresariales en Teruel. Le pregunté por qué. Me dijo que recibía una beca de 300.000 pesetas al año por los desplazamientos.
-No parece mucho dinero -dije.
-Si vas, no.
Pero, claro, él nunca iba a Teruel. Y ya conocía Norwich, porque había llegado dos días antes que la mayoría de la gente. Incluso daba la sensación de haberse familiarizado con la cultura inglesa.
-Aquí la gente vive de puta madre, tío. Hasta los obreros. En España trabajas de albañil y a mitad de mañana almuerzas huevos fritos con jamón y media botella de vino. Y éstos, a la hora de comer, se toman una coca-cola y una chocolatina. Eso es que no trabajan.
“Es que, aquí donde me ves”, me dijo Fernando mirando a Natalia, “yo soy un tío de mundo”. Sabía que a la hora de comer Pizza Hut tenía una oferta especial, y estaba harto de la visita turística, así que convenció a todos los Erasmus de que lo acompañaran a comer pizza. Pero a mí no me apetecía mucho. Pensaba que no debía separarme de los excursionistas, porque podrían preocuparse. Cuando me di cuenta de que no nos habían contado, de que éramos mayores, y de que no tenía comida en casa, Fernando y los demás debían estar en Pizza Hut, y yo no quería volver después de haber rechazado su proposición. Estuve paseando, mirando las tiendas y las librerías de segunda mano.
Norwich era una ciudad pequeña: había vivido su momento de esplendor en la Edad Media. Tenía una catedral gótica, una iglesia reconvertida en cine de arte y ensayo, otra que hacía de bar, una escuela de artes y un mercadillo cerca de la comisaría de policía. El castillo estaba en la zona de tiendas, transformado en un centro comercial con multicines. Había un río con restaurantes a la orilla, cisnes, y una zona de marcha. La ciudad era demasiado pequeña para mi gusto; enseguida la empezamos a llamar el pueblo, porque todo cerraba muy pronto.
Me tomé una salchicha y compré algo de comida en el mercadillo. Quería llegar a la universidad pronto, porque había una fiesta de bienvenida para los estudiantes internacionales y temía que Scotland Yard me anduviera buscando.

La parada del 25 estaba cerca del mercado. A pesar de que había un letrero donde ponía “UNIVERSITY”, un chico moreno, con una guitarra, un radiocassette y dos maletas me preguntó si sabía dónde paraba el autobús que iba a la universidad. Reconocí el acento y conocí a Miguel, que era asturiano pero estudiaba Derecho en Bilbao. Miguel llevaba un abrigo azul muy largo que hacía que se pareciera un poco a Harry Potter, aunque no se lo dije. Había volado de Oviedo a Londres -un billete mucho más caro que el mío, pensé-, donde había pasado dos días en casa de una amiga de la familia. Llevaba un rato recorriendo tiendas porque no traía almohada y no podía dormir sin ella, pero todas le habían parecido muy caras. Le dije que tenía mérito ir tan cargado (y también que, como decían los folletos de la Universidad, uno podía comprar edredón y almohada en la propia residencia).

-No, tío, es que el edredón lo traje de casa.
-Igual puedes comprar una almohada.
-¿Tú crees?
-Seguro -dije, sin tener ni idea, pero convencido de realizar una buena acción.
Nos contamos la vida: la familia, el fútbol, lo que queríamos hacer. Miguel tenía un hermano que era escritor en asturiano; la chica de Londres había sido su novia. Ella vivía en un sitio muy bonito, lleno de pinturas “super guapas”. A Miguel no le interesaba mucho el arte, pero le apasionaba todo lo que tuviera aspecto artístico: siempre tenía un libro en la mesilla –el mismo durante meses-, y su habitación de Nelson Court pronto estaría muy bien decorada, con las paredes llenas de fotos del mar y posters de Bob Marley y Río de Janeiro. Decía que casi no sabía tocar la guitarra, pero que la había traído porque siempre había alguien que sabía. Le conté que había una fiesta esa noche y me invitó a cenar antes en su casa: llevaba en la maleta unas latas de fabada.
Miraba por la ventanilla y señalaba lo que le parecía interesante.
-Oye, tío, ¿cómo se dice almohada en inglés?
-Pillow.
En la universidad recogimos la llave de su habitación; le ayudé a llevar el equipaje hasta casa. La residencia de Miguel era un poco más lujosa que la mía, una especie de chalet. Su habitación estaba en el segundo piso. Le dije que cocinaría algo -le recomendé que guardase la fabada para un momento de necesidad- mientras él deshacía las maletas.
-Mira, no te preocupes -dijo Miguel-. Tengo unas recetas.
Miguel me pasó una servilleta arrugada: su madre le había apuntado cómo hacer arroz y espaguetis. Le aconsejé que tapase la cacerola para que el agua hirviera más deprisa.
-Joder, tío, controlas un montón de movidas –dijo, y apuntó “tapar la olla” en la servilleta de su madre.

DANIEL GASCÓN



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