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lunes, 6 de enero de 2020

María Gainza / “La prosa hermética me parece una forma de inseguridad”


“La prosa hermética me parece una forma de inseguridad”

La argentina María Gainza recibe entusiastas elogios por su primera novela, ‘El nervio óptico’, mezcla de crónica familiar y artística


Ferrán Bon
Madrid, 15 de mayo de 2018





María Gainza.
María Gainza.  EL PAÍS

Cuenta Maria Gaínza que para ella los “cuadros siempre estuvieron en los libros”. “Es el lugar natural de la pintura cuando uno vive en un país alejado de los grandes centros culturales”, explica esta escritora argentina que se hizo un nombre en su país como crítica de arte. Luego escribió El nervio óptico, una novela de once capítulos, un libro de once relatos, o ambas cosas a la vez, y su nombre se fue abriendo paso también en los cenáculos literarios hasta convertirse en objeto de entusiastas elogios. Y todo eso con su primera incursión en la novela.
El escritor Cees Nooteboom, perenne candidato al Nobel, preguntaba recientemente en una revista holandesa quién es esta “embaucadora prodigiosa” capaz de entrelazar las vidas de pintores como el fatuo Foujita o el ingenuo Rousseau, El Aduanero, con las intimidades de una familia argentina de clase alta venida a menos; quién es esta antigua corresponsal de The New York Times en Buenos Aires que intercala trascendentes reflexiones sobre la muerte con livianos apuntes sobre la cotidianidad, sin caer ni en la pedantería ni en la banalidad, quien es esta narradora que mezcla con pasmosa naturalidad la historia del arte y la crónica familiar.
“De chica soñaba con tener una familia a la italiana, de esas llena de abuelos, tíos y primos que se reúnen todos los domingos a comer pastas. Pero ahora no me engaño: sé bien que de tener una familia así yo sería la prima ermitaña que siempre tiene una excusa para no ir”, explica por correo electrónico la escritora, nacida en Buenos Aires en 1975 en el seno de una familia de clase alta. “Las relaciones familiares son nuestra identidad y la identidad por definición es nuestra prisión”, añade.
María Gainza

Su libro vuelva alto. Lleva camino de ser traducido ya a 10 idiomas y ha abierto a su novel autora las puertas de las mejores editoriales del mundo como Gallimard. Tampoco ha sido un fenómeno editorial vertiginoso. El nervio óptico se publicó inicialmente en el sello argentino Mansalva hace más de tres años y se enfrentó con las trabas que impiden la fluida circulación de libros en castellano en el mercado en castellano. A pesar de que las criticas entonces ya fueron buenas, no traspasó fronteras hasta que a finales del pasado año lo editó en España Anagrama, lo que supuso su lanzamiento internacional.



El lienzo 'La guerra, que Rousseau pintó en 1894, depositado en el Museo de Orsay de París, y del que se dice que inspiró el Guernica de Picasso en el libro de Gainza.ampliar foto
El lienzo 'La guerra, que Rousseau pintó en 1894, depositado en el Museo de Orsay de París, y del que se dice que inspiró el Guernica de Picasso en el libro de Gainza.


Gainza atribuye con humor lo que está pasando con su libro a un “fenómeno cósmico”. “Nació bajo una buena estrella y eso incluye la aparición de una agente literaria que como un cometa cruzó mi vida cuando menos lo esperaba”. Su editora en España, Silvia Sesé, lo explica de otra manera: “Es una voz deslumbrante, muy original que invita al lector a indagar y entender el arte desde la propia vida. Tiene una naturalidad de estilo que es delicadísimo y a la vez bestial”.
¿Qué diferencias hay entre la autora y la narradora del libro?, sempiterna pregunta que Gainza contesta con otra pregunta: “¿Por qué preocupa tanto en la literatura? La verdad, me cuesta mucho percibirme como una totalidad, en este momento, por ejemplo, me siento como uno de esos cubos mágicos de la infancia. Con esa percepción de mi persona como rompecabezas, ¿cómo puedo saber si la escritora se parece a la protagonista? Lo único que puedo decirte es que siempre soy yo cuando escribo y que a veces desearía ser como ella”.
Y escribe de forma muy diferente del estilo muchas veces críptico de la crítica de arte, género que tanto ha cultivado. “Siempre huí de ese estilo alambicado que me parecía un chiste que ya no sabe que no es gracioso. Desde el principio evité hermetismos, lenguaje leguleyo, esas frases vacías tipo readymades que no dicen nada, esa escritura que parece una orden médica que cuando uno lleva a la farmacia no sabe ni qué antibiótico le recetaron de tan impenetrable que es la letra. Escribir con prosa hermética me parece una forma de inseguridad”.
Su próxima novela, La luz negra, saldrá en octubre, publicada por Anagrama. “Puedo decirte sobre qué trata: es la historia de una falsificadora. Ahora ¿cómo es? No tengo distancia para juzgarla, ese es mi gran problema como escritora, nunca sé lo que hago, lo que probablemente indique que no soy una escritora exactamente"








UNA VIDA DE INTUICIONES


María Gainza traza la vida de sus personajes del libro incardinada con la biografía de artistas como Toulouse-Latrec, El Greco, Schiavoni, Cézanne o Courbet. También se cita a escritores como Danilo Kiš, Margarite Duras, Marina Tsvietáieva, Silvia Plath o Vladimir Nabokov. ¿Es una especie de canon de la autora? “No, creo conocer suficientemente a la narradora para saber que ella no tienen canon. Un canon supone una vara, un ideal artístico y ella es demasiado mercurial para eso. Los artistas y escritores que aparecen en el libro son el mundo en el que ella está sumergida en ese momento dado de la historia”.
¿Y ha tenido que cambiar mucho de registro? “Escribir sobre arte me llegó un poco de casualidad y cuando sucedió yo no tenía una meta pero sí tenía una intuición (he armado una vida a partir de intuiciones): quería hacer algo distinto pero no por original y mucho menos por experimental. Quería escribir algo que todos pudieran leer. Buscaba que los textos tuvieran su autonomía como objetos. Creo que aspiraba a que tuvieran valor literario pero en ese momento no lo hubiera reconocido jamás. Con los años no cambié mucho mi manera de escribir. No sustancialmente”.
EL PAÍS

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