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sábado, 25 de enero de 2020

La ladrona de fruta / El nuevo libro de Peter Handke / Una gran experiencia lectora






Peter Handke
El escritor Peter Handke, en el Instituto Goethe de Madrid en 2017. BERNARDO PÉREZ

LA LADRONA DE FRUTA

El nuevo libro de Handke: una gran experiencia lectora

'La ladrona de fruta' seduce por su riqueza verbal y conmueve por su profundo conocimiento humano



Cecilia Dreymüller
9 de diciembre de 2019

El arte de la narración hace tiempo ya que se ha quedado estancado en las más tediosas convenciones del género, en la linealidad y la mínima exigencia estética. La mayoría de relatos y novelas contemporáneos ablandan el cerebro, pues son formalmente poco elaborados y aburren con personajes chatos en situaciones previsibles. Ni exigen concentración ni incitan a la reflexión, y la sorpresa argumentativa o el cosquilleo estético brillan por su ausencia. Se reducen a meros productos consumibles, fomentados por la industria librera que, al arrinconar todo lo demás, quiere hacernos creer que la literatura sea esto.
No lo crean. Por muy desolador que se muestre el panorama literario, de repente aparece un libro como La ladrona de fruta, de Peter Handke, y depara una gran experiencia lectora. Su Viaje de ida al interior del país (así el subtítulo), que acompaña a una joven francesa durante tres días por la periferia de París a la región de Picardía, lleva al lector por caminos poco trillados, en la ciudad y en el campo, a conversaciones con indigentes, vecinos de barrio humilde e inmigrantes, a encuentros con gatos y ranas, a cosechas furtivas en huertos de fruta y avellanos, y se desvia gustosamente una y otra vez, para sentir y observar y pensar. Y para narrar una historia, la propia historia, que puede llevar a grandes descubrimientos: “Qué facil había salido de sus labios el relato. Por primera vez, hablando, había descubierto lo que había vivido y cómo lo había vivido, y quién y cómo era ella de verdad. Durante aquella hora había llegado a ser otra. No, la que era”.






El nuevo libro de Handke: una gran experiencia lectora


También esta última gran narración de Peter Handke —así al menos la anunció— prescinde de una trama reconocible y avanza zigzageando. Desde sus inicios, sus novelas se oponen al mainstream narrativo y se proponen despertar en el lector una nueva percepción. “Con este objetivo logra cargar incluso los más nimios detalles de significado explosivo”, resalta el jurado de la Academia Sueca. Tenga por seguro el lector dispuesto a seguirle en esta aventura —entrando en cada episodio, deteniéndose para saborear peras, bayas de enebro o incluso hayucos— que se verá compensado inmensamente.
Pues La ladrona de fruta constituye un verdadero canto a la narración y su milenaria tradición, especialmente a las gestas medievales y a los cantos de los trovadores alemanes: seduce por su riqueza verbal, intriga por la imprevisibilidad de sus peripecias, diverte con su ironía, sus mil guiños de ojo literarios, y conmueve con su profundo conocimiento humano y la belleza de sus escenas de naturaleza. El jurado del Premio Nobel señala en su decisión explícitamente La ladrona de fruta y su “aguda percepción del paisaje”.
En esta novela existen todavía paisajes y nos hablan con voz propia. Paisajes urbanos se alternan con paisajes del noroeste de Francia. Y Handke es capaz de relacionar la experiencia de la naturaleza con una experiencia espiritual, sin volverse místico; simplemente, hace comprender que el momento de un baño espontáneo en un ríachuelo puede producir una transformación en el cuerpo y alma del que se está bañando. “Nadando así en el río, dejándose llevar, poniéndose de pie con el agua cubriéndole hasta los hombros, llegó también al tiempo que no se podía contar, y que, sobre todo, no necesitaba ser contado, un horizonte diferente. Ella estaba atenta, uno estaba atento de un modo tan diferente, y atento a otras cosas”.
Quien cuenta el viaje de esta muchacha fabulosa en el sentido literal de la palabra, porque es fuerte y valiente como una guerrera y al mismo tiempo pura y dulce como una santa, es, al principio, un alter ego del autor que vive y trabaja en circunstancias muy similares a las de Peter Handke. Pero pronto cambia de identidad y se parece a un juglar moderno y autoirónico que comenta con penetrante insistencia la historia, mediante exclamaciones, consejos y todo tipo de preguntas e interrogantes. Y aunque resulte irritante en su continuidad, con este cuestionamiento de los pensamientos, palabras o acciones de su muchacha andante, Handke se asegura que cada situación mantiene la tensión.
Esto por un lado. Y por el otro, que el conjunto nunca se vuelve estático. El movimiento dialéctico es un recurso retórico característico para la obra de Handke desde hace años. Las preguntas y las negaciones de lo recién afirmado conforman un discurso deliberadamente contradictorio. También aquí constituyen un desconcertante elemento dubitativo, que procura a la novela una provechosa permeabilidad. No cae nunca en la tentación de propagar verdades; ni de idealizar a su protagonista, contradictoria hasta lo grotesco, como corresponde al cuento y a la gesta medieval.
A pesar de su doble o triple armamento dialéctico, de todos modos, La ladrona de fruta es un libro ligero y gozoso, al menos en la primera mitad. Peter Handke ha presentado su texto narrativo más fluido, casi se diría amable, si no fuese por la gravedad de las escenas de expulsión social o de profunda soledad en las que se presentan la mayoría de los personajes.
Gran parte del mérito de su legibilidad, en todo caso, se debe a la magnífica labor de su traductora Anna Montané. No sólo ha salido al paso de las múltiples creaciones verbales del autor, ha aclarado en escuetas notas al pie de página las alusiones literarias, ha encontrado un sinfin de soluciones acertadas, sino ha sabido dar a la perfección con el tono handkeano. Su lúcida nota final expone, además, brevemente las claves de la obra de Handke al lector no familiarizado con ella.
Peter Handke también en esta novela defiende que la responsabilidad del escritor, en primer lugar, es con la palabra, con su uso cuidadoso y veraz. Y, por extensión, con el sufrimiento del ser humano. Nunca negó crímenes de guerra, ni defendió dictadores o criminales de guerra. Nadie que lea sus libros sobre las guerras balcánicas (Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y DrinaPreguntando entre lágrimas) podrá sostener lo contrario.

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