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lunes, 27 de enero de 2014

Patricio Pron / Catástrofes aéreas







A excepción de la televisión española, solo hay un sitio en el que se pueda ser testigo de un porcentaje singularmente alto de situaciones desagradables en escasos centímetros cuadrados, y ese sitio es un avión. Volar es, en ese sentido, no solamente una pesadilla recurrente, en particular desde la aparición de las compañías de bajo coste, sino también una fuente inagotable de historias, casi todas sórdidas. En junio de 2007, el estadounidense Gregg Rottler decidió que las suyas podían ser de interés y creó una página web dedicada a las experiencias aéreas desagradables. Flightsfromhell.com no es una hoja de reclamaciones ni un espacio para la denuncia; tampoco de autoayuda: su propósito es servir a la transformación de la experiencia personal en colectiva, es decir, en literatura. Los testimonios recogidos en la página abundan en el tipo de situaciones que los viajeros regulares conocen o conocemos bien y dibujan un perfil poco favorecedor de la especie humana: niños que vomitan o lloran ante la mirada impasible de sus padres, baños fuera de servicio a poco de despegar el avión o apestosos tras la visita de ancianas de aspecto inocente, personas indiferentes ante su olor corporal, viajeros que roncan o tosen permitiéndonos conocer qué han comido recientemente, azafatas que ordenan a los pasajeros que “cierren la puta boca”, cancelaciones, ancianas que se quejan continuamente, comida irreconocible, niños que golpean el asiento delantero o saltan en el suyo, pilotos ineptos, gente que se come su propia barba o se corta las uñas de los pies, personas obesas que reclaman más espacio, franceses incluso. Ahora que las vacaciones navideñas han acabado (y todos tenemos nuevas catástrofes aéreas que contar), quizá sea el momento de rebautizar la del ocio turístico como industria de la humillación a gran escala.
EL PAÍS

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