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martes, 12 de febrero de 2019

Mirjam Pressler / Natán y sus hijos


La parábola de Pressler

La autora se conforma con un bienintencionado mensaje de tolerancia en 'Natán y sus hijos'

13 DIC 2013 - 10:43 COT






Sami Frey y Aurélien Recoing en una escena de 'Natán el sabio', obra teatral en la que se basa 'Natán y sus hijos'. rn
Sami Frey y Aurélien Recoing en una escena de 'Natán el sabio', obra teatral en la que se basa 'Natán y sus hijos'.

A principios de los años ochenta la traducción de una serie de novelas alemanas transformó la concepción que hasta entonces se tenía en España de la literatura juvenil. Los jóvenes que las protagonizaban no eran figuras idealizadas ni actuaban como figurantes al servicio de una historia. Por el contrario, resultaban próximos al lector, a pesar incluso de que en ocasiones se trataba de seres marginales que vivían situaciones límite. El complejo tratamiento psicológico que de ellos se hacía favorecía más que la identificación, la empatía. Por su parte, los conflictos narrados no eran de fácil resolución y en vez de buscar transmitir una moraleja más o menos explícita, exigían un posicionamiento (o cuestionamiento) ético. El lenguaje empleado carecía de florituras y amaneramientos, era directo, preciso y ágil. Los diálogos eran certeros y las descripciones agudas. A pesar de abordar temáticas realistas, tenían presencia el humor, la ternura e incluso la fantasía.
Detrás de esta tendencia hallamos los nombres de Gudrun PausewangPeter Härtling, la austriaca Christine Nöstlinger y Mirjam Pressler. Aunque no se puede hablar de una generación literaria, sus infancias estuvieron marcadas por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, y su juventud por la posguerra en una vencida Alemania cuyo pasado reciente le cuesta asimilar. Antiautoritarios, comprometidos y militantes, no incurrieron en los desvaríos de producir una literatura al servicio de la causa. Aun así, podemos valorar su dedicación a la escritura de libros para niños y jóvenes como una actitud política.
El año de 1980 es un año especialmente conflictivo en el hasta entonces apacible remanso de la literatura infantil en España. El libro rojo del cole, de Søren Hansen y Jesper Jensen, fue retirado por el Ministerio de Educación de los colegios públicos mientras que el editor de Lóguez, Lorenzo Rodríguez, fue demandado por la Fiscalía tras la publicación del libro de educación sexual ¡A ver!, de Hill McBride. Ese mismo año Chocolate amargo, de Mirjam Pressler, es publicado en nuestro país y comienza a cautivar tanto a los jóvenes como a aquellos maestros simpatizantes de los movimientos de renovación pedagógica.
Después de más de tres décadas, tanto El libro rojo del cole como ¡A ver! siguen siendo obras polémicas capaces de atraer a sus destinatarios y escandalizar a los adultos. No sucede lo mismo con Chocolate amargo. Este retrato psicológico de una adolescente con trastornos alimentarios sigue estando muy bien escrito, pero, a diferencia de los otros dos, ha sido asimilado por el mercado de la prescripción escolar y convertido en objeto de transmisión de valores y de actividades de comprobaciones de lectura.
Natán y sus hijos es, desde el punto de vista de su autora, una variación de la obra teatral Natán el sabio del filósofo ilustrado Gotthold Ephraim Lessing. Mirjam Pressler emplea una estructura coral que le permite prescindir de un narrador omnisciente y darle la palabra a cada uno de los personajes. Avanzamos por la novela participando de los distintos puntos de vista, reconstruyendo los acontecimientos como si se tratara de un puzle, al tiempo que revelamos los conflictos y tensiones. En este sentido, Pressler consigue asimilar el trasfondo filosófico de Lessing y volcarlo en la estructura misma del relato. En otras palabras, asimila “qué se cuenta” en Lessing y lo transforma en un “cómo se cuenta”.
Otro aporte de Pressler es la incorporación de nuevos personajes juveniles y el hacer que un personaje secundario en Lessing, como Recha, la hija de Natán, adquiera un rol protagonista. La escritora alemana profundiza en sus dramas y vida psíquica, ahonda en las subtramas (desarrolla historias de amor, de traición, de intriga...) y añade referencias históricas y culturales. Es en este último punto donde hallamos algunos problemas: la necesidad de contextualizar al lector e introducir datos y explicaciones hacen que en más de una ocasión la voz de los personajes-narradores pierda naturalidad e incluso verosimilitud.
Al igual que sucede con la pieza teatral de Lessing, el clímax de Natán y sus hijos acontece cuando el sultán Saladino pone a prueba a Natán y le pregunta entre las tres religiones reveladas, cuál es la verdadera. El sabio judío se vale de la llamada parábola de los tres anillos para darle respuesta. Mirjam Pressler demuestra sus grandes habilidades narrativas en esta escena y capta la atención del lector, conozca este o no el contenido de la parábola. No obstante, al terminar la novela me asalta la sensación de que fue escrita con la intención de trasmitirle esa parábola al lector juvenil. Ello, en sí, no tiene nada de malo. Como hemos visto, el libro tiene grandes méritos literarios y sus personajes son sólidos y vivos. Ahora bien, personalmente me resulta decepcionante pensar que la autora que otrora planteaba conflictos éticos y rechazaba las moralejas, hoy se contenta con transmitir un bienintencionado mensaje de tolerancia, por mucho que lo comparta.
Natán y sus hijos. Jerusalén 1192. Mirjam Pressler.Traducción de Alfonso Castelló.Siruela. Madrid, 2013.214 páginas. 19,18 euros (electrónico)

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