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lunes, 4 de febrero de 2019

Manuel Vilas y Héctor Abad / El peso de la familia

Héctor Abad Faciolince y Manuel Vilas en el Hay Festival de Cartagena. 

Manuel Vilas y Héctor Abad: el peso de la familia

Ambos escritores ensalzan en el Hay de Cartagena el poder de la ausencia de sus padres en 'Ordesa' y 'El olvido que seremos' a la hora de transformar su obra



JESÚS RUIZ MANTILLA
Cartagena de Indias 3 FEB 2019 - 15:28 COT



El poder de redención de la literatura tiene efectos que la ciencia aún no ha indagado. El español Manuel Vilas y el colombiano Héctor Abad Faciolince los conocen. El primero pudo haberse perdido en el túnel de la angustia una vez quedó huérfano, recién divorciado y quebrado por una viscosa adicción al alcohol. El otro, bien se podía haberse dejado llevar por el rencor, la amargura y las brasas del sinsentido cuando unos paramilitares asesinaron a su padre médico en Medellín. Pero ambos vencieron el dolor con el mismo tratamiento: metiéndose a escribir dos de los libros más terapéuticos –y literariamente gloriosos- de las últimas décadas: Ordesa y El olvido que seremos.

“Somos primos hermanos literarios”, decía Vilas en Cartagena de Indias, donde han participado en el Hay Festival colombiano. Héctor Abad ejerció de generoso anfitrión para seducir al público de su país y contagiar en Colombia el éxito que ha cosechado el autor en España con la tierna y crudísima Ordesa: un catálogo de culpas expiadas y una doliente carta de amor a su familia.
Ambas obras parecen realistas, pero están urdidas con presencias espectrales: “Fantasmas enamorados”, dice Vilas. La custodia que ejerce convenientemente la poesía en la prosa. “Predicciones baratas, si lo quieren así”, comenta Héctor Abad. Con señales aparentemente lógicas que ellos codifican desde el más allá: “Como cuando un rastro de cocuyos me guió en mi casa de campo. La había comprado con la plata que me dejó El olvido que seremos –un éxito mundial que adapta ahora Fernando Trueba para el cine- y pensé: es mi papá, que me señala el camino”.


Los hijos muchas veces no se dan cuenta de la importancia de sus padres hasta que mueren. Por eso, no podía haber escrito el libro con ellos vivos. Esto, para mí, es una tragedia"

Había caído asesinado en los años de plomo que asolaron Medellín y la novela de su hijo es una de las más certeras crónicas de aquel tiempo. Lo mismo que Ordesa se ha convertido en un símbolo de la clase media española, vapuleada por diversos naufragios entre el tardofranquismo y el crack de 2008. Pero digna y orgullosa. “Esa clase fue la que trajo y consolidó la democracia en España”, explicaba Vilas.
Lo hizo resguardando sus escasos tesoros y capeando con madrugones tanto el ocio como la rutina de cada día: “El coche era un miembro más de la familia. Mi padre tenía la obsesión, el trauma que yo heredé, de ir buscando siempre sombras para aparcarlo. A mí me fascinaba que cuando yo le indicaba alguna, él supiera cuanto iba a durar. No, esa es de quince minutos, me decía. Debemos buscar una de dos horas. Yo creía que tenía superpoderes”. Además era guapo, como su madre. “Cuando me sacaban a pasear mis tíos yo quería que la gente pensara que no se trataba de mis padres porque eran más feos. Me asalta como un recuerdo nítido. Luego he entendido que fue mi primer síntoma de vanidad”.
A través de la memoria, tanto Vilas como Abad han perseguido con sus dos novelas autobiográficas un rastro: “El del amor incondicional. Yo la escribí, buscando eso”, comenta el autor español. Por tal motivo, ambas, con ese disfraz de realismo, iluminan con el influjo de los relatos de caballerías, el signo de la cruzada para un mundo perdido. Son parábolas románticas contemporáneas, salmos de reconocimiento y gratitud con dudas y balbuceos compartidos: “¿Qué hacer cuando mueren? ¿Qué decisiones tomamos en su nombre? ¿Enterrarlos o quemarlos? ¿Qué les gustaría a ellos? Yo sufrí mucho cuando tuve que tomar esa decisión sin que me hubieran dejado clara su voluntad”.
Como aprendió en vida a atender mejor a su madre. “Me llamaba para preguntar cosas absurdas a mi entender. Si había comido, si me abrigaba. A veces no la cogía el teléfono. Pero un día, al ver su nombre en la pantalla, pensé que llegaría el momento en que no sonaría más. Y se contesté siempre”.
Sobre esos gestos trata Ordesa: “A veces ella me decía: ojalá tus hijos no te traten como me tratas tú ahora. Y esa maldición llegó. Los hijos muchas veces no se dan cuenta de la importancia de sus padres hasta que mueren. Por eso, no podía haber escrito el libro con ellos vivos. Esto, para mí, es una tragedia. Lo hice por no haber sabido decirles lo que les quería en vida. No se dieron las circunstancias y eso creó un abismo sin solución. Demasiadas conversaciones quedaron pendientes”.
De ahí sale este diálogo final que Vilas quiere establecer con sus hijos, al tiempo. Como un puente de palabras escritas sobre el que transitar cuando éstas no encuentran el momento de ser dichas…

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