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sábado, 18 de julio de 2009

Fred Vargas / Mis novelas son populares


Fred Vargas, ayer en el puerto del Musel, en Gijón. DANIEL MORDZINSKI

FRED VARGAS

"Mis novelas son populares"

La escritora francesa Fred Vargas defiende la literatura accesible para todos


SOLEDAD ALCAIDE
Gijón 18 JUL 2009

Fred Vargas está en Gijón. La estrella invitada de la Semana Negra es esta escritora francesa un poco extravagante, que no se prodiga en público, que apenas concede entrevistas y que anda siempre muy ocupada. Su vida se divide entre su actividad política -lleva años abanderando la inocencia de su amigo Cesare Battisti, encarcelado en Brasil pendiente de su extradición a Italia por un crimen que dice que no cometió-, y su actividad profesional como arqueozoóloga.
"Todos mis amigos me habían hablado de la Semana Negra, pero hace cinco años que no voy a ferias de libros. He estado tan metida en mi investigación sobre la gripe A que no tenía la cabeza para hablar de mis historias literarias", explica esta escritora, menuda, tímida, que no aparenta los 57 años que tiene. Además, confiesa, hasta hace muy poco tenía terror a los aviones. Y ha sido precisamente su actividad política la que le ha obligado a superarla. "He volado 44 veces a Brasil", asegura.




"Mi padre me puso la cabeza como un bombo con la gran literatura"
"No escribo historias mías. Transcribo las de otros. No busco dar un mensaje"

Luego está Paco Ignacio Taibo II. El escritor mexicano, originario de Gijón, es el director de la Semana Negra, pero casualmente es el referente literario de Battisti. La persona por la que se lanzó a la escritura. "Le he pedido a Taibo que me escriba una nota para llevársela a la cárcel", cuenta Vargas. "Será muy importante para él llevarle unas líneas de la persona que lo ha hecho escritor".
La otra razón por la que Vargas ha elegido Gijón es la idiosincrasia de la Semana Negra, un encuentro literario ecléctico donde se sucede la charla con la lectura de poemas, la presentación de libros y, por las noches, la juerga entre escritores. "Me horripila firmar libros por una cuestión de timidez", afirma la novelista. "No me importa hacer un debate delante de mucha gente, pero delante de una persona que no conozco me pongo roja, me dan ganas de huir", insiste. "Y de la Semana Negra me habían hablado tanto... Tenía ganas de ver el lado festivo".
Mientras da cuenta de unas croquetas de foie, la especialidad del restaurante Ciudadela, donde Manuel Vázquez Montalbán venía a comer cuando visitaba la feria literaria, hecho que no le ha pasado inadvertido, Vargas insiste en su timidez enfermiza. Hasta el punto de que, dice, se alegra de que los escritores no sean a menudo reconocidos en la calle. Y cuenta que, unos minutos antes de la comida, una mujer la paró: "¿Es usted Fred Vargas?", le dijo. "Normalmente, no", contestó ella.
A la hora de elegir la comida, no se atreve a probar el vino y pide un plato ligero: Carne con verduras y patatas asadas. Porque la noche anterior fue a cenar con sus editoras y Taibo. "Cenamos, bebimos, cantamos... Nos acostamos muy tarde", cuenta. Así que pide cola light.
Mientras llegan los platos, Vargas, que tiene unas manos finas, huesudas, con un sencillo anillo, hace dibujos para explicar sus afirmaciones y mira directamente a los ojos. Es metódica, como buena investigadora. Habla despacio y, de vez en cuando la interrumpe su amigo Edmond Boudoin, dibujante de cómics, con el que ha escrito una novela gráfica al alimón, y que la conoce perfectamente. Él es el culpable de que Vargas publicara -"Me presentó a mi editorial", explica ella- y una de las personas que la convenció para ir a Gijón. La conoce bien y sólo la interrumpe para precisar por qué hace las cosas.
El encuentro de Vargas con la novela negra fue un poco por rebeldía a su padre. "Mi trayectoria como lectora ha tenido cierta decadencia, porque mi padre, que era un surrealista, me hizo leer de pequeña a los grandes clásicos, toda la literatura del siglo XVII al XIX. Me puso la cabeza como un bombo con la gran literatura, porque denostaba la novela policiaca", relata. Así que ella la leyó a escondidas.
"Al principio, los ingleses. No reniego de Agatha Christie ni, sobre todo, de Sherlock Holmes", dice. Luego su hermana gemela, Jo -culpable de que adoptara el seudónimo de Vargas, porque ella, que es pintora, comenzó a utilizarlo antes, como homenaje al personaje de Ava Gardner en La condesa descalza, María Vargas-, la introdujo en los autores americanos. Y vieron juntas el cine negro de Hollywood. Su hermana es una referencia vital. Tanto que aprovecha para enviarle un sms de camino a la sesión de fotos en el puerto marítimo de Gijón.
Vargas defiende constantemente el género negro. Asegura que es la literatura "más arcaica", pues tiene la misma estructura que las grandes epopeyas clásicas. "Pero en la tradición francesa, si haces una novela ligera, para distraer, eso no se considera literatura", se queja. La escritora francesa también defiende la técnica. Sostiene que su flaqueza es la falta de imaginación y que siempre escribe la misma novela. "Libro tras libro, objetivamente, hay una historia, pero detrás no cuento nada. Tengo la impresión de que no escribo historias mías, sino que me limito a transcribir las de otros. No pretendo dar un mensaje", afirma. Y reconoce su incapacidad para trasladar a la literatura su activismo político. "No sé por qué, pero no me sale", afirma.
Fred Vargas publica en octubre Un lugar incierto (Siruela), su última novela en España. En ella aparece de nuevo el comisario Adamsberg y recupera el mito del vampiro clásico. "No es por provocación, pero no me molesta hacer novelas leídas por todas las categorías sociales, que sean fáciles de leer. Es que procuro hacerlas más fáciles. Me gusta que mis novelas sean populares", defiende.





FRITANGA, CIENCIA-FICCIÓN Y RELATOS POLICIACOS

La Semana Negra de Gijón pone mañana punto final. El festival literario dedicado a la novela negra, el cómic, la ciencia ficción y la novela histórica lleva nueve días mezclando la feria de churros, columpios y fritanga con el debate de esos géneros. Y de una manera que no sucede en otros encuentros literarios. La mezcolanza es tal que uno puede encontrarse una sesuda discusión sobre los zombies; sentarse en una mesa del hotel Don Manuel y escuchar al novelista catalán Andreu Martín contar chistes; que el argentino Ernesto Mallo explique la novela en la que anda embarcado, o subirse al trenecito que lleva hasta la feria con Mercedes Castro, una de las escasas españolas que se dedican al género negro, que este año ha escrito una novela gótica.
Quizás el encuentro más interesante ha sido el debate multitudinario, 20 autores a la vez, sobre novela negra y política. "Estamos usurpando a los historiadores", decía el chileno Luis Sepúlveda, que justificaba que la novela negra se ha convertido en la novela social de este tiempo. Una cuestión aceptada por otros autores como el mexicano Francisco Hagenbeck -"la novela negra histórica es una denuncia a la historia oficial"- o el argentino Guillermo Saccomanno, que defendía que, frente al periodismo, "la novela rescata la complejidad de la vida".
Como previo de la despedida, los seis premios de la Semana Negra se entregaron ayer por la mañana. Unos galardones que, como dijo el director, Paco Ignacio Taibo II, no están dotados, pero "son el reconocimiento de los propios compañeros". El más importante es el Hammett, a la mejor novela negra publicada el año anterior, y que ayer recibieron al alimón David Torres, por Niños de tiza, y Guillermo Saccomanno, por 77. Además, se entregaron otros premios: el Ateneo obrero de Gijón (cuento), a Dioses y Orishas, de Rodolfo Pérez; el Celsius 232 (ciencia ficción) a Rojo alma negro sombra, de Ismael Martínez; el Espartaco (novela histórica) a Salamina, de Javier Negrete; el Memorial Silverio Cañada compartido por Sé que mi padre decía, de Willy Uribe, y por Conducir un tráiler, de Rogelio Guedea; y el Rodolfo Wash (literatura negra de no ficción) a Mala vida, del periodista de la Cadena SER, Carles Quílez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de julio de 2009


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