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miércoles, 6 de febrero de 2019

David Mamet / "Ser americano me vuelve loco"

David Mamet

David Mamet: "Ser americano me vuelve loco"

JORGE BENÍTEZ
23 DE DICIEMBRE DE 2018

Es uno de los dramaturgos más influyentes del mundo y llamarada de azufre contra todo lo políticamente correcto. Convertido en el Charlton Heston de las letras, reniega de las ideas progresistas y critica el cine que se hace hoy
Publica en España su primera novela, 'Chicago', tras un silencio narrativo de 20 años

Son las seis de la tarde hora española. David Mamet concede media hora de entrevista por teléfono mientras desayuna en su casa de Santa Mónica (California). Empiezo a marcar a las 17:59. No sólo por respeto y profesionalidad, sino por economía.

Cuando Mamet daba sus primeras clases de teatro sancionaba a los alumnos que llegaban tarde con una multa de un dólar por minuto. Al final cogía todos los billetes y les prendía fuego. Era un rito de purificación anarquista. Uno no tiene dólares y es la primera vez que entrevista a un sustantivo que se ha convertido en adjetivo. Lo mametiano responde ya en la lengua inglesa a un estilo vigoroso y cortante con el que se ejerce una manipulación a través del lenguaje. Verborrea cañera e hipertrófica que muchos han querido imitar, pero que sólo le sale bien a él.
De niño su padre, Bernie, le obligaba a hablar con corrección. La vida le enseñó a conocer el lenguaje por tierra, mar y aire (fue taxista, marino mercante y volador esteta). Por eso este amante de la Poética de Aristóteles igual hace una obra de época que saca la jerga callejera más dura aprendida cuando enseñaba en la prisión de Pontiac.
Llevaba 20 años sin escribir una novela. Cuando un género languidece (la agonía zombi de la novela va y viene desde hace décadas), cuando los novelistas se vuelven locos por vender guiones de series a HBO, Netflix y demás plataformas de oro y prestigio, llega Mamet y se escribe una novela negra. Se titula Chicago, la ciudad que le vio nacer en 1947, y acaba de editarla RBA.
El escritor se traslada al tiempo de los gánsteres, al reino de pompa y circunstancia de Al Capone. Mamet ya había hecho un acercamiento a la Ley Seca en 1987 con el guion de Los Intocables de Elliot Ness, una superproducción con estrellas de Hollywood que ha envejecido bien más gracias a sus diálogos y al vestuario de Armani que a la pirotécnica dirección de Brian de Palma. En esta ocasión, cuenta la historia de un veterano de guerra reciclado en periodista que investiga la muerte de su amada. Un héroe clásico entre canallas y papel de periódico para envolver pescado.
Para Mamet, Chicago es una ciudad que se ama y se destruye continuamente. Presume de ser un tipo duro de barrio, aunque luego se esconde en Nueva Inglaterra y California. Chicago es ya en él, casi, una ciudad literaria.






Mamet habla de su familiar piloto, de sus ancestros, o de los profetas bíblicos, pero no habla de sus padres. No guarda un buen recuerdo. Criado en la posguerra pujante, este hombre que de niño pensaba que era estúpido se educó en una familia que había llegado en barco a EEUU en 1921 con el sueño de tantos inmigrantes que dejaron atrás idioma, hambre y casi a Dios. Atrás quedaba el pasado, que sólo retumbó en la guerra. A una de sus abuelas la mató Hitler; Stalin a la otra.
El escritor siempre adoró al padre, pero en cierta forma también le tuvo miedo. Fagocitó su recuerdo en el guion de Hoffa, el famoso líder sindical misteriosamente desaparecido. Bernie Mamet era un abogado laboralista, inteligente y de ideario demócrata que un día pidió el divorcio. Eso llevó al hijo a conocer a un padrastro que lo trató con crueldad y una errática vida escolar. Según cuenta John Lahr en un artículo de la revista New Yorker, cuando Bernie falleció, el hijo cogió, tras termirnar la ceremonia, una pala y se puso a excavar él solo la tumba. Él no mató al padre, lo enterró.
Tal vez resonaban las palabras de su padre cuando fue a ver American Buffalo, el primer gran éxito teatral de Mamet: «¿Cuándo vas a dejar esto y matricularte en la Facultad de Derecho?».
Lo que nunca supo el padre es que cuando su hijo escribió esa obra con 27 años le dijo al productor que si la montaba se jugaba todo el dinero que tenía en el banco a que ese texto ganaría el premio Pulitzer. No lo ganó (lo hizo pocos años después con Glengarry Glen Ross), pero la anécdota es una prueba del coraje de Mamet. Un joven que en aquellos años soñaba con ser actor y se había puesto a escribir porque su compañía amateur no podía pagar los derechos de autor de las obras que quería representar.
Todos nos pasamos la vida intentando contentar al padre (o a la madre). El Pulitzer, las nominaciones a los Oscar o acostarse con una actriz no valen de nada.






Por teléfono no retumba el Mamet beligerante que encabronó a la elite cultural estadounidense con su artículo Por qué he dejado de ser un progre con el encefalograma plano. Hoy es el Charlton Heston de las letras estadounidenses. Abandonó las pulsiones liberales de su padre y no ha dejado de publicitarlo. Pero con la pluma (escribe a mano y odia los ordenadores) en sus columnas en prensa, porque en las entrevistas detesta hablar de política.
Su cambio ideológico coincidió con su reconversión militante a la fe judía y como látigo del antisemitismo. Tiene aún presente cómo en su infancia los policías que patrullaban el barrio donde vivía gritaban a los niños "asesinos de Cristo". Lo cierto es que su islamofobia le ha metido en más de un lío. En un seminario en la Universidad de Austin (Texas), varios estudiantes le acusaron de haber llamado terroristas a los musulmanes y pedófilos a los árabes. «¿Por qué no deberíamos atacar a los árabes? Hicieron volar la ciudad de Nueva York», dicen que dijo Mamet. Hubo protestas que pidieron que no volviera a dar clases. Al año siguiente, no acudió a ese seminario. Presuntamente tenía gripe. Esto lo cuenta en su libroThe Secret Knowledge, en el que es muy crítico con los jóvenes universitarios de las nuevas generaciones. Él se declara arrepentido de haber estudiado en la universidad y no haberse enrolado en Vietnam. Mamet es un brillante ensayista en muchos campos (sus textos sobre cine y teatro son maravillosos) pero no en el político,. Sus argumentos fueron triturados en una crítica a este libro por Christopher Hitchens, un miura tan inteligente y con la misma o más mala leche que Mamet.






La primera obra de Mamet estrenada en España llegó en 1990. Fue una versión de su American Buffalo en el teatro Alfil de Madrid bajo la dirección de Fermín Cabal, con Santiago Ramos, Jorge Roelas y Mario Pardo. El siguiente montaje, Edmond, del Centro Dramático Nacional, recibió algunas críticas duras por parte del académico Fernando Lázaro Carreter, que reprochó en Abc su falta de capacidad dramática. Pero Mamet ya latía. España era el país europeo que más había tardado en verlo, sin embargo desde ese momento fue fiel. Según la profesora Ana Fernández-Caparrós, se produjeron 14 mamet entre 1990 y 1995 en nuestro país. Y cada temporada se cuela al menos uno.
El Mamet que antes quemaba dólares se despide con gran amabilidad. Su agenda le reclama. Su tono está lejos de los diálogos carnívoros que nos tiene acostumbrados.


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