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lunes, 24 de diciembre de 2018

María Tena / “Hay que conseguir que el sentimiento no se vea cursi”



María Tena: Hay que conseguir que el sentimiento no se vea cursi”

La escritora recupera en 'Nada que no sepas' una historia de búsqueda personal, amores y derrotas con la que ha ganado el Premio Tusquets de Novela



Juan Carlos Galindo
Madrid, 24 de diciembre de 2018


“Hay que conseguir que el sentimiento no se vea cursi, no se convierta en azúcar. ¿Cómo? Quitando muchas cosas. A veces enloquezco de cursilería y luego empiezo a quitar, a quitar y dejo las palabras justas. Lo escribo todo para que no se me olvide nada, muy barroco, y luego reescribo. He contado casi 80 borradores de esta novela. Es como la piedra perfecta que encuentras al borde del mar porque ha sido pulida por el agua durante miles de años”. Así describe María Tena (Madrid, 1953) en una conversación con este diario la lucha por conseguir el tono sobrio y evocador que le ha valido el Premio Tusquets de Novela por Nada que no sepas.
La protagonista y narradora de esta historia vuelve al Uruguay en el que pasó su infancia para, 40 años después, tratar de desentrañar las claves de la extraña muerte de su madre, romper con una foto congelada e idealizada y entender o completar aquella estampa de apertura sexual y sospecha que como adolescente solo intuía. El viaje y la indagación son usados, desde una lúcida desconfianza en el memoria, para reconstruir una edad dorada que acabó en naufragio. Las relaciones sexuales cruzadas y la descripción del mundo de clase media alta en Montevideo situaban la novela en un complicado punto de partida. “Cualquier salida de tono la habría convertido en un folletín”, asegura Tena, que apuesta por contar las cosas como son “incluso cuando se hace daño a alguien que está cerca”.



María Tena

Nada que no sepas es un libro con pie y medio en la vida de la autora. “Es gente que existió pero que no hicieron las cosas que pongo que hicieron”, explica Tena, que dedica el libro a sus padres “que nunca dejaron de quererse”. “Esta historia es un diálogo con ellos en el que les digo, sí, me enseñasteis una isla de libertad pero luego me llevasteis a España otra vez”, cuenta antes de narrar, con cierto cariño en la voz, el trauma que supuso para los ocho hermanos regresar a la gris realidad del franquismo. “No me lo planteé así, pero no me emocioné mientras la escribía, aunque el recuerdo de mis padres estaba ahí. Luego, con la dedicatoria, estuve dos días llorando”.
La primera imagen que tiene, el primer impulso de la novela es el recuerdo del encuentro de su madre -jersey azul, camisa blanca abrochada hasta arriba- con “esas burquesas cosmopotitas de Montevideo”. “Aquello tuvo que ser un estallido en su cultura del franquismo”, asegura.



La autora de Tenemos que vernos (Anagrama) reconoce que novela iba a tratar sobre la infancia pero que su vuelta a Uruguay 40 años después lo cambió todo. “Me di cuenta de que tenía otra vida”, evoca, como se da cuenta la protagonista, una narradora sin nombre con la que se identifica en parte y que tiene que viajar al pasado para enfrentarse al fracaso de su presente. “Los viajes de estos personajes acaban en naufragio pero todos ganan y pierden algo”, asegura antes de detallar las dudas que tuvo para reescribir el final y lanzar, después, una pregunta: “¿Y si lo que me he inventado fue verdad?”.
Escritora de siempre pero de publicación tardía, Tena se muestra orgullosa de su recorrido (ya fue finalista del Premio Herralde en 2003 y del Primavera en 2011) en una profesión que para ella es “obsesión y devoción”, aunque, confiesa, más lo segundo. “Yo era muy cursi y no creía nada en mí. Crecí en una familia muy intelectual. Mi padre era amigo de Vargas Llosa, Bryce Echenique, Rosales… Hice un curso con Luis Landero que me dijo: ‘Déjate de chorradas’, y eso me ayudó mucho. Ahora hace años que escribo todos los días”, resume.
Consciente del territorio incierto que pisa cada vez que se sumerge una novela, Tena se guía por una idea, “que la escritura no se vea”, y un principio, “no aburrir al lector, que es el primer pecado del escritor”, y no respira tranquila hasta que la novela no está en manos de los lectores “que me devuelven siempre un libro completamente distinto”.

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