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viernes, 22 de junio de 2018

Martín Caparrós / La leyenda del peor portero del mundo

Luis Ricardo Guevara Mora es batido durante uno de los partidos que jugó en el Mundial de España de 1982.


Martín Caparrós

La leyenda del peor portero del mundo

El portero salvadoreño Luis Ricardo Guevara pasó a la historia de los mundiales de fútbol por el 10-1 encajado contra Hungría en España'82

20 DE JUNIO DE 2018
Cada cuatro años, cuando el fútbol estalla, alguien se acuerda de él, lo va a buscar, lo cuenta. Luis Ricardo Guevara Mora tiene un mérito raro: nadie, en la historia del fútbol, lo hizo peor.
Guevara había nacido en San Salvador, El Salvador, en septiembre de 1961, un chico pobre de un país muy pobre que intentaba –adolescente, alto, atlético, moreno–, jugar al baloncesto, al béisbol. Cuando le propusieron ser arquero de un equipo de fútbol le pareció gracioso y lo intentó.
Le salía bien. Tenía 17 años cuando debutó en la selección de su país; dos años después fue su arquero en las eliminatorias para el Mundial ’82. El Salvador vivía en guerra civil: los combates se suspendían para ver los partidos. Fueron cinco, Guevara se llevó solo un gol y su país llegó, por segunda vez en su historia, a la ronda final.
Llegar a España fue un problema: la Federación salvadoreña era pobre pero caótica y los mandó en muchos aviones. Aquellos jugadores tardaron tres días en llegar hasta Elche –donde vivía todavía una señora que había sido, tantos años antes, una morena de altas torres, alta luz y ojos altos: Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández. No les importaba: todo su interés estaba en ganar su primer partido contra Hungría, que parecía más fácil que Argentina o Bélgica.
Así que decidieron intentarlo, ir al ataque, pero a los cinco minutos ya perdían. Cuando iban 0-5 un delantero salvadoreño, “Pelé” Zapata, hizo un gol –que después llamarían del honor– y sus compañeros le cortaron el festejo para no irritar a esos hunos sedientos. Quizá no se irritaron; los siguieron goleando con sonrisas. Guevara podría haber sufrido menos: cuando le habían metido sólo seis su técnico decidió cambiarlo, pero el arquero suplente se negó a entrar y tuvo que seguir. Al fin, los húngaros construyeron el resultado más tremendo de la historia de los mundiales: 10-1. En el millar de partidos que se llevan jugados desde que el torneo empezó, en 1930 y en Montevideo, nunca hubo nada igual.
Tiene mérito, se reconoce poco. El arte de triunfar es fácil, casi obvio; el arte del fracaso es más complejo. Aquel día, Ricardo Guevara levantó, como sin querer, su monumento: el hecho que inscribiría en las memorias. Tenía veinte años y ya era lo que sería para siempre: el hombre que más goles sufrió en un partido de un Mundial, un triunfador inverso.


Guevara era el símbolo del desastre: el enemigo público que todos querían atacar y, también, la pobre piltrafa que les gustaba compadecer

El deporte se ha transformado en el hecho cultural más difundido de nuestros tiempos porque es simple. Parece complejo, lleno de matices, pero en última instancia ofrece una facilidad que la vida escamotea: un resultado. En un deporte está claro qué es ganar y qué perder, quién triunfa y quién no. Por eso es raro cuando aparecen estos casos confusos: aquel que se hace inolvidable por su derrota.
El Salvador volvió a perder sus otros dos partidos, más discreto. Unos dias después, cuando “la Selecta”–así la llaman– llegó a San Salvador, la esperaban miles y miles de compatriotas para insultarlos por las calles. Y Guevara era el símbolo del desastre: el enemigo público que todos querían atacar y, también, la pobre piltrafa que les gustaba compadecer; él no sabía qué le dolía más. Pero tampoco le dejaron elegir: ya en la aduana le rompieron la maleta, y una semana después balearon el coche donde iba. Fueron 22 tiros y no atajó ninguno.
Luis Ricardo Guevara Mora debió empezar su vida cuando ya la había definido para siempre. Se fue de su país, siguió jugando al fútbol dos décadas más, sobrevivió. Ahora trabaja, modesto, entrado en kilos, en un polideportivo de una ciudad salvadoreña y, cada cuatro años, alguien recuerda que fue el peor de todos. Él, seguramente, nunca supo olvidarlo.


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