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lunes, 7 de mayo de 2018

Triunfo Arciniegas / Lobo feroz

El lobo y el autor
Ilustración de Mateo Rivano



Triunfo Arciniegas

Biografía


Qué recuerdo, señoras y señores. Vean al lobo feroz, ahora todo un intelectual, con lentes y bufanda, haciéndome reclamos en la historia que cierra Caperucita Roja y otras historias perversas, uno de mis libros más amados. Ahora los pájaros le tiran a las escopetas, diría mi mamá. La ilustración de Mateo Rivano es una maravilla.  
El señor lobo me estuvo buscando durante años, hasta que me encontró en una cafetería del centro de Bogotá, en la diecinueve, abajo de la séptima. "Qué milagro", me dijo. "Ningún milagro, señor lobo, fue un descuido mío", le dije. "Me hace quedar como las patas y ahora goza de las regalías", dijo. Un momento difícil. El lobo, ahora miembro de un taller de poesía de Juan Manuel Roca, se puso bastante altanero. Me vi a gatas para salvar el pellejo. No tengo colmillos ni garras, como el lobo, ni uso navaja, como la tal Caperucita.

"Afirmó sin fundamento que vivo suelto del estómago y vomito en las esquinas", dijo el lobo. "Jamás hablé de sus quebrantos de salud", dije. Le pregunté si había leído mi versión de la historia y respondió que no. Como tantos intelectuales, juzgaba los libros por rumores de salón.

"Aprendiz de poeta que no lee, dígame si Caperucita no lo arrastró por la calle de la amargura", dije. Alegó que no era para tanto y que le había echado a perder la reputación. "Usted me volvió un personaje trágico", me dijo. Le repliqué que andaba de boca en boca y hasta tuve la tentación de compararlo con Shakira aunque no sabía cantar ni mover las caderas. Se encogió de hombros, dándome a entender que eso de nada le servía.
"Te veo amargado", dijo el lobo, y repliqué: "Tengo deudas". Como todo el mundo. Somos un país de amargados. La mujer de mi vida me había dejado por un idiota y ahora vivía en un hotel de tres pulgas. Estaba leyendo La casa de las bellas durmientes cuando llegó el mundo, y todo lo que quería era recuperar la soledad para volver a tenderme junto a una de esas muchachas dormidas.




Los chismes vuelan. Esa mañana también me hicieron sus respectivos reclamos la misma Caperucita, quien jura que no es tan malvada como la pinto, y unos enanos malgeniados que se encartaron con Blancanieves. Una mañana bastante pesada.  
Caperucita seguía bonita e insoportable, con unas botas altas, negras, brillantes, una falda diminuta y una blusa de seda con algunos botones sueltos, y la boquita pintada. Había dejado el chicle porque le estaba agrandando la quijada. "Me has dado mala fama, Arciniegas", dijo. "No soy una niña ingenua, pero tampoco la mujer malvada del cuento." Y me preguntó, clavándome la mirada, "¿Todavía te parezco bella y perversa?" 
De los enanos, mejor ni hablar, y menos ahora que se me están desdibujando los recuerdos. 
En fin, vayan al libro para que vean de qué se trata y digan quién tiene la razón. Este oficio de escribir se vuelve cada vez más peligroso.

6 de mayo de 2018


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