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miércoles, 30 de mayo de 2018

Jon Kalman Stefansson / Poesía y bacalao en la tierra de hielo y fuego

El novelista Jon Kalman Stefansson, retratado en el valle de Mosfallsdalur (Islandia)
El novelista Jon Kalman Stefansson, retratado en el valle de Mosfallsdalur (Islandia) ELMA KAREN

Jon Kalman Stefansson

Poesía y bacalao en la tierra de hielo y fuego

Jon Kalman Stefánsson habla en Islandia de su desgarrada trilogía de novelas sobre la isla, que se cierra con ‘El corazón del hombre’


JACINTO ANTÓN
Reikiavik 12 MAR 2017 - 16:48 COT





La mujer alta invita a seguirla al páramo en medio de la violenta granizada para ver el nido de un cuervo. En Islandia nunca estás lejos de la naturaleza, ni de la leyenda. Ragnheidur Jonsdóttir, a la que en mala hora le he comentado mi interés por las aves, es la pastora luterana de Mosfellskirkja, la esbelta iglesia que se alza en una colina en el valle de Mosfallsdalur, a unos 12 kilómetros al este de Reikiavik, justo donde estaba la granja en la que nació el Nobel Halldór Laxness, el hombre que escribió que nadie puede sobrevivir en Islandia si no tiene alma de poeta. Subiendo la ladera vecina de roca volcánica cubierta de pedrisco se puede asomar uno a la grandiosidad estremecedora y fantasmagórica del paisaje islandés: montañas de una fisonomía aparatosamente bella y cruel, hielo y fuego, como si no bastara matarte de una sola manera. Estamos aquí para sumergirnos un poco en el ambiente de las novelas de Jon Kalman Stefánsson (Reikiavik, 1963), del que se acaba de publicar en España El corazón del hombre, que culmina la trilogía compuesta por Entre cielo y tierra y La tristeza de los ángeles(todas en Salamandra). Se trata de una serie de excepcional lirismo y desesperanzada hermosura sobre la durísima vida de un variopinto grupo de personajes en la Islandia rural y pescadora del siglo XIX. La lucha descarnada con los inmisericordes elementos –el mar, la nieve, la ventisca- es el centro de algunas de las páginas más inolvidables y conmovedoras de la trilogía y a pequeña escala, en este día áspero y helador, es fácil compartir las penalidades que se narran en los libros, sobre todo si eres de natural friolero.
El desplazamiento permite además observar a Stefánsson pasear entre las tumbas dispersas alrededor de la iglesia, algunas de las cuales pertenecen a niños. En las tres novelas, que conjugan poesía y un realismo digno de Flaherty, metáforas y bacalao, la muerte es omnipresente, como en esa sociedad que se retrata, en la que la vida del ser humano era breve y “bastaba que el cielo cambiara de color para que llegara a su fin”. Una de las escenas más impactantes es la del traslado en trineo de una mujer difunta metida en un precario ataúd casero a través del que se filtra un insidioso olor a carne de cordero ahumada. A otro personaje, ahogado, lo entierran con su chaquetón de marino por si en el más allá ha de volver a salir al mar. Mientras cae la tarde, una melancolía espesa (y fría) se adueña del lugar hasta que las campanas de la iglesia despiertan repentinamente con un vivo rebato que ahuyenta a una colonia de estorninos refugiados en el campanario. Las aves salen volando y parece que un hechicero arrojara sus runas negras en el cielo.



Una de las escenas más impactantes es la del traslado en trineo de una mujer difunta metida en un precario ataúd casero

“Es un invierno raro, tendría que haber mucha más nieve”, ha explicado por la mañana Stefánsson en Reikiavik mientras recorríamos el puerto, camino del Museo Marítimo. El autor, enjuto pero muy atractivo, con ese aire de ascetismo curtido de los escandinavos, tiene unos ojos azulísimos que parecen dar acceso directo al mundo gélido de sus novelas. Pasamos junto al guardacostas Odinn y Stefánsson recuerda cómo sus héroes de niño eran los marinos que libraron las desiguales guerras del bacalao con Gran Bretaña. En el museo hay muchas cosas que parecen de las novelas, como el diorama que muestra los secaderos de pescado (los bacalaos preparados tienen forma de alas de ángel) o las viejas barcas de remo en las que los pescadores se aventuraban en un mar pasmoso. En la cafetería donde nos sentamos para hablar –y donde por suerte no sirven frailecillo-, suena un fado, que para Stefánsson, admirador de Saramago, no está para nada fuera de lugar.
¿De dónde vienen esas historias terribles y maravillosas de la trilogía? “Es difícil trazar el camino de las ideas y de las palabras”, responde el escritor, “decir dónde comenzó todo; en realidad la mayoría de mis historias empiezan a tener sentido cuando las escribo y entonces adquieren vida propia”. Pero son cosas que habrá escuchado en alguna parte, muchas tienen la apariencia de provenir del folclore e incluso de las viejas sagas. “Es curioso que sois los extranjeros los que percibís esos paralelismos. Probablemente desde fuera se ven mejor esas influencias. Nunca pienso en la historia de Islandia. Pero es cierto que esos materiales, esos relatos impactan en nosotros, tal vez de una manera inconsciente”. La trilogía está llena de espectros, fantasmas, ahogados, el murmullo de los difuntos en las oquedades de la tierra, el fjorulalli, esa especie de oveja marina que engaña a los marinos para ahogarlos. “Las historias sobrenaturales son muy corrientes en la isla y siempre están presentes. En parte por cómo es Islandia, los fenómenos de la naturaleza, el tiempo, la oscuridad. Ha sido a la vez una bendición y una maldición lo aislados que hemos estado tantos años”.
La trilogía tiene algo de realismo mágico congelado, incluido ese Macondo de fiordo y playas negras que es Lugar, el centro geográfico de la trama. Stefánsson ríe quedamente mientras le alcanza un inesperado rayo de sol a través de la vidriera que da al puerto, poniendo de relieve lo rojizo de su corta barba y una vena azul en la sien que parece un glaciar: fuego y hielo. “Aquí es natural creer que la realidad no es algo fijo. Es importante darse cuenta de que no entendemos el mundo en toda su complejidad. Aquellos que se han autoconvencido de que lo sabemos todo tienden a ser personas peligrosas, como Trump. La literatura nos ayuda a ver que hay mucho más que realidad”. El escritor añade que el realismo mágico latinoamericano fue muy popular en Islandia y ha tenido mucha influencia en los autores de la generación anterior a la suya. “Pero hay mucho realismo mágico ya en las propias historias islandesas. Y Borges lo entendió así”.






Islandia desde el mar
Islandia desde el mar


Precisamente, la trilogía de Stefánsson , con sus hermosas metáforas (la nieve: “las lágrimas de los ángeles” y “la tristeza de los ángeles”), parece hacer abundante uso de las kenningar, las figuras retóricas de los escaldos, los antiguos poetas nórdicos. “El idioma islandés se ha moldeado mucho por la poesía. La poesía siempre ha sido muy rica y fuerte, y respetada, en Islandia. Se puede decir sin exagerar que durante siglos solo se escribió poesía en la isla y no prosa. Eso nos ha dejado una herencia de amor a la palabra, de búsqueda de su sonoridad, que digan mucho más de lo que son. Hay una fuerza muy poderosa y arcana en las palabras. Mientras haya palabras habrá vida”.
La amistad es uno de los temas fundamentales de la trilogía, también la enemistad. “Somos expertos en pelearnos, desde el principio. Hubo un grupo de islandeses que emigraron a Winnipeg a finales del XIX y decidieron publicar un periódico en islandés, pero hubo tanto desacuerdo que acabaron editando dos. Supongo que una sociedad tan pequeña como la nuestra hubiera muerto de aburrimiento si no fuera por pelearnos”. Sorprende en los personajes de su trilogía el ansia de conocimiento y de libros. “La sociedad islandesa siempre ha sentido curiosidad por lo que hay más allá del horizonte y del mar. El peligro de una cultura tan aislada era que al final se diluyera y muriera, dejara de crear, pero no ha sido así”. La propia escritura de Stefánsson, como sus personajes, muestra influencias de la gran literatura universal: Shakespeare, Milton, Melville. “Ninguna cultura es fuerte si no acepta la influencia de otras. Siempre hemos tenido gente inquieta aquí, como nuestro primer poeta nacional Matthias Jochumsson, autor del himno, que fue pastor luterano y aprendió inglés el solo en su granja traduciendo a Shakespeare. Tanto un idioma como una sociedad necesitan a personas así. Una sociedad que no mira hacia afuera y no traduce es tan estúpida como peligrosa. Es significativo que mientras el 40 % de lo que se publica en Francia son traducciones, en EE UU solo lo es el 1,5 %. Por eso ha ganado Trump”.



“Las historias sobrenaturales son muy corrientes en la isla y siempre están presentes. En parte por cómo es Islandia, los fenómenos de la naturaleza, el tiempo, la oscuridad"

En cuanto a las influencias en su trilogía, el autor las reconoce sin ambages, como la de Moby Dick o la de Shakespeare. “Evidentemente todo aquello que uno ha leído encuentra un camino a sus propias páginas”. ¿Y qué hay de los componentes autobiográficos en el relato? ¿Cuánto hay en el innominado muchacho huérfano, el protagonista, del propio Stefánsson? “Me conozco muy mal a mí mismo, incluso me sorprende verme en el espejo. Me parece mucho más interesante el mundo que mi yo. Dicho esto, por supuesto que hay algo mío en el muchacho “. ¿Ha vivido algún momento peligroso como los que afronta él? “A los 15 años me embarqué en un pesquero, me mareé tanto que deseaba que nos hundiésemos para acabar de una vez con el sufrimiento. Pero, claro, eso hubiera sido mucho peor”.
¿Va a haber una cuarte entrega? El final de El corazón del hombre parece muy abierto, ¿nos va a dejar así? “Ha habido mucho debate en Islandia sobre ese final. Pero mi idea es que la cuarta novela ya está escrita: en la mente del lector”.
¿Qué sentimiento hay hacia la idea de Europa en Islandia? “Creo que la mayoría de islandeses nos vemos como europeos, pero Islandia está litermante partida entre Europa y América, como sabes, por la falla tectónica. Y en muchos aspectos somos más americanos que el resto de los europeos. En todo caso, lo que sobre todo somos es islandeses, isleños. Y los isleños siempre tienen dificultades para verse plenamente parte de un grupo más grande”. Lo que indudablemente son es los europeos más antiguos. “Sí, hablamos casi el mismo idioma de hace mil años. Eso no significa que tengamos que estar en el centro de la UE. Yo no confiaría en nosotros para liderar nada. Nuestro reciente éxito en el fútbol se debió a tener un entrenador sueco que nos organizó. Los islandeses no sabemos lo que es la organización”.



“Aquí es natural creer que la realidad no es algo fijo. Es importante darse cuenta de que no entendemos el mundo en toda su complejidad"

La naturaleza es omnipresente en sus novelas. “Islandia es solo naturaleza. Por mucho que los islandeses estemos muy encima de las novedades tecnológicas y todos los niños de más de 10 años tengan iphone, la naturaleza aquí lo decide todo. Puede ser muy hermosa y mortal a la vez. Esa montaña que ves justo ahí fuera, Esja, provoca muchas muertes cada año”. En ese ambiente, parece lógico que haya hecho cartero a uno de sus protagonistas. En buena parte la trilogía es la saga del muchacho pero también la saga del cartero. En el Museo Nacional puede verse una vitrina dedicada al viejo servicio postal (Landpóstar), que arrancó en 1782, con un zurrón y un cuerno como los del grandullón Jens, y patines de hueso. “Me parecía una profesión encantadora, llevar las palabras de un lado a otro, y a la vez tan esforzada en esa época. Explicaba mucho de la dificultad de la vida entonces. Además me servía como contrapunto de la siempre interesante idea de la masculinidad”.
Las mujeres son muy relevantes en la trilogía. “Son fuertes, pero maltratadas. Hace cien años en la isla carecían de derechos. Siempre jugaban en desventaja”.
Al salir, el cielo sobre Reikiavik tiene el color del lomo de una ballena. Sopla un aire gélido y el único que se atreve a zarpar del puerto es un pato, un gran eider común. En el pantalán, conjuro el recuerdo del muchacho, del cartero, del capitán ciego, de la mujer del reverendo Kjartán, anhelante de libros; de Bárdur, de Geirprudur, de Bjarni, de Hasta... De tantos y tantos personajes. Extraigo una pluma blanca de mi libreta de notas y la dejo caer flotando al suelo, como una ofrenda, en el momento mismo en que empieza a nevar: las lágrimas de los ángeles.



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