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viernes, 3 de noviembre de 2017

Isaac Bashevis Singer / La esposa perdida




Isaac Bashevis Singer LA ESPOSA PERDIDA


Traducción de Moisés Mermelstein


Esto me lo contó un escritor judío, no de los conocidos sino de aquellos que de tiempo en tiempo publican un libro con su propio dinero. Cuando lo conocí en Buenos Aires, fue la primera vez que oí mencionar su nombre, pero él me hizo saber que ya había publicado dos cuadernos de poemas y que la prensa local lo había reseñado un par de veces, además de un semanario en México o quizás en Río de Janeiro.




Era un hombrecillo pequeño, calvo, de patillas grises, de cara arrugada, que recordaba a una criatura recién nacida. A pesar de ser un día de verano llevaba puesto un abrigo manchado. Durante muchos años fue vendedor ambulante. Le sobrevino una artritis y no pudo seguir cargando el bulto de puerta en puerta; le quedaron algunos clientes que venían a comprarle a su casa, y de esta manera lograba sostenerse. Vivía en alguna calle apartada, en casa de unos españoles. Su pequeño cuarto no tenía ventanas, sino una puerta a un patio, y estaba lleno de libros, periódicos viejos y trapos.



Se me acercó y prácticamente me obligó a prometerle que iría a visitarlo. Para llegar a su casa había que hacer tres cambios de autobús. Prometió contarme una historia extraordinaria, un relato que nunca antes había contado a nadie.



–Si yo fuera un prosista, y no un poeta, lo escribiría yo mismo –argumentaba–. Pero no soy cuentista. Hay gente que dice que tampoco soy un poeta, pero esa ya es otra discusión. Por otra parte, si realmente fuera un buen poeta, ¿quién me necesitaría? ¿A quién le sirve, verdaderamente, la poesía? A nadie. La mayoría de los escritores en yiddish se han visto obligados a caminar mucho para poder vender sus propios libros. Los que compran no leen; simplemente guardan los libros en el sótano. Incluso en español es difícil vender más de quinientos libros por impresión. ¿Usted fuma? ¿No? Un hombre con suerte. El médico me prohibió fumar, pero no puedo dejar de hacerlo. Esta es, prácticamente, mi única satisfacción, fuera de...


Las últimas palabras me hicieron sentir vergüenza. Me parecieron exageradas.

–¿Por qué lo dice?

–Es la verdad. Si le contara lo que me ha pasado, se daría cuenta de que no digo cosas por el mero hecho de parecer original. Siéntese en esta mecedora. La heredé de una anciana. Yo me sentaré en la cama. ¿Puedo comenzar?

–Sí, lo escucho.

–Le ruego un poco de paciencia. Toda mi vida pensé que este secreto me lo llevaría, como dicen, a la tumba. En primer lugar, porque nadie se interesa en mí. En segundo lugar, porque relatar no tiene ningún sentido. Pero desde que comencé a leer sus obras, he pensado que usted comprendería este tipo de situación. Ahora que finalmente ha llegado y he tenido el honor de conocerlo, me parece como caído del cielo. Si usted lo desea, puede escribir lo que le voy a contar. 

Comenzaré por mi infancia. Mi padre fue un tendero pobre. Mi madre murió joven y él nunca volvió a casarse. Mis padres tuvieron cinco hijos, pero tres de ellos murieron mientras mi padre estaba vivo y quedamos una hermana mayor y yo. Ella se casó joven y comenzó a parir. Pereció con toda su familia en los campos de exterminio nazi.

Usted escribió en alguna ocasión un cuento que me impresionó mucho; se llamaba “La tímida”. En realidad la timidez se menciona poco en la literatura. Y de hecho, la timidez en algunas personas es una terrible enfermedad psicológica que a veces se parece a la locura. Las personas tímidas son capaces de hacer cosas que ni a los locos se les ocurren. Yo he sido tímido desde pequeño, y los sufrimientos que he padecido a causa de ello son inenarrables.

Una tía nuestra que vivía en un pueblo tenía una niñita, Anita. Cada vez que me enteraba de que esta tía iba a venir con su hijita, me embargaba una timidez imposible de describir con palabras. Me enfermaba. Dejaba de comer. Me avergonzaban mi vestimenta raída, la camisa sucia, mis aladares despeinados y el cabello siempre enredado.

Una vez que la tía y su hijita se quedaron a dormir en mi casa, salí del pueblo y dormí en el campo. Me buscaron durante toda la noche. Cuando me encontraron, mi padre me dio una paliza. Me preguntó varias veces a gritos: “¿Por qué no volviste a casa? Contesta si no quieres que te despedace”. Pero no podía contestarle que me producía timidez la presencia de Anita, porque eso también me avergonzaba. 

La timidez es una forma de orgullo. O, al revés, orgullo es timidez. En todo caso, una penosa enfermedad. De lo contrario no sería el castigo por haber comido del árbol de la sabiduría. La historia de Adán y Eva es muy profunda. A mi modo de ver, todos los problemas se originan en la timidez. Pero dejemos esto. No lo invité para explicarle mis teorías.

Los niños en aquellas épocas solían ir al baño ritual. Pero la sola idea me producía pánico, como si estuviera enfrentado al ángel de la muerte. En verano, los muchachos iban a bañarse al río, pero para mí desvestirme en público era impensable. Padezco, hasta hoy en día, de estreñimiento, y todo esto como resultado de la timidez. Por pura vergüenza me aguantaba las ganas de ir al retrete. Hasta comer me avergonzaba. La celebración de Sucot, la Fiesta de las Cabañas, era una pesadilla para mí, porque me tocaba comer con extraños que mi padre invitaba a la cabañita. Durante la festividad de Simkhes Toyre, que se celebra al día siguiente de Sucot, me escabullía de la sinagoga antes de que nos llamaran a los niños adelante, para cubrirnos a todos con el tales (chal ritual); la sola idea de estar con otros bajo el mismo tales me aterraba. Mejor dicho, vivía avergonzado.

En una ocasión, durante la festividad de Purim, mi padre me envió a casa de unos buenos amigos con los regalos que se acostumbran en esa celebración. Al llegar vi que la casa estaba bastante iluminada, porque se había reunido la familia con mujeres y niñas. Me invadió la timidez y no pude entrar. ¿Qué hacer con los regalos? Los tiré a la noria. Pocos días después, mi padre se enteró de que Baruj Grobover no había recibido los regalos.

Comenzó entonces el interrogatorio, comenzaron las palizas. No me atreví a confesar que el paquete –con una naranja, un par de dátiles, higos y un pan de algarrobo– lo había botado al pozo, y dije que me había provocado tanto que me lo comí. Bueno, recibí una tunda fenomenal. Me pusieron de sobrenombre el Goloso, y así me quedé hasta cuando me fui del pueblo.

Podría contarle cientos de estos hechos, o tal vez miles, pero usted ya entiende el mensaje.


Por sus relatos me di cuenta de que usted entiende la psicología de la timidez. Los tímidos en ocasiones son extraordinariamente osados. A pesar de ser tan tímido, yo a veces he sido capaz de hablar con fuerza, y hasta de insultar a algunas personas. Siendo joven, por mi frustración, decidí hablar de todo y explorarlo todo: fui sionista, socialista, etc. Me propuse ser una persona culta y escribí poemas, aunque escasamente sabía deletrear. Fui recursivo con las mujeres, pero, de repente, con una de ellas fui demasiado osado y le hablé con mucho sentimentalismo. Adquirí en el pueblo fama de irrespetuoso y descarado.

En resumen, desempeñé todos los papeles y me metí en toda suerte de enredos. Un día me sentía tan osado que besaba a una niña sin ningún preámbulo, y al día siguiente, al verla asomada a la ventana u oír mencionar su nombre, me sonrojaba como una remolacha. Las mujeres ni me comprendían ni entendían mi comportamiento, más bien las intrigaba. Además la gente empezó a ensalzar mi talento poético. ¡Insólito! Habría podido volverme ídolo de las mujeres, pero tenía un diablillo adentro y nunca sabía qué cosas me ordenaría hacer. Hacía una cita y no aparecía. Me ennoviaba y, de un momento a otro, rompía. 


Hoy existe una cosa que se llama psicoanálisis. En aquella época eso no se conocía. Además me habría dejado despedazar antes que contarle a alguien la causa de mis sufrimientos.



Ahora llego al punto central.



A mí me pasó algo que quizás no le ha sucedido jamás a otro hombre: perdí una esposa. No hablo de perderla como si se hubiera muerto o se hubiera ido con otro. Literalmente perdí a mi esposa como un hombre pierde dinero, o un reloj, y esto se debió a mi timidez. Interesante, ¿verdad? No se preocupe, no voy a tenerlo aquí toda la noche. Lo haré tan corto como me sea posible. Sin embargo, debo darle algunos detalles porque la historia es muy alocada y, si usted no conoce los pormenores, le parecerá totalmente sin sentido.


En nuestro pueblo vivía una muchacha, Berta, y yo me enamoré de ella. Lo cierto es que en esa época estaba enamorado de muchas. Los tímidos somos muy románticos. Al sentir que uno no tiene acceso al sexo débil, la conquista se convierte en reto, y del reto al amor no hay sino un paso. Pero con Berta me la jugué toda. Su padre era un relojero. Murió, y la madre se casó con un hombre que negociaba con heno.

Comencé a darle clases de hebreo (yo ya había aprendido algo de hebreo antes) pero, en lugar de enseñarle gramática, conversaba con ella durante toda la hora. En aquella época olvidaba por ratos mi timidez y me volvía valiente. ¿Cómo era su aspecto? No especialmente bella. Morena, gordita, de grandes ojos negros. Tenía dientes muy blancos y fuertes, y una bella sonrisa. No soy muy bueno para describir. Si usted escribe sobre este asunto, la puede presentar como quiera. Si quiere, hasta puede volverla rubia, ¿qué diferencia hace? Berta tenía un tío en América a quien escribía amargas cartas: el padrastro, el negociante de heno, era un alma vulgar que hasta llegaba a ofenderla y atormentaba también a la madre. Tenía hijas de un matrimonio previo y no las había logrado casar. Mejor dicho, su casa era un infierno. Entre tanto, nuestro amor se convirtió en pasión. Ella no quería viajar sin mí. Tímida no era.

Podría durar tres días con sus noches contándole sobre nuestro amor. Nunca paseé con ella en la calle. Le dictaba las clases en casa de una amiga de ella que era jorobada. Precisamente por ser jorobada no me intimidaba. Si todo el pueblo fuera de jorobados, me habría atrevido a pasear con Berta por la plaza. Pero, ¿cómo se consigue todo un pueblo de jorobados?

Lo cierto es que en nuestro pueblo había más muchachos altos que en cualquiera de los otros pueblos. Solamente yo era un enano. A mi baja estatura debo muchos de mis problemas. Mis padres, en realidad, eran altos. Además tampoco tengo cuello. Mi cabeza descansa sobre mis hombros como la de un muñeco de nieve, según versión de mi hermana. En verdad, tengo muchos defectos físicos. En una de mis mejillas prácticamente no me crece barba. Bueno, no entraré en tanto detalle. Hoy en día sé que esto era un complejo de inferioridad. Pero, ¿de qué me sirve saber que mi mal tiene un nombre tan pomposo?

Finalmente, Berta le escribió al tío diciéndole que ella quería viajar a Nueva York, pero que tenía en Markishov (así se llamaba nuestro pueblo) un novio y que, si el tío sentía lástima por ella y quería salvarle la vida, debía llevarla a Nueva York junto con su novio. 

Al comienzo el tío no contestaba. Después sucedió una desgracia en su casa, se le murió un hijo en un accidente automovilístico y le entró lo que llaman complejo de culpa. Quiso hacer algo por la hija de su hermana. Comenzaron a cruzarse cartas. Un día el tío escribió que nos casáramos y que él nos mandaría un affidavit, que era el documento necesario para la inmigración de los dos.

Para cualquier persona estaría bien. Pero no. A mí me daba vergüenza casarme. Un matrimonio en nuestro pueblo significaba hacer fiesta de compromiso, que te llamaran a la Torá, decir una bendición durante el rezo del sábado y que las mujeres te arrojaran uvas pasas y nueces, ir al palio nupcial, bailar todos los bailes tradicionales, y todo eso me aterraba. Digo “aterraba”, pero el solo hecho de pensarlo me daba escalofrío.

Entre tanto la madre y el padrastro de Berta ya estaban enterados. Mis padres también habían oído las buenas nuevas. Todo se habría podido resolver fácil. Habríamos podido casarnos en Markishov e irnos de viaje, pero yo comencé a maniobrar para que el matrimonio se realizara en Varsovia. Todos pensaron que había enloquecido.

Incluso me daba vergüenza admitir que me avergonzaba casarme; entonces comencé a inventar justificaciones para hacerlo en Varsovia. Me enredé tanto que perdí el control, no volví a dormir. 

La madre de Berta se enfureció conmigo. Pero la irracionalidad y las enfermedades tienen una fuerza extraordinaria. Gané yo y no ellos. Mis padres y los de ella viajaron con nosotros a Varsovia y allí nos casamos ante un rabino insignificante. 

Se rumoraba en el pueblo que Berta estaba embarazada. Ya no sabían que más inventar. La verdad es, a veces, lo más increíble. ¿Quién podía adivinar la razón para desear casarme en Varsovia? A veces, cuando me azotan la pobreza y mi difícil situación, comienzo a pensar en los designios divinos; se me ocurre que las respuestas pueden ser simples, pero si todo Markishov no pudo descubrir mis motivaciones, ¿cómo podemos nosotros adivinar los motivos de Dios? ¿Acaso Dios también es tímido? Bueno, ya estoy diciendo necedades.

Casarse en Varsovia no resultó ser tan sencillo. La misma Berta no entendía mis intrigas y comenzó a sospechar que algo extraño estaba sucediendo. Ya habíamos tenido algunas discusiones. La noche de la boda tomamos una habitación en una posada, pero había tanto ruido y tal desorden que no pudimos estar juntos. Entonces la timidez tomó otra forma: miedo a la impotencia. Quise deshacerme lo más pronto posible de nuestros padres y les insté para que regresaran a sus casas. Puedo decir que, a veces, mi timidez me volvió descarado. 

Finalmente quedamos solos y pude demostrar, gracias a Dios, mi virilidad. Pero debimos emprender camino. Nuestro buque zarpaba de Liverpool y aún íbamos a estar varios días en Londres. El tío tenía una hija en Londres, una prima de Berta.

El viaje fue pesado. No porque hubiera sido incómodo, sino debido a mi timidez. No quería que los demás pasajeros se enteraran de que éramos marido y mujer. Cuando íbamos a un hotel a pernoctar, pasaba lo mismo. Me parecía que se estaban burlando de mí. Y a lo mejor lo estaban haciendo.

Cuando un hombre siente miedo de parecer ridículo, se vuelve ridículo. Le puedo asegurar que era un drama continuo. Constantemente sentía deseos de arrojarme por la ventana. Esto, según dice Freud en un libro que leí ayer, me cataloga como un homosexual. Pero nunca me ha atraído un hombre. La sola idea me produce disgusto. Naturalmente todo se puede simplificar. Mi teoría es que algunas personas se avergüenzan de vivir. La misma vida es ya una cosa vergonzosa y algunas almas sienten tanta vergüenza que casi no resisten permanecer dentro del cuerpo. Está casi comprobado que la timidez es la causa de muchos suicidios. ¿Cuál es la gran maravilla de ser hombre? Alguien se muere y la fiesta sigue. De antemano uno está destinado a morir y uno lo sabe. Incluso tengo un poema sobre esto: “La vergüenza de ser hombre”.

El viaje a través de La Mancha es desagradable. Había una tormenta tal que todo el tiempo pensaba que sería el fin. El barco parecía colgado de la cresta de las olas, olas como las de la partición del mar Rojo. Las maletas que iban sobre cubierta rodaban de extremo a extremo. Todos los pasajeros se marearon; había entre ellos dos judíos ortodoxos que rezaban “¡Oye, Israel!”, como en los tiempos antiguos. Se encontraba también un cura de la India que iba a recolectar limosnas para su parroquia, y varias monjas, no de la India sino de Inglaterra. Una de ellas se desmayó.



El infierno tan solo comenzó cuando llegamos a Londres. La hija del tío vivía al norte, en un edificio donde todos los vecinos eran como de la misma familia. Su marido tenía docenas de primos, primas, cuñados, cuñadas, y solo Dios sabe qué más, y todos vinieron a darnos la bienvenida. Eran todos altos, casi gigantes, yo me veía como una langosta a su lado. Me dijeron que me fuera a dar un baño de tina en el primer piso y el medidor de gas funcionaba con monedas. Me sentía desubicado. La puerta no cerraba bien y vino la hija del tío a ayudarme. Casi muero de la vergüenza. 

Hacia el atardecer nos organizaron una fiesta de bienvenida. Se reunieron personajes con sombreros de copa, mujeres con sombreros de plumas y otras especies. Hablaban medio inglés, medio yiddish. Ni siquiera su yiddish lo entendía. Trajeron regalos y se regocijaban conmigo, como si la reunión fuera una comedia casera. En medio del banquete sentí retorcijones de estómago. El baño se encontraba en el patio y alguien me indicó el camino. 

Ya nunca entenderé lo que sucedió en adelante. Parece que el patio no estaba bien delimitado, y en lugar de volver al edificio donde me hospedaba, entré al contiguo. Ya adentro me di cuenta del error, pero en lugar de volver seguí adelante. Los perros me ladraron. Alguien me gritó y comenzó a perseguirme. Parece que pensó que le estaba robando. Yo no hablaba una palabra de inglés. Yo corría porque me perseguían. 

Después de un rato, me di cuenta de que no conocía la dirección de los parientes de mi mujer, ni siquiera el nombre de su prima que nos estaba alojando. Todo era como una pesadilla. Se me ocurrió que los parientes de mi mujer ya estaban inquietos y habían salido a buscarme, y toda la situación me despertó tal vergüenza que levanté los ojos al cielo y dije: “Dios mío, llévame. ¡Este es el momento!”...



Pero a Dios no le gusta que le hagan sugerencias. Me encontraba en medio de unas edificaciones, todas parecidas entre sí, con altas chimeneas gemelas, sin idioma y sin saber siquiera por quién preguntar. Creía que podría, por mí mismo, encontrar el camino de vuelta, pero aparentemente me alejaba. Hoy sé lo que debí haber hecho: intentar hablar en yiddish con la gente, y en el peor de los casos, acudir a la policía. Ellos me habrían devuelto. Pero mi timidez se volvió pánico. Perdí el sentido y la proporción de las cosas. Me convertí en un asustado niño de tres años o en un sonámbulo. Me alejaba cada vez más. Era como Jonás huyendo de Dios.



Podría contarle muchos detalles. Pero, en primer lugar, ya olvidé mucho, y además no quiero quitarle tiempo. Durante la noche, Londres es como un pueblo. Las luces se apagaron en todas las casas. Las calles quedaron desiertas. El pasaporte se me había quedado. No llevaba conmigo más que el reloj y algunas monedas. 



Caminé por mucho tiempo hasta llegar a un parque. Me senté en una banca totalmente anonadado por lo que me había sucedido. De hecho, ya no quería regresar a casa. Un hombre que va al baño y se pierde queda convertido en un ridículo. Se me ocurrió que era mejor desaparecer bajo extrañas circunstancias, y ese fue mi deseo: desaparecer como una piedra en un lago. Es mejor ser un héroe en una tragedia que un tonto en una comedia.

¿Para qué sigo alargando el cuento? Estuve sentado en el parque hasta el amanecer. Era verano, por eso no hacía frío. Es imposible relatar lo que pasó por mi mente durante esa noche. Al amanecer comencé a caminar y ya me había formado un objetivo claro: seguir escondido, nunca regresar ni a esa casa ni a esas gentes, donde quedé en ridículo.


Al poco tiempo pasé por una pequeña sinagoga. Entré y vi unos judíos rezando con tales y filacterias. Un asistente me alcanzó un libro de rezos. Me puse a rezar junto con los otros judíos. Estaban muy afanados. Rezaban tan rápido que omitían frases enteras. Los que rezaban debían ser empleados u obreros. Terminaron de rezar y se fueron. 

El asistente se acercó y me preguntó: 

–¿Quién es usted?

Quise contarle lo que me había sucedido, pero me avergoncé. Le dije: 

–Llegué a esta ciudad y no he podido conseguir trabajo.

–¿Dónde vive? –me preguntó. 

Yo le contesté:



–En la calle.



Él me dijo: 


–Hay algo en usted que encuentro sospechoso, pero no me meto en asuntos ajenos. ¿Usted huyó de su esposa, verdad?

–Sí –dije. 



–Así me gusta que hable.



Y el asistente me contó que él también había tenido una arpía de quien le fue difícil deshacerse. 



–Lo llevaré donde un judío que conozco –agregó–; él necesita un obrero. Además, puede quedarse a vivir en mi casa por dos chelines semanales.

Se me ocurrió que mi nombre saldría en los periódicos y que la policía me estaría buscando. Pero, si acaso me encontraban, estaba decidido a alegar que no quería regresar con mi esposa. Tenía ahora solamente un deseo: no parecer ridículo. Mejor ser un charlatán que un desgraciado. Decidí alegar que simplemente había escapado de mi esposa, aunque me encarcelaran. Aunque me deportaran a Polonia. No temía nada, excepto volver a esa casa, donde me esperaban y me estaban buscando. Así es como una obsesión puede arruinar una mente. 

El asistente vivía en una casucha ruinosa, y me llevó donde un judío que tenía una pequeña fábrica de muñecas. Trabajaban allí unas mujeres que conversaban en italiano. Me ordenaron hacer varios oficios: barrer, pintar con brocha y sobre todo pegar las etiquetas a las cajas. Me pagaban una libra por semana. Las mujeres se burlaban de mí. No podía hablarles. Solamente entendían italiano e inglés. El patrón me dio instrucciones en yiddish sobre lo que tenía que hacer.

Toda la fábrica cabía en una casa. Hedía. El polvo me entró directamente a la garganta. Pero todo me parecía mejor que regresar hacia una mujer que me quería y a quien yo quería. Esos son los hechos.

Temía que en cualquier momento me descubrieran. ¿Quién sabe? A lo mejor mi foto ya estaría en los periódicos. ¿O quizás me estuviera buscando la policía? Era como un prófugo. Pero las mujeres que allí trabajaban no leían el periódico y Scotland Yard estaba a la caza de criminales más peligrosos. ¿Qué le importa a la policía londinense un joven polaco que se le escapó a la esposa?

Mi estadía en el país era ilegal, pero nadie me había molestado. Salía de la fábrica hacia la casa del asistente, y de allí de vuelta a la fábrica. El asistente cocinaba sus propias comidas, y preparaba las mías también. Era un tipo raro: ignorante, medio salvaje. Provenía de Galicia. Por alguna razón se había vuelto misógino. Decía que todas las mujeres eran prostitutas y malvadas.



El hecho de haberme escapado de mi mujer me hacía importante a sus ojos. Pero la suciedad en su casa era terrible. El hombre se comportaba como un animal. Extrañamente se le había olvidado el yiddish, aunque no hablaba otro idioma. Mezclaba todo: yiddish, polaco, ucraniano, con palabras inglesas, que seguramente destrozaba. Además de ser asistente, desempeñaba otro oficio, pero ya no recuerdo cuál era. 

Nunca en mi vida había conocido un personaje tan primitivo, una especie de Neandertal en pleno siglo XX. A veces, cuando no entendía su galimatías, él entraba en santa ira. ¿Cómo era su aspecto? Pequeño, robusto, de mejillas coloradas y trozos de barba amarilla. Tenía grandes y fuertes dientes amarillos con los que partía nueces. Solo Dios sabe por qué razón vino a dar a Londres.


Llegó el día en que mi esposa debía viajar a América. Luego siguieron pasando los días. Al comienzo cada día me parecía un año. Los pensamientos casi me enloquecen. Con el paso del tiempo mi mente se fue embotando, como la del asistente en cuya casa me alojaba.

Hay tragedias que ennoblecen y hay tragedias que degeneran. Lo que me sucedió, y lo que hice, me rebajó ante mis propios ojos, y cuando un hombre pierde el autorrespeto, se acaba. Me volví indiferente a todo. Dejé de pensar y mi vida transcurría como en un letargo. Pero aprendí mi oficio, y el patrón me aumentó el salario. Mi único deseo era tener una habitación para mí solo, pero eso era pedir demasiado. De todas maneras estaba listo para que en cualquier momento me arrestaran y me deportaran.

Durante todo este tiempo no escribí ni una carta a mi casa, porque me avergonzaba contarles la verdad, de tal modo que mis padres me dieron por muerto. Posteriormente me enteré de que mi padre quiso comenzar con las ceremonias del luto en mi memoria. Y todo esto porque perdí el camino de regreso del baño, y me daba vergüenza regresar...

¿Qué sucedió después? Eso ya no tiene importancia. O a lo mejor sí es importante. La situación se volvió tan difícil de sobrellevar que me fui en busca de los misioneros. Lo hice, en primer lugar, porque tenía la esperanza de que ellos me pudieran ayudar en caso de arresto. Ellos también habrían podido conseguirme una visa para Australia o para Nueva Zelandia. Quería alejarme lo más posible, quemar, como dicen, las naves.

Lo de los misioneros es un capítulo aparte. Este círculo lo manejaba un judío que había sido maestro, y al que se le había juntado una mujer, también misionera, o Dios sabe qué. Ella, literalmente, tenía barba, y estaba mortalmente enamorada del misionero. Él no quería casarse con ella, por lo cual ella lo chantajeó. La situación no me era clara y ahora, después de tantos años, tampoco me es clara. 

Si con las veintidós letras del alfabeto se pueden escribir trillones de libros, ¿cuántas situaciones se pueden lograr combinando todas las emociones y circunstancias humanas? Cualquier cosa puede suceder. Esta mujer era a la vez loca, taimada, religiosa y erotómana. Y, aunque día y noche hablaba de Jesús, guardaba las fiestas judías y consultaba libros de rezos en hebreo. Era la hija de un rabino.

Podría contarle cómo salí de Inglaterra hacia Argentina y también sobre mi vida aquí. Pero ya no es importante. El hecho es que nunca me casé. A mis padres sí les escribí, pero mi padre no alcanzó a leer la carta. Murió con la certeza de que yo estaba en el otro mundo. Así arruiné mi vida. Por mi madre me enteré de que mi esposa se casó con el tío de América al que íbamos a ver, y con él tuvo varios hijos. Luego el tío murió y ella se fue a vivir a Canadá.

Lo más importante es que me quedé solo el resto de mis años. Había fracasado y ya no tenía ánimo para nada más. Últimamente hasta mi timidez ha desaparecido. Quise ser un poeta yiddish pero los críticos no me aceptaron y frente a eso no hay nada que hacer. Y si me hubieran aceptado... ¿qué?

Una sola cosa aprendí con los años: no le guardo rencor a nadie. Hay razones para todo, y las razones, a su vez, tienen otras razones. Al final, la condición humana es un misterio. Mi madre decía: “Lo que se adquiere en la cuna se lleva hasta el ataúd”.






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