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jueves, 5 de septiembre de 2002

El hombre del tren / El genio histriónico de Jean Rochefort


Cine grande francés en un 'thriller' de Leconte y en una genial miniatura de Godard

El genio histriónico de Jean Rochefort rompe desde dentro la pantalla de 'El hombre del tren'


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Venecia 4 SEP 2002

El hombre del tren es cine negro por doble lado, pues conviven en él la negrura de un thriller modélico y la arrolladora negrura del humor de un inmenso cómico, Jean Rochefort, que hace una interpretación eminente, frente a un Johnny Hallyday que ha conseguido con los años una explosiva fotogenia de hombre a la deriva. Patrice Leconte ha hecho una película concisa y emocionante. Destacó también la formidable miniatura de Godard en la segunda entrega de Ten minutes older, en la que hay aportaciones de gran altura de Bertolucci, Szabó y Radford.

Estallan de ingenio y de gracia los giros y las tacadas verbales y gestuales de los diálogos y las situaciones de El hombre del tren. El largo dúo entre el locuaz Jean Rochefort y el lacónico Johnny Hallyday llena, hace rebosar de talento histriónico la película que está construida con total maestría por el escritor Claude Klotz y ha sido primorosamente realizada por un Patrice Leconte inspiradísimo que, esta vez, se sitúa a la altura de sus mejores trabajos, como El marido de la peluquera y El señor Hire.


Leconte y Klotz son dueños de un talento libre y generoso, y despliegan su ingenio de forma que alimenta a los dos formidables intérpretes, que se apoderan de él y, haciéndolo suyo, lo hacen nuestro. De ahí la sensación de porosidad que invade a El hombre del tren; y la gracia, la comodidad y la emoción que transmite. En medio de un cine con tendencia a padecer solemnidad, se agradece mucho una película de esta agilidad y de este discurso tan transparente.
Cuenta El hombre del tren la historia de la súbita y breve amistad entre un viejo profesor de literatura, interpretado por Jean Rochefort, y un atracador profesional, interpretado por Johnny Hallyday, de dura presencia y extraña sensibilidad para la poesía. Es un duro y austero samurái urbano armado hasta los dientes y que arrastra una áspera forma de soledad que contrasta con la serena, cálida y amistosa soledad que envuelve a la figura del viejo profesor.
Uno y otro personaje son una especie de réplica insólita y singularísima de aquellos formidables Dos hombres y un destino, que hace décadas encarnaron Paul Newman y Robert Redford. El tipo -situado entre la tragedia, la comedia y el esperpento- que borda Jean Rochefort juega a crear ante el espejo y desde el humor más refinado un destino trágico común con el atracador de bancos que ha adoptado. Y a su manera consigue fundir su destino con el suyo. Y es una pena que esta preciosa película vista a su desenlace, que merecía el privilegio de estar desnudo, con el ropaje de una metáfora un poco confusa y empobrecedora.

Más cine francés llegó en la segunda entrega de la película colectiva, centrada en diferentes visiones de la idea del tiempo, Ten minutes older, en la que ocho célebres directores se añaden a los otros ocho que llenaron hace unos meses la primera entrega, que fue estrenada en el Festival de Cannes. Los 10 minutos que corresponden a Jean-Luc Godard están llenos de un poema visual de gran fuerza, una poderosa antinarración que convierte a esta miniatura en un fortísimo destello de un talento innovador de talla excepcional, un creador de ritmos oscuros y sorprendentes, de inesperadas e imprevisibles cadencias de montaje. La miniatura comprime todo lo que Godard propuso en Elogio del amor, su último largometraje, que junto a su aportación a Ten minutes older supone un intento de conversión de la pantalla en un ámbito poético puro, de espaldas a todo el cine sabido.

Son también excelentes las aportaciones a Ten minutes older del italiano Bernardo Bertolucci, el húngaro István Szabó y el estadounidense Michael Radford. Y, aplastado por este buen cine, siguen desfilando películas insignificantes o fallidas, como el tremebundo ladrillo chino El mejor de los tiempos, dirigido (muy mal) por Chang Tso-Chi; el solemne patinazo del famoso director ruso Andréi Konchalovski, que en La casa de los locos saca cine retorcido y bastante pobre de una materia argumental muy rica; y la artificiosa y rutinaria comedia -teatro filmado que no llega a ser verdadero cine- Desnudos, dirigida por la alemana Doris Dörrie, donde con mucha soltura y mucho oficio maneja todos los tópicos imaginables sobre el amor y el desamor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de septiembre de 2002


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