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sábado, 3 de junio de 2017

Fanny Ardant / "Me encantan las mentiras"

Fanny Ardant

Fanny Ardant


"Me encantan las mentiras"




La actriz, que protagoniza el film "Nathalie..." junto a Emmanuelle Béart y Gérard Depardieu, habla 

de su relación con el cine y con François Truffaut
MARTES 24 DE AGOSTO DE 2004

En la casa de Fanny Ardant suena "La Bohème", de Puccini, cuando ella atiende el teléfono. La voz de la sufrida Mimí se acopla a la de la actriz francesa, especialmente cuando se la escucha decir: "Soy una mujer complicada, nunca completamente feliz. Adoro la vida, pero hay que pelearla, es dura".
Toda la conversación con Ardant, de 54 años, surcará -entre la risa y el silencio doloroso- el misterio del amor y la seducción por medio del cine y su vida privada. Quien fue pareja en la vida real de François Truffaut y varias veces en la ficción de Gérard Depardieu, habla encantada de su personaje en "Nathalie...", un film de un delicado erotismo verbal, dirigido por Anne Fontaine, que se estrenará pasado mañana en la Argentina. Allí la actriz vuelve a encontrarse con Depardieu, el actor con el que protagonizó, veinte años antes, la trágica "La mujer de la próxima puerta", una de las últimas películas de Truffaut.
Después de aquel amor imposible que termina con la muerte, el actor francés ahora interpreta al marido de Ardant en "Nathalie...". Y como en la ficción el personaje de ella se cree engañada, contrata a una prostituta (Emmanuelle Béart) para que seduzca a su marido y de regreso le relate en detalle los encuentros. "Yo me identifico con el doble fondo de esta historia en donde todo el mundo miente. Y en verdad debo decir que me encantan las mentiras, que son buenas para el ser humano. Me parece que en el amor la verdad en sí misma no es interesante. Yo creo que toda historia de amor debe ponerte en peligro. En la mentira no debe haber forzosamente traición. Pero sí puede hacerte soñar, inventarte fantasmas, divertirte."
En la película de Fontaine, el erotismo se juega por medio de las palabras. "La idea de la directora fue, voluntariamente, no mostrar nada -explica Ardant-. No fue por pudor o a causa de la censura. En esta historia, el imaginario es más importante que la realidad, cómo uno puede perturbar a alguien por medio de las palabras."
¿Cómo fue el trabajo con Béart, hubo ensayos?
-Me encantó Emmanuelle, mirarla, escucharla y hablarle. Se creó una suerte de disponibilidad que no es común en todos los actores. Para ella ha sido muy difícil el rodaje. Y siempre dice que yo le tuve mucha paciencia. Pero para mí no. En lugar de imaginar qué iba a hacer dije: "Voy a escuchar cada palabra que Emmanuelle me diga, voy a escuchar con precisión".
-En el lugar de quien escucha, ¿usted trabajó con su propio pudor?
-Un rol es un momento de tu vida. Yo soy tímida, pero ya estoy acostumbrada a que en el cine uno debe interpretar personajes en los que hay un poco de uno y, a la vez, nada de uno. Por ejemplo, después de "Nathalie...", trabajé en un film italiano que se llama "L´odeur du sang", donde ocurre exactamente lo contrario: mi personaje es el que le cuenta al marido sobre sus relaciones con el amante. Tenía que decir cosas muy crudas ante las mil preguntas del marido. Pero no me hice problemas.
-Entre Catherine y Marlène (rebautizada Nathalie) se da un extraño vínculo...
-No hay una relación homosexual. Es una especie de complementariedad. Cada una de ellas le enseña algo a la otra. Es difícil saber qué; se da una suerte de alquimia. Las dos son muy solitarias. Y finalmente Catherine encuentra en Marlène un placer casi hipnótico al encontrarla regularmente para escuchar sus historias perturbadoras.
-Pero, finalmente, el encuentro no es sólo a causa del marido...
-No; finalmente le hace bien a Catherine, se siente más libre y se permite hasta hacerle una confesión: "Cuando yo era joven amaba el amor, a los hombres", le dice. Seguramente cuando se enamoró de su marido se convirtió en una mujer prudente en la vida.
-El film habla sobre lo difícil que es sostener el amor a través de los años y sobre los recursos posibles para hacerlo.
-Exactamente. Porque lo que mata el amor es el aburrimiento o el hecho en el que cae todo el mundo que es la posesión de alguien. Nadie pertenece a nadie; nadie tiene derecho sobre nadie; el amor debe ser una conquista de todos los días.
-Catherine arma un plan para observar a su marido, pero nunca lo cela...
-Esa es la grandeza de ese personaje. Tal vez por eso ella logra reconquistarlo, porque se transforma en alguien misterioso para él. Y su marido la adora. El no ve su engaño como una traición, sino como algo a lo que ella debe resignarse.
-"Nathalie..." podría llegar a ser una especie de continuación de "La mujer de la próxima puerta", si los protagonistas no hubieran muerto al final...
-Lo que a mí me encantó del personaje de Mathilde en "La mujer de la próxima puerta" es que ella no se resigna. Para mí la resignación es peor que la muerte, y no sólo en el amor. El mensaje de "Nathalie..." es que es necesario ser inteligente en una historia de amor porque después de veinte años uno se conoce y se acostumbra. Por eso no hay que abandonar la lucha.
-Para el espectador, volver a encontrarse con la pareja Ardant-Depardieu es casi un hecho histórico. ¿Qué pasó entre ustedes?
-En realidad, diez años antes ya nos habíamos reencontrado como pareja para la película "Le colonel Chabert", así que para mí la relación con Gérard ha sido siempre una conversación ininterrumpida. Nos queremos y nos conocemos bien. Trabajar con un actor con el que ya te conocés te ayuda a ganar tiempo. Yo con él me dejo ir, no necesito ni hablar; entonces da mucho placer.
-¿En la vida real nunca fue pareja de Depardieu?
-No. Fuimos tres veces pareja en la ficción. Pero muchas veces me pregunté: "¿Qué es lo más importante: la vida ficticia o la vida real?" Y no sé qué responder... (Risas.)
-¿Se acuerda del rodaje de la escena final de "La mujer de la próxima puerta"?
-Muy bien, porque François tenía una idea muy precisa de esa escena. La filmamos como si se tratara de la escena de un asesinato; no se dejó nada librado a la improvisación. Eran sobre todo marcaciones técnicas porque debía verse nuestro reflejo sobre el vidrio. Y muy precisas sobre cómo sería la muerte, el juego de las piernas de Gérard sobre mi cuerpo y mi cara.
-¿Usted sintió que aprendió sobre el amor a través del cine?
-Es una gran mezcla. Es cierto que la literatura y el cine ayudan a comprender la vida y que, a su vez, uno tiene necesidad de vivir algunas historias gracias al romanticismo de la ficción. Pero en verdad no podría decir qué es lo que el cine me enseñó porque yo estoy dentro de él. Con respecto al espectador, sé que todo el mundo se identificó con la historia de "La mujer de la próxima puerta" porque cualquiera ha vivido una historia de amor desgraciado o se ha enamorado de alguien con quien no podía vivir. Pero la vida continúa. Y el cine se hace para detener los momentos mágicos de la vida.
-¿Cómo fue trabajar con Truffaut siendo su pareja?
-No sé qué responder... Nosotros estuvimos juntos de 1981 a 1984. Ha sido una relación completamente determinante en mi vida. Hice sólo dos films dirigidos por él. Y tenía un proyecto para una tercera película, pero murió.
-¿Y cómo fue vivir con "el hombre que amaba las mujeres"?
-El ha sido el hombre de mi vida, me ha marcado. Y lo disfruté mucho. Yo prefiero vivir con alguien peligroso que con alguien aburrido. Creo que un hombre que ama a las mujeres es más agradable que un hombre que no es querido por ellas.
-En la película de François Ozon, "Ocho mujeres", usted interpretaba el papel de la mujer libre.
-Me encantó esa película. Me gustó representar a mujeres audaces de Hollywood que no temen tener amantes, que no tienen miedo de tener relaciones libres, no importa con quién.
-¿Y usted es como ellas?
-¡Estás loca! (Risas.) Bueno, yo prefiero más a las mujeres libres que a las prisioneras. Pero también puedo comprender bien que una mujer ame a un solo hombre en su vida. Tuve el ejemplo de mi madre y de mis abuelas. Ellas fueron libres de amarlos. Yo también fui libre de amar a muchos hombres, pero a ninguno como a Truffaut.
Por Lorena García De la Redacción de LA NACION



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