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sábado, 7 de abril de 2012

Antonio Muñoz Molina / Toda la vida


Toda la vida

Abundan los resúmenes de resúmenes, las semblanzas con prisa, las biografías parciales.

La tentativa de un retrato completo, parece una tarea para la que da la impresión de que no estuviéramos genéticamente bien preparados


Antonio Muñoz Molina
7 de abril de 2012

Escribir una biografía es dar la propia vida o una parte de ella a cambio de otra vida; dedicar cinco o diez o veinte años a seguir los pasos de otra persona a la que uno generalmente no conoció y que acaba siendo tan íntima como un amante o un amigo del alma; descubrir tal vez, cuanto más se sabe, que lo que no se sabe y no se llegará a averiguar es mucho más, y que hay profundidades en cada uno a las que no llega nadie, habitaciones últimas en las que no se podrá entrar, como esa cámara sellada que Flaubert decía que llevaba escondida en su corazón. A Flaubert, que dejó un rastro tan caudaloso de cartas, los biógrafos lo han examinado meticulosamente, y sus mismos contemporáneos dejaron testimonios abundantes sobre él. Si comparamos la información que tenemos sobre Flaubert, o Dickens, o Proust, o Joyce, o Virginia Woolf, con la que está disponible sobre la mayor parte de nuestros grandes escritores o personajes históricos, el resultado es desalentador.
Uno de los indicios de nuestra honda penuria intelectual y hasta cívica es que las grandes biografías españolas, contemporáneas o no, se pueden contar con los dedos de las manos. Abundan los resúmenes de resúmenes, las semblanzas hechas con cierta prisa, las biografías parciales. Pero la tentativa de un retrato completo, de una enciclopedia de la vida entera de una sola persona, la indagación en su vida privada y en sus actos públicos, la búsqueda de los documentos que atestiguan materialmente su paso por el mundo, desde una partida de nacimiento o un boletín de notas escolares hasta el certificado de defunción —esa parece una tarea para la que da la impresión de que no estuviéramos genéticamente bien preparados—. De Dickens se publica cada pocos años una biografía aún mejor documentada que la anterior; de Pérez Galdós tenemos tan solo la de Pedro Ortiz Armengol, que es cuantiosa, exhaustiva y llena de empatía hacia la literatura y la condición humana de don Benito. Nada más. Cada vida acaba en una fecha indudable, pero la posteridad no permanece inmóvil, porque surgen nuevos documentos, indicios que no se sospechaban, aproximaciones nuevas que hacen necesario regresar a lo que nunca puede darse por seguro o cerrado. La biografía imponente —y por ahora única— de García Lorca que publicó en 1986 Ian Gibson se ha reeditado casi intacta, pero no es verosímil que en todo este tiempo no hayan aflorado testimonios nuevos, papeles desconocidos, miradas distintas que complementen o pongan en duda las opiniones de un solo investigador.
Y al menos de García Lorca, de Galdós y de Antonio Machado tenemos algo, mucho. También de Miguel Hernández, sobre el que han escrito con solidez y perspicacia Agustín Sánchez Vidal, José Luis Ferris y Eutimio Martín. Pero ¿y Luis Cernuda, o Vicente Aleixandre, o Maruja Mallo, o Pedro Salinas? De la gran crisis española de los años treinta solo tenemos biografías completas y extensas de Franco y de Juan Negrín, gracias a Paul Preston y a Enrique Moradiellos. Santos Juliá ha escrito con profundidad sobre Azaña, pero se ha apartado muy poco de su dimensión intelectual y política, explorando muy cautelosamente la vida privada de un hombre tan rico en veladuras y enigmas que tantos años después de su muerte sigue en gran parte mereciendo el título que dio su cuñado y amigo íntimo Cipriano Rivas Cherif al libro que escribió sobre él, Retrato de un desconocido.
Inevitablemente, a lo largo de los años unas biografías se van alimentando de las que las han precedido, las que estuvieron más cerca al tiempo vivido y a los testimonios de los coetáneos, a los materiales frágiles que se dispersan o se destruyen. La tierra fértil sobre la que se sustenta una tradición biográfica son las cartas, los recuerdos orales, los diarios, todo lo que es cotidiano y desaparece, lo que difícilmente se preserva si no hay una cierta actitud de civilizada consideración hacia el pasado, por no hablar de un discurrir público sin muchas calamidades ni sobresaltos. Benito Pérez Galdós pasó algunas de las temporadas más felices y más productivas de su vida en la quinta que se hizo construir en Santander, sobre una playa por la que no es posible dar un paseo sin imaginar su figura de viejo coloso encorvado. En un país solo un poco menos agreste, esa casa se habría convertido en un museo y en un monumento a su memoria, y los admiradores de Galdós peregrinaríamos a ella y examinaríamos de cerca no solo sus manuscritos guardados tras el cristal de las vitrinas, sino también sus fotografías, los objetos que tocaban sus manos, el escritorio junto al que se sentaba disciplinadamente para la tarea de escribir. Aquí somos más tajantes. Todo lo que queda de la casa de Pérez Galdós en Santander es el azulejo que tenía en la puerta: San Quintín.
Algo es algo. Vuelvo a estas divagaciones pesarosas cada vez que leo una de esas biografías a los que sus autores dedicaron décadas y en las que un lector se aventura durante semanas: Michael Scammell me contó que había pasado más de veinte años investigando la vida de Arthur Koestler, viajando a todos los lugares a los que Koestler había viajado, entrevistando a personas que lo habían conocido. Scammell, por cierto, tiene una magnífica definición de su oficio: un biógrafo es un novelista bajo juramento, un narrador al que le está prohibido inventar.


John Kennedy y Jackie Kennedy
Dallas, 22 de noviembre de 1963

Pero quién dice que hace falta inventar para urdir una narración devoradora. New Yorker acaba de publicar un capítulo del tercer volumen —creo que el último— de la biografía de Lyndon Johnson que lleva escribiendo Robert A. Caro casi un cuarto de siglo. Es el relato de un solo día en la vida de un hombre, de unas pocas horas en ese día. El 22 de noviembre de 1963, en Dallas, en las primeras horas de la mañana, Johnson era un vicepresidente que se sabía fracasado y ensombrecido por la presencia cegadora de John F. Kennedy. La gente aclamaba al pasar a John y a Jackie Kennedy y a él ni lo veía. En otra época había sido un hombre poderoso al que se tenía miedo y del que se solicitaban favores. El puesto ingrato de la vicepresidencia lo había borrado. El relato organiza como teselas en un mosaico o voces en una polifonía los recuerdos de los testigos y las fotografías y las imágenes de los noticiarios. En un descapotable de alquiler, Johnson mira tristemente la limusina negra desde la cual el presidente saluda a la multitud agitando los brazos y un momento después hay como un torbellino que no se entiende qué es, suena algo que parece el petardeo repetido de un motor. Un agente del servicio secreto empuja a Johnson hacia el suelo del coche y lo aplasta bajo su peso. Unas dos horas después, Kennedy ha muerto y en ese hombre que empezó la mañana desdibujado en la casi nulidad se ha operado una transformación. Habla de otro modo, tiene otra expresión y otra estatura que abruma a los que se le acercan. Ahora es el presidente de Estados Unidos.


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