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martes, 2 de abril de 2013

Robert Capa y John Steinbeck / El fotógrafo y el reportero

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Robert Capa y John Steinbeck, o la extraña pareja fotógrafo-reportero

 
2 de abril de 2013
“Este es mi fotógrafo”, proferían algunos periodistas prepotentes cuando presentaban al entrevistado en cuestión al reportero gráfico que les acompañaba. Había en esa frase un sentido de autoridad, que relegaba a la fotografía periodística, al reporterismo gráfico, a un estatus de arte menor, en comparación con el supuesto brillo de los reporteros escritos, a los que los fotógrafos, con la retranca del oprimido, titularían, en revancha, plumillas o juntapalabras. El fotógrafo era un mandado. En muchas ocasiones, no sabía siquiera qué o a quién iba a fotografiar; apenas le habían avisado un cuarto de hora antes. El fotorreportero saltaba sin pausa de inmortalizar una zanja, a retratar al jefe del Estado y de allí a los toros o el fútbol. Y encima bajo las instrucciones del plumilla de turno (al que en ocasiones no había visto en su vida). Esa era la tónica del reporterismo gráfico hasta finales de los 80. Solo se libraban del desprecio los grandes divos del reporterismo fotográfico (Salgado, Nachtway, McCullin, Griffiths, Hetherington) que iban por libre, se jugaban el pellejo, viajaban continuamente, ganaban mucho dinero y se hinchaban a ligar. Yo pensaba que ese estilo de supremacía del periodista escrito sobre el gráfico había desaparecido. Sin embargo, durante un reportaje el pasado mes de octubre en Rusia, centrado en algunas de las joyas del Kremlin regaladas por la Corte británica a los zares en los siglos XVI y XVII con intención diplomática, tuve la oportunidad de revivir aquellos malos-viejos tiempos observando como la reportera de un gran medio francés fiscalizaba cada paso de la fotógrafa que le acompañaba, dictándole su trabajo con la machaconería de un metrónomo: “Chrystel, fotografía esto; Chrystel; fotografía aquello. Chrystel no te quedes atrás”. Desde el primer segundo, me hice cómplice de la fotógrafa, que, además, era bastante más brillante que su compañera de viaje. En el Café Pushkin, me explicó una noche el motivo de su vasallaje: Su patrona era periodista de plantilla de aquel gran medio parisiense y ella era una simple free lance en tiempos de crisis. Y quería que la siguieran haciendo encargos. Por tanto, a callar.
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Retrato en el espejo de la pareja de periodistas en su hotel de Moscú.

















La peculiar relación que se establece entre un reportero gráfico y un reportero escrito, trabajando codo con codo lejos de casa, como un equipo simbiótico, en igualdad de condiciones, que persigue una misma historia para después relatarla con sus palabras e imágenes de la manera mejor y más fehaciente, fue reflejada como nadie antes ni después, en 1947, por John Steinbeck, escritor, periodista, premio Pulitzer y Premio Nobel, en el libro Diario de Rusia (reeditado en español en 2012 por Capitán Swing). Su media naranja periodística en aquel viaje irrepetible a la URSS aún humeante de la II Guerra Mundial, iba a ser Robert Capa, quizá el mayor mito del reporterismo gráfico de la historia; un judío húngaro apátrida, que en realidad se llamaba André Friedmann, había inmortalizado los desastres de la guerra desde Madrid a Berlín pasando por Pekín y, en aquel mismo 1947, había fundado junto a otros fotógrafos la agencia Magnum, nacida en régimen de cooperativa. Steinbeck tenía 45 años y Capa, 34. Se habían conocido durante la invasión aliada a Sicilia en 1943 y habían coincidido en la liberación de París al año siguiente. Eran de aquellos corresponsales de guerra, duros, románticos y bebedores, al estilo de Hemingway (al que Capa había conocido durante la Guerra Civil española), incapaces de estarse quietos en la redacción de un periódico. Ellos querían más: aventuras, prestigio, dinero, whisky, adrenalina. Ser testigos de su tiempo, como había hecho Steinbeck con la Depresión americana en Las uvas de la ira o Capa cubriendo el asesinato de Trotski, en México, en 1940. Aunque les supusiera chapuzarse en la tragedia como protagonistas más que como meros periodistas, como le ocurrió a Capa al perder al amor de su vida, la fotógrafa alemana Gerda Taro (una de las primeras fotorreporteras de la historia), bajo las cadenas de un carro de combate republicano en plena batalla de Brunete, en julio de 1937. 
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Steinbeck Fotografiado por Capa durante el viaje.

















Una tarde de 1947, estos dos curtidos reporteros en paro, se emborracharon en el bar del Hotel Bedford, a la sombra del Empire State neoyorquino, hicieron un repaso a los tiempos de vino y batallas y, entre cóctel y cóctel y decenas de cigarrillos, tambaleantes y balbuceantes, llegaron a esta conclusión de madrugada basada en la curiosidad periodística y que aún supone una clase magistral de reporterismo: “Se nos ocurrió que había algunas cosas que nadie escribía sobre Rusia y que eran las que más nos interesaban a nosotros. ¿Cómo se viste la gente allí? ¿Qué sirven para cenar? ¿Hacen fiestas? ¿Cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿De qué hablan? ¿Bailan, cantan y juegan? Nos pareció que estaría bien averiguar esas cosas, fotografiarlas y escribir sobre ellas”.
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Una imagen de la película de John Ford basada en las 'Uvas de la ira', de Steinbeck.

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 Fotografía de Dorothea Lange incluida en el libro 'Los vagabundos de la cosecha', de Steinbeck.

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Imagen del mismo libro de Steinbeck y Lange.





































La mecha estaba encendida. Quedaba llevar ese sueño etílico a la práctica. Lo primero, el aspecto práctico del viaje; su sentido y posibilidades de sacarlo adelante; así lo describe Steinbeck: “Hicimos nuestros planes de la siguiente forma: si podíamos hacerlo, estaría bien y sería una buena historia. Y, si no, también tendríamos una historia, la historia de no ser capaces de hacerlo”. Lo segundo, era definir el plano puramente periodístico del proyecto; un ideario que conserva todavía la vigencia del reporterismo honesto y de largo alcance: “No debíamos ir con resentimientos y debíamos intentar no ser críticos ni favorables. Intentaríamos hacer un relato honesto, escribir lo que viéramos y oyéramos sin opinar, sin sacar conclusiones sobre cosas acerca de lo que no sabíamos suficiente, y sin enfadarnos por los retrasos de la burocracia. Sabríamos que habría muchas cosas que no entenderíamos, muchas cosas que no nos gustarían, muchas cosas que nos harían sentir incómodos. Esto siempre sucede en los países extranjeros. Y decidimos que si había críticas sobre alguna cosa se harían después de verla, nunca antes”.


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Robert Capa fotografiado en los años treinta.
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Dos imágenes de la Guerra Civil española de Robert Capa: El miliciano herido y milicianas en Barcelona.














































El trabajo del reportero gráfico y del redactor trascurren en el mismo sitio y el mismo lugar, pero es totalmente distinto. Tienen tiempos diferentes. Es inútil que un profesional de un formato intente darle instrucciones al del otro; son miradas incomparables. La seducción del redactor hacia la fuente o el entrevistado, es distinta a la del fotógrafo. Y los recelos de las autoridades, las corporaciones y los poderes, están siempre más centrados en los potenciales peligros de las imágenes que en la de los textos (quizá porque estos son más sencillos de rebatir). Esta idea, el miedo de las dictaduras y los que tienen algo que esconder por el poder de denuncia de la fotografía, la comenzaría a comprender Steinbeck ya antes de comenzar el viaje, cuando al solicitar el visado para entrar en la URRS todo se convirtiera en pegas ante el trabajo de Capa en la Unión Soviética. Los soviéticos no temían a Steinbeck, al que contemplaban como un escritor comprometido con el proletariado y amable con la causa estalinista (como George Orwellen sus comienzos, Kingsley Amis  o los Cinco de Cambridge) y al que, incluso, cuando acabara su trabajo en la URSS no le purgarían sus notas; temían la potencia de las imágenes de Capa, el mejor fotorreportero del momento. Desde un principio, intentaron que el escritor hiciera el reportaje sin fotógrafo. Que dejara a Capa en la cuneta. Como prueba, esta conversación entre el escritor y el cónsul general soviético en Nueva York:
-“Pero ¿por qué tiene que acompañarle un cámara? Tenemos montones en la Unión Soviética”
-"Pero no tienen Capas. Si lo hacemos, lo haremos los dos".
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Dos imágenes de Capa durante el desembarco de Normandía, en junio de 1944.
















Lo hicieron. El 31 de julio de 1947 Capa y Steinbeck llegaban a la URSS. En el aeropuerto el fotógrafo sin tierra dejaba patente que no entraba de incógnito, acarreando una cantidad enorme de equipo, varias cámaras (las Contax y Rolleiflex de la Guerra Mundial), trípodes, cientos de cajas de película y un completo set de iluminación y pagando 300 dólares por exceso de equipaje. El trabajo periodístico de ambos duraría cinco semanas, en las que visitarían Moscú, Kiev, Stalingrado y Georgia. El resultado se publicaría un año más tarde bajo el título Diario de Rusia. Un libro amable y entretenido, escrito con la prosa fluida y accesible de Steinbeck, e ilustrado con las imágenes casi turísticas de Capa. Diario de Rusia no es un gran ensayo político. No es un sesudo análisis histórico. No es un libro de denuncia. Es un libro de viajes y un buen tratado de periodismo. De la lucha de un fotógrafo y un escritor no solo por hacer una buena historia, también para aguantarse. Es la descripción íntima del extrañopas de deux que se establece entre dos profesionales con orígenes, edades y miradas distintas, enamorados de un mismo trabajo y condenados a convivir 24 horas diarias durante un periodo ilimitado de tiempo. Un relato de las grandezas y miserias del reporterismo donde a veces faltan las fuentes y sobra el alcohol; con momentos trágicos y otros hilarantes.

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Capa fotografiado en España en 1936.
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Steinbeck fotografiado en 1937.




















El ex ministro de Cultura socialista y escritor César Antonio Molina, destrozó este libro en un artículo en un diario conservador de la capital de España, en el verano de 2012, bajo el título La URSS que Steinbeck no vio, donde criticaba el trabajo de ambos, especialmente del escritor, del que afirmaba: “Lo desconocía todo de Rusia y estas páginas abundan en su ignorancia”, para concluir con esta frase lapidaria sobre los dos reporteros: “Capa y Steinbeck en los grandes hoteles, fumando y emborrachándose las más de las veces, asistiendo a fiestas, bailes y peleas, gastándose entre ellos bromas que a un lector honorable le harán poca gracia”. Molina, no se había enterado de nada. Quizá porque nunca se había visto en la piel de un redactor lejos de casa, de su familia y amigos, y en acción. El dictamen sobre el mismo Diario de Rusia, escrito en este caso por un periodista de raza de El PAIS, Guillermo Altares, que sí sabe lo que supone tener a tu lado a un compañero que rema en la misma dirección para hacer una gran historia y te puede salvar el pellejo cuando estás en un territorio en conflicto, fue mucho más clemente. Él si lo había entendido: “Steinbeck y Capa formaron una de las parejas más extraordinarias de la literatura y la fotografía, capaces de saquear toda la bebida del cuerpo de prensa extranjero en el Moscú de la posguerra pero también resumir el siglo XX en una niña que se mueve entre los escombros de Leningrado”.
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Una imagen de Capa del viaje a Rusia.



















Posiblemente, sobre todo para Steinbeck, aquel viaje fue iniciático. El soberbio futuro premio Nobel de Literatura comprendió la fuerza de la imagen, capaz de explicar en un soloflashazo lo que a él le obligaba a embutir en un puñado de folios. Steinbeck escribía en suDiario: “Probablemente lo más difícil del mundo para el hombre es la simple observación y aceptación de lo que ocurre. Siempre deformamos nuestras percepciones según lo que esperábamos, queríamos o teníamos. En Rusia vimos muchas cosas que no coincidían con lo que habíamos esperado, y por esta razón está muy bien tener fotografías, porque una cámara no tiene ideas preconcebidas, simplemente fija lo que ve”. Desde ese punto de vista, el escritor comenzó a comprender que un gran reportaje no es tal si carece de grandes imágenes. Y, a partir de ahí, a ponerse del lado de su compañero; a compartir su angustia y desencanto ante la imposibilidad de fotografiar algo.
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Guardia de la circulación en Moscú.

















Capa y Steinbeck comenzaban a ser clónicos. A tener los mismos sentimientos. El escritor recuerda como durante una visita a una fábrica de tractores de Stalingrado: “Los guardias miraron las cámaras e hicieron llamadas de teléfono. La resolución era inflexible. Ni siquiera se nos permitió sacar las cámaras del autobús. Podíamos ver todo pero no podíamos fotografiar nada. Esto nos puso muy tristes (…) Cuando Capa no puede hacer fotos llora, y lloró aquí muy particularmente, porque por todas partes sus ojos veían contrastes, y ángulos, e imágenes que tenían significación más allá de su significado. Robert decía amargamente: ‘Aquí con dos fotos podría haber mostrado más que lo que muchos miles de palabras pudieran decir”. En otro momento del viaje-reportaje, John Steinbeck, durante una ceremonia ortodoxa en una iglesia georgiana se queda observando con admiración (quizá por primera vez) a su compañero mientras trabaja. Esta es su mínima descripción de ese momento: “Capa sacó muchas fotos. Era asombroso ver cómo podía moverse por ahí en silencio y fotografiar sin que se fijaran en él. Más tarde entró en el coro e hizo más fotos”. Y, antes de partir de vuelta a Occidente, esta descripción del estado de ánimo de Robert Capa insatisfecho con su trabajo: “Capa no durmió aquella noche. Refunfuñaba y se preocupaba por no haber sacado las fotos que quería. Y todas las buenas que había conseguido se convirtieron en agrias e inútiles. No había duda de que Capa no era feliz. Y ya que ninguno de los dos pudimos dormir mucho, escribimos las sinopsis de dos películas”.
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Dos fotografía de Capa incluidas en el 'Diario de Rusia' (1947).






















Cinco semanas más tarde el viaje iniciático del escritor y el fotógrafo unidos por un reportaje que nadie más haría durante décadas (Kapuscinski realizaría grandes reportajes de la URSS pero siempre sin fotógrafo) llegó a su fin. Hasta el último segundo no estuvieron seguros de que los aduaneros les iban a permitir salir de la Unión Soviética cargados con los rollos de película. Se empeñaron. Lo consiguieron. Según Steinbeck: “La mitad del tiempo Capa planeaba una revolución si algo les pasaba a sus negativos, y la otra mitad simplemente tomaba en consideración el suicidio. Se preguntaba si podría cortarse la cabeza en el pedestal de ejecuciones de la Plaza Roja”. La extraña pareja no respiró tranquila hasta aterrizar en Praga. El último párrafo del Diario supone otra excelente lección para un reportero: “Sabemos que este relato no satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso. Seguramente será superficial, pero ¿de qué otra forma podría ser? No tenemos conclusiones que sacar, salvo que los rusos son como cualquier otro pueblo del mundo. Seguramente los haya malos, pero con mucho la mayoría son muy buenos.
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No podían vivir el uno sin el otro. Unos meses más tarde, la extraña pareja del periodismo volvía a juntarse para realizar un curioso reportaje cinematográfico sobre el modista Christian Dior y el renacimiento de la moda francesa titulado Paris: Cavalcade of Fashion, con el que venían a demostrar que en periodismo puede ser tan digno reportajear una guerra sangrienta como una pasarela de alta costura siempre que se haga con honestidad. Fue la última vez que trabajaron juntos. En mayo de 1954, Capa moría al pisar una mina en Indochina, donde se encontraba realizando un reportaje empotrado en el ejército francés. En diciembre de 1968 Steinbeck fallecía víctima de un infarto fulminante en su corazón de fumador impenitente. Nunca perdieron su amistad y hasta el fin compartieron juergas y botellas en el Tim Costello, un club de la Tercera Avenida de Manhattan, en una de las cuales, Capa presentó a Steinbeck a otro de sus grandes amigos de farra y batalla, Ernest Hemingway, con el que había coincidido en la Guerra Civil española Y en el Ritz de París tras la derrota de los nazis. La borrachera de los tres culminó, como no podía ser de otra manera, en pelea. Tras la muerte de Capa y Steinbeck, Gwyn, la viuda de escritor, confirmaría el cariño mutuo que se profesaban:“Capa tenía muchos amigos, pero no tenía a nadie que lo quisiera más que John”.

EL PAÍS


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