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jueves, 27 de enero de 2022

Grace Paley / Amor




Grace Paley

AMOR

Traducción de César Palma



rimero escribí este poema: 



Avanzo por el sendero empedrado en el parque
de la universidad 
bajo la luna casi llena las oscuras hojas de roble 
son rojas como arces 
y miro a los jóvenes 
que conversan y se abrazan 
y pienso que por ellos descenderé hasta 
el recuerdo mismo del amor y así me abandono 
mano sobre mano 
hasta que mis pies tocan la tierra de los jardines 
de la calle Vesey.

Le dije a mi marido: Acabo de escribir un poema de amor. 

Qué gran idea, dijo. 

Entonces me habló de lo de Sally Johnson en el lago Winnipesaukee, que tenía doce años y medio cuando él tenía catorce. Luego me habló de lo de Rosemarie Johanson en el lago Sunapee. Luego me habló de lo de Jane Marston en el instituto de Concord, y luego me habló de lo de Mary Smythe, de Radcliffe, de cuando él era poeta y estudiaba en Harvard. Luego me habló de dos famosos poetas ya fallecidos, rubio el uno y moreno el otro, de cuando él era un poeta inédito que tenía un empleo aceptable en un despacho sin ventanas. Cuando, por fin, llegó a mi época —o sea, los últimos quince años, más o menos—, me habló de lo de Dotty Wasserman. 

Alto ahí, dije. ¿Qué tiene que ver Dotty Wasserman? Es el personaje de un libro. No es ni siquiera una persona. 

De acuerdo, dijo. ¿Qué me dices entonces de la calle Vesey? ¿Qué hay de eso? 

Bueno, no tiene nada de extraordinario. Estaba enamorada de un chico que iba allí a comprar plantas. En la calle Vesey se hallaba el mercado de flores de la ciudad cuando en la ciudad aún existían maravillosos mercados. Solía ir allí con los niños medio dormidos en la época en que aún iban en cochecito, o cogía el transbordador hasta Hoboken. Años más tarde comencé a ir los domingos en bicicleta, y me ponía a dar vueltas y más vueltas. Incluso le vi dos o tres veces. 

No me tomes el pelo, dijo mi marido. ¿Cómo es que yo no conozco a ese chico? 

Uf, la estupidez del amado. Si eres tú, dije. De todas formas, ¿qué tontería es esa de lo tuyo con Dotty Wasserman?

Bah, apenas tiene importancia. Era una locuela que rondaba por los bares. Pero no bebía. Aquello era cosa de hombres, ya me entiendes. Aunque tampoco yo lo hacía, quiero decir que tampoco yo bebía mucho. Lo único que esperaba era ligar alguna vez, o conocer a alguien y enamorarme locamente. 

Es así de romántico. A veces me pregunto si eso de tener que amarme llevando esta vida tan apacible en su madurez, con sus dos pares de zapatillas, uno que es como unas sandalias de piel, para el verano, y el otro par forrado con suave piel de oveja, no será para él una experiencia más bien decepcionante. 

Tendió un delicado puente sobre mis conjeturas. Dijo: También era ella una alegre madre que llevaba a sus niños al parque en la época en que estábamos todos metidos en política municipal y yo estaba casado con Josephine. Dotty y yo fuimos como delegados a la célebre Asamblea Nacional de Asambleas Municipales que se celebró en Kansas. La ANAM. ¿Lo recuerdas? Una gran mujer.

No, dije, eso no es cierto. Dotty fue creada, inventada, a finales de los cincuenta.

Ah, dijo, entonces sería después. Debí de conocerla más tarde.

Como es testarudo, zanjé el tema y salí a comprar la comida. Nuestra cada vez más reducida familia necesita más café, más huevos, más queso, menos mantequilla, menos carne, menos zumo de naranja, más pomelos. 

Subía por la calle —no me crucé con ningún vecino— tarareando una melodía e intentando recobrar el tiempo con la ayuda de mi mente de exploradora. Y aquí estoy, sintiendo la vieja tierra de la calle Vesey, mientras aspiro y espiro prestando al proceso mayor atención de la que es usual a última hora de la mañana; y todo, a lo mejor, por amor. Es curioso que los fantasmas recordados se conviertan en figuras del todo imaginadas. Por Dios, pensé, pero si el amante es real. El corazón del amante permanece vivo. Así nos lo han dicho desde el principio.

Pasé por delante de la librería del barrio, que iba tirando bastante bien y que, para apuntalar su prosperidad, ofrecía en el escaparate Cómo disfrutar alegremente de su sexualidad. A mí, una seria compradora de libros escasamente anunciados, el dueño me regaló una afectuosa sonrisa. Era un triunfador. (Ignoraba que tres años más tarde le triplicarían el alquiler, que se convertiría en un pobre hombre fracasado y que el casero, sintiéndose un empresario brillante, genial, una estrella del firmamento microeconómico, pasaría a ser el nuevo triunfador.) 

Desde media manzana de distancia pude ver la col rizada en su caja junto a la puerta del colmado; cristales de escarcha daban brillo a sus hojas oscuras. En mi fuero interno imaginé un paisaje contrastado: los campos del norte de donde procede mi marido, la escarcha de finales de otoño sobre el ensortijado verde de la col. Comencé a rumiar un nuevo poema: 

En su caja en el colmado reluce la verde col 
que en los campos del norte yace 
endulzada por la escarcha 
oscura y ensortijada en un jardín de heno tostado 
y ligera y blanca nieve...

Ligera y blanca... Lo repetí un par de veces, en tono de interrogación. De pronto, mis ojos —los que miraban hacia fuera—, vieron a una atractiva mujer, Margaret, que no me dirigía la palabra desde hacía dos años. Durante varios años tuvimos ideas políticas afines, hasta que algunos asuntos relacionados con la Unión Soviética nos distanciaron. En los airados meses durante los cuales ambas teníamos razón en distintos sentidos, atrajo hacia su posición política y amistad cotidiana a mi mejor amiga, Louise; Louise, mi eterna hermana en el parque, en la Asociación de Padres y en el movimiento pacifista. 

Vi el hermoso rostro de Margaret rodeado por un vago halo de amor y verduras de hojas verdes, y, antes de acordarme de nuestras graves diferencias, sonreí. En el mismo instante, ella me reconoció y sonrió. Tan tonto es el verdadero amante cuando se ve correspondido, que tomé su mano cuando estuvimos una frente a la otra, me incliné, la apreté contra mi mejilla y la rocé con mis labios. 

Durante la cena, le conté lo ocurrido a mi esposo. Claro, dijo, ¿es que no lo entiendes? La sonrisa era para Margaret, pero la verdad es que extrañas muchísimo a Louise, así que el beso era para Louise. Ambos dijimos: ¡Ah! Hablamos luego de las negociaciones sobre el tratado SALT, que, más que progresar, parecían estar en punto muerto, leímos un poema escrito por una de sus hijas, vimos en la televisión un programa dedicado al hundimiento de la industria textil europea y, por fin, hicimos el amor. 

Por la mañana dijo: Eres toda una amante, ¿sabes? Dijo: De verdad que lo eres. Me recuerdas muchísimo a Dotty Wasserman.

El cuento pertenece al volumen "Más tarde, el mismo día" de 1985.




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