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martes, 5 de enero de 2016

The Rolling Stones / Cocksucker blues



Cocksucker blues: los Stones más escabrosos

Por:  07 de junio de 2013 


Aunque cueste creerlo. Hubo un tiempo en que los Rolling Stones disfrutaban incordiando a las autoridades, a los poderes establecidos, a la moral convencional. Por ejemplo, en 1970. Creían que, con la edición del directo Get yer ya-ya's out, ya completaban sus compromisos con la discográfica Decca y podían volar por su cuenta, en un sello propio. Pero los abogados de Decca pasaron su contrato por el microscopio y descubrieron que el grupo todavía debía una canción, susceptible de ser editada en single. ¿La respuesta de los Stones? De acuerdo, os vamos a pasar un tema nuevo pero, ah, jamás os atreveréis a publicarlo. Nació así “El blues del chupapollas”.





En verdad, fue bautizada oficialmente como “Schoolboy blues”. Exagerando su querencia por los modos de los viejos bluesmen, Jagger retrataba a un colegial que llegaba al centro de Londres ansioso por convertirse en chapero. Un chapero dispuesto a hacérselo incluso con un policía (Mick usa el habitual “cerdos” para referirse a los uniformados, expresión entonces común en la contracultura, con lo que un despistado podía detectar incluso una sugerencia de bestialismo). Cabe imaginar el horror entre los ejecutivos de Decca, que habían logrado imponer sus criterios de "buen gusto" respecto a, por ejemplo, la portada deBeggars banquet, que inicialmente presentaba un retrete convenientemente pintarrajeado. 


Efectivamente, Decca no fue capaz de publicar “Schoolboy blues” (y eso que explotaron todo TODO lo que tenían de los Stones, en recopilaciones oportunistas que indignarían al grupo). Hacía 1983, se anunció su publicación en una caja alemana, The rest of the best, pero a última hora se eliminó la canción maldita. Nos quedamos sin saber si iban a sacar la versión acústica o la eléctrica. 

En realidad, “Cocksucker blues” no fue tan maldita. Está en el mercado: se han publicado versiones de otros artistas (mención especial para los australianos Beasts of Bourbon), imagino que con todos los permisos. Incluso, los Stones jugaron a recuperarla para su repertorio de directo. En 1978, ensayando en los estudios Bearsville de Woodstock, tocaron un extenso “Blues del chupapollas” con el añadido de Sugar Blue soplando armónica. No llegó al escenario. 



Por cierto, por cierto. Musicalmente, “Cocksucker blues” desciende de la melodía vocal de una pieza psicodélica de Dr. John, entonces un artista muy underground, muy apreciado por Mick y buena parte de los modernos de Londres. “Lonesome guitar strangler” cierra el disco Babylon (1969) y es una extraña fantasía de venganza que citaba a Gabor Szabo, Ravi Shankar, Eric Clapton o Jimi Hendrix:

"Soy el solitario estrangulador de la guitarra/ tan lleno de odio, ya ves/ estoy tras la pista de todos vosotros, copiones/ que copiáis a Wes Montgomery".

Ya sabemos que los Stones se conceden gran tolerancia para atribuirse derechos de autor pero, dado que no llegaron a editar “Cocksucker blues”, el Doctor Juan no exigió su tajada.  
Naturalmente, “Cocksucker blues” también sirvió para titular la película prohibida de los Stones. En 1972, todavía permitían “acceso completo” a los periodistas mientras recorrían Estados Unidos. En aquel circo viajaron Truman Capote, Terry Southern, Stanley Booth o Robert Greenfield (los dos últimos escribirían libros indispensables). De aquella extraordinaria tolerancia se benefició Robert Frank, el fotógrafo y cineasta suizo que había concebido la envoltura de Exile on Main Street (y que tenía el salvaconducto de haber lidiado con las estrellas de la beat generation). Le encargaron rodar un documental de la gira, sin límites. No solo los Stones: también sus empleados debían mostrarse tal como eran ante Frank. A la mínima prohibición, Frank podía largarse. Al menos, así lo contaba él. 


En realidad, Frank respetó bastante (demasiado, diría yo) la intimidad de los Stones; de hecho, se autocensuró. Le resultó menos problemático rodar a los secundarios, incluyendo a deslumbradas groupies que se abrían de piernas (literalmente) y se inyectaban ante su cámara. Ellas y miembros menores del STP (Stones Touring Party) protagonizaron los momentos más truculentos. Siempre que lo veo, me he preguntado si los retratados en tales momentos firmaron algún tipo de documento para permitir que esas intimidades formaran parte de una película teóricamente destinada a los cines.

El relato tópico de Cocksucker blues viene a explicar que los Stones se acojonaron al ver el resultado y prohibieron su exhibición. Tiene lógica: con el grupo convertido en codiciada caza mayor para las policías de medio mundo, resultaba absurdo enseñar al otro medio cómo se drogaban y cuanto follaban, en qué entretenían las horas encerrados en hoteles. 

Lo cierto es que Robert Frank tardó un par de años en hacer el montaje definitivo. Y que alardeó demasiado de lo que tenía: salía de su estudio del Bowery y mostraba fragmentos en fiestas, para asombrar a los invitados. Cuando pudieron verlo completado, los Stones no se sintieron impresionados: rodada en blanco y negro y, ocasionalmente, en color, la película tenía deficiencias técnicas. Tampoco se tragaban la retórica del cinéma vérité que vendía Frank: sabían que escenas como la orgía en el avión habían sido propiciadas por el propio cineasta. Se transmitía el tedio de una gira pero ni los Stones ni su música salían bien parados. Bueno, sí: había potentes temas de directo, pero esos precisamente no habían sido filmados por Robert. 

Con la detención de Richards en Toronto (1977), el destino de Cocksucker blues quedó sellado. Enfrentado a una acusación de tráfico de drogas, sencillamente no podían permitirse el capricho de dejar circular una visión entre babilónica y tenebrosa de su estilo de vida. Sería el equivalente de -metáfora favorita de Keith- “dispararse en el pie.” 




Terminó en los tribunales, cómo no. Frank alegaba que, artista reconocido internacionalmente, era dueño de su obra; los Stones, que se trataba de un encargo y que le habían pagado adecuadamente. El juez determinó que el grupo era propietario de la cinta y que Frank solo tenía derecho a exhibirla en público una vez al año, siempre que estuviera presente en la sala. 

Inevitablemente, los avances tecnológicos convirtieron la sentencia en papel mojado. A partir de los ochenta, Cocksucker blues vendió cantidades inmensas en video pirata; todavía ahora se encuentra sin problemas en DVD. Cuando le preguntan a Jagger sobre la posibilidad de una edición legal, tiene la excusa perfecta: ahora mismo, cualquiera puede verla en su ordenador. Pero, no lo duden, un día se limpiará imagen y sonido para lanzarla con gran aparato publicitario. Y alguien se pondrá lírico, evocando el hedonismo suicida de una generación, la tranquila majestad con que los Stones cabalgaban sobre el caos. 

Nota: el presente texto parte de una ponencia, La realidad y el deseo: cómo los Rolling Stones vetaron Cocksucker blues, presentada en la UIMP de Valencia el 30 de mayo en el seminario Rock y cine: Historia visual de la música popular, dirigido por Manuel de la Fuente.




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