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sábado, 2 de marzo de 2024

Raquel Graciela Fernández / Hablemos de la violación

Mujer
El Malecón, La Habana, 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Raquel Graciela Fernández
HABLEMOS DE LA VIOLACIÓN

A So Sonia

Hablemos de la violación
me dice una pibita irreverente.
Y yo que no soy tan pibita ni tan irreverente
miro para otro lado,
acomodo y desacomodo latas de tomate,
acomodo y desacomodo libros de poesía que no le vendí a nadie,
acomodo náuseas, pelos pegoteados,
acomodo miedo.
Tarareo “Mejor no hablar de sientas cosas”.
Tarareo “Fuera de mi vida”.
Pero la pibita insiste.

Bueno, dale, hablemos.
¿Qué querés que te cuente?
Te puedo contar que yo tenía diecisiete años,
una minifalda roja,
una remera con un dibujo del Pato Donald,
un noviecito del secundario quequeríayyono,
quenoqueríayyosí.
Que estábamos convenciéndonos y desconvenciéndonos
en un lugar más o menos lindo,
más o menos apartado,
más o menos verde.
Que apareció un tipo que dijo ser policía y nos asustó
(los chicos decentes no se besan así,
las chicas decentes no tienen ese culo y esa minifalda roja;
del Pato Donald ni se enteró).
Que obligó al pibe a tomarse un colectivo
y a mí me puso un revólver en la sien
y a tumbarme boca arriba en un yuyal cercano.
Me quedé paralizada, sabés.
Nunca había tenido un revólver en la sien.
Nunca había visto un revólver.
No tenía que gritar pero grité.
Algo me rompió el cuerpo.
Algo inmundo me rompió el cuerpo.
Todavía tiemblo cuando recuerdo ese dolor absoluto
que me atravesó la vagina, el útero, el estómago,
el corazón, la cabeza.
Todavía corro al baño a vomitar cuando recuerdo a ese monstruo
al que nadie invitó
comiendo del banquete de mi cuerpo.


Hablemos.
¿Qué querés que te cuente?
Que casi nadie me creyó
(¿cómo no estás golpeada, reventada, agonizando,
cómo tenés el descaro de seguir teniendo ese culo,
esas piernas, esos diecisiete años?).
Que me llevaron a denunciar al tipo
a la misma comisaría donde supuestamente trabajaba
y me escapé llorando porque todos,
todos,
eran iguales a él,
depredadores que me miraban las tetas,
depredadores azules.
Que me pregunté mil veces si la pollera era demasiado corta,
si besarse así en público era cosa de chicos decentes,
si tendría que haberme dejado matar
porque una minifalda roja muerta,
un culo muerto,
unos diecisiete años muertos
hubieran sido una prueba irrefutable de que sí,
de que me habían violado.
Que costó el amor cuando llegó.
Que nunca me atreví a contárselo a mi hijo.
Que el suicidio con el que fantaseé a los cuarenta
tenía los ojos de papá,
las manos del novio que me arrebató a los veintidós un estúpido accidente
y esa remera azul con un dibujo del Pato Donald.

Hablemos de la violación.
No sé si era esto lo que esperabas que te dijera.
No importa.
Al final pude hacer a un lado las latas de tomate,
los libros de poesía,
las náuseas, el miedo,
y hablar.
Yo, que me sentaba quietecita en el aula
a escuchar como la maestra repetía ese mantra funesto,
el silencio es salud, el silencio es salud.
Yo, que escribo poemas elípticos usando la palabrita rape,
porque suena más suave,
suena a Nirvana,
y por ahí el que la lee no sabe inglés y ni se entera.
Yo, que todavía no puedo dejar de avergonzarme
cuando pienso que me pasó eso.
Hace treinta años.
Ayer.

Apenas ayer.




Raquel Fernández nació en Avellaneda. Ha recibido numerosos premios y es autora de “Ojos que miran el cielo”, “Revelaciones”, “Todos los hombres que me amaron”, “Hermano”, “La antigua enfermedad del otoño”, "Cierta condición nocturna", "Como nosotros", “Once upon a time” e "Interrumpidas". Estos son los enlaces de sus blogs: Pan con cicatrices y Más de cien mentiras.


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