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jueves, 12 de junio de 2014

Martin Amis / Koba el Temible / Estadística o tragedia

Stalin según Picaso, 1953
Martin Amis
Koba el Temible

Estadística o tragedia




En tiempos de Stalin, hubo linotipistas que no dejaron pasar la ocasión de convertir al dictador soviético en un meón (ssalin) o un cagón (sralin)o de rebautizar Stalingrado como Stalin gad, que significa "Stalin reptil". Como consecuencia de ello, las erratas fueron declaradas "incursiones de la clase enemiga" y, para poder identificar y fusilar a los responsables, se hizo obligatorio que las fes de erratas incluyeran junto a cada una de éstas el nombre de la persona que la había cometido. Lo cuenta el historiador Donald Rayfield en Stalin y los verdugos, y Martin Amis nos lo habría podido recordar en Koba el Temible si su libro se hubiera publicado con posterioridad al de Rayfield. Digo esto porque en el libro de Amis se alude, por ejemplo, a una reflexión de Nadezda Mandelstam según la cual el verbo "escribir" adquirió en los años treinta el significado de informar, denunciar, enviar a alguien al paredón de fusilamiento o al gulag.

KOBA EL TEMIBLE

Martin Amis
Traducción de Antonio-Prometeo Moya
Anagrama. Barcelona, 2004
322 páginas. 17 euros
Si la reflexión de Mandelstam tiene cabida en Koba el Temible, también el dato aportado por Rayfield podría tenerla, porque el libro es en gran parte una colección de observaciones, testimonios y apuntes ordenados alrededor de una idea central: la de los inimaginables extremos que el totalitarismo estalinista fue capaz de alcanzar. De hecho, Koba el Temible puede leerse como un rompecabezas cuyas piezas están condenadas a encajar. Ninguna de esas piezas sobra, ninguna está fuera de lugar, y acaso esto refleje esa "perfección negativa del estalinismo" de la que habla el propio Amis. Hay algo obsesivo en Koba el Temible, pero es difícil que no lo haya en un libro sobre Stalin. ¿Cuál de sus muchos millones de víctimas no merece que su historia sea contada? ¿A cuál de ellos sustraer su dosis de tragedia y relegarlo a la simple estadística?
Podría decirse que la parte principal del libro es una biografía de Stalin. Pero podría también decirse que es un tratado de historia de la URSS entre 1929 y 1953. Cualquiera de las dos definiciones sería válida, porque en este caso biografía individual e historia colectiva son inseparables. No se puede contar la vida de Stalin sin contar las hambrunas, las colectivizaciones forzosas, las purgas, los juicios-farsa, etcétera, y éstos no pueden ser contados sin contar la vida del hombre que gestionó tan variadas formas de terror. Pero para Amis el terror estalinista no respondió al capricho de una mente enferma, sino que se trataba de una perversión digamos estructural. De ahí su condena de Lenin y de Trotski, que concebían el terror como un poderoso medio de hacer política y cooperaron en la creación del estado policial del que luego se serviría Stalin. De ahí también algunas de las polémicas que siguieron a la publicación del libro en el Reino Unido.
Amis no oculta que su documentación procede siempre de fuentes indirectas (lo que no le impide despachar de un plumazo algunas de las más repetidas hipótesis sobre Stalin, como su colaboración juvenil con la policía secreta zarista o su implicación en la muerte de Gorki). Eso podría descalificar la obra si ésta fuera una biografía al uso. Pero está claro que Koba el Temible no lo es, y lo que su autor propone al lector es un diálogo con otros libros: con El gran terror, de Robert Conquest (no publicado en España), con el autobiográfico Contra toda esperanza,de Nadezda Mandelstam (publicado hace años pero inencontrable), conArchipiélago Gulag, de Alexandr Solzhenitsin...
También con las Memorias de Kingsley Amis (otro libro desconocido para el lector español) y con sus propias memorias, Experiencia,vertebradas en gran medida por su no siempre sencilla relación con su padre. Precisamente, la militancia comunista de Kingsley Amis entre 1941 y 1956 parece estar en el origen de la redacción de Koba el Temible, un libro al que sólo puede reprocharse que deje sin respuesta la pregunta que lo motiva y justifica: la de por qué un escritor como Kingsley Amis pudo sentirse seducido por el comunismo en la época de Stalin. Pero tal vez esta pregunta debería hacerse extensiva a las dos o tres generaciones de intelectuales que abrazaron la fe comunista durante el sangriento cuarto de siglo de poder estalinista, y en tal caso no estaría mal echar un vistazo a lo que, por ejemplo, escribió François Furet en El pasado de una ilusión.



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