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jueves, 5 de junio de 2014

Enrique Vila-Matas / John Banville


John Banville

IMPOSTURAS

El sudario catalán

ENRIQUE VILA-MATAS 19 JUN 2005

Por mucho que lo intento y leo artículos que con argumentos novelescos lo exculpan, no logro que me caiga simpático Enric Marco, el farsante de la Amical Mauthausen. Y, sin embargo, soy devoto de personajes como el embustero y criminal Tom Ripley que inventara Patricia Highsmith, la añorada gran escritora. Ripley es un personaje de novela mientras que Enric Marco es un personaje real, y afortunadamente aún sé distinguir. Me parece repugnante haber jugado con la memoria de Mauthausen. En cambio Ripley tiene mi permiso para hacer lo que quiera. No sé si estoy de acuerdo con el escritor irlandés John Banville cuando dice que los seres humanos son más interesantes que los entes ficticios, y que éstos sólo nos parecen más atractivos, pero que eso es todo. No puedo estar muy de acuerdo si, por ejemplo, pienso en lo interesante y atractivo que es Ripley, y luego voy a Enric Marco, que sólo me inspira vómito. A veces, en unos sueños muy extraños, veo al impostor de Mauthausen misteriosamente envuelto en una mortaja. Detrás suyo hay un paisaje de cartón piedra, el famoso "oasis catalán" convertido en una prolongación del sudario que envuelve al impostor.



Ya no tiene Ripley quien le escriba. Se fue Highsmith y se lo llevó con ella, pero de todos modos los impostores como él nunca mueren. De hecho, acabo de encontrarme con un pariente genial de Ripley en la novela Imposturas (el título en inglés es Shroud), de John Banville. Tras 20 años dedicado al tema de la identidad, este autor ha acabado escribiendo su mejor historia sobre la cuestión. En Imposturas (Anagrama 2005) encontramos el clásico gusto de Banville por la nabokoviana confesión desoladora y esporádicamente atroz. Su villano es alguien que lleva ya varias décadas ocultando su verdadera identidad, pero un día cree haber sido desenmascarado por una joven que le cita en Turín, donde, por cierto, está el Santo Sudario. Ese villano es enfático, nietzscheano, solitario y muy consciente de no ser exactamente lo que aparenta. Se oculta con una especie de máscara que es casi una metáfora de la sábana turinesa (shroud es manto, mortaja, lo que uno prefiera), un ficticio gran embozo hecho a la medida exacta de su ocultamiento.
Que nadie vaya a buscar a Banville para que escriba algún otro libro más sobre imposturas e identidades, pues acaba de decir que ya está harto: "Llevo 20 años en ello, con varias novelas sobre el tema, y con Shroud creo que he tocado ya fondo. En realidad, la identidad no es una de mis principales obsesiones, es sólo que comencé una serie de libros dedicados a ese tema y algún día tenía que acabar con todo ese rollo". Da envidia que haya podido librarse de la sudorosa cuestión de la identidad. Al parecer, lo ha logrado obrando durante 20 años como el alumno castigado que tiene que repetir siempre lo mismo hasta que le sale correcto el texto. Nosotros, en cambio, en este país de todas las coronas de espinas, seguimos castigados. Y de eso hace ya mucho más de 20 años. Es como si la identidad tuviera que ser forzosa y eternamente una de nuestras obsesiones. ¿Será que identidad viene de idea fija? Yo tenía un amigo que seguía siempre una idea fija, y me decía que le sorprendía no avanzar, no ir nunca más allá. Supongo que en el fondo se lamentaba de su incapacidad para escapar de sí mismo y del sudario catalán. Hoy en día es un impostor. Aunque sigue con su idea fija, tiene la desfachatez de decir que avanza y que en nuestro país avanzamos todos. No es un impostor convincente, pues la mortaja le delata y los más sagaces no le creen.

EL PAÍS


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