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jueves, 24 de febrero de 2022

Maupassant / Un ardid


Guy de Maupassant
UN ARDID

El médico y la enferma charlaban junto al fuego de la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes.
Estaba media acostada en su chaise-longue y decía:
—No, doctor; yo no comprendo ni comprenderé jamás que una mujer engañe a su marido. ¡Admito que no lo quiera, que no tenga en cuenta sus promesas, sus juramentos!… Pero, ¿cómo osar entregarse a otro hombre? ¿Cómo ocultar eso a los ojos del mundo? ¿Cómo es posible amar en la mentira y en la traición?
El medico contestó sonriendo:
—En cuanto a eso, es bien fácil. Crea usted que no se piensa en nada de eso; que esas reflexiones no le ocurren a la mujer que se propone engañar a su marido. Es más: estoy seguro que una mujer no está preparada para sentir el verdadero amor sino después de haber pasado por todas las promiscuidades y todas las molestias del matrimonio que, según un ilustre pensador, no es sino un cambio de mal humor durante el día y de malos olores durante la noche. Nada más cierto. Una mujer no puede amar apasionadamente sino después de haber estado casada. Si se pudiera comparar con una casa, diría que no es habitable hasta que un marido ha secado los muros. En cuanto a disimular, todas las mujeres lo saben hacer de sobra cuando llega la ocasión. Las menos experimentadas son maravillosas y salen del paso ingeniosamente en los momentos más difíciles.
La joven enferma hizo un gesto de incredulidad y contestó:
—No, doctor; sólo después se le ocurre a una lo que debió haber hecho en las circunstancias difíciles y peligrosas; y las mujeres están siempre mucho más expuestas que los hombres a aturdirse, a perder la cabeza.
El médico exclamó con acento asombrado:
—¡Al contrario, señora! Nosotros somos los que tenemos la inspiración después… ¡pero ustedes!… Mire usted, voy a contarle una aventura que le sucedió a una clienta mía, a la que yo creía impecable, una verdadera virtud salvaje. El suceso ocurrió en una capital de provincia.
Una noche dormía profundamente y entre sueños me parecía oír que las campanas de una iglesia próxima tocaban a fuego. De pronto me desperté; era la campanilla de la puerta de la calle que sonaba desesperadamente; como mi criado parecía no responder, agité a mi vez el cordón que pendía junto a mi cama y a los pocos momentos el ruido de puertas al abrirse y cerrarse precipitadamente, y el de unos pasos en la habitación inmediata a la mía, vino a turbar el silencio de la casa. Juan entró en mi cuarto y me entregó una carta que decía: “Madame Selictre ruega con insistencia al doctor Sileón que venga inmediatamente a su casa, calle de… número…”
Reflexioné unos instantes; pensaba: Crisis de nervios, vapores, ¡bah… bah!… tengo mucho sueño. Y contesté: “El doctor Sileón, encontrándose enfermo, ruega a su madame Selictre tenga la bondad de dirigirse a su colega el doctor Bonnet”.
Puse la carta dentro de un sobre, se la entregué a Juan y me volví a dormir.
Apenas había transcurrido media hora cuando la campanilla de la calle sonó de nuevo y mi criado entró diciéndome:
—Ahí está una persona que no sé a punto fijo si es hombre o mujer, tan tapada viene, que desea hablar en el acto con el señor. Dice que se trata de la vida de dos personas.
—Que entre quien sea —dije, sentándome en la cama. Y en aquella postura esperé.
Una especie de negro fantasma apareció, y cuando Juan hubo salido se descubrió. Era madame Berta Selictre, una mujer joven, casada desde hacía tres años con un rico comerciante de la ciudad, que pasaba por haberse unido a la muchacha más bonita de la provincia.
Aquella mujer estaba horriblemente pálida y tenía ese semblante crispado de las personas dominadas por el más profundo terror: sus manos temblaban; dos veces trató de hablar: ningún sonido salió de su garganta. Al fin balbuceó:
—Pronto… pronto… doctor… venga usted. Mi amante acaba de morir en mi propia habitación…
Medio sofocada se detuvo; después repuso:
—Mi marido va… va a volver del casino…
Salté de la cama sin pensar que estaba en camisa y en pocos segundos me vestí.
—¿Es usted misma quien ha venido hace un rato?
Ella, de pie como una estatua petrificada por la angustia, murmuró:
—No… ha sido mi doncella… ella lo sabe…
Después de un silencio, continuó:
—Yo me quedé a su lado…
Y una especie de grito de horrible dolor salió de sus labios y rompió a llorar desconsoladamente, con sollozos y espasmos, durante dos o tres minutos; de pronto sus suspiros cesaron, sus lágrimas cesaron de brotar como si las hubiera secado un fuego interior; y con un acento trágico dijo:
—Vamos pronto.
Yo estaba ya vestido, pero exclamé:
—Demonio, no me he acordado de dar la orden de enganchar la berlina…
Ella respondió:
—Yo he traído coche… El suyo que lo esperaba a la puerta de mi casa.
Berta se envolvió, ocultando la cara bajo su abrigo, y salimos.
Cuando estuvo a mi lado en la oscuridad del coche me cogió una mano, y oprimiéndola entre sus finos dedos balbuceó con sacudidas en su voz, que reflejaban la angustia de su corazón destrozado:
—¡Oh, amigo mío! ¡Si usted supiera cuánto sufro! Lo quería, lo adoraba con locura, como una insensata, desde hace seis meses!
Yo le pregunté:
—¿Están despiertos en su casa de usted?
Berta contestó:
—No, nadie, excepto Rosa, que está enterada de todo.
El carruaje se detuvo a la puerta de su casa; todos dormían, en efecto; entramos por una puerta excusada y subimos hasta el primer piso sin hacer ruido. La. doncella, azorada, estaba sentada en el piso, en lo alto de la escalera, con una vela encendida y colocada sobre el suelo, no habiéndose atrevido a permanecer al lado del muerto.
Penetramos en la habitación, que se encontraba en el mayor desorden, como después de una lucha. La cama estaba completamente deshecha y una de las sábanas caía sobre la alfombra; toallas mojadas, que habían servido para frotar las sienes del amante, yacían en tierra al lado de un cubo y de un jarro de agua. Un singular olor de vinagre mezclado a esencia de Loubin se esparcía por la atmósfera. El cadáver estaba extendido boca arriba en medio de la habitación. Me acerqué a él, lo observé, lo pulsé, abrí sus ojos, palpé sus manos; después, volviéndome hacia las dos mujeres que temblaban en un rincón del cuarto, les dije:
—Ayúdenme ustedes a llevarlo hasta la cama.
Lo colocamos suavemente sobre el lecho: le ausculté el corazón, coloqué un espejo junto a su boca y murmuré:
—No hay nada que hacer, vistámoslo pronto.
Fue aquella una escena terrible. Yo iba cogiendo uno tras otro sus miembros y los dirigía hacia los vestidos que acercaban las dos mujeres. Le pusimos las botas, los pantalones, el chaleco, después el frac, donde nos costó mucho trabajo lograr hacer entrar los brazos. Las dos mujeres se pusieron de rodillas para abrocharle los botones de las botas: yo las alumbraba con una vela, pero como los pies se habían hinchado un poco, aquella tarea se hizo horriblemente difícil. La dificultad era mayor porque no habían encontrado a mano el abrochador, las mujeres tuvieron que hacer uso de sus horquillas.
Tan pronto como estuvo terminada la horrible toilette, contemplé nuestra obra y dije:
—Convendría peinarlo un poco.
La doncella trajo el peine y el cepillo de su ama; pero como temblara y arrancase, con movimientos involuntarios, los cabellos largos y desordenados del cadáver, madame Selictre se apoderó violentamente del peine y alisó la cabellera con suavidad, con dulzura, como si estuviera acariciando una cabeza viva.
Le sacó la raya, le cepilló la barba y retorció los bigotes con sus manos, como tenía costumbre, sin duda, de hacerlo en sus amorosas familiaridades.
De pronto, arrojando lo que tenía en las manos, cogió la cabeza inerte de su amante y clavó una intensa y desesperada mirada en aquella cara inmóvil; después, dejándose caer sobre él, comenzó a abrazarlo y a besarlo furiosamente. Sus besos caían como golpes sobre su cerrada boca, sobre sus apagados ojos, sobre sus sienes y su frente… Y acercándose a su oído, como si hubiera podido escucharla, balbuceó, repitiendo diez veces seguidas con un acento desgarrador:
—Adiós, amor mío; adiós, amor mío…
Un reloj dio las doce.
Ye sentí un estremecimiento:
—¡Las doce ya!…, la hora en que cierran el casino… ¡Vamos, señora, energía!
Madame Selictre se puso en pie.
—Llevémoslo al salón —ordené a las dos mujeres; lo trasladamos entre los tres y lo sentamos en un sillón. Después encendí las luces.
Apenas había terminado esta operación, cuando la puerta de la calle se abrió y se cerró pesadamente. Era el marido que volvía.
—¡Rosa —grité—; traiga usted las botellas y el cubo y arregle usted un poco el cuarto de la señora; pronto, despáchese usted que ya llega M. Selictre…
Yo oía los pasos que subían, que se acercaban… Unas manos en la sombra palpaban los muros… Entonces dije en alta voz:
—Por aquí, por aquí, M. Selictre; ha ocurrido un accidente desgraciado.
Bajo el dintel de la puerta apareció el marido, estupefacto, con un cigarro en la boca y preguntando:
—¿Qué? ¿Qué es?… ¿Que sucede?…
Fui hacia él y le dije:
—Querido amigo, aquí me tiene usted en una gran incertidumbre. He venido algo tarde con X… a charlar un rato con su mujer de usted. De pronto X… se ha desmayado, y, a pesar de nuestros cuidados, hace dos horas que permanece sin conocimiento. No he querido llamar a nadie estando yo aquí… Ayúdeme usted a bajarlo hasta el coche; voy a llevarlo a su casa y allí podré cuidarlo mejor…
El marido, sorprendido, pero sin la menor desconfianza, se quitó el sombrero y tomó por debajo de los brazos a su rival, ya inofensivo. Yo lo cogí por las piernas y comenzamos a bajar la escalera alumbrados por la mujer.
Cuando llegamos delante de la puerta procuré enderezar el cadáver, hablándole para engañar al cochero:
—Vamos, amigo mío, esto no será nada. Se siente usted ya mejor, ¿verdad? Vamos, un poco de valor, haga usted un esfuerzo…
Como yo comprendía que se iba a desplomar, como sentía que se escurría entre mis manos, le di un empujón con el hombro que lo echó hacia delante, cayendo dentro del coche; yo subí tras él.
El marido, inquieto, me preguntó:
—¿Cree usted que será grave?
—No —contesté sonriendo para tranquilizarle, y miré a su mujer. Ésta había apoyado su brazo en el de su marido legítimo y tenía la mirada fija en el fondo oscuro del coche.
Les dije adiós y di al cochero orden de partir. Durante todo el camino llevé apoyada sobre mi hombro la cabeza del muerto.
Cuando llegamos a su casa dije que había perdido el conocimiento dentro del coche.
Lo ayudé a subir a su cuarto, donde certifiqué la defunción. Allí tuve que representar otra comedia ante la familia acongojada del dolor… Después me volví a mi casa y me metí en la cama, renegando de los enamorados.

***

El doctor calló, siempre sonriente.
La joven, crispada, preguntó:
—¿Por qué me ha contado usted esa historia tan horrible?
El médico, saludando galantemente, contestó:
—Para ofrecerle a usted mis servicios, si llega el caso.



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