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lunes, 10 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero / Letanía de la consumación

Leopoldo María Panero
según Agustín Sciammarella
Leopoldo María Panero


En los arrabales de la modernidad ideó Baudelaire el sumidero del poeta maldito, en el que se abismaron los simbolistas, los escritores fin de siècle, los profetas de la calamidad expresionista o de la violencia de dadá..., y así hasta constituir un Averno lírico dominado por la podre, la enfermedad, la ruina y el dolor sin sentido. Heredero de la escatología desolada de Trakl o de la obscenidad del mal de Genet, a Leopoldo María Panero lo llamó Túa Blesa “el último poeta”, sambenito retórico y excesivo que remedaba un título del propio autor (El último hombre,1984). Ya es bastante ser el último Panero, si se considera la vastedad de esa necrópolis familiar donde se enfrentan, arraigo contra desarraigo, Leopoldo (padre) contra Leopoldo María (hijo).
Su poesía había dejado al aire todas las esquinas de su estilo y el albañal de los temas (suicidio, necrofilia, nihilismo, blasfemias, drogas, alucinaciones monstruosas) a partir de Así se fundó Carnaby Street,libro de 1970 que constaba aún como inédito en Nueve novísimospoetas españoles (1970), la antología en que lo incluyó el mestre José María Castellet ¿otra ausencia presente?, rendido a los elogios con que venció sus reservas el ya por entonces sabio Pere Gimferrer. Allí daba cuenta de su pertenencia al feudo de lo ido, ese que se sitúa en el envés de la civilización, con sus pompas y sus obras: “Sitting Bull ha muerto y no hay tambores / para hacerlo volver desde el reino de las sombras. / Deseo de ser piel roja”.

Su poesía dejó al aire las esquinas de su estilo y el albañal de los temas: suicidio, nihilismo...
Desde Poemas del manicomio de Mondragón (1987) sus versos ya no parecen avanzar, sino solo percutir obsesivamente en el mismo yunque, con una soltura en la construcción que contradice las tensiones del resultado. Su obra fue creciendo como una proliferación celular desordenada en que la identidad autorial se disolvía en sus colaboraciones con otros autores, y, desde mitad de los ochenta, asoma como un catafalco en sucesivas “poesías completas” que, abandonado Panero a una suerte de escritura automotriz, dejaban de serlo antes de salir de la imprenta.
Por lo dicho, cabría entender que la llamarada negra que emite esta poesía puede asimilarse a la lírica gesticuladora a la que se entregó, en la España de la longa noite de pedra (Ferreiro), una nutrida legión de airados hijos de la ira. Pero no es así. Si algo sorprende en ella ¿si algo asusta de ella? es la falta de arrebato interjectivo, acaso porque el furor existencial necesita de un Dios mayúsculo que actúe como un muro contra el que romper(se), y aquí solo hay un dios minúsculo y perturbado que se monda sus pústulas en un estercolero mientras resuena (Gólem, 2008) una letanía de la consumación: “Fetidez del dolor / mal olor de las lágrimas / espanto de existir / a solas con la nada”.
Ángel L. Prieto de Paula es poeta y crítico literario.

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