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sábado, 22 de marzo de 2014

Jean Seberg / Bienvenida tristeza


Jean Seberg
BIOGRAFÍA
BIENVENIDA TRISTEZA
Por Guillermo Arias

Ella no me hacía caso, todo por culpa de su hermana. Había intentado besarla en la oscuridad del portal de su casa y acabó por contárselo a su hermana. Yo le decía que no era cierto, que le mentía, pero ella y yo sabíamos que el motivo era otro. Ella había notado el parecido con la chica de mi póster. Era como una obsesión. Era ella, Jean Seberg. Con sus dedos señalando el número de sus amantes. Una imagen robada del cine Goya unos años antes. Estaba a mis espaldas cuando dormía y cada noche soñaba con pelearme con ella en aquella cama.
La conocí en aquella película, como todos, bajando Les Champs Elysées vendiendo periódicos, con el pelo corto y una camiseta del New York Herald Tribune. Era A bout de soufflé de Jean-Luc Godard. Y me enamoré de ella.
Busqué y rebusqué, le pregunté a todo el mundo, lo quisé saber todo sobre ella y, al final, robé aquel póster y lo colgué en mi habitación. Se llamaba Jean Seberg y era americana. Sí, americana, no francesa. Hasta los diecisiete años fue una chica normal de algún pueblecito normal del medio de los Estados Unidos. Poco sé de ella hasta que Otto Preminger la escogió para protagonizar su versión de Santa Juana de Arco.


Jean vive su vida

La vida de Jean Seberg es un completo misterio, con hipótesis sobre sus inclinaciones políticas, sexuales, sus adicciones y su propia muerte. De ella se sabe que estudiaba en la universidad de Iowa hasta que fue elegida para hacer el papel de Juana de Arco. No existen muchos datos sobre su vida anterior. En ese momento, 1957, su vida da un giro y se convierte en un personaje odiado por los más fundamentalistas cristianos estadounidenses y admirado por los sectores más progresistas, debido al talante que le inquiere al personaje de Juana de Arco. Al año siguiente, Otto Preminger, que se ha quedado prendado del halo interpretativo que desprende, la elige para protagonizar la versión cinematográfica de la novela más de moda del momento, Bonjour tristesse, de la escritora francesa Françoise Sagan. El personaje de Cecille, pensado en principio para ser interpretado por Audrey Herpburn, lo encarna con tal convicción que hasta los franceses de la nouvelle vague piensan que la tal Jean Seberg es en realidad de origen francés. Sería Jean-Luc Godard quién, al año siguiente en 1959, la elige como protagonista de su opera prima, la inolvidable A bout de souffle, el nacimiento del cine moderno. Una película que cambiaría la vida de toda una generación de adolescentes, y no tanto, interpretada por un jovencisimo Jean Paul Belmondo y que también cambiará una vez más la vida de nuestra Jean.





Es una estrella ahora. Todos los chicos se enamoran de ella y todas las revistas de moda quieren tenerla en su portada. Se convierte en el referente de todas las chicas, con su pelo a lo garçon y sus hipsters de pata de gallo. Inaugura lo que más tarde será explotado hasta la saciedad por toda la escena mod y sixties, el pop-art le debe mucho a esta mujer.
A caballo entre Europa y los EEUU, la carrera cinematográfica de Jean Seberg tambalea con facilidad. Excepto su inclusión en Saint Joan, Bonjour Tristesse y A bout de souffle, los otros papeles que lleva a cabo son pequeños y en coproducciones de bajo presupuesto. Hasta que en 1964 protagoniza al lado de otro sex-simbol, Warren Beaty, la última película de Robert Rossen, Lilith. Una historia bastante oscura y de trama psicológica sobre un hospital de enfermos mentales. Su papel es bastante complicado y la película es ahora una joya no sólo por su presencia sino también por su fuerza visual y por las presiones políticas que sobrevolaban el rodaje; no en vano, el director era uno de los perseguidos por Mcarthy en su caza de brujas.
Godard la vuelve a llamar ese mismo año para protagonizar un episodio de Les plus belles escroqueries, pero el resultado no será comparable al éxito de A bout de souffle. Jean siempre será la chica que vendía periódicos en les champs elysses.
Para nuestra suerte Jean aceptará la oferta de Jean Becker de rodar en España una película con Belmondo títulada “A escape libre” y que a gusto de alguno de nosotros muestra una imagen mucho más erótica y sofisticada de Jean. El argumento es bastante malo pero la imagen ofrecida por nuestra admirada es suficiente para que engrose en la lista de esas películas que visionamos con frecuencia.


Bonjour, tristesse


Une femme marieé

Jean estaba casada con Romain Gary y aunque su vida de casada era más o menos buena estaba frustrada por no tener hijos. Algo que la llevaba a mantener relaciones esporádicas con multiples amantes, en su mayoria jovenes que conocía en rodajes y en sus escapadas nocturnas a fiestas llenas de excesos alcohólicos y experimentacion con alucinógenos. En alguna de estas fiestas comenzó a relacionarsela con un lider de los “terroristas” Black Panthers comenzando uno de los capitulos más turbios de la biografía de Jean. El hecho es que Jean tenía unas ideas políticas cercanas a la ultra-izquierda norteamericana, es decir, un peligro para la moral, política y sociedad americana de la época. Entre esos sectores con los que se la relacionaba estaban los Black Panthers, un supuesto grupo terrorista que gozaba de mucho prestigio en Europa y sobre todo entre los intelectuales franceses con los que Jean también estaba relacionada. Motivo por el cual el FBI comenzó a investigar su vida llegando a creer que se trataba de una espía que, a modo de mata-hari, portaba información de una lado al otro del atlántico. Además, en un momento dado se barajó la idea de que el hijo que iba a tener era del lider de la banda. Un niño que nunca nació porque con todo el revuelo que se armó y su adición a los barbituricos provocó que naciese muerto. Hecho que al FBI le valió para abrir otra investigación ya que temían que ella se hubiese provocado el aborto.
Todos estos motivos la llevaron de depresión en depresión durante el resto de su vida, deteriorando si cabe aún más la relación que mantenía con su marido. 
Su carrera cinematográfica no levantaba el vuelo aunque mantenía su popularidad. Desde su papel en A escape libre solamente realizó otra serie de películas de bajo presupuesto y poco recomendables, intercaladas con pequeños papeles en dos películas de Claude Chabrol, otro de aquellos jovenes turcos de la nouvelle vague. 

 
  Es en 1969 cuando realiza otro de esos papeles a recordar. se trata de el western Paint your wagon ( La leyenda de la ciudad sin nombre ) de Joshua Logan, el director de la mítica película de Marilyn, Bus Stop. Junto a Lee Marvin, Jean Seberg se atreve incluso a cantar en la banda sonora, muy codiciada desde entonces. Una bella balada que nos descubre un nuevo talento en nuestra admirada. Y una oportunidad única, ya que nunca más se atrevería a cantar. 
Entre sus amigos más cercanos se encontraba Nico, la cantante de la Velvet y actriz, modelo y mujer de Philippe Garrel, director de cine que la retratará en una película del año 74 titulada Les Hautes Solitudes, por desgracia inédita para nosotros, pero que por referencias sé que se trata de un filme en blanco y negro protagonizado por ellas dos y que recoge la vida cotidiana de una casa. Y además tiene como curiosidad que es muda. Pura vanguardia de la segunda generación de la nouvelle vague, ya duedora de la herencia del tan polémico mayo del 68, integrada por el propio Garrel y por mi admirado Jean Eustache, director de la polémica y fascinante La maman et la putain.
Dos años antes, en 1972, Jean se embarcará en otro proyecto peleagudo, una película de carácter político realizada en Francia por Ives Boisset, El atentado. Película en la que Jean se involucrará bastante y que le reportará algún premio por su interpretación magistral. Aunque no se trate de una gran película, merece la pena por su breve pero intensa actuación.
Ese mismo año es reclamada desde España por un Juan Antonio Bardem en horas bajas para interpretar a la madre de Marisol (sí habeis leido bien) en uno de esos pastiches pseudoeróticos que se estilaban por estos lares en los albores de la dictadura. La corrupción de Chris Miller, que así se llama el engendro, es la historia de una madre y una hija que se rifan e intercambian a los novios y mantienen una relación semi-incestuosa, que dará lugar a escenas bastante cutres y poco eróticas que llegaban hasta donde la, ya en horas bajas, censura permitía; es decir, muy poca cosa y risible vista en la actualidad. 
En ese viaje a España sucede otro de los capítulos extraños dentro de la vida de Jean Seberg. Conoce a un joven meritorio, en aquellos entonces, Ricardo Franco, futuro director de cine de joyas tales como El desencanto de 1975. Comenzando una relación ocultada por ambos y secreta hasta hace unos años. Una relación de amor-odio que muchos años más tarde dará lugar al magistral guión y malograda última película de Ricardo, titulada Lágrimas negras y que protagonizó Ariadna Gil. Una película intensa sobre la relación que mantuvo durante algún tiempo con Jean. Una historia triste que habla de drogas, depresión, locura y amour fou. Una relación que estaba desde su comienzo maldita y que nunca ninguno de los dos quiso contar en primera persona. Aunque si habeis visto la película que se hizo hace unos años sabreis que fue muy dura y llena de inseguridades por las dos partes. Se trataba de dos personas acomplejadas y de un universo interior muy rico que se acercaron en un momento complicado en sus vidas, las cuales quedarán marcadas desde entonces hasta la muerte trágica de ambos.
Cabe decir que el guión de la película no deja de ser ficción. No se trata de una trasposición literal de su vida juntos.

vivir rodando
    Sí, también dirigió.
En 1974, Jean se puso por primera y última vez detrás de las cámaras. Sería para rodar como directora una película que también pertenece inédita titulada The Ballad of the Kid y de la que apenas tengo información. Es una más de esas películas que se han quedado en el olvido como pueden serlo las películas que rodó Philippe Garrel a principios de los setenta o las de Eustache, Pialat, Rouch, Mekas, Anger, Zulueta o el propio Ricardo Franco. Pequeñas películas que sólo son visibles a veces en salas de las denominadas hace años, de arte y ensayo o en cine-clubs de los pocos que quedan esparcidos por nuestras tierras.
mother´s little helper
La última etapa de su vida transcurrió entre psiquiatricos y las casas de sus pocos amigos ( Nico y Garrel ). Jean se vio sumida en una gran depresión debida a los barbituricos y el alcohol. Algo demasiado típico para alguien que se ha convertido en un mito, pero cierto como su propia vida.
Nunca repuesta de su persecución por el FBI se dedicó a vagar por las calles de su llorado Paris, igual que una clochard cualquiera, en busca de su dosis y en la huida de si misma. 



Intentando olvidar el dolor de no haber conseguido sus pequeños propósitos. Tan sencillos como dificiles de conseguir para alguién como ella. Tener un hijo y ser feliz tránquila y sola, rodeada de los suyos. Algo que no consiguió, ya que una sobredosis se la llevó en otra de sus escapadas hasta el último suspiro. 
Después de varios días desaparecida alguién encontró su cadaver, medio descompuesto ya, cerca de un basurero en las afueras de Paris. Era el 7 de diciembre de 1979.
La foto que abajo veis es igual al poster que hay pegado en mi habitación, ese poster robado igual que los besos robados de Truffaut y que nos devuelve la imagen que más nos gusta de Jean. La juventud y casualidad de una mujer de vida triste que nos hace volar y sentir cuando nos acercamos a ella en esos trozos de cinta magnética que conservamos todavía y visionamos como adictos siempre que queremos recrearnos en la mirada y en la expresión de nuestra querida Jean Seberg.
Un mito más a añadir a la lista, pero no uno cualquiera, sino una mujer que simpre supo transmitir con sus gestos y su mirada, la limpieza o la perversidad de las mujeres que soñamos que nos quisieran.
Por cierto, aquella chica que se parecía tanto a ella desapareció de mi vida en algún momento, aunque a veces la veo entre las imágenes que se componen entre mi video y mi cabeza.
Bienvenida, tristeza. Y adios.






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