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jueves, 20 de febrero de 2014

Soledad Alameda / La vida según Antoni Tàpies

La vida, por Tàpies

Es uno de los grandes artistas del siglo XX. Un pintor imprescindible. A sus 81 años de edad, Antoni Tàpies, con graves problemas de vista y oído, se desnuda en esta entrevista con una clase magistral sobre el ser humano y la pintura. El Reina Sofía, de Madrid, celebra con sus obras en arcilla el Premio Velázquez de la artes plásticas.


Al ascender la pesada puerta del garaje se asoma una señora de mediana edad, pálida, alta, austera. Vacila un poco, camina con cuidado. Mientras la mole de hierro asciende un poco más, por el hueco que va quedando se asoma Tàpies, al que ella, su mujer, Teresa, lleva cogido de la mano con cuidado. Ambos sonríen. Parecen dos gnomos. El estudio queda al descubierto. Es grande y abigarrado. Tan lleno de cuadros que casi no se puede dar un paso. Cuadros y cuadros, cientos seguramente. Y un mobiliario que consiste en un par de sillas de tijera y una mesa. La luz entra por el techo, una claraboya de cristal lo ocupa casi por entero. Elegimos donde sentarnos, pero no es fácil. Tàpies, a sus 81 años, no sabe qué hacer, y consulta a Teresa. Ella dice que él ve muy mal, además de que está casi completamente sordo: debo acercarme mucho para hacerme oír. ¿Cuánto durará? Quiere saberlo. "Es que me fatiga el esfuerzo que tengo que hacer para verte y oírte". Una hora, le digo. Y él consulta con su mujer como haría un niño pequeño con su mamá -"no te preocupes, Toni", le dice, "te vas a divertir, ya lo veras"-. Luego da más explicaciones sobre su estado físico: "Es una enfermedad conocida, sobre todo últimamente. Porque vivimos más años que antes y somos muchos los que llegamos a viejos. Se hacen como unas llagas en la mácula, y estas llagas acaban quedándose como puntos ciegos. Para siempre. Y la ceguera va creciendo. Pero el ritmo de la enfermedad no siempre es el mismo, y yo de momento la tengo estabilizada. Pero he perdido bastante vista. A ti, por ejemplo, sólo te veo la mitad de la cara; la otra mitad está completamente borrosa. Y si me acerco [se acerca a un palmo], pues mejor".


Así que, en esa primera impresión, piensas en el deterioro que el artista padece. Ves que sus ojos tienen ese encanto bondadoso que algunos viejos muestran en la mirada cansada. Como si lo supieran todo, pero les importara un comino; excepto tal vez algunas pocas personas, estar en paz, sentirse a gusto consigo mismo. Te preguntas si ése es el caso del pintor. ¿Porque qué más se puede desear a los 80 cuando se es indiscutible como artista, se ha logrado subir sin parar en un teórico escalafón de pintores imprescindibles; para conocer que pasó en ese territorio durante la segunda mitad del siglo XX? Después de hablar con él durante la hora prevista se puede concluir que Antoni Tàpies, siendo consciente de su estatus, sin embargo sigue ahí, alerta, sin renunciar a nada, preocupado por el futuro, por su obra, quizá ansiando más y más reconocimiento. O vaya usted a saber qué. La realidad, como él dice, nunca es como aparenta.
¿Para pintar, cómo influye el problema de los ojos?
Si te das cuenta, cuando miras un cuadro no te quedas en un punto, sino que enseguida vas recorriendo el cuadro con la vista, y, al hacerlo, estos agujeros se compensan unos con otros y puedes ver lo que estás haciendo. Afortunadamente, el cuerpo humano se adapta a todo.
López Cobos, el director de orquesta, me decía que ahora que tiene más años es mucho más feliz cuando toca; disfruta porque ya no le importa lo que digan los demás. Si se ha hecho ese recorrido, quizá se atreva a pintar a ciegas…
Entiendo bien lo que dice López Cobos. Creo que la trayectoria de los artistas puede ser semejante. Al principio tuve muchas dudas, y muchas influencias. Luego, a medida que vas haciéndote un lenguaje, lo que te gusta es usar este lenguaje. Y yo, si hago cosas que se repiten mucho, lo que hay gente que me reprocha, como las cruces o las materias, pues en el fondo es porque ése es mi lenguaje, el que me he construido. Y pienso que una cruz se puede hacer de infinitas formas, no se acaba nunca. En este sentido, envejecer da una cierta tranquilidad.
¿Una sabiduría?
Dicen que los viejos nos volvemos más sabios. Y lo hacemos en el sentido real del término, que es aprender a vivir. Porque la sabiduría no es un puñado de frases o recetas bonitas para ponerlas en un museo, sino que se saca de practicarla en la vida de cada día, en el hecho de usarla para llevar la vida adelante. Y en esto me encuentro un poco más libre que cuando era joven. Pero sigo pensando que la pintura que hacemos tiene que ser útil a la sociedad en la que vivimos porque, si no, no valdría la pena hacerla. Y para ser útil te has de preocupar un poco y escuchar si la gente lo recibe bien o no.
Pero ya no le importará tanto lo que la gente opine de su obra…
A eso, con los años te acostumbras; pero a mí, de joven, me han dado bastantes palos. Claro que ahora me respetan. No es que se pueda generalizar. Hay críticos a los que tengo cariño y los hay tontitos… Y mira, los críticos que más me gustan son los que hablan bien de mí.
Ese reconocimiento que hoy es unánime hacia usted ocurrió hace ya muchos años. Casi nunca le pasa a nadie. Yo pensaba que podía transformarle a uno…
Sí. Está bien, es muy halagador saber que tengo gente que me quiere, e incluso artistas que me siguen. Y en todo el mundo. Porque han venido a visitarme y casi a reverenciarme. Hace poco me visitó un artista de la India y me dijo que me adoraba, que yo era su gurú, y perdóneme, añadió, a los gurús lo primero que hay que hacer es tocarles los pies. Y se encogió y me los tocó. Esto es muy halagador. Otra vez vino una chica de Bali. Y no le digo de Japón, y de Alemania, y de Estados Unidos.
Así que es como si viviera su propia posteridad.
De eso no me he dado cuenta. ¿Quiere decir que me esfuerzo para conservar mi legado?
No. Me refería a otra cosa. A si usted piensa que dentro de 100 años se le seguirá considerando un artista imprescindible y que estará en todos los museos como ahora, y que los indios vendrán a ver su obra desde su país.
Oh, eso no se sabe. Hay artistas que han pasado por diferentes momentos. No sé.
¿Entonces, le da vueltas a esa idea…?
Como pienso en ser útil, pues me preocupo de que mis cosas se conserven y mis escritos se publiquen. Por eso hicimos una fundación, para conservar todo esto. Mis hijos siempre me lo dicen: no te preocupes de tu legado porque ya lo defenderemos nosotros. Y mi mujer, no digamos. Creo que, por primera vez, ahora tengo un recuerdo bastante panorámico de toda mi vida, porque me publican el catálogo razonado de toda mi obra. O sea, que veo todo lo que he hecho y lo que he dicho, y comprendo que a veces hay que hacer un cierto esfuerzo para conservarlo. No me gustaría que no se le diese importancia, sino que la gente entienda intelectualmente lo que he querido hacer. Y que, si puede serles útil, lo apliquen a su propia vida.
¿Y qué quiere decir serles útil?
Lo que quiero decir es que yo hago un trabajo muy individualizado. Yo voy a la caza de almas, no de masas. Convencer a las masas no creo que sea posible. Han de convencerse las personas por sí mismas. Cuando trabajo, lo que hago es poner una especie de mecanismos, para que la gente produzca un cambio en su manera de pensar y se ponga en el buen camino. Pero yo sólo le apunto un camino. Nada más. En realidad, es un trabajo muy modesto, ¿eh?
Yo no diría que es una pretensión modesta querer incidir en los demás. ¿A eso se ha referido a veces al decir que con su pintura buscaba la espiritualidad?
Espiritualidad en el sentido de abrir las conciencias. Cuando vienen a verte desde la India es quizá uno de esos momentos en que parece que lo has logrado. Sentirse comprendido, de eso se trata. Y cada vez pienso que se ha ido entendiendo mejor. Porque al principio incluso me han hecho sufrir. Tergiversaban lo que yo intentaba. Ahora, en ese sentido, estoy muy contento.
¿Cómo le tergiversaban y qué era lo que más le dolía?
Pues eso, que un niño podía hacerlo… Esto se dice mucho. En nuestro país hemos padecido un poco de falta de educación de la sensibilidad. Para que la gente perciba bien una obra de arte ha de tener una cierta preparación. Esto es indiscutible. Si no, puede decir eso, que lo hace cualquiera.
Hay pinturas suyas que son un pegote de polvo de mármol y una pata de silla rota. Durante años, su pintura resultaba difícil, y sí se necesitaba sensibilidad, o preparación para verla. Hoy, si alguien dice que su obra no le gusta se arriesga a que le consideren un paleto.
¡Ja, ja, ja!
Antes hablaba de encontrar el propio lenguaje. Una labor de años. Luego está la necesidad de tener una ocurrencia, una idea nueva, personal, que llame la atención. Algo que no se ha hecho antes, o que no lo parezca… Y eso, que parece imprescindible para ser un creador, ¿se busca denodadamente o sucede de pronto, como por encanto?
Es algo que va viniendo paulatinamente. Este trabajo está hecho de cosas positivas y cosas negativas. Muchas veces dices: no quiero ser como ese que me ha precedido, porque los que te precedieron están muy vistos, y a la sociedad ya no le sorprende. Por ejemplo, el colorido. Hay muchos grandes artistas que han usado mucho los colores primitivos. En el siglo XX, las vanguardias lo hicieron mucho. Colores simples. Rojo, amarillo, azul. De esto han abusado los pintores y la publicidad. Y ahora, la tele en color. Por eso yo decidí pintar con otros colores. Y tal vez también por la necesidad de buscar colores más profundos, más serios. En estas cosas hay una mezcla de todo. Como el sentirme cerca de la tierra. Siempre he querido acercarme a las formaciones del cosmos. En el fondo estamos hechos de tierra y volvemos a ella.
En su biografía cuenta lo importante que fue que casi muriera, para cambiar su actitud.
Tuve una especie de ataque cardiaco que me produjo un shock tremendo. Tenía 18 años. Y pensé que era el final, porque además me iba quedando frío. Es difícil explicarlo, pero lo importante es que es una experiencia personal bastante dramática y que me hizo ver la realidad de forma distinta. Y eso lo fui confirmando leyendo libros de sabiduría. Esto no quiere decir que sea un sabio, porque a estas alturas sigo siendo un aprendiz.
Pero, tacita a tacita…
¡Ja, ja!… Hay gente sensible, líderes de todas las religiones que me han ayudado.
Y si le pido que resuma en qué consiste todo eso, ese cambio, esa sabiduría, ¿qué me diría?
Es una especie de respeto por el misterio, para decirlo simplemente. Yo procuro, y en los cuadros lo hago conscientemente, que no se pierda ese sentido misterioso que tiene la realidad. Que cuando abras los ojos por la mañana te parezcan muy bonitos los pájaros que cantan. La ciencia nos ha ayudado a comprender muchas cosas, pero hay unos límites, y ahí está el misterio. Y este choque que a mí me ha producido la contemplación de ese misterio, creo que puede servir para que otros supriman tantas banalidades y tantas tonterías, para ir hacia lo más denso, a lo que desearíamos llegar algún día, a eso que de momento nadie ha llegado.
Usted ha vivido la Guerra Civil, la posguerra, las convulsiones de la otra guerra. Muchas penalidades seguidas que seguramente le han hecho entender lo difícil que es cambiar las cosas… Incluso supongo que de joven pensaría: vaya, parece que llega una cierta calma. Pero ha llegado a los 80, y todo sigue más o menos igual de convulso. O peor… Eso debe de ser decepcionante para alguien que intenta influir positivamente en la sociedad.
Sí. De mayor te resignas un poco porque ves que las cosas no se pueden cambiar fácilmente. Estamos todo el día diciendo que el mundo en que vivimos no nos gusta, y eso no parece servir para hacerlo cambiar. De joven es más fácil creer. Pero es verdad también que los de mi generación fuimos tomando conciencia de la dificultad de nuestro esfuerzo. Somos la misma generación de los expresionistas americanos y de la escuela de París.
¿Cree que Jackson Pollock, como pintor, tenía unas pretensiones parecidas a las suyas?
Pollock incluso ha escrito que era mejor que los jóvenes artistas se preocuparan de estudiar a Jung en vez de buscar los colores de la composición. Jung es el inventor del subconsciente colectivo y también un estudioso de los místicos. Y digo esto porque la cultura occidental, en un momento dado, nos decepcionó mucho al ver cómo nos conducía a tantas desgracias, tanto dolor y tantas guerras. Y fue entonces cuando miramos a las culturas orientales. Así nació mi afición por la filosofía de India y de China, porque la verdad es que los chinos son quienes lo han inventado todo. Yo tengo un cuadro de Pollock y también uno de Rothko. Los artistas tenemos la ventaja de que podemos hacer intercambios. No les conocí, ambos murieron trágicamente. Pollock murió en el coche que le había prestado Martha Jackson, que era la galerista que después se ocupó de mí. Yo he dicho que gracias a Velázquez entendemos más a Pollock, con la condición de que los miremos de cerca. Porque hay un poco de mentira en eso de que a Velázquez haya que verlo a una cierta distancia y cerrar un poco los ojos. Si te acercas a esos cuadros ves pinceladas que parece que están moviéndose. Porque en Velázquez hay un vacío que él va llenando con las pinceladas. Y esto mismo pasa en Rothko: para contemplarlo hay que dejarse llevar por el misterio del que hablábamos antes. Pollock es más enérgico, expresa un poco el dinamismo del que nos hablan los científicos en el interior de los átomos. Su pintura es como un bullicio de partículas que se están moviendo.
Usted dice haberse desprendido de los colores para buscar su lenguaje. ¿Y de qué más?
En primer lugar, me guió la idea de prescindir de los cánones del Renacimiento, de los clásicos, de la perspectiva, del claroscuro. Pero, sobre todo, de esto que decíamos antes que es la realidad. Y que no explica nunca la realidad profunda. Esto ya lo han dicho los hombres de ciencia. Imaginarse que un cuadro es una geometría que describe lo que vemos con los ojos sería muy pobre, ¿no? El artista ha de descubrir otros mundos, y yo fui prescindiendo de todos los cánones del arte clásico y convertí el cuadro en un objeto. El cuadro para mí tiene que ser un objeto, no tiene que ser un espacio donde pasen cosas, como en la pintura tradicional. Ha de ser un objeto que comunique emociones. Y a veces, medio en broma, medio en serio, he dicho que debe comunicar cosas tan fuertes que al tocarlo te dé como una descarga. Lo ideal sería que cuando tuvieras dolor de cabeza pudieras coger un cuadro y colocártelo en la cabeza como si fuera un talismán, un objeto mágico. Esto para mí ha tenido importancia, porque al objetivar tanto el cuadro prescindí algo del cuadro, y me metí a hacer esculturas que para mí no son otra cosa que objetos mágicos. Esto está muy ligado con las tierras cocidas (que precisamente exponemos ahora en el Reina Sofía), que son objetos misteriosos, como granos de polvo en movimiento. Yo me he desprendido también de la idea de que los cuerpos que llamamos sólidos lo son; no es así, sólo están moviéndose, porque en su interior están todas las moléculas y partículas en un dinamismo tremendo. Esto me da una visión de la realidad muy curiosa y, como he dicho antes, misteriosa. Tanto que a veces casi te da miedo y tienes que hacer esfuerzos para superar. Hay un momento en el que tú contemplas una montaña o un río y sabes que aquello no es ni montaña ni río. Que es un conjunto de partículas del cosmos que se están moviendo. Pero después tienes que poner el pie en el suelo y comprender que esto no hace desaparecer las montañas y los ríos, sino que los hace ver con otra mentalidad.
Y va usted y se empeña en pintar eso…
Sí, lo que me interesa es que detrás de la realidad formal hay otra realidad más profunda; que eso no lo inventamos los artistas, sino que lo dicen los hombres de ciencia. Y cada vez acabas haciéndote más amigo de esa idea.
Hay que tener personalidad para aventurarse a explicar estas cosas, para no temer que le tomen a uno por alguien que busca explicaciones a lo que hace.
Sí, pero lo que podía ser una pretensión, hoy lo ha vulgarizado la ciencia. Por ejemplo, san Juan de la Cruz, un místico extraordinario. Tiene el tema de la nada, que se aproxima bastante a esta mentalidad que estoy intentando comunicar. El que contempla la realidad para estudiarla, más que un contemplador sería un colaborador, porque con nuestra mirada hacemos cambiar la realidad.
¿Sí?
Es algo científico, no me lo invento yo. Las cosas no tienen esa sustancialidad que cree la gente normal. San Juan decía que llega un momento, cuando estudias la realidad, que ésta desaparece y se convierte en nada. En las épocas más racionalistas, como en el siglo XIX, se quería hacer creer que lo sólido es la razón y lo que explica bien las cosas. Y se despreciaba todo lo que estaba relacionado con las religiones. Y ahora son los mismos científicos los que se han dado cuenta de que hay misterios a los que llegaron las religiones 1.500 años antes que la ciencia.
Intuiciones colectivas.
Hay algo de esto. Dictados del inconsciente. Ya no dicen, como en la época de Freud, el subconsciente, que daba una sensación de cosa menor, de cosa mala. Yo no soy practicante de ninguna religión, pero comprendo que hay cosas en las religiones que van bien. Por ejemplo, el sistema de meditación que tienen muchas religiones orientales. Como estuve dos años en la cama, pues me acostumbré a pensar. Decía: voy a pensar un rato, y estaba pensando en la cama tan tranquilo. Y esto es algo muy próximo a la meditación.
Y esta forma de ser, mística, profunda, no impide que uno busque algo tan terrenal como gustar y sorprender con la obra.
Si yo hago algo que alguien hizo antes, lo dejo. Porque en el arte hay un aspecto sorpresivo, que es una forma de comunicar cosas. Y si haces lo que ya está hecho, aparte de que no tiene ningún mérito, no causa tanto efecto como la novedad. Hay que buscar mecanismos para sorprender. Como un predicador también debe buscar mecanismos de lenguaje para conseguir ser escuchado. Yo soy el primer espectador de mi propia obra. Y veo si me produce una emoción o un choque especial. Si no es así, retoco, o lo cambio, o lo dejo según está. Procuro ser la primera prueba de que lo que he hecho es eficaz. Para empezar, cuando entro en el estudio y veo las telas o las maderas me olvido de todo cuanto estamos diciendo. Totalmente. Y entonces abro la puerta a la intuición del inconsciente. Y voy probando materiales, muchas veces sin saber ni lo que saldrá, ni lo que deseo. Como una pintura automática. Pero, claro, ahora que soy un hombre mayor me cuesta más variar y tengo que llevar un poco de preparación, y así las imágenes que luego saldrán en el cuadro, primero me las imagino; un poco, sólo un poco, ¿eh?
¿Cuando está todavía medio dormido en su cama?
Sí, sí, a veces todavía mientras estoy en la cama. Y algo más: ahora esas ideas me las apunto en una libreta, algo que nunca necesitaba hacer antes. Pero de pronto empezó a sucederme que viendo un anochecer, por ejemplo, pensaba que aquello me saldría muy bien en un cuadro. Pero me iba a dormir y a la mañana siguiente me había olvidado absolutamente de lo que había pensado. Así que decidí escribir lo que se me ocurre. Bueno, estoy haciendo unas confesiones que vaya…
No sé cómo se siente de cansado a los 81 años, pero no parece nada vencido ni fatigado. Por ejemplo, ¿piensa en la muerte más que antes, o no?
La muerte está siempre en el juego de los opuestos. En la vida hacemos unas separaciones: lo que llega y lo que se va, lo alto y lo bajo, lo espiritual y lo material. Siempre hacemos dualismos, y con la muerte nos pasa un poco esto. Nos parece una cosa tan separada y terrible, y en realidad es lo mismo nacer que morir. Sólo es seguir el curso del cosmos. Nos han educado para olvidarla. Yo mismo me lo digo, pero a esta edad tengo ganas de hacer trabajos, y pienso: esto de morirse es una pesadez. Caray, no tengo ninguna gana de morir.
Pero, en conjunto, mi vida ha sido buena. Sí. Eso lo he aprendido de mi abuelo. Cuando tenía 70 años, de repente un día se le murió su mujer, y a los pocos días, su único hijo varón. Y recuerdo que decía: he sido feliz durante 70 años y ahora se me acabó. O sea, que él era consciente de que había sido feliz durante todo ese tiempo. Ahora, yo puedo decir lo mismo: que mi vida ha sido feliz, mientras se me conserven mis tres hijos. A veces lo digo, que he sido un mago, un privilegiado. Lo que pasa también es que sabes conducir las cosas… Por ejemplo, mucha gente con la enfermedad que yo tuve diría: pobre chico, enfermo. Para mí no era una desgracia. Porque, afortunadamente, eso me permitió leer mucho.
Cinco obras maestras. Por Francisco Calvo Serraller
Nacido en Barcelona en 1923, Tàpies es, sin duda, uno de los artistas vivos más importantes a una escala internacional. En realidad, lo viene siendo desde la década de los cincuenta, cuando hizo suyo el lenguaje del informalismo, en el que pronto destacó como uno de los mejores representantes europeos de esta tendencia; pero, a diferencia de los que entonces suscitaron un interés similar, Tàpies no perdió ni la pujanza ni el aura creadoras con el paso del tiempo y de las modas. Antes al contrario, supo evolucionar sin por eso hacer concesiones. De cada sucesivo momento de la ansiosa experimentación que caracteriza al arte contemporáneo supo extraer lo que más convenía a su personalidad. En este sentido, sin perder jamás su prodigiosa percepción táctil de la materia, ni su elegante caligrafía, ni aún menos su dúctil y poética capacidad con los signos, traspasó las barreras convencionales del lienzo y generó objetos plenos de una magia no incompatible con su naturaleza cotidiana y humilde. Por un lado, Tàpies nos trae lo mejor de la memoria histórica del arte español, y por otro, no sólo se proyecta su afán experimentador, sino que salta por encima de las civilizaciones, siendo uno de los artistas que han dialogado con más profunda intensidad con la cultura oriental. Puede ahondar en el misterio de lo terrenal, manejando materiales orgánicos de todo tipo, pero emplea asimismo la transparencia y brillo aéreo de los barnices. Del surrealismo inicial, Tàpies se quedó con el pálpito del misterio, pero su sentido místico no ha sido nunca incompatible con la mirada que amorosamente recoge lo que atesora el fluir de la vida, materia, huella e iluminación.
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, expone en el Edificio Nouvel, hasta mediados de enero de 2005, la muestra 'Tàpies, tierra'. Son 46 piezas que muestran la trayectoria del pintor.



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