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lunes, 17 de junio de 2013

Joyce / Dublín en el Bloomsday


Joyce acude al rescate de Dublín en el Bloomsday

Fiesta e ironía anticrisis en la conmemoración anual del día en que el autor irlandés situó la acción de su 'Ulises'

Juan Cruz  Dublín 17 JUN 2011


Es el Bloomsday de la crisis.
La novela de James Joyce Ulises, que detuvo para la historia la ciudad de Dublín en el día 16 de junio de 1904 desata, desde 1954, una celebración insólita en la capital de Irlanda.
Este año no han faltado los desayunos con riñones, las parrandas callejeras que recitan los textos de Joyce; no falta el humor tan joyceano, ni las excursiones de escolares pulcros, vestidos como hace un siglo, hasta la mítica Torre Martello.
No falta nada, pero sobre Dublín hay un manto de parálisis que Joyce describió y que regresa con él como un símbolo de esta fiesta. Aunque haga sol, y ayer vino y se fue, y volvió otra vez. Este Bloomsday, al que hace seis años se sumó una insólita troupe de escritores españoles, es el año de la crisis, el año del desorden mundial que a Irlanda le ha dado en el hígado, o en los riñones.

Vila-Matas: "Esta ciudad se salvó de la destrucción, cuando se dejó de construir"

En los carteles se leía: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica"
Los escritores españoles que vienen a Dublín a celebrar el Bloomsday, y que ayer tarde realizaron junto a la Torre Martello sus ritos de la Orden de Finnegans, le pusieron a este Bloomsday el apodo de "Lo Desorden". Como dice Enrique Vila-Matas, cuya reciente novelaDublinesca es una especie de vademécum de la Orden, ese "Lo" es como el "Lo Pelat del ex futbolista De la Peña". Pero aquí significa la evidencia "de que vivimos la consecuencia de los egoísmos mundiales, que han creado un orden perverso".
Eso lo dice Malcolm Otero, el editor de la Orden, a la que también pertenecen los escritores Eduardo Lago (el autor de [sic] el emblema de este año: "¡Vila Lo Desoden!"), Antonio Soler y Jordi Soler. Ellos coinciden: Joyce creó un orden con el Ulises, edificó su novela sobre los hombros de Leopold Bloom, "un héroe de la modernidad", y lo hizo vivir en una sociedad a la que tuvo que enfrentarse como Don Quijote y como Sancho a la vez. Anthony Burgess, un antecedente ilustre de esta visión, lo dijo en esta línea: "Bloom es todos los hombres modernos".
Pues si este hombre moderno es, en efecto, un irlandés afectado por Lo Desorden que estamos viviendo, ayer estaba en las calles de Dublín, "en medio de una ciudad que se salvó de su destrucción", decía Vila-Matas, "gracias a que de pronto ya no se construyó más". Así que, paradójicamente, lo poco que quedaba de la geografía del Ulises se mantuvo merced a la crisis que ahora acogota al Bloom que son los irlandeses.
Ese espíritu ante la crisis no está exento de la fiesta. "Aunque los irlandeses no somos como otros europeos: nosotros ponemos cara de preocupación y luego pedimos otra copa". Quien nos decía esto, junto al David Byrne, el pub más emblemático de los sitios de Ulises, estaba al frente de un coro que llamaba la atención sobre los que han llevado al paro al 15% de la población y al país al cesto de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España).
Decía este hombre, John Bissett, un trabajador comunitario que llevaba su Ulises en la mano: "La gente está deprimida, el capitalismo financiero nos ha puesto con la soga al cuello, y además no nos da margen para sacar al país del atolladero". Este será "el invierno de nuestro descontento", "será un tiempo muy severo para muchísima gente que en Navidad no tendrá cómo calentarse". ¿La solución? "No al FMI, que se vaya Trichet, que se acabe el socialismo para los ricos".
Todo eso que se decía con palabras ante el pub de Bloom lo decían los devotos de Joyce que paseaban con pancartas en las que se leían sucesivamente estas palabras que imitan el estilo del Ulises: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica y el señor Bloom dice no al FMI y al rescate capitalista".
¿Afecta esto al humor de la fiesta?. "No, a Bloom no se lo puede vencer", me dijo Daithi Downe, un joyceano que trabaja para un servicio que atiende a los que no tienen dónde vivir.
Los españoles de la Orden de Finnegans hicieron de su pasión por Joyce una jornada gozosa. Ellos gritan, antes de sus lecturas: "¡Gracias! Qué grandes estamos esta mañana". Estuvieron en todas las ceremonias, leyeron con los joyceanos, y armaron dama de la orden (hasta ahora no había mujeres) a Maura Walsh, la carnicera más elegante de Dublín. No pudieron cumplir el rito ni con Ray Loriga ni con Marcos Giralt Torrente, que por una u otra razón no fueron a Dublín. Fueron "espumados", que es una manera de "tacharlos un poco" de la Orden. La Orden no permite desórdenes, como Joyce, por cierto.


Canciones, lecturas y pintas de cerveza para celebrar a Joyce

Francesco Manetto Madrid 17 JUN 2007

El 16 de junio de 1904, Dublín amaneció soleado. Al menos en una de las novelas más representativas del siglo XX. En las páginas de Ulises,del escritor irlandés James Joyce, Leopoldo Bloom y Stephen Dedalus vagan por la ciudad de la mañana hasta la madrugada del día siguiente. Ayer, en cambio, Madrid estuvo cubierto de nubes. Pero la lluvia no deslució las celebraciones del Bloomsday, el día en que, desde 1954, decenas de miles de aficionados a Joyce recuerdan en todo el mundo las hazañas de sus héroes literarios. Eso sí, los más de 2.000 irlandeses residentes en la capital se tuvieron que conformar con un Irish Pub del centro.
"Después de San Patricio, éste es el día más importante para Irlanda. No es exactamente una fiesta nacional, aunque sí es una gran cita cultural internacional", explicaba ayer Peter Gunning, embajador de ese país en España. Junto a él, centenares de personas homenajearon al escritor, pinta en mano o vistiendo las camisetas verdes de la selección nacional de fútbol,
Para todos los auténticos forofos de la novela y los que no consiguieron pasar de las primeras páginas -"desde luego, el libro es bastante complicado", confesaba un grupo de chicas-, los actores interpretaron, en inglés y español, algunos de los pasajes más representativos de esaOdisea. La noche de Molly Bloom, el atrevido desayuno de "riñones de cordero a la parrilla" de Leopoldo Bloom, el capítulo dedicado a Circe, la discusión sobre Hamlet...
Entre una lectura y otra, organizadas en Madrid desde 2004 por Ray Smith y en las que participó también Beatriz Villacañas, profesora de la Universidad Complutense, algunos músicos añadieron un toque musical a la velada. Garrett and Colleen interpretaron, por ejemplo, un tema basado en el capítulo de Penélope que recordaba With or without you,
la canción de otra gloria nacional irlandesa: el grupo U2. Y, tal vez, alguno de los asistentes tuvo ayer la cita más importante de su vida. Igual que el mismísimo Joyce, quien, según la leyenda, eligió para su novela la fecha de una cita que tuvo con la camarera Nora Barnacle: precisamente el jueves 16 de junio de 1904.


Aromas de ausencia

Ian Gibson 22 JUNIO DE 2004


Lo primero que llama la atención son las fundas. La Isla Esmeralda se precia de ser un país literario, como se sabe, pero uno no estaba al tanto de que en los respaldos de los asientos de Aer Lingus figuran páginas de un raro y abigarrado manuscrito compuesto de frases sueltas de distintos autores, en alucinante mezcolanza de inglés y de celta. ¡Es demasiado! Con lectura tan peregrina ya nos fuimos preparando, al poco de despegar el avión rumbo a Dublín y los fastos del centenario del Bloomsday, para sumergirnos en el mundo enmarañado de Ulises y sus múltiples variantes y ediciones, dilucidadas en la magna exposición de la Biblioteca Nacional de Irlanda.
Dublín ha sido estos días una fiesta joyceana: conferencias, recitales, teatro al aire libre, un desayuno multitudinario para 10.000 comensales, simposios... y, por supuesto, infinitas conversaciones en torno al hombre y su obra. El 16, Bloomsday, le tocó a la capital un espléndido día mediterráneo -mar azul, cielo despejado y un sol que enrojecía la delicada piel de los incautos-, y las gentes acudieron masivamente a la torre de Sandycove donde, al borde de las olas "verdemoco", Joyce vivió los seis turbulentos días que inspiraron el primer capítulo de su genial novela. Entre los fans del escritor que hormigueaban por allí había un grupo de españoles que comentaban, animados, las alusiones a Andalucía contenidas en el monólogo de Molly Bloom ("hasta alude a Sierra Nevada", subrayaba uno de ellos).
Nada más aleccionador, para saber apreciar lo que tenemos cerca, que algunos días fuera. Tal vez sobre todo si, tras largo tiempo, uno regresa a su lugar natal. En Dublín fue imposible no pensar en el Machado que, veinte años después de abandonar Sevilla, vuelve un día a franquear la cancela de las Dueñas. ¿Qué sentiría entonces? El poema número VII de las Poesías completas algo nos dice al respecto. La fuente del patio no ha desaparecido, está todavía el limonero lánguido, pero hay en el ambiente un "aroma de ausencia" que hace imposible que el "yo poético" pueda captar, pese a sus esfuerzos, más que recuerdos convencionales. En otro poema temprano, y con evidente alusión a Freud, Machado afirma que "de toda la memoria / sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños". Sospeché en Dublín que apenas exagera.
La presencia española actual en la capital irlandesa se acrecienta conLa pelota vasca, que se está proyectando en la Filmoteca, y la reciente inauguración en la Galería Nacional, tras su éxito en El Prado, de los estupendos bodegones de Luis Meléndez. Nunca hubo panes e higos como los suyos, y esta coliflor da ganas de sentarse ya a la mesa. Se le augura a la exposición un éxito de público (La ironía, una vez más, es que el pintor murió pobre y desconocido.)
Después del Bloomsday volvió el tiempo veraniego habitual en Irlanda, y hubo que conformarse con los sunshowers, la mezcla de lluvia y sol que ha inmortalizado, en su versión inglesa, T.S. Eliot, y que es tan característica de Erin como el sirimiri del Norte español. He de confesar que en Dublín, pese a sus muchos atractivos, he soñado, como Molly, con el luminoso Sur.

Dublín bebe, come y ríe a cuenta de Joyce

La ciudad se convierte en una fiesta literaria y gastronómica por el centenario del Bloomsday

Miguel Mora Dublín 17 JUN 2004


Miles de dublineses revivieron ayer la jornada del judío Leopold Bloom del 16 de junio de 1904 narrada por James Joyce en Ulises. La celebración del centenario del Bloomsday fue una fiesta literaria y gastronómica en la que abundaron los disfraces de Leopold y Molly Bloom, la música y el humor. Fue una celebración a lo grande en la que lectores y aficionados recordaron a Joyce, que situó su novela el mismo día en el que conoció a Nora Barnacle y que no publicó hasta 1922 en París. En Madrid, el Círculo de Bellas Artes acoge hasta el 31 de julio la exposición Joyce y España, que aporta documentos inéditos y descubre la relación que el escritor mantuvo con autores y artistas españoles.

Mitad fiesta literaria, mitad verbena popular glotona y borrachuza, Dublín celebró ayer el centenario del Bloomsday por todo lo alto bajo un sol y un calor impropios de su fama y entre carcajadas, lecturas, disfraces, teatro callejero, larguísimas colas para trincar bocadillos de casquería surtida y música como le gustaba a Leopold Bloom. Entre la morcilla con mostaza, beicon con salchichas y los inevitables toneles de cerveza Guinness, la capital irlandesa se puso ciega a conmemorar los cien años de las odiseas dublinesas de Bloom y Stephen Dedalus. Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo ni lo solemne y en la que participaron miles de personas que tomaron del Ulises su parte más accesible, su lado más humorístico, esos monólogos y diálogos del habla local tan sabiamente dibujados por Joyce, y toda la tramoya satírica que el autor utilizó para retratar a unos paisanos que, por lo visto, siguen siendo los mismos.

"Todas las dublinesas tenemos el espíritu de Molly Bloom, somos muy terrenales"

Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo
La celebración trata de reproducir cada año con exactitud erudita el recorrido callejero de casi 29 kilómetros, ocho de ellos a pie, que realizó el pobre Bloom en apenas 18 horas, desde las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada del día siguiente. Joyce situó la acción el 16 de junio porque fue ese día el que conoció a la que sería su mujer, la camarera de hotel Norma Barnacle. Así que a las ocho en punto unos fanáticos heroicos se bañaron en el mar de Irlanda junto a la torre Martello, en Sandycove, a nueve millas del centro de Dublín, y luego, una vez vestidos, pasaron a hacinarse en las estrecheces de la torrecilla para comenzar la lectura de la novela por el principio: cuando Buck Mulligan aparece vestido con una bata amarilla y se afeita mientras habla con Dedalus en la azotea de esa misma torre que hoy es un museo minúsculo.

Sólo media hora después empezó el desayuno pantagruélico a lo largo de toda la calle North Grate George, en el puro centro de la ciudad, donde tiene su sede el James Joyce Center. A esa temprana hora, cientos de personas estaban ya de romería y dándole a la Guinness como si fueran las tres de la mañana. Había señoras disfrazadas de Molly Bloom, señores con el bombín ridículo de Leopold, un señor que había venido andando desde Cork (cinco días de viaje) para celebrarlo, un clónico de Joyce con el parche y el monóculo negro en el ojo izquierdo, unos señores muy trajeados leyendo dentro la novela a toda pastilla como si se la supieran de memoria, una Molly metida en una cama paseando lujuriosa con la cama a cuestas, unos actores estupendos interpretando fragmentos de la novela en diversos escenarios, uno de ellos un autobús patrocinado por la marca de salchichas preferida del protagonista de Ulises.

Desde el piso alto del autobús se asomó de repente una pelirroja guapísima de ojos azules. Era la enésima Molly Bloom, pero ésta recitaba con verdadero talento: "Le di todo el placer que pude". Son las últimas páginas de Ulises. Molly habla de Ronda, del barco perdido en Algeciras, de las castañuelas, de las chicas andaluzas y del moro guapísimo que la puso contra la pared: "Yes". Poco después, la actriz bajó del autobús: "Me llamo Sarah Jane Shields. Soy de Dublín y llevo cinco meses ensayando este monólogo y otro más. Es el segundo año que vengo, pero éste es mucho mejor que el anterior. Hay muchísima más gente".
Por el cielo grazna una gaviota, en una esquina hay unos títeres centenarios, bastantes señoras que se aproximan mucho, tenderetes con
merchandising, una caja con los 22 CD del Ulises leído, varios bebés rollizos y dos niñas siniestras con una muñeca -"la pobre se va a morir mañana de tuberculosis", dicen-. Las más graciosas son tres Mollys talluditas más anchas que largas:
-Me siento como si tuviera cien años menos, creo que pertenezco a aquella época más que a ésta.
-A mí también me hubiera gustado ser Molly, pero no hace falta. Todas las dublinesas tenemos su espíritu, somos muy terrenales.
-Sobre todo tú, princesa.
A las diez en punto llega la presidenta de la República, Mary McAleese. La aplauden un poco, se meten en el edificio y la invitan a "unos riñones de cordero con leve aroma a orina", y también a mantequilla amarilla, embutidos, mazapanes... La fiesta es un rito laico y cachondo, relajado y pacífico, excéntrico y muy divertido. ¿Qué pensaría Joyce si lo viera? "Probablemente, se descojonaría", dice Jeremy Tallin, un cineasta inglés que vive en Finlandia y ha venido a rodar un documental sobre el centenario. "Ayer fui a la perfumería donde compra el jabón un personaje de la novela y me di cuenta de que es un libro para enfermos, para especialistas y fanáticos. De repente llegó un tipo a comprar ese jabón, y luego otro a lo mismo, y allí estábamos los tres hablando como unos perturbados sobre el puto jabón del Ulises. Ridículo, tío, totalmente ridículo".
En fin, quizá un poco, sobre todo si nos imaginamos la traducción española del asunto con las fuerzas vivas disfrazadas el día del Quijotey los académicos tomando queso manchego alrededor de los molinos. Pero el caso es pasarlo bien un rato, devolver algo de cariño a la gloria nacional que tanto prestigio ha dado a las letras de su país y tantos beneficios y turistas a su economía, hacerle llegar hasta su tumba en Zúrich que cien años después de su exilio Irlanda quiere por fin a James Joyce y, sobre todo, se ríe con él, bebe en su honor, se pone ciego a comer "los órganos internos de las bestias" como su antihéroe Leopold, ese judío marginal al que este pueblo, católico a ultranza, se entrega cada 16 de junio como si fuera un dios.


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