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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Patricia Highsmith / Una sensación de peligro


Patricia Highsmith

Una sensación de peligro

  • Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
EL PAÍS 8 FEB 1995

Lo que nos cuentan las novelas de Patricia Highsmith lo hemos sentido muchas veces en sueños. Soñamos que hemos cometido un crimen, y lo que nos agobia no es la culpa, sino el miedo a ser descubiertos y atrapados. Soñamos que una suma de circunstancias triviales de pronto se enredan en una malla que quiebra para siempre la estabilidad ficticia del mundo en el que vivimos, y cuando estamos más perdidos, cuando falta un segundo para que nos destruya la crueldad o el desastre, justo entonces nos salva el despertar. Pero sabemos, aunque es preferible no pensarlo, que esas cosas ocurren en la vida real, y que somos tan frágiles, tan absolutamente vulnerables, que a la vuelta de una esquina, en la sombra de un portal, en una curva de la carretera, nos puede estar aguardando un horror sin alivio posible. Despertarse será entonces emerger a una pesadilla. Esa poesía del espanto súbito, de la culpabilidad casual, que tal vez inauguró en la literatura moderna Franz Kafka, es la materia de la que están hechas las novelas de Patricia Highsmith. Decía Graham Greene que uno no podía evitar al leerlas una sensación de peligro personal. Desde la primera página hay siempre un principio difuso de inquietud y de agobio, una sugerencia desagradable de recelo. Se lee a veces a Patricia Highsmith igual que se camina de noche por una calle vacía que no nos es familiar, con aprensión y ganas de marcharse de allí, apresurando el paso, volviendo la cabeza para comprobar si a uno lo siguen, si esos pasos que escuchamos son tan sólo el eco de los nuestros. De esas novelas se sale como de un trance personal angustioso, y cuando se lee el final y le comprueba que los peores vaticinios de los primeros episodios se han cumplido con fatalidad inexorable hay un minuto de desesperanza moral y desagrado físico que sólo aliviamos al despertarnos del todo de la novela, al dejarla a un lado y mirar a nuestro alrededor con la misma sensación de habernos salvado que cuando abrimos los ojos después de un mal sueño.
Concluir un libro es despertar a él. Pero algunas veces la angustia o el, rechazo nos inducen a abandonarlo antes del final, como cuando en mitad de una pesadilla logramos despertarnos por un esfuerzo enconado de la voluntad. El verano pasado yo estaba releyendo una de las primeras novelas de Patricia Highsmith que había conocido, El grito de la lechuza, y el avance lento del protagonista hacia la ruina y la desgracia se me volvió tan insoportable que abandoné el libro a la mitad. Me atraía tan poderosamente como atrae un imán a un trozo de metal, y lo que yo sentía hacia ese personaje normal y condenado, lo que me hizo dejar a un lado el libro, no era piedad ni comprensión, sino algo mucho más ingrato, era miedo a ser de algún modo contaminado por su turbio destino.
"Cada paso que das tomó rehenes contra ti", escribió una vez Justo Navarro, cuando escpribía versos. No creo improbable que éste le fuera sugerido por la lectura de Patricia Highsmith. Cada paso puede conducir a la fatalidad, cada acto, sobre todo los más impremeditados y vulgares, puede contener una semilla de desastre. Hasta los deseos más secretos y las fabulaciones de los sueños diurnos pueden conducir a la culpa y al crimen. No hay nadie tan inocente que no pueda ser tomado por culpable, nadie que no esconda dentro de sí un latido de propensión hacia la violencia. En las novelas de Patricia Highsmith suceden muchos crímenes, pero casi todos son impremeditados, y los cometen personas hasta cierto punto normales, intoxicadas de maldad o de furia por circunstancias atroces, empujadas por encadenamientos tortuosos de casualidades y equivocaciones, por los desvaríos solitarios de la imaginación.
No es cierta esa amoralidad que se le atribuye rutinariamente, y que se ha vuelto a repetir estos días en apresuradas necrológicas. Highsmith escribía siempre sobre el más temible de los enigmas morales, que es el de la confrontación con la maldad, la maldad que asalta y_ destruye a los inocentes y la que cada uno de nosotros puede encontrar dentro de sí,, innoble y oculta como un cáncer. Escribía en una prosa tan neutral como la de Franz Kafka: despojada de inflexiones sentimentales, monótona como un testimonio impersonal esa manera simple y precisa de escribir expresaba la indiferencia última de los hechos, la impasibilidad con que parecen aproximarse y suceder las desgracias. Patricia Highsmith cuenta el modo en que Tom Ripley estrangula a un mafioso en un tren tan detallada y secamente como cuenta Kafka los preparativos para la ejecución de Joseph K: el crimen se nos muestra así en la pureza de su espanto, sin adjetivos que subrayen lo que no puede ser más siniestro, sin exclamaciones que aturdan o velen la percepción de un grado máximo de crueldad.
A Patricia Highsmith me gustaba imaginarla escribiendo en una laboriosa soledad, en una de esas pequeñas casas rurales en las que vivía, en paisajes nublados y húmedos, con su máquina de escribir, sus cigarrillos y sus gatos, con una devoción tranquila por el oficio que hacía. Está bien conservar esa costumbre de 'la adolescencia que convertía en héroes personales de uno a ciertos escritores que le gustaban mucho. Patricia Highsmith ha sido y es uno de mis héroes, y al imaginarla, aunque ya está muerta, vuelvo como en un sueño a una escena que parece inventada por ella, a esa novela, El grito de la lechuza, que trata de un hombre atraído cada noche por la luz de una casa aislada en Un bosque en la que vive una mujer sola. Imagino que me acerco de noche a la casa donde vivía, que hay una luz encendida en una. ventana, aunque ya es muy tarde, que doy unos pasos por un jardín abandonado, procurando no hacer ruido en la maleza, y escucho algo, una cosa rápida y monótona, la insomne máquina de escribir, de Patricia Highsmith.



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