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miércoles, 27 de octubre de 2010

Juan Cruz / El último adiós a Paul Bowles


Juan Cruz

El último adiós a Paul Bowles


Los restos del novelista serán trasladados a Nueva York, donde reposaran junto a sus padres
El País / 24 NOV 1999


Paul Bowles, que murió el pasado jueves, un mes antes de cumplir los 89 años, en Tánger, será incinerado en Nueva York, junto a sus padres; su cuerpo, que ahora reposa en el tanatorio del Hospital Duque de Tovar de la ciudad marroquí, será trasladado allí en los próximos días.Paul Bowles le dijo un día, hace meses, a su gran amigo Abdelouahid Boulaich, que trabajó con él durante treinta años: "Si me muero, que me entierren en el cementerio de los animales". El cementerio de los animales está, en Tánger, cerca del cementerio español; era un lugar al que iba casi cada tarde, paseando, el viejo Bowles. Hace años explicó en Madrid: "Quiero que me quemen; quedarse en la tierra desata una estupidez sentimentaloide. Cuando uno no está, desaparece, y las cenizas son mejor que el cuerpo".
Hace mes y medio, Bowles le dijo a Abdelouahid que no había cambiado de opinión con respecto al destino de su cuerpo, pero quería hacer una precisión para el futuro: cuando muriera, sus cenizas deberían reposar junto a sus padres, cerca de Nueva York. Mientras tanto, la casa en la que vivía en penumbra está precintada.
Cada amigo tenía su sitio en la vida de Bowles; al final de su vida estuvo con él Rodrigo Rey Rosa, escritor guatemalteco y uno de los grandes divulgadores de la obra de Bowles. El lunes decía Rey Rosa: "Se me ha muerto un amigo irreemplazable". Estaba también Claude Thomas, su traductora al francés, y estaba por llegar estos días una gran amiga austriaca, que era la que proveía a Paul de las chucherías que siempre tenía a mano: unas chocolatinas rellenas de licor de las que ahora hay inutilizadas muchísimas en la nevera.
Y quienes estaban al borde de su cama, cuando estaba a punto de expirar en Tánger, fueron dos asistentes suyos, Suhad, que cuidaba de la casa, y el citado Abdelouahid, que desde hace 30 años cuidaba de él. Como nos contó Rey Rosa, Bowles tuvo momentos de lucidez alternados con largos instantes de sueño, y en uno de sus momentos de brillantez mental y emocional agarró con sus manos a cada uno de sus asistentes, a los que dijo sonriendo: "Ustedes son los verdaderos amigos de la familia".
A Abdelouahid le gustaba recordar a Bowles así, sonriendo y diciendo breves cosas amables; en realidad, así era este escéptico que vivió en el Tánger de la luz y luego en el Tánger de las sombras. En los últimos años a Bowles le había vuelto la pasión por la música, y su asistente, que fue también su gran amigo, lo recuerda en todo momento tarareando y acompañándose con los dedos, que hacía sonar como en sueños, y en esos instantes, entre la lucidez y la duermevela, también daba la impresión de hacer sonar con los dedos alguna melodía melancólica.
Era un hombre elegante; y esa necesidad de la pulcritud que exhibía la llevó hasta el hospital; en realidad, como recuerda Rey Rosa, no tuvo al final de su vida demasiados problemas graves de salud, así que su ingreso en el hospital, por una afección de orina, parecía tener el carácter de una rutina que luego se fue complicando. Dispuesto al regreso, quiso que el hijo de Abdelouahid, que es barbero, acudiera a afeitarle todos los días; y así, afeitado y brillante, falleció el jueves último.
Es el último de Tánger. La mitología de la ciudad acaba con la muerte de Bowles, y si uno percibe el ambiente es claro que este personaje cierra una etapa de la ciudad africana más literaria. Pero cuando uno oye hablar a Boulaich siente que esa pérdida tiene contornos humanos más perdurables aún que la mitología literaria. "Cuando cerraron la casa y me fui sentí en mi alma que no podía reprimir el llanto". ¿Qué aprendió de Bowles? Boulaich hace un recuento: "Me enseñó a perdonar, a pensar que nadie es mejor que otro, a que no puedes mentir: hay que decir sólo lo que has visto, no puedes decir nada que tú mismo no hayas comprobado, sobre todo si hablas de otras personas. Era un hombre que jamás ordenaba nada: te decía, quizá podríamos hacer esto..., y te dejaba a ti tomar la decisión".
Un día fue a verle una joven, que le besó en las mejillas, y él le devolvió el beso. Ella dijo: "Los mejores besos los da Paul". Y Bowles, tímido siempre, lejano y silencioso, se puso rojo como un adolescente. En esta ciudad literaria, todo parece estar tan en silencio como Bowles cuando oscurecía.



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